Una de mis lecturas de WC favoritas es Mujer Hoy, sobre todo su horóscopo y su consultorio sentimental. Su estilo naif, su redacción de nivel de quinto de primaria, las Doñas Nadie que promocionan en su portada (campeonas de kitesurf, divas de José Luis Garci, ex ministras de la Restauración borbónica…) y su machismo interclasista (pensado en las boutiques de la calle Serrano para que sea leído en las peluquerías de Leganés) hacen de esta publicación un excelente acompañamiento para la sucia, íntima y, sin embargo, grata labor de remover los intestinos.

Aunque de vez en cuando aparece algo que me interrumpe el tránsito y no logro desbloquearlo ni con un pack familiar de Activias de Carmen Machi. Esta semana, ha sido un reportaje titulado Las mamás del biberón (no confundir con las dos películas porno del mismo título) en el que se denuncia un complot contra las madres que deciden no dar el pecho a sus hijos. Un complot horrible que está dejando ya muchas víctimas inocentes en el camino. Menos mal que Mujer Hoy y su periodismo mordaz y apasionado están ahí para sacar a la luz esta ignominia y señalar a sus responsables.

Cosas geniales de esta pieza que demuestran su altísima calidad periodística:

  • Presenta un conflicto entre dos partes (lactancia materna versus lactancia artificial), pero la única fuente autorizada —es decir, avalada por un prestigio científico o una voz reconocida en un determinado campo del saber; los testimonios de madres biberonas no cuentan como fuentes autorizadas— que expone los puntos de vista de las mamás del biberón es una filósofa francesa (sic) llamada Elisabeth Badinter, autora de un libro titulado El conflicto. La mujer y la madre, que, según la redactora, no ha sido publicado en España. Del lado de la lactancia materna aparecen, en cambio, Carlos González, presidente de la Asociación Catalana Pro Lactancia Materna, y Sofía Bagüés, presidenta de la Federación de Asociaciones Pro-Lactancia Materna. Se olvida de añadir que Carlos González es, además del cargo mencionado, un prestigioso pediatra y muy reconocido divulgador sobre cuestiones de maternidad. Es decir, que, frente a un sólido criterio médico y un activismo de larga tradición que basa sus argumentos en estudios y datos científicos (Carlos González y Sofía Bagüés), aparece una señora francesa que ni siquiera podemos leer en español y cuya única auctoritas es el título de filósofa (Elisabeth Badinter). Esto se parece a un debate de Cuarto Milenio. Es como enfrentar a un astrofísico de la Nasa con Aramís Fuster. Los aficionados al boxeo ya saben que hay que respetar las categorías, no puedes colocar a un mosca frente un crucero o un peso pesado.
  • Como la autora del reportaje parece consciente de que la cosa le ha quedado un poco descompensada en cuanto a fuentes autorizadas, decide suplir ella misma esa carencia y añadir un último párrafo en el que, sin más apoyo que sus manitas, casi se pierde en un espesísimo jardín metafísico-antropológico. A saber: «Ciertamente, lo llevamos en la descripción genérica, “mamíferos”, pero si algo ha demostrado la humanidad a lo largo de su historia evolutiva es que todo es susceptible de cambio.» Toma ya. Y dos huevos duros. Yo no sé nada de nada, y no me atrevería a ser tan tajante, pero creo que los fascinantes descubrimientos de la neurobiología están llevando a creer a muchos científicos justamente lo contrario, que el instinto tiene mucho más peso en nuestra conducta y en nuestra vida de lo que creíamos, que somos mucho más animales de lo que estamos dispuestos a reconocer y —triple pirueta mortal— que, incluso, nos va mejor cuando somos instintivos, que nuestro instinto tiende a tener razón porque lleva la razón de la especie, de la evolución.
  • En ningún momento del reportaje (¡en ninguno!) se habla del interés de los hijos ni se aclara que la leche materna es mucho mejor por una cuestión exclusivamente sanitaria. Porque es más sana, nutre mejor y más adecuadamente y, además, contiene las defensas naturales de la madre, que pasan al bebé a través del pezón y le protegen con sus mismos anticuerpos. Un niño alimentado con pecho es un niño muchísimo menos vulnerable a las infecciones y a las enfermedades, en un período de vida en el que el niño es absolutamente vulnerable a todo y a todos. El reportaje no dice nada de esto. Aquí sólo importan las madres, no los hijos. Si acaso, se plantea el tema en términos afectivos: «Yo le di el biberón y no por ello me considero peor madre, ni tengo menos vínculos afectivos con mi hijo», dice el primer testimonio. «Yo he echado en falta que los profesionales me dijeran que el bebé iba a estar bien y que yo seguiría siendo una buena madre», dice otro testimonio. Ambas madres aseguran no ser egoístas, pero sus palabras y los argumentos que emplean les hacen parecer precisamente eso que no quieren parecer. Porque hablan todo el rato de ellas y porque sostienen, en un delirio retórico, que anteponer su bienestar al de sus hijos no les hace peores madres que las madres que sí se sacrifican por sus cachorros. «He echado en falta que los profesionales me dijeran que el bebé iba a estar bien». Es decir: díganme, contra toda prueba científica, que da lo mismo dar el pecho que no darlo. ¿Cómo va a decirle eso un pediatra, señora? No le dé el pecho si no quiere o no puede, pero no se crea que su hijo va a estar mejor. No, va a estar peor. Peor nutrido y peor protegido. Tome usted la decisión que quiera, que para eso es libre y no pasa nada, pero asuma las consecuencias de su decisión, porque estoy convencido de que ha podido informarse ampliamente sobre las ventajas de la lactancia natural.

