Monsieur de Norpois es uno de los casi doscientos personajes de En busca del tiempo perdido. Aparece al principio del segundo volumen y, como todo en la literatura de Proust, se construye a través de las miradas que los demás proyectan en él (si se puede proyectar una mirada, que no estoy seguro). Me explico: una primera imagen de Norpois es la del padre de Marcel Proust, que trabaja con él en una comisión del gobierno. Parece una imagen respetable y de admiración. Luego, viene la imagen del propio Proust adolescente, que, en su contacto con el personaje, descubre muchas cosas que no encajan con el retrato que su padre había hecho de él. Más tarde, cuando De Norpois hace mutis, vuelve la imagen del padre, matizando e ironizando sobre la primera impresión oficialista y acercándose un poco —muy tenuemente, pero con intención clara— a la caricatura. Finalmente, el lector ve a De Norpois con los ojos del matrimonio Swann y de los esnobs que calientan con sus culos las sillas de sus salones. Caleidoscópicamente, el personaje se forma con todas sus caras y reflejos hasta completar la imagen correcta. O la imagen dual correcta, formada por la visión oficial y la del que sabe de lo que habla.

Así, oficialmente, Monsieur de Norpois es un erudito diplomático de exquisitas maneras, amplísima cultura y aguda conversación. Pero, en realidad, como vamos descubriendo a través de las miradas superpuestas, Monsieur de Norpois es un viejo chismoso que cotillea de sus amigos a sus espaldas, su amplísima cultura es un repertorio ridículo de lugares comunes y su aguda conversación aburre a las momias.

En definitiva, Monsieur de Norpois es, como suele decirse, un gilipollas. Pero Proust, en vez de presentarlo como un gilipollas desde la primera página, permite que descubramos a fondo la hondura de su gilipollismo, para que no dejemos de apreciar lo enormemente gilipollas que puede llegar a ser.

El joven y letraherido Marcel admira hasta el delirio a un refinado escritor llamado Bergotte, a quien De Norpois conoce. El imberbe Proust comete la imprudencia de confesar al carcamal su veneración por los libros del decadente Bergotte, y De Norpois aprovecha para humillarle y soltarle un discurso sobre estética en el que argumenta por qué la literatura de Bergotte le parece un montón de mierda:

«En una época como la nuestra en la que la complejidad cada vez mayor de la vida apenas deja tiempo para leer, en la que el mapa de Europa ha sufrido modificaciones profundas y está en vísperas de sufrir otras aún mayores, en la que se plantean por doquier tantos problemas amenzadores y nuevos, convendrán ustedes conmigo en que tenemos derecho a pedir a un escritor que no sea simplemente un hombre culto capaz de hacernos olvidar con consideraciones ociosas y bizantinas sobre méritos puramente formales la posibilidad de vernos invadidos de un instante a otro por una doble ola de bárbaros: los de fuera y los de dentro. Ya sé que eso es blasfemar contra la sacrosanta escuela de lo que esos señores llaman el Arte por el Arte, pero en nuestra época hay tareas más urgentes que la de disponer palabras de forma armoniosa. La de Bergotte es a veces —no lo niego— bastante seductora, pero en conjunto todo eso es muy escaso, pobre y poco viril».

Hoy, los De Norpois emplearían la expresión «con la que está cayendo». Serían más zafios en su retórica, pero el fondo sería el mismo. Y muchos escritores parecen estar de acuerdo. ¿Cómo podemos ser tan frívolos, en una época como la nuestra, con la que está cayendo, para componer libros tan maricones, tan poco viriles, tan alejados del hic et nunc —si es que decir hic et nunc no es estar fuera del hic et nunc—?

En la tercera estrofa de uno de sus poemas más famosos (A los que nazcan más tarde), Bertolt Brecht escribió:

¡Qué tiempos son estos
en que una conversación acerca de los árboles casi es un crimen
porque implica estar callado sobre tantas fechorías!

Déjenme citarlo en alemán, que mola mucho más:

Was sin das für Zeiten, wo
Ein Gespräch über Bäume fast ein Verbrechen ist
Weil es ein Schweigen über so viele Untaten einschlieβt!

Otro alemán, Theodor Adorno, dijo que «escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie».

Al menos, Brecht terminó su poema pidiendo a los que nacerán más tarde: «Pensad en nosotros / con indulgencia». Es decir, que no renunciaba a conversar sobre los árboles ni a escribir poesía, aunque pensara que estaba mal, que no era revolucionario, que era amoral e inútil. Brecht, al contrario que Adorno, era un ser hedonista, enamorado de los refinamientos de la cultura china y lo bastante frívolo como para coleccionar coches. Por eso pedía perdón por anticipado, porque no tenía ninguna intención de renunciar a las cosas que le daban placer. Adorno, incorruptiblemente luterano, estaba más cerca de Monsieur de Norpois.

Cuando se visita el campo de concentración de Buchenwald, en las afueras de Weimar, es difícil ignorar un tocón podrido y chamuscado que destaca en una de las parcelas. Las cartelas indican que se trata de los restos del llamado roble de Goethe. Para construir los barracones de Buchenwald, los nazis talaron una parte del frondoso bosque turingio que arropa la neoclásica ciudad de Weimar. Se salvó de la tala un árbol, que, según la leyenda, era el favorito de Goethe cuando se iba de excursión por allí. Dicen que a su sombra él mismo hacía sombras de las suyas, leía, escribía y, suponemos, fornicaba con princesitas y campesinas tiernas y mantecosas. La tradición literaria dice también que el autor de Fausto escribió el famoso episodio de La noche de Walpurgis sentado bajo sus ramas. Los presos de Buchenwald, entre los que había una reseñable cantidad de escritores, intelectuales y asimilados (como Jorge Semprún), veneraban ese lugar, ese espacio frívolo que hasta los nazis habían respetado. Les recordaba la vida que habían perdido, el mundo que veían arder y marcharse por la chimenea del crematorio.

No eran tiempos para conversar sobre árboles, pero los reclusos del campo no encontraban placer mayor que una conversación sobre aquel árbol. De este roble, que ardió en un incendio tras un ataque aliado, escribieron, entre otros, el propio Semprún y Joseph Roth.

Siluetas de Goethe precoitales en posición de cortejo.

Proust escribió más de la mitad de En busca del tiempo perdido después de 1914, en plena Gran Guerra. Mientras su idealizada Francia de salones y primaveras con campanarios se ahogaba en el fango de las trincheras, él escribía páginas y páginas de naderías, llenas de personajes ociosos que sufren por amores no correspondidos o se emboban durante varios capítulos con las flores dispuestas al estilo japonés en el salón de recibir de Odette Swann. Todo ello, con larguísimas y laberínticas cláusulas subordinadas en las que se superponen símiles y metáforas de construcción exquisita.

Jódete, Monsieur de Norpois, debía de pensar Proust. Yo no escribo de bombas ni de los desastres de la guerra. Yo escribo de lo que me sale del crisantemo de Madame Swann.

Si me dan a elegir, me quedo con Proust antes que con Brecht, aunque el compromiso de Brecht sea un compromiso culpable y lleno de esnobismo (es decir, un compromiso en el que me puedo sentir cómodo, porque reconoce de antemano su carácter paradójico y lo asume sin complejos).

Cuando las bombas empiecen a caer, espero que me sorprendan escribiendo sobre mi tiempo perdido y no arengando al vacío con tópicos de tercera mano. Espero que los De Norpois del futuro juzguen mi literatura como muy escasa, pobre y poco viril.

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