«Muchas veces gobernar es repartir dolor.»
Alberto Ruiz-Gallardón
Ministro español de Justicia

«Quiero reivindicar la política grande, esa que para destacar su dignidad y valor solemos llamar la política con mayúsculas»
Juan Carlos de Borbón
Jefe de Estado español

«Yo, a mí… Yo no sé los demás qué dirán, pero a mí me gustan grandes.»
Testimonio anónimo en el telecomercial de Jes Extender, prodigioso alargador de penes

A Juan Carlos de Borbón, como a la chica del anuncio de Jes Extender, también le gustan grandes. Al menos, las presas de caza y la política. Por una pieza menor que un elefante, no se rompe una cadera, y por menos de un 23-F, no comenta la actualidad. Y si la caza mayor en África consiste básicamente en repartir dolor y dar trabajo al taxidermista, Gallardón se sentirá identificado con su monarca en su misión castigadora-redentora. Y no sólo en el fondo de la metáfora: como el Borbón, el ministro también dispara contra blancos previamente anestesiados y colocados a tiro, como el osito Mitrofán que se cargó en Rusia. Dispara contra nosotros, débiles, hambrientos y maldormidos.

La lástima para Gallardón es que, a diferencia de un cazador consumado como el rey, él no podrá exhibir en su salón nuestras cabezas disecadas. Por muy mañoso que sea el taxidermista, pocas cabezas humanas decoran tan bien una sala noble como una de elefante o de un buen oso conservado en vodka. Nuestras pieles tampoco sirven para hacer alfombras (salvo las de algunos ejemplares especialmente peludos). Si acaso, para una chaqueta de cuero o para encuadernar libros malditos como el Necronomicón.

Es más bonito cazar animales africanos que cazar humanos. Es más aristocrático, más chic, más de política con mayúsculas.

Pero, en fin, supongamos que cuando Gallardón habla de «gobernar», está en el ámbito de la «política con mayúsculas» que reivindica Borbón. Una política grave, paternal, implacable. Una política de progenitor ancien régime, de las hostias que te doy son por tu bien, de cuando seas padre comerás huevos, de porque lo digo yo y sanseacabó.

No es extraño que un Estado cuya jefatura es patrimonialista y está gestionada por una familia feudal genere una política paternalista que trata a los ciudadanos más como hijos (súbditos) que como ciudadanos. Unos hijos a los que unas veces se elogia y, otras, se castiga. Por su bien. Siempre por su bien.

El Estado como una familia es una metáfora que funciona porque una familia, como un Estado, es jerárquica y estamental. Los gobernantes tienden a identificarse con la figura de los padres, y atribuyen a los ciudadanos el papel de hijos. Exactamente igual que durante el feudalismo.

Como hijos que somos, no siempre entendemos lo que tiene que hacer papá para mantener la familia a flote. No comprendemos ni valoramos lo mucho que se esfuerza para pagar la hipoteca y para darnos la paga que, ingratos, malgastamos en lujos fatuos. Para enseñarnos el valor de las cosas, a veces nos dicen: ¿quieres esa moto? Muy bien, pero te la pagarás tú de tu dinero. Búscate un curro o ahorra la paga, que aquí se ha acabado la fiesta, que te crees que el dinero crece en los árboles.

En los árboles, no, papá, le contestamos, pero sí en Cofidis. A ver si te crees que la tata y yo no sabemos que os habéis entrampado hasta las cejas para comprar el coche y el apartamento de Comarruga, ni de que llevas tres meses tirándote a la becaria y que mamá hace como que no entera.

Cuando los hijos salen respondones, el padre ancien régime no se rebaja a discutir con ellos. Faltaría más. Les manda callar y les emplaza a un futuro lejano en el que ellos mismos serán padres y entenderán su postura. O, dicho en palabras de Gallardón, les dice: gobernar es repartir dolor.

Esta forma de ser político-con-mayúsculas/padre no es exclusiva del Partido Popular. Durante años, el PSOE ha sido un maestro del que el PP ha aprendido muchos trucos. Recuerden la obsesión de José Luis Rodríguez Zapatero por la pedagogía. Abogaba por una política pedagógica, que consistía tanto en hacer de los cargos electos arquetipos éticos que se aplicaran a sí mismos su prédica como en convertir a esos mismos cargos electos en predicadores capaces de inocular por vía retórica al más lerdo de los españoles las bondades de su gobierno. Rubalcaba también exhorta a sus manos derechas a «explicar bien» las cosas. Como si nuestro problema fuera de desarrollo cognitivo, como si el rechazo y la crítica ciudadanas se debieran a una cortedad de entendederas.

