Más difícil que matar a los padres es matar a los padres literarios. A los padres se los asesina pronto y sin remordimientos, pero a los padres literarios los veneramos más de la cuenta, exageramos el respeto que merecen y, en vez de acuchillarles con profusión de sangre y gritos, acabamos abandonándoles sin hacer ruido. Paramos en una gasolinera y les ordenamos cariñosamente que se vayan a hacer pis, que quedan muchos kilómetros hasta la siguiente parada. Y, cuando nos aseguramos de que han cerrado la puerta del baño, arrancamos el coche y nos marchamos despacio, mirando el retrovisor con la esperanza de que salga y nos vea partir sin él. Que su cara idiota de desconcierto y vejiga aliviada sustituya a los ojos saltones del estrangulado y podamos fingir que no fuimos tan cobardes, que contemplamos su agonía mientras lo ahogábamos. Pero los viejos tardan mucho en mear y nunca salen a tiempo del baño para ver cómo les dejamos tirados.

Yo llevo unos cuantos años abandonando en muchas gasolineras a mis padres literarios. A Pío Baroja lo dejé en el puerto de Biarritz, ante un plato de sardinas a la brasa. A Valle-Inclán lo perdí de vista en un polígono industrial de Torrejón de Ardoz, y a Lorca, con suma crueldad, lo abandoné en el área de servicio franquista que hay en Despeñaperros, entre fotos de José Antonio Primo de Rivera y garrafas de aceite de oliva virgen extra con la bandera española y el escudo del águila. Esos fueron los primeros, mis pinitos criminales. Apenas había descubierto mi vocación y ya estaba soltando lastre. Antes, ya me había deshecho de Julio Verne y de Stevenson.

Me costó más despedirme de Borges. Lo intenté varias veces, pero siempre flojeaba, dudaba demasiado antes de arrancar el coche, y el viejo ciego cabrón volvía, palpando los surtidores y sentándose en el sitio del copiloto. Yo creo que algo veía, porque nunca se equivocaba de coche. Cuando enfilaba otra vez la carretera, el tipo me contaba algo sobre Gengis Khan o sobre una mierda mágica escondida en el sótano de una casa de San Telmo en Buenos Aires, y volvía a quererlo. Pero, al fin, hube de dejarlo en las afueras de Ginebra, una tarde de invierno, en mangas de camisa —no le permití abrir el maletero para coger el abrigo—, a diez grados bajo cero. Escribe un cuento sobre esto, murmuré mientras conducía de vuelta a Francia. A otro autor seminal, Francisco Umbral, no me costó tanto: se bajó él mismo cerca de Valladolid, y lo vi perderse campo a través, su silueta recortada sobre la meseta.

Hay otros autores muy importantes en tu vida, pero que no sientes como tus padres y, por tanto, no tienes necesidad de independizarte de ellos. Son, más bien, tus abuelos literarios, tipos que te enseñan muchas cosas sin el monopolio de la autoridad. Personajes esquinados a los que ya casi nadie escucha y que te dan propina a escondidas. Aunque al principio te parecieron aburridos o guardianes de una tradición apolillada, nunca te decepcionaron, y cada año que pasa, su recuerdo es más vívido y su influencia, más decisiva. Son los novelistas rusos, los Prousts y los Galdoses, esas fuentes de gozo y sabiduría de las que nunca te cansas de beber y en las que siempre descubres cosas frescas y fascinantes.

En la adolescencia letraherida surgen padrastros seductores y golfos a los que resulta muy difícil renunciar. Quien no haya leído Trópico de Capricornio con rabia y envidia, no lo ha leído en absoluto. Todos los aprendices de escribidor, en nuestra etapa imberbe, queremos ser Henry Miller y Charles Bukowsky. Con ellos descubrimos a qué saben los coños y qué se siente al esnifar una raya. Más que padres o padrastros, son hermanos mayores o tíos solteros que nos acompañan cada noche por los bares. Con ellos descubrimos que la literatura era eso, que lo que buscamos al escribir es eso, y que un buen polvo bien merece arruinar una vida entera. Por ello, cuando dejamos de ser aprendices y nos empiezan a llamar escribidores a secas, les invocamos para celebrar nuestro triunfo, creyendo que hemos llegado al fin a la misma verdad con la que ellos habían coqueteado en sus libros. Pero, al visitarlos de nuevo, sólo vemos a un viejo con halitosis y ojos rojos, un individuo abotargado con lamparones en la camisa que hipa y eructa. Nuestro impulso es bañarlo y acostarlo, cuidar de él, prepararle un buen caldo. Nos cuesta mucho abandonarle, cerrar la puerta con un buen golpe y bajar corriendo las escaleras. Porque sólo sobreviviremos si les dejamos hozar en su propia mierda, si guardamos sus libros para mirarlos con condescendencia y recordar que un día molamos, que estuvo bien, pero que la epifanía que andábamos buscando no apareció nunca entre sus miasmas. Si nos quedamos con ellos e intentamos mimarles, les preparamos un desayuno y les compramos ropa nueva, estamos perdidos, nos atraparán para siempre y nunca podremos escribir una página más.

