¿Y si los españoles tratáramos a los gitanos como los franceses de la época del affaire Dreyfus trataron a los judíos? ¿Y si los gitanos fueran nuestros judíos?

No empiecen a insultarme todavía, lean un poco más antes de eructarme un comentario.

Estas preguntas vienen de mi absorbente lectura de los siete tochos (quince en su versión original) de En busca del tiempo perdido, de Don Marcelo Proust (no es coña esto de Marcelo: la primera traducción al español de Por el camino de Swann la hizo el poeta Pedro Salinas en 1922, y como autor del libro aparecía un tal Marcelo Proust, que a mí me suena a psicólogo argentino discípulo de Lacan. Qué tiempos aquellos en los que Verne era don Julio y Engels era Federico a secas, sin el don). Ya ven que soy supermegapostmoderno y estoy a la última en lecturas. Qué le voy a hacer si a ratos el siglo XXI se me vuelve demasiado siglo XXI y necesito regresar a las locomotoras de vapor, a la homosexualidad reprimida y al cántaro que va a la fuente porque todavía no hay agua corriente en las casas.

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La supernovela de Proust está ambientada en la alta sociedad parisina fin-de-siècle, en los años inmediatamente anteriores y posteriores a la movida Dreyfus, unánimemente considerada por los historiadores como palanca del antisemitismo europeo. Es decir: el acontecimiento que permitió que el antisemitismo dejara de ser una forma popular de racismo —una de tantas, nos gusta tanto el racismo a los europeos que lo hemos cultivado de muchas maneras— para devenir un movimiento político organizado que acabó tomando forma de horno crematorio. Según Hannah Arendt, el personaje de Swann es fundamental para entender la génesis de ese antisemitismo, porque describe muy bien la situación paradójica en la que se quedaron atascados los judíos en la sociedad francesa.

Resumo muy brevemente la interpretación de Arendt. Premisa número uno: para la aristocracia francesa, los judíos eran caca. Premisa número dos: el Estado francés estaba sostenido y financiado con el dinero de judíos ricos. Premisa número tres: esos judíos, ya que pagaban la fiesta, querían ser parte de ella. Consecuencia: la aristocracia aceptó a algunos judíos, a los que consintió dejar de considerar caca. De hecho, los judíos se pusieron un poco de moda, todo salón que se preciara debía de tener su judío, y presumía de él. Mi judío es mejor que el tuyo, se decían, dándose envidia.

Pero la situación de esos judíos en los salones era difícil, y acabó volviéndose imposible por una concatenación de contradicciones. Por una parte, los judíos (muchos de ellos, cristianos en verdad, gente que había renunciado a su cultura y a su religión hacía generaciones, pero que conservaba la marca de su judeidad en el apellido y en la profesión) querían dejar de ser judíos. Lo que buscaban al integrarse en los salones era ser unos aristócratas más, asimilarse en la clase social a la que, por dinero e influencia política, se sentían pertenecientes. Pero sabían también que esa aristocracia no les iba a aceptar nunca como miembros de pleno derecho, como no aceptaba a los burgueses, por muy ricos que fueran. Si estaban en los salones era precisamente porque eran judíos, y su pertenencia a la corte estaba condicionada a que no perdieran del todo su judeidad, pero que tampoco la exhibieran.

Es decir: eran judíos que no podían ser judíos (porque una reivindicación de su condición cultural les supondría la expulsión de ese mundo: en los salones, oficialmente, entraban como franceses, no como judíos) pero tampoco podían asimilarse, porque perderían ese charme, ese hecho diferencial que los hacía atractivos y deseables. Es difícil de comprender (por eso hacía falta un genio como Proust para narrar todas estas sutilezas), pero la maraña de sobreentendidos y normas no escritas establecía claramente que:

a) Usted está aquí porque es judío, pero
b) si hace alarde de su condición de judío, será expulsado, ya que aquí no queremos judíos, aunque
c) si se asimila por completo y pierde todas sus señas de judeidad, tampoco nos interesará, porque entonces no habrá nada que lo distinga de un burgués y, por tanto, no tendrá derecho a estar con los aristócratas.

a pero b aunque c. Esa es la fórmula de la esquizofrenia social en la que vivían los judíos ricos en la Francia de Dreyfus.