Atención a este revelador pasaje, perteneciente a uno de los testimonios. Les advierto de que es fuerte, una historia terrible de supervivencia y bravura: «El caso es que estando en el quirófano, donde además del ginecólogo y la matrona, había un grupo de médicos residentes que previamente me habían pedido autorización, de repente apareció una mujer, a la que nadie había “invitado”, y me espetó: “Creo que no quieres darle el pecho a tu hijo. ¿Por qué?”. Yo me quedé tan descolocada, mientras seguía haciendo esfuerzos para que naciera mi bebé, que no supe qué responder, así que ella resolvió: “Luego hablamos”. Cuando ya tenía a mi niño en los brazos, y todavía sin levantarme de la camilla, le pregunté a mi ginecólogo quién era aquella señora y me dijo que se trataba de la pediatra, que vendría a hablar conmigo antes de que me dieran la pastilla para que no me subiera la leche. Yo le respondí que no había visto a aquella mujer en mi vida, ni había pedido hablar con ella y que me consideraba lo suficientemente adulta como para tomar mis propias decisiones».

Estremecedor, ¿verdad? Vamos a ver, madre testimoniante (permitan que me dirija a ella): si “esa mujer” es la pediatra, quiere decir que su paciente es tu hijo, no tú. Como pediatra, es responsable de la salud y el bienestar de tu hijo mientras esté en la clínica, y como pediatra (como médico de tu hijo, no tuya, insisto) no se está extralimitando en absoluto al intentar convencerte de las bondades de la lactancia materna. Porque le preocupa el niño, no tú, y entiende, por un criterio estrictamente científico y avalado por miles de estudios y de pruebas, que la alimentación ideal para tu hijo, lo que más le conviene, es la lactancia materna. Es razonable y altamente profesional que, como pediatra, te informe de que no estás tomando la decisión más acertada para tu hijo. Su trabajo es cuidar de tu hijo, tú no le importas nada, o sólo le importas en la medida en la que puedes ayudar a que tu hijo esté bien. Es profundamente ilustrativo todo este párrafo: yo no lo había invitado, yo puedo tomar mis decisiones. ¿Cuál es el único factor que se toma a la hora de decidir aquí? Yo, el factor yo. En esta historia, la única que parece creer que el factor más importante es el factor niño es la pediatra, a la que se retrata como una especie de nazi.

Es insultante que se afirme, como se afirma en este texto, que las madres que optan por el biberón están estigmatizadas. Me pregunto si Vocento, editor de Mujer Hoy, sigue la —según el texto— tendencia dominante y fomenta entre sus empleadas la lactancia materna. Me pregunto si Vocento flexibiliza la jornada laboral de las madres recién paridas y promueve el teletrabajo para que puedan amamantar a sus hijos y si respeta escrupulosamente las horas de lactancia legalmente estipuladas. Supongo que las madres que acortan su baja maternal y deciden dar el biberón para reincorporarse antes al trabajo serán severamente juzgadas y muy mal vistas en las redacciones de Vocento. Seguro que se las anima a que vuelvan a su casa a cumplir el período de permiso, e incluso se les amplía si así lo necesitan. Estoy convencido de que las madres que plantean cambios en su jornada y en sus rutinas laborales para compaginar su trabajo con la lactancia reciben toda clase de facilidades, mientras que las madres del biberón son arrojadas al cajón de los trastos viejos y tienen suerte si recursos humanos no llama a los servicios sociales por tener las tetas secas y tersas.

Hay un dato muy aclaratorio en el reportaje, puesto en boca de Sofía Bagüés: «No es posible que en otros países europeos las tasas de lactancia a los seis meses sean casi el doble que las de España». Es fácil deducir porqué: a los seis meses, todas las madres trabajadoras españolas hace ocho semanas que se han reincorporado a su puesto, y para la inmensa mayoría, esta situación es incompatible con la lactancia. En otros países europeos, a los seis meses es habitual que la madre siga de permiso o se haya podido acoger a algún tipo de reducción de jornada u horario flexible. ¿De qué persecución hablan? Porque yo sí que he visto a unas cuantas madres perseguidas, pero ninguna por volver a su trabajo antes de tiempo.

