Dos de las grandes pérdidas que vamos a sufrir en los nuevos tiempos sin periódicos ni revistas es la desaparición del horóscopo y de los consultorios sentimentales.

Al primero le debo un instante iniciático en mi vida. Cuando entré en Heraldo de Aragón pregunté dos cosas: cuál era mi mesa y quién se escondía tras el pseudónimo de Pr. Bogdanich, la firma del horóscopo. Como respuesta a la primera pregunta, alguien señaló un cuartucho con escobas y botes de lejía y me invitó a instalarme en él. No esperaba menos, pero la respuesta a la segunda inquietud sí que me sorprendió: el Pr. Bogdanich no era la invención tipo Profesor Franz de Copenhague que yo sospechaba: se trataba de un señor real que respondía a ese nombre y presumía (presume) de ser Astrólogo e Hipnólogo Clínico del Antiguo Reino de Aragón. Es un caballero real, famoso parapsicólogo que grabó las primeras psicofonías de Belchite y dio a conocer a Javier Sierra hace muchos años en un programa de radio.

Qué decepción. Yo estaba convencido de que Pr. Bogdanich era un seudónimo colectivo y que los redactores, ebrios y encabronados a las tantas de la madrugada, se turnaban para inventarse la sección del horóscopo. Tenía muy buenas ideas para esa sección, aspiraba a ser un cáustico Pr. Bogdanich que diera consejos y predicciones que se contradijeran entre sí.

Aquello me pareció terrible. Fue la primera de las muchísimas sorpresas carpetovetónicas que Heraldo de Aragón me ha deparado. Yo he visto cosas, tíos, he visto cosas… Lo del coronel Kurtz de El corazón de las tinieblas es una mariconada. De hecho, una vez vi al mismísimo coronel Kurtz encerrado en un armario del segundo sótano, agarrado a una plancha de linotipia. Y no me sorprendió, estaba ya curado de espanto. Cerré la puerta y le dejé con sus cosas.

Con los consultorios sentimentales tenía una relación más larga e intensa. Mi abuela, aka la Currita, era una mujer de una única pero muy intensa lectura: el Pronto. La revista no llevaba artículo en su mancheta, pero mi abuela nunca decía Pronto a secas o la Pronto, que sería más correcto, ya que revista es femenino. Siempre fue el Pronto, y así, masculinizada, era devotamente leída en un ritual inalterable. Primero, mediante un hojeo que ahora asocio a los preliminares del sexo. Un sobeteo, una aproximación. Mi abuela pasaba las páginas rápidamente y las escaneaba con los ojos. Para acelerar el proceso, ensalivaba los dedos índice y corazón de su mano derecha, y con esta técnica podía hojear las ochenta o cien páginas de la revista en 3,4 segundos. Concluido el hojeo, procedía a la lectura, y puede que la Currita fuera la única compradora de el Pronto que se leía todas y cada una de las letras impresas en él.

Empezaba por la portada, lo que entrañaba alguna dificultad, porque, a veces, la audaz fotocomposición hacía que la cabeza del famoso agraciado tapase parte de las letras de la cabecera, por lo que en esta se leía sólo pr_nto o p__to o, incluso, en casos de excepcional diámetro craneal, p_____o. Había semanas en que mi abuela no sabía si había comprado realmente el Pronto, porque tampoco se fiaba del quiosquero. Ni de nadie, pero esa es otra historia.

Leía todos los titulares y pasaba a los créditos: depósito legal, domicilio, teléfono de la redacción, fax, director, subdirector, redactor-jefe, jefe, director de arte, redactores, publicidad en Madrid, publicidad en Barcelona, difusión controlada por OJD, la empresa editora no se responsabiliza de nada, impresión, fotocomposición, agradecimientos, tal y cual. De ahí pasaba al sumario, y no se detenía hasta que no llegaba a la publicidad de la contracubierta, cuyos textos leía también. Lo sé porque mi abuela, como muchas otras señoras de su generación a las que enseñaron a tejer con más soltura que a leer, leía bisbiseando, como si rezara.

A veces pensaba que podría haberla postulado para correctora de estilo en la revista, pues no creo que ni los redactores se la leyeran con la atención que le prestaba mi abuela. Pero desistí porque, en todos sus largos años de fidelísima relación clientelar, la Currita nunca le encontró una sola falta. Todo lo que allí salía le parecía bien, no la oí quejarse de que pusieran Bertín Osborne con uve o que la teta de Sabrina fuera un burdo fotomontaje prephotoshop, así que sospecho que su trabajo no sería de ninguna ayuda. Tampoco les serviría como estudio de mercado, porque mi abuela no tenía secciones favoritas. No había una parte de la revista que le pareciera mejor o más interesante que otra: desde la línea que indicaba el precio, número y fecha hasta la publicidad de Mistol, pasando por los rankings de tetas o de folclóricas a las que un torero había puesto mirando a Cuenca, todo era bisbiseado con la misma pasión.