Arendt compara esta situación con la que vivieron los homosexuales en los círculos artísticos parisinos y neoyorquinos durante parte del siglo XX: se les aceptaba por ser homosexuales, siempre que no hicieran un alarde convincente de su homosexualidad y tampoco la escondieran o se hiciesen pasar por heterosexuales. Se les exigía que tuvieran pluma, pero no que alardeasen de haberse follado a alguien ni que ligaran a la vista de los demás.

Con estos judíos sucedía lo mismo: debían de tener una pluma judía (cierto grado de extravagancia judía: un apellido, una profesión vil y monetaria, buen ojo para las inversiones, talento con los números, sensibilidad artística y/o científica…), pero no hasta el punto de tener una menorah en su casa o de desear a los niños un feliz Hanuka. Este ser judío sin serlo, este delirante e insostenible juego de ambigüedades es lo que, según Arendt, va a reventar en el affaire Dreyfus y acabará en los hornos de Auschwitz (a la receta le faltan otros ingredientes: por sí solo, este antisemitismo no genera a Hitler).

Porque, obviamente, les estaban pidiendo a esos judíos que jugaran a un juego inverosímil, cuyas normas se contradecían y en el que era imposible ganar o perder. Un juego que negaba cualquier posibilidad de asimilación social y les condenaba a ser siempre diferentes y raros.

Bien, ahora voy con lo de los gitanos.

Me he aficionado al programa de flamenco de RNE 3, Duendeando, en el que se entrevista a muchas figuras de ese arte. Entrevistas de personaje, cálidas, bien hechas. El presentador, Teo Sánchez, no sólo es un erudito del flamenco, sino que conoce personal y tiernamente a muchos intérpretes, y crea con ellos un aire de confianza favorable a la confidencia y a la intimidad. Lógicamente, muchos de sus invitados son gitanos. A veces, viejas y olvidadas figuras a las que ya nadie contrata (y son fantásticas estas entrevistas, de viejos y dignos señores gaditanos que por el día pescan y por la noche cantan), pero casi siempre son grandes nombres, bailaores, cantaores y tocaores que han actuado en los mejores escenarios del mundo. Jet set cultural, puritita élite social.

Un programa de Duendeando:


Pero una élite puesta entre comillas. Me he ido dando cuenta de que la fórmula de los judíos de Proust-Arendt puede aplicarse a los grandes del flamenco. Especialmente, a aquellos que trascienden el público del género y se hacen mainstream. El mundo cultureta (el alto mundo cultureta, su high society) les acepta, una vez que alcanzan la fama, porque su excepción cultural aporta un charme salvaje y primordial. Se les quiere por gitanos, pero se les acepta porque viven como payos. O porque su gitanismo se reduce a ciertos tics socialmente admisibles. De nuevo, como pasaba con los judíos: son como nosotros, pero sin serlo. Y ese ser sin ser es lo que les mantiene en el candelero y lo que trenza las amistades. Parece gitano, pero sólo en lo cosmético. Parece judío, pero no es como esos judíos sucios del gueto.

Los estadounidenses dirían: es negro, pero habla como un blanco. Obama es como esos judíos de Proust o como nuestras estrellas gitanas del flamenco: es el tipo de negro que la oligarquía puede invitar a cenar. Un negro café con leche, bien educadito, que no se viste con pantalones de rapero ni trafica con crack. Por eso nos gusta también ese gitano culto, que cita a García Lorca (de hecho, García Lorca es el primer payo que empezó a jugar con esta tramposa forma de integración social), que hace versiones flamencas de clásicos del punk y que es la alegría de todas las inauguraciones de todas las galerías de arte; ese gitano que, sin dejar de ser gitano, no es como los gitanos que atracaron a mi hijo el mes pasado o como los que iban recogiendo chatarra en una fregoneta. Por eso nos gusta ese judío que nos da consejos financieros y que nos habla del último pintor de moda (para que compremos sus cuadros), pero no lleva barbas pegajosas y no tiene las uñas negras de tanto contar monedas de plata.

Si ni siquiera las élites de una minoría social o cultural consiguen integrarse realmente en la sociedad mayoritaria, la minoría entera está condenada a husmear en los márgenes para siempre.

Las sociedades elitistas occidentales no han cambiado tanto en ciento y pico años. Por eso aprendo más de mi mundo leyendo a Proust que a algunos de mis contemporáneos.

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