Bye, bye, Henry. So long, Charles. Estuvo bien, gracias por la droga, gracias por enseñarme a qué sabe el vómito de los demás y el Jim Beam caliente bebido a gollete. Gracias también por enseñarme a leer en inglés, por mostrarme que ese idioma puede ser tan sucio y arrabalero como cualquier otro. Pero ahora tengo un chaval, tengo otras cosas que hacer, no puedo seguir ocupándome de ti, hay otros que me reclaman. See you later, aligator.

Y los abandonas en su piso sucio de renta antigua. No hay más remedio. Son ellos o tú.

Pero todos tenemos algún padre del que nos cuesta mucho más desprendernos. Aunque sepamos que su influencia es absolutamente perniciosa, aunque sepamos que es un plasta y un chantajista y un miserable. Nos sigue seduciendo con su acento argentino, su frenillo al pronunciar las erres y su barba y su forma de posar como si no estuviera posando. Joder, si hasta pensamos a veces que nos hicimos escritores para ser como él. O para ser él, para tener esa puta barba y esa máquina de escribir y ese apartamento de techos altos con vistas a la Rue de Tivoli. Y para follarnos a las mujeres que se follaba. Para seducir a alumnas de doctorado que leían a György Lukács (nada que ver con George Lucas) y creían que la tiranía de Latinoamérica iba a ser vencida por el humo del cigarro de un tipo con gorrita.

No, a Julio Cortázar no podía dejarlo tirado. Queríamos tanto a Julio, habíamos paseado tantas veces por París pisando donde él había pisado, nos habíamos apoyado en la misma balaustrada de la Ille-de-la-Cité donde el personaje de Las babas del diablo se apoyaba y habíamos escuchado los mismos discos de jazz que escuchaban los del Club de la Serpiente. Si hasta nos habíamos enamorado de la Maga y llegamos a creer que el invierno molaba más que el verano porque uno podía pasear con el cuello del abrigo subido. En mi delirio —ahora hablo en singular—, incluso fumaba Gauloises, que por entonces sólo los vendían en Francia, y, en mis veranos franceses, entraba en los estancos y me compraba un Le Monde y un paquete de Gauloises, y fumaba y leía en algún banco de Angers o de Bayona —nunca de París, hasta en eso era provinciano—, mientras me sentía exiliado y no alcanzaba a comprender la hondura de mi propia imbecilidad.

Había abandonado a muchos escritores en muchos sitios inhóspitos y mal iluminados, pero aún llevaba a Cortázar en el asiento trasero. Formal y risueño, muy educadito, con el cinturón puesto y las manos sobre las rodillas, mirando el paisaje con gesto soñador. ¿Por qué seguía llevando ese paquete en el coche?, me preguntaban mis sabios y doctos amigos. Porque, cuanto más escribía y más gente leía lo que escribía y más escritores conocía que decían que les gustaba lo que yo escribía, más me avergonzaba llevar a Julio a cuestas. Era una dependencia freudiana que desacreditaba todos mis esfuerzos por sonar creíble como escritor.

Fue doloroso descubrir que no todos los argentinos amaban a Julio. Incluso que muchos de ellos escribían contra Julio, que lo consideraban una herencia pegajosa y molesta de la que no se libraban ni con dictaduras militares. Y, aunque había buenas razones en los detractores, aunque estaban en lo cierto al denunciar el ridículo empeño en convertir a Cortázar en el escritor nacional argentino, yo no podía pedirle que bajara a hacer pis. Me gustaba tenerle allí, aunque, en público, y ante mis nuevos amigos supermodernos y superguays, renegara de él y comentara su literatura con suficiencia y pedorrez.

En el fondo, me seguía gustando como el primer día.

Reconozco que fue difícil mantener mi fe cortazariana ante la ofensiva de sus editores y de su viuda, empeñados en publicar hasta sus listas de la compra y sus facturas del gas, saturando el mercado de cortazarismos que traicionaban su fama de escritor pulcro y miedoso, ese escritor tardío que no se atrevía a enseñar sus cosas a ningún editor y que no quiso poner su nombre real en la portada de su primer libro. Reconozco que el retrato de fantoche que Vargas Llosa y otros hacían del Cortázar barbado, maduro y servil con la Cuba de Castro era bastante verosímil. Reconozco que me cargaba mucho su idealización y que hasta me empezaba a sonar cursi, relamido y pimpolludo.

Rayuela se me cayó de las manos en un intento de relectura, y sus cuentos, esos que tanto se siguen elogiando, me sonaron a truco de mago torpe, a ilusionismo de garrafón. Sólo parte de su prosa menos consciente y más fluvial conservaba el embrujo. El perseguidor, por ejemplo, mantiene la rabia original, la frustración de mal aliento e insomnio. Sólo unas pocas piezas me siguen sonando a literatura. Precisamente, las piezas menos trabajadas, las más viscerales, donde hay menos Julio y más Cortázar.