Yo, sin embargo, sí que tenía preferencias. Me gustaría decir que mi primer contacto con la que luego devendría mi vocación y mi oficio fue una columna del New York Times o, por lo menos, una crónica de Umbral o de Maruja Torres, pero confieso con vergüenza que mi primer e infantil contacto con el periodismo, rana Gustavo al margen, fue el consultorio sentimental de la revista Pronto.

Eso sí que era droga dura.

Cuando mi abuela daba por vencido su ejemplar de el Pronto, lo dejaba en el montoncito de atrasados, y entonces, podía cogerlo yo. Era todo mío. Pasaba las páginas previamente arrugadas por los veloces y ensalivados dedos de mi abuela hasta alcanzar ese consultorio donde señoras que decían ser maltratadas por sus maridos recibían mensajes de resignación. Querida amiga, prueba a recibirle con una sonrisa, que tenga la cena hecha cuando llegue, dale una alegría y piensa que él sufre mucho en el trabajo. O cosas así. Eran otros tiempos, eran los años en los que te sentabas de frente y era como el cine, todo lo que veías era un alucine. Y lo que veías era a Lola Flores pidiendo que cada español pusiera una pesetilla para pagar su deuda con Hacienda.

Sí, eso también lo vi en el Pronto.

[Un inciso para anotar la pedagogía paradójica que mis padres empleaban conmigo: por un lado, procuraban enterarse de los colores de la colección Barco de Vapor que correspondían a mi edad, no fueran a comprarme un naranja o un rojo antes de estar psicológicamente preparado para ello. Imagínense que me llego a enterar de lo de Fray Perico y su Borrico antes de tiempo y me traumatizo. Pero, por otra parte, no les importaba nada que bucease en una revista cuyos cimientos morales eran más flojos que los de la familia Borgia. En su defensa diré que tampoco me mandaron nunca a la cama por más rombos que salieran en la tele al comienzo de una peli. Creo sinceramente que su despreocupación con respecto a los límites infantiles estimuló mi curiosidad y me hizo mucho más despierto, facilitando mi descubrimiento de la literatura, del cine y de tantas otras cosas que me hacen ser quien soy. O me lo supongo ahora, qué sé yo. Gracias, padres, en cualquier caso.]

Al principio fantaseé con escribir al consultorio y contarle muchas cosas divertidas de mi familia, pero enseguida descubrí que lo que realmente quería era responder a las señoras. Había una pequeña Elena Francis en mí, alguien capaz de consolar. Quise ser psicólogo antes que periodista, pero llegué al periodismo por la psicología barata.

Es un camino tan vocacional como cualquier otro.

Para montar mi consultorio podía aprovechar la inspiración que me daba mi abuela, que siempre tenía a mano una respuesta adecuada para cada problema sentimental. Una muy recurrente era enseñarte el dedo índice (en eufemismo gestual del dedo corazón) y decirte: “Súbete aquí, y verás París”. Otra fórmula que servía para multitud de situaciones era: “De eso nada, guapito de cara”. Respuestas más específicas, pero igualmente útiles, podían ser: “Eso no le habría pasado si no se hubiera abierto de piernas” o “en la guerra todo el mundo se quejaba, pero nosotras nos poníamos moradas de naranjas”. O el comodín definitivo, el que usaba cuando alguien llegaba a casa muy de noche y pasaba por la cocina antes de ir a la cama. Al encender la luz, allí estaba ella, y tras provocar al juerguista siete taquicardias con su aparición, le decía: “Ahí mismito, justo donde te encuentras, estaba hace un momento mi José”. Su José, mi abuelo, llevaba varios años muerto. Y se levantaba y se iba a la cama. No he conocido mejor remedio para la resaca que esas apariciones. Una variante de este comodín, que servía para zanjar y resolver cualquier disputa, consistía en que interrumpía la conversación, miraba detrás de ti, barría la escena con la mirada, y anunciaba, con solemne convicción: “Acaba de pasar tu abuelo”. Tu abuelo muerto, of course. Estos comodines los incorporó años después, cuando yo era un adolescente, pero desde siempre habían circulado versiones previas con otros parientes difuntos y, aunque la perfección terrorífica la alcanzó con mi abuelo, no se le daba mal asustar con tíos, primos y hasta vecinos suicidas. Así que aprendí esa técnica desde muy niño.

Con estas sabias enseñanzas, me creía bastante capacitado para poner en marcha mi propio consultorio sentimental. Mis “súbete aquí y verás París” eran unas respuestas muchísimo mejores que las tonterías cursis que publicaba el Pronto. Sin embargo, quizá por bisoñez, quizá porque la capacidad de atención de un infante es dispersa y breve, pronto me olvidé de el Pronto y, aunque tuve un romance fugaz con el consultorio de la Super Pop, que le robábamos a la hermana mayor de mi amigo Vale (sin relación con la revista Nuevo Vale, era apócope de Valeriano), la verdad es que no entendíamos muy bien la pornografía soft que contenía. Además, nos faltaba poco para descubrir la pornografía de verdad, así que todo quedó en nada.

Pero ahora que soy mayorcito creo llegado el momento de abrir mi propio consultorio. Y, como tengo que ensayar, empezaré comentando uno que ya existe, el de Mujer Hoy. Será en la siguiente entrega de este blog, querida amiga.

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