Aunque no tengo tetas sé de sobra lo esclavizante y molesto que puede ser dar el pecho. En muchos casos, es un proceso duro, difícil y doloroso en el que la madre sufre, se desespera y tiene muchas ganas de mandarlo todo a la mierda. Encima, es un esfuerzo que casi nunca es reconocido, que se topa con la incomprensión de abuelas, hermanas y cuñadas —y, por supuesto, de jefes y, en no pocas ocasiones, maridos—. Muchas mujeres se sienten solas y muy frustradas. Por eso, las asociaciones pro-lactancia crean grupos de apoyo, para compartir experiencias y darse ánimos. La estampa de la mamá dando el pecho a su hijo con una musiquita orquestal de fondo y una sonrisa tul ilusión es una pamema. Habrá quien lo viva así y hasta escuchará los violines en su cabeza, pero no son la norma. La vía láctea está llena de dolor, grietas, insomnio, sujetadores feos que se abren por delante y manchas de leche en los vestidos. Hay que echarle valor, no es algo para pusilánimes.

La lactancia puede ser un camino bien jodido, y es natural que desborde la capacidad de muchas mujeres. Lo que es inaceptable es esta infantilización generalizada de la sociedad, ese no querer asumir nunca las consecuencias de las decisiones que tomamos y no ser consecuente con ellas. Cualquier madre puede y está en su derecho de dar el biberón y el sursum corda, pero no puede negar que está tomando una decisión que le beneficia a ella, no a su hijo. Y está en su derecho, yo no creo que esté cometiendo un crimen, pero es infantil y egoísta pretender que el mundo te aplauda y te considere tan buena madre o más que la que da el pecho. La segunda está tomando un camino que le perjudica a ella y beneficia a su hijo. Está haciendo un sacrificio porque cree (y la ciencia así lo avala) que es lo mejor para su cría. Por tanto, sí, hay una distancia moral que la separa de quienes han decidido no sacrificarse. Es así, se mire como se mire.

Es estupendo que seamos hedonistas y que rehuyamos el sufrimiento que consideramos innecesario. Nadie quiere ser un mártir de nada. Pero la maternidad es una relación de dependencia radicalmente desigual en la que una parte lo da todo y la otra lo recibe todo. El sacrificio y el esfuerzo son ideas incardinadas en el propio concepto de maternidad, es absurdo que se nos inculque que se puede ser padre sin pagar un precio, sin sacrificar buena parte de lo que eres y de lo que haces en favor de tus hijos. De hecho, yo, que me considero un padre inaguantablemente pasional, no hago el menor proselitismo. Es más: antes intentaría desanimar. Porque entiendo perfectamente que a muchas personas les parezcan insufribles las renuncias que implican la paternidad y no encuentren ninguna compensación. Ninguna presión: si no lo ves claro, si no te va la marcha, olvídalo, porque de verdad que es un marrón. Que algunos lo disfrutemos como perras en celo no quiere decir que todo el mundo lo goce igual. No todo el mundo es igual de sensible a las pedorretas de un bebé o a sus primeras palabras.

Lo injusto de la maternidad, sin embargo, no está ahí, sino en el hecho de que, hasta prácticamente ayer, el sacrificio ha recaído íntegramente sobre la madre. Por suerte, creo que somos muchos los padres —incluso gozosamente, porque exploramos un territorio que nuestros antecesores no habían pisado y que incluso tenían prohibido, so pena de afeminamiento, así que nosotros entramos ahí con el placer que da pisar lo que se supone que no es nuestro lugar— que entramos en esa rueda de sacrificio y esfuerzo, y nos involucramos en todo lo biológicamente posible (la falta de glándulas mamarias es un grave inconveniente para nosotros al principio, pero enseguida encontramos nuestro papel en la obra). La sociedad (y la CEOE, en especial) no sólo quieren que no nos esforcemos en este ámbito —no sea que restemos esfuerzos en el curro remunerado, no les gusta que pensemos en nuestros hijos mientras rellenamos la hoja de Excel—, sino que no quieren que nos sintamos culpables por nuestra laxitud. Don’t worry, be happy.

Es la treta perfecta: consideraríamos inaceptable que nos forzaran a relativizar la importancia de nuestra paternidad —que la dejemos en un segundo plano, que no hagamos de ella nuestra prioridad— para poner el trabajo por delante. Sin embargo, la idea de anteponer nuestro placer y comodidad sí que nos seduce. Nos encanta que nos susurren al oído que nos merecemos un caprichito, que dejemos que el niño llore, que así aprende a estar solo y se deja de joder un rato, o que no pasa nada porque tome el biberón y deje las tetas de su madre tranquilas, que las tetas de su madre se han ganado también un descanso.

Sobre todo nos gusta eso: que nos digan que no pasa nada, que no hay responsabilidad ni culpa, que nunca haremos nada mal, hagamos lo que hagamos.

Sin embargo, por ese camino, los único que realmente serán felices serán los dueños de Inditex y de Mercadona, con empleadas concentradas que no tienen a sus hijos como preocupación principal.

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