No nos engañemos, las cabezas que tenemos a nuestro alcance la mayor parte del tiempo carecen de interés, no sacamos mayor provecho de ellas que si estuviéramos con patatas desarrolladas que llevasen una existencia miserable, por desgracia en absoluto digna de compasión, sobre unos cuerpos quejumbrosos con vestidos más o menos de mal gusto.

Thomas Bernhard, El sobrino de Wittgenstein

En El 18 Brumario de Luis Napoleón Bonaparte, Karl Marx comparaba a los campesinos franceses con patatas puestas en un saco. Para la cultura germana, la patata es la imagen más socorrida de la estulticia.

No puede ser casualidad que fueran los alemanes, precisamente ellos, quienes empezaran a comer patatas en Europa. Aunque fueron los españoles quienes trajeron el tubérculo de América, no le vieron ninguna utilidad alimentaria. Era feo y sucio, apropiado para un pesebre, no para un plato. Pero los miserables alemanes descubrieron que su cultivo era barato y que podía matar el hambre de muchos miserables. La patata se extendió por Europa desde Alemania y Austria en el siglo XVIII.

En 1845, el hongo Phytophthora infestans destruyó la cosecha de patata en Irlanda, provocando la Gran Hambruna Irlandesa y la primera gran oleada migratoria a Estados Unidos. Los irlandeses eran considerados idiotas por los británicos de la Gran Bretaña. Algunos de estos, como Maltus, proponían que se criara a aquellos en granjas para abastecer de carne a los ingleses. Los irlandeses, dizque idiotas, comían patatas, tubérculo idiota. Aún hoy, la gastronomía irlandesa (o wethever) se basa en la patata.

Bernhard cree que vivir rodeado de patatas es inocuo. «No sacamos mayor provecho de ellas», dice. Sin embargo, Benrhard sí que cree que el contacto con cabezas inteligentes es provechoso, que se puede sacar algo rico de él. Minusvalora el poder de contagio de la idiotez. Las patatas se transmiten la podredumbre unas a otras con enorme eficacia. Una patata podrida pudre el saco entero en poco tiempo. Así, el contacto continuado con cabezas de patata idiotas no es inocuo: más pronto que tarde, te acaban contagiando su idiotez.

Puedes pasar tu vida entera junto a las cabezas más portentosas y brillantes sin que se te contagie ni un destello de inteligencia. Sin embargo, una cabeza brillante, obligada a compartir saco con otras cabezas de patata, no tardará en patatizarse. Sancho no se hace más listo, es el Quijote quien se vuele más tonto de tanto oír refranes encadenados.

Puedes leer todos los días a Wittgenstein y ser el mismo idiota, pero hasta el propio Wittgenstein acabaría afásico después de un mes de leer el Marca y ver Sálvame.

La estupidez es más fuerte, rápida y persistente que la inteligencia.

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