No todo va a ser follar,
ya follé el año pasado,
a la orillita del mar
con una mujer  simpar
que después me dio de lado.
Lo recuerdo trastornado,
pero sin exagerar.

Javier Krahe

Ya lo decía el maestro: no todo va a ser follar. Pero eso no significa que no haya que follar. Follemos, pasémoslo bien, pero disfrutemos también de otras cosas divertidas. Eso, básicamente, es el epicureísmo. En esta letra de Krahe se condensa lo esencial y lo más profundo de una de las corrientes filosóficas más influyentes, complejas y polémicas de la historia de occidente. Una corriente basada en el principio del placer.

Aunque el epicureísmo debe su nombre a Epicuro, filósofo griego del que sabemos muy poquito (algún chascarrillo cabroncete difundido por filósofos rivales) y de cuya obra apenas nos han llegado cuatro frases mal transcritas, lo que hay que saber de esta corriente está en un larguísimo poema latino del siglo I antes de Cristo titulado De rerum natura, escrito por Tito Lucrecio Caro. Como ese poema es en realidad una descripción del mundo físico, una especie de compendio del universo y de la relación del hombre con él, en él se explica muy pormenorizadamente en qué consiste el epicureísmo, pues Lucrecio era un convencido seguidor de Epicuro. Y, básicamente, por lo que se cuenta en el libro que acabo de leer, la síntesis del epicureísmo es muy parecida a la canción  No todo va a ser follar de Krahe.

De rerum natura se abre con un himno a Venus. Es decir, un himno al sexo, a la grandeza creadora del acto de follar. Deja claro, por tanto, que follar es muy importante para llevar una vida feliz, pero el resto del poema —siempre según lo que cuentan en ese libro que me acabo de leer, pues aún no me he leído el tocho de Lucrecio, que ha rescatado en castellano El Acantilado, en lo que, a simple vista y al peso, parece una primorosa edición— relativiza un poco la mística de follar. Viene a decirnos: follar está bien, hay que entregarse a ello con esmero y gozo, pero la vida está llena de otros muchos goces y, si estamos todo el día pensando en follar o follando, nos los perdemos. Y como, según el epicureísmo, el objetivo más alto al que debe aspirar una persona es el placer, es estúpido privarse de otros placeres para gozar de uno solo. Vive una vida placentera y vivirás una vida feliz, dice Lucrecio. Por lo tanto: folla, pero sabiendo que no todo va a ser follar.

Puro epicureísmo.

Puro epicureísmo.

En el fascinante ensayo que me acabo de terminar, El giro, de Stephen Greenblatt —que, durante un par de días, me ha apartado de mi agobiante y creciente pila de lecturas pendientes—, se explica la historia de la recuperación del manuscrito medieval de De rerum natura, que permaneció olvidado durante más de mil años, y cuyo encuentro prácticamente casual cambió la concepción filosófica del mundo y enterró la Edad Media para fundar el mundo moderno. Poggio Bracciolini, un latinista de Florencia que había sido secretario pontificio —pero que se había quedado sin trabajo después de que su jefe, el papa de Roma, fuera encarcelado y destituido de su cargo por el concilio de Constanza— era también un cazador de libros: un erudito que recorría los monasterios más apartados de los Alpes y husmeaba en sus bibliotecas en busca de copias de textos latinos. Buscaban obras de Cicerón, Séneca y otros grandes del Imperio Romano. Textos perdidos y despreciados.

El poema de Lucrecio estaba en un monasterio alemán. Nadie lo conocía, se había perdido por completo, pero Bracciolini se dio cuenta de que era una obra excepcional, de un valor literario y filosófico incalculables. La mandó copiar, llevó la copia a Florencia y, a partir de esa copia, mandó hacer otras (no existía la imprenta aún, era el año 1417). Muy pronto empezó a circular entre los latinistas y literatos italianos. Cuando llegó la imprenta, se hicieron varias ediciones que circularon por Francia, España e Inglaterra. En menos de cien años, De rerum natura se convirtió en un libro fundamental para los humanistas europeos, y las cosas que en él se decían (heréticas, pecaminosas, que atentaban contra el corazón mismo de la moral y de la fe cristianas) cambiaron la concepción del mundo.

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Básicamente, se pasó de un paradigma en el que se glorificaban el dolor, el sufrimiento y el sacrificio, a otro que no sólo despenalizaba la búsqueda del placer y de la felicidad, sino que la anteponía a cualquier otra consideración moral. Lucrecio decía que el placer individual estaba por encima tanto de cualquier concepto religioso como de cualquier imposición estatal o patriótica. Ni la nación ni la religión importaban más que el placer, y el escepticismo devenía la postura moral más sana y socialmente beneficiosa.

En una palabra: De rerum natura sentaba las bases filosóficas de una moral atea.

Giordano Bruno, Galileo Galilei e Isaac Newton leyeron a Lucrecio y se enamoraron de sus planteamientos. Y se sabe que los Ensayos de Montaigne están directamente inspirados en De rerum natura. A través de Montaigne y de otros escritores, el espíritu epicúreo del poema se ha transmitido en la cultura occidental (en la filosofía, la literatura y el arte, pero también en las ciencias físicas). Todos los autores que amo y que me gustaría considerar mis maestros son deudores de esas ideas epicúreas, desde Proust a Nabokov.

Lo fascinante de todo (y esta hipótesis encaja en el paradigma epicúreo, que considera que las cosas suceden por azar y no hay un destino ni una providencia que las guíen) es que este espíritu, tan cardinal en nuestra cultura, tan importante y decisivo, podría haberse perdido si Poggio Bracciolini no hubiera encontrado el códice en un monasterio perdido de los Alpes (o si los monjes no hubieran considerado valioso el libro y lo hubiesen borrado para escribir salmos encima). De eso va este ensayo del profesor Greenblatt, ante el que yo me descubro y aplaudo. Ojalá hubiera en España eruditos con la prosa y el talento divulgativo de Greenblatt. Claro que, para ello, primero tendría que haber universidades como las que dan cobijo a talentos como el de Greenblatt.

En fin.

No todo va a ser follar, amigos.

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