Pero, aún así, no tenía fuerzas para abandonarlo en la siguiente gasolinera. Hasta que vino su viuda, Aurora Bernárdez, a darme la razón definitiva.

Hay un autor argentino que ya nadie lee, por barroco y preciosista, pero que a mí me sigue gustando mucho. Se llamaba Manuel Puig, y tuvo algunos éxitos sonados en los años sesenta y setenta. Puig cuida cada palabra de sus novelas, hasta el punto de volverlas a ratos ilegibles. No es perfecto, pero hay una intención de ir más allá, de contar más de lo que se puede contar y, sobre todo, un empeño en forzar los límites de la propia escritura, una audacia y una falta de miedo al fracaso que sólo se da entre los locos y entre los literatos que no pueden ser otra cosa en su vida que literatura.

Manuel Puig escribió una novela en 1974 titulada The Buenos Aires Affair. Una parodia de novela de detectives ambientada en la Argentina contemporánea, con un trasfondo profundamente antiperonista. Se convirtió en un superventas nada más publicarse, y precisamente por eso, el gobierno cortó por lo sano y calificó el texto de pornográfico, lo que suponía una censura y la retirada del libro de las tiendas. Parece que lo que molestó de veras fue el carácter burlesco del libro. No tanto su espíritu crítico en sí, sino que este se expresara con ambigüedad y choteo. Además, la ambigüedad era sexual: el sexo de la novela no involucraba sólo a parejas de hombres y mujeres. Puig era un homosexual liberado, que, hasta entonces, había vivido su condición con relativa libertad, protegido en un mundo tolerante de artistas y noctámbulos. Pero, tras el affair de su novela, empezó a recibir amenazas. Amenazas muy serias. La Triple A, la organización ultraderechista que salía por las noches a raptar a melenudos y comunistas, pidió su cabeza. Y Puig, lógicamente, se asustó. Mucho. Y se piró del país. Acabó viviendo en México, en el presuntamente homófobo México.

Puig siguió escribiendo y vendiendo muchos libros. Era un autor de éxito, traducido al inglés y a muchas otras lenguas, y alabado en todas las capitales de Europa. En 1976 publicó en español la que está considerada su mejor novela, El beso de la mujer araña. Parecía que el texto iba a tener la misma buena acogida que sus libros anteriores, pero, sorprendentemente, Gallimard, la todopoderosa editorial francesa que había traducido con mucho éxito sus otros libros, rechazó el nuevo. Ese rechazo provocó otros rechazos en cadena, y otros países se negaron a publicar el libro.

¿Por qué rechazó Gallimard El beso de la mujer araña? Es más importante preguntar quién lo rechazó. En 1976, la editora responsable de literatura española e hispanoamericana en el sello francés era Aurora Bernárdez, esposa de Julio Cortázar, y fue ella, personalmente, quien desaconsejó a la dirección editorial la traducción de la novela de Puig. En su informe adujo que no encajaba en la línea de la casa. En la línea ideológica, apostillo.

El beso de la mujer araña es una historia de amistad y algo más entre dos presos. Uno de ellos es un preso político, un líder comunista, un revolucionario de postín, un libertador de las Américas. Pero un revolucionario homosexual. Y Aurora Bernárdez no podía tolerar que se conjugaran ambos conceptos. ¿Un Che Guevara maricón? ¿Un montonero bujarra? ¿Un guerrillero que pierde aceite y deja rastro en la selva? Ni hablar. Nuestros revolucionarios son muy machos. Mírenles las barbas, observen cómo se follan a las jóvenes comunistas de Europa, fíjense en cómo fuman puros de calibre de columna dórica.

Bueno, quizá lo de fumar puros no sea el ejemplo más heterosexual, pero ustedes captan la idea. Que no, dijo Bernárdez, que por ahí no pasamos.

Y rechazó una novela magnífica que, además, se iba a vender un montón.

No conocía esta historia, la descubrí hace poco. Y, tras leerla, decidí que era hora de parar el coche y pedirle a Julio Cortázar que bajara a hacer un pis. Lo siento, Julio, me he dado cuenta de que eras un político provinciano y tripudo encerrado en el cuerpo de un escritor espigado, de que la literatura no te llenaba tanto como la militancia y que te hacía más feliz firmar manifiestos que cuentos. Porque Bernárdez, aunque tuviste otras mujeres, fue tu mujer, la que mejor te entendió, la que sabía más de Cortázar que Cortázar mismo y la que, tras tu muerte, ha construido el mito Cortázar, velando por la ortodoxia cortazarista. Y yo no puedo ceñirme al personaje que ha diseñado una comisaria política.

Lo siento, Julio, hasta aquí hemos llegado. Por favor, sal del coche y haz un pis, que quedan muchos kilómetros hasta Buenos Aires.

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