No sólo nos tratan como si fuéramos sus hijos, sino como si fuéramos sus hijos tontos.

Ese doble insulto se vuelve triple cuando comprobamos que quienes pretenden explicarnos las cosas con condescendencia y desdén no sólo no son más inteligentes que nosotros sino que, en un número nada desdeñable de casos, exhiben unas luminarias de cortísimo alcance, lindantes con la lerdez, con discursos e intervenciones más propios de una redacción escolar (de las malas en un colegio malo) y una incapacidad para improvisar que daría risa si no diera pena.

Quizá a estos políticos les falten las mayúsculas que reclama el Borbón (nota para la Fiscalía General del Estado, por si está leyendo estas líneas de oficio: si Concha Velasco, Montserrat Caballé y Sofía Loren son la Velasco, la Caballé y la Loren a mucha honra para ellas, el uso antepuesto del artículo al apellido, con su inevitable cosificación, no debiera importunar al excelentísimo señor citado), pero yo creo que las llevan de serie. El dolor de Gallardón y las mayúsculas del monarca remiten a una misma concepción autoritaria del gobierno. Gallardón reivindica su papel de padre que hace las cosas por el bien de la prole, y Borbón reclama próceres barbados y graves, seres a la altura de las alturas del poder.

Ante una metáfora familiar de ese calibre, no cabe discusión posible. El debate está negado de principio, porque quienes ejercen el poder consideran a quienes sufrimos ese poder menores de edad. Pueden avenirse a explicarnos las cosas en nuestro lenguaje. Rapeando, quizá, para que lo entendamos mejor, pero no van a aceptar una discusión. Pues, para que haya una discusión, los discutidores han de percibirse recíprocamente en términos de igualdad. Un padre ancien régime no discute sus decisiones, las impone. Si los hijos las aceptan de buen grado, estupendo. Si no, reparte dolor, pero nunca se plantea seriamente las objeciones. Mientras vivas bajo mi techo, harás lo que yo diga, como hice yo con mi padre, y como mi padre hizo con el suyo.

Para eso vivimos en una monarquía.

¿Dónde se ha visto un señor feudal que acepte sugerencias, peros o sin embargos de sus siervos?

La vindicación de las mayúsculas en la política es redundante: lo que no conoce la política española son las minúsculas. Los políticos españoles sólo entienden de mayúsculas, tienen los teclados bloqueados y no saben escribir de otra forma.

Además, el dolor sólo puede aplicarse desde las mayúsculas. Las minúsculas, como mucho, pueden escocer o picar, pero nunca doler. Al menos, cuando te las arrojan, porque hay minúsculas íntimas, ajenas a cualquier política, que duelen como cálculos en el riñón, que salen por la uretra desgarrando el tejido y haciéndote sudar y maldecir. Pero si los políticos con mayúsculas no entienden las minúsculas normales, mucho menos van a comprender estas minúsculas sutiles que la vida va acumulando en el alma conforme vivimos.

Como escritor y currante de las palabras, como profesional que no sabe hacer otra cosa que escribir y que no se ha ganado la vida nunca con otra cosa, invitaría al Borbón a descubrir la gracia y la hondura de las minúsculas, tan delicadas, tan ajenas a la grosería y al eructo, tan versátiles para el susurro y el gemido. Pero, qué coño, estoy cabreado. En minúsculas, pero muy cabreado. Como muchos otros compatriotas. Y no me da la gana responder a sus insultos con invitaciones a descubrir cosas maravillosas. Que se jodan. Quédense en sus mayúsculas. Ojalá se les caiga encima un abecedario entero tallado en piedra, para que el dolor que reparten se concentre en ustedes alguna vez.

Y si gobernar es repartir dolor, especialmente cuando se gobierna como gobiernan ustedes, ándense con tiento, porque ser mal gobernado ha llevado muchas veces a los malgobernados a repartir dolor a sus malgobernantes. Y no un dolor metafórico ni sentimental. Un dolor de cabeza cortada por guillotinas, de cuerpos agujereados por pelotones de fusilamiento y de cuello ahorcado por sogas recias. Como dice el novelista Pablo Gutiérrez: en España no falta indignación, sino dinamita. Repasen la historia y pónganse bufanda, que los fríos de estas