En la entrevista que le hacían a Richard Ford en el programa Talking Books del que escribí hace unos días, el tipo dijo algo muy interesante. Hablaba de la escritura como vocación, no como profesión, y establecía un símil muy acertado y poderoso. Decía Ford que una profesión es una vía paralela a tu vida. Por un lado está tu vida y, junto a ella, discurre otra vía, la de tu profesión. Generalmente, ambas vías no se cruzan nunca, o lo hacen muy de vez en cuando. Lo que te preocupa y lo que haces en tu profesión es distinto de lo que te preocupa y lo que haces en tu vida. Hay un desdoblamiento de ti, dos partes de ti mismo que incluso pueden contradecirse (pero sin consecuencias, porque no colisionan, corren una junto a la otra). Esa es la actitud profesional, añado yo, que permite a muchas personas ejercer actividades abyectas sin sentir ninguna culpabilidad.

La vocación, en cambio —dice Richard Ford—, discurre por la misma vía que tu vida. Es, de hecho, la misma cosa que tu vida, no hay barreras ni distinciones entre tu oficio y tu «vida privada». No es algo sacerdotal, aclara Ford, no tiene que ver con una iluminación divina ni con un sentido redentor o misionero de la existencia. Simplemente, lo que haces y lo que eres son una misma cosa, no hay desdoblamiento, no hay manera de desligar la persona del profesional. Por eso Ford dice que la escritura, para él, no es una profesión, sino una vocación.

Un querido compañero y maestro periodístico le decía a otro compañero, cada vez que éste recibía una invitación a una comilona o pillaba un buen regalazo de los que antes se hacían a los plumillas: «Fulano, el periodismo es un sacerdocio, pero en tu caso es un obispado».

Hablando de vocaciones, claro.

He conocido a muchos periodistas que han sentido y todavía sienten su oficio como una vocación. Nunca ha sido mi caso. Ni sacerdote ni obispo, yo he sido más un mercenario con mayor o menor fortuna. Alguien que, quizá, le robó injustamente el puesto a otro periodista vocacional, que sentía el oficio con mucha más intensidad. Porque yo, al salir de la redacción, dejaba de sentirme periodista.

Mi vocación estaba en otro sitio, pero no me hacía muchas ilusiones de verla realizada. Soy un chaval de barrio adiestrado en rebajar sus propias ambiciones. Cuando, en la universidad, cultivé amistades con personas que no eran de barrio, descubrí que les habían adiestrado en otra clave. Que apuntaban alto, que se creían con derecho a triunfar en lo que se habían propuesto triunfar, y que su familia esperaba de ellos ese triunfo. A nosotros, a los chavales de barrio, se nos pedía que hiciéramos lo que pudiéramos. Con llegar a la universidad y encontrar un currete digno, habíamos colmado el orgullo paterno. Si aspirábamos a más, era cosa nuestra. Para ellos y para nuestros congéneres, habíamos cumplido.

En mi familia no había escritores. Ni periodistas. Ni nada vagamente intelectual. No tenía espejo en el que mirarme ni tutor al que impresionar. Por eso, escribía siempre sin tener claro que mi escritura podía convertirme algún día en escritor. Mis sueños eran de fracaso. Esperaba ser rechazado, no valer, no ser comprendido. Era lo normal. No me desesperaba la perspectiva. Nadie —ni siquiera yo— se iba a decepcionar si no lo conseguía.

Aunque mentalmente parece un planteamiento muy sano, es absurdo. Porque yo me he esforzado y me esfuerzo mucho en la cosa literaria. Nadie se esfuerza tanto si no espera sacar un rédito. Nadie hace lo que hago yo si no es en términos de inversión. Si la perspectiva del fracaso no me daba miedo, ¿por qué gastaba tanto tiempo y tantas dioptrías en esta pasión tan vacua y tan difícil de explicar?

Nunca pensé que algún día viviría mi vocación, que no habría profesiones para mí. Pero lo cierto es que ahora estoy más cerca que nunca de alcanzar algo que jamás perseguí en serio (o que nunca me permití confesar que perseguía). Y lo peor de todo es que ni siquiera sé si me hace feliz. Desde luego, sé que no tengo derecho a estar feliz por ello. Pero me ilusiona. Y me extraña. Y me da vértigo.

Hay muchas cosas que aún no puedo contarles, pero esta sí: mi próximo libro, La hora violeta, aparecerá también en Italia en 2013. La editorial milanesa Rizzoli, una de las más grandes del país (su grupo es propietario, entre otras muchas cosas, de Il Corriere della Sera, por ejemplo), ha comprado los derechos de la obra para la lengua italiana. Y están pasando otras cosas que me tengo que callar de momento, pero que me hacen sentir vértigo porque no me acostumbro a vivir en mi vocación. Y no sé si me acostumbraré.

Por otra parte, ya hay fecha de publicación de La hora violeta en España. Mondadori pondrá el libro a la venta el próximo mes de marzo. En cuanto tengamos una portada, se la mostraré (si los supertacañones de Random House me consienten la primicia).

Quería darles las gracias por haberme acompañado y leído cuando sólo era un chaval de barrio diletante y demasiado soberbio para reconocer su inabarcable soberbia, y espero que no se marchen, que sigan conmigo ahora que parece que mi vida sólo tiene una vía y que me publica el gran contubernio judeo-masónico editorial mundial, sacándome de la simpática y acogedora madriguera underground para soltarme en los procelosos mares llenos de tiburones y vertidos de fuel.

Ojalá les guste lo que está por venir. Ojalá sepa hacerlo bien. O, al menos, no desastrosamente mal.

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