A los ocho o nueve años vi morir a un hombre. Fue en las fiestas del pueblo costero donde vivía. Mi padre me llevó a las vaquillas en la plaza de toros portátil que se instalaba sólo durante esa semana —un cuadrado de hierros rojos sobre los que se montaban unas pequeñas gradas—. La vaquilla iba y venía y los chavales corrían delante de ella, entrando y saliendo de la barrera. Un tipo mayor, cincuentón, gordo y con un vaso en la mano, estaba parado de cara a las gradas. Hablaba con alguien del público y, a pesar de los gritos de la gente, no vio venir a la vaquilla, que le embistió con todas sus fuerzas por la espalda, levantándolo y volteándolo justo delante de donde yo estaba sentado. La vaquilla lo empotró contra los hierros y lo corneó un montón de veces y, aunque, al parecer, iba empitonada, le hizo unas buenas heridas, pues el hombre empezó a sangrar mucho y a empapar su ropa de rojo. Los chavales intentaban apartar a la vaquilla, pero no había forma: una y otra vez levantaba al hombre y lo arrojaba contra las barras de hierro. Una y otra vez, una y otra vez. Y la camisa cada vez tenía más sangre, y había sangre en el suelo, y el hombre ya no gritaba porque, por lo visto, estaba inconsciente —se habría golpeado la cabeza en uno de los volteos, me imagino—. No sé cuánto duró la escena, pero la recuerdo muy larga —mucho más larga de lo que en realidad fue, estoy convencido—, tardaron muchísimo en distraer al animal, y lo último que vi fue al hombre tumbado boca abajo sobre su propia sangre, la camisa desgarrada y reducida a un jirón. Los de la Cruz Roja se lanzaron sobre él y lo evacuaron antes de que pudiéramos ver más.

Aquella plaza estaba llena de niños como yo, muchos acompañados por sus padres, por sus tíos o por sus abuelos. Y nadie se molestó en censurarnos el espectáculo. Todos estaban demasiado preocupados tratando de no perdérselo. Es más: nadie se escandalizó por que unas decenas de niños contemplasen aquello. Ni el más cursi del lugar tenía ninguna objeción que hacer, allí no había protector del menor que valiera.

Me gustaría decir que la escena me traumatizó de alguna manera, que aún tengo pesadillas o que mi antipatía hacia el mundo taurino procede de aquella mañana, pero estaría mintiendo. Nunca pienso en eso. No sé lo que concluiría un psicoanalista de la vieja escuela, pero yo no creo que me haya influido en nada. Sin embargo, preferiría no haberlo visto. Prefiriría que aquella mañana mi padre y todos los padres de aquella plaza portátil hubieran escogido una actividad más adecuada para nuestra edad y nuestros gustos. No estoy agradecido por almacenar ese recuerdo.

Algunos amigos con hijos adolescentes lamentan que no pueden llevarlos a ver un concierto si este se celebra en un bar o en una sala que funcione como tal. Chavales de quince o dieciséis años en pleno furor musical no pueden ver actuaciones en directo porque la ley les prohibe entrar a esos sitios hasta que cumplan los dieciocho, y ni tan siquiera pueden ir acompañados por sus padres, que les acompañarían de buen grado y muy orgullosos —me recuerdo a mí mismo a los quince años, descubriendo el rock, intercambiando cintas con los amigos como si fueran droga, compitiendo en erudiciones vacuas y aprendiendo a ligar esa educación musical con mi propia educación sentimental, con el sexo, con las chicas tristes y calladas y con las amistades que creíamos que iban a ser para siempre; me recuerdo entonces, cuando no concebía nada más emocionante que ver a unos tíos machacando guitarras en un escenario; yo, que fui solo a mi primer concierto a los trece años, y que llevaba viendo música en directo desde antes de aprender a hablar, acompañado por tíos y padres, y pienso en esos chavales de diecisiete años mucho más sabios y eruditos musicalmente de lo que yo lo era a su edad, porque tienen iTunes y Spotify y Torrent y un acceso ilimitado y gratuito a un montón de sonidos y conocimientos que a mí me costaba mucho esfuerzo y dinero atesorar, pero que, sin embargo, no saben lo que es ver un show guitarrero en un bar, y rabio por lo que se están perdiendo, porque no hay vocación musical que pueda crecer sin la emoción de un directo, sin la catarsis seudorreligiosa de la liturgia del sudor y el roce humano—. Sin embargo, un menor sí que puede entrar a una plaza de toros si va acompañado por un adulto. Incluso, como se ha visto en las últimas fiestas de Huesca, un menor puede morir en unos festejos taurinos sin que nadie asuma ninguna responsabilidad.

Ahora van a echar otra vez corridas de toros en la tele pública. A nadie se le ha ocurrido emitir conciertos —salvo en La 2 a las cinco de la madrugada, prime time—. Es una decisión que me aleja (a mí y a esa minoría unida por sus afinidades electivas que numéricamente no será nunca determinante en este país, pero que es la que a mí me hace sentirme parte de mi país) un poco más de la televisión so-called generalista. Una televisión que sólo emite cosas que yo preferiría no ver. Y que, por supuesto, no veo.

Ellos sabrán a quién quieren dirigirse. Desde luego, yo no me siento interpelado y han conseguido que no sólo no les sintonice, sino que me esfuerce por evitarles, que insista en mi bartlebyano «preferiría no verlos». Ni oírlos. Es más, preferiría no saber ni de su existencia, de la misma forma que ellos ignoran la mía y no hacen el menor esfuerzo por reclamarme.

También preferiría no recordar aquella mañana de vaquillas, ni la camisa ensangrentada de aquel hombre, pero sólo puedo esforzarme por evitarle a mi hijo un recuerdo parecido. No porque piense que le vaya a traumatizar o a afectar negativamente de alguna forma, sino porque creo que un niño es más feliz si llena sus recuerdos con otras cosas. Me gustaría, dentro de trece o catorce años —incluso antes—, poder llevar a mi hijo a un concierto, si es que le gusta la música, pero lo tendré mucho más fácil si quiero llevarle a los toros.

Este país es cada vez menos mío y más de otros. No es que lo haya sentido como propio alguna vez, pero hace un tiempo me sentía más cómodo, más contemporáneo y más comprendido. Llegará un momento en el que no me sentiré en absoluto cómodo, ni contemporáneo, ni comprendido. Sí, me estoy temiendo que llegará ese momento, y no será dentro de muchos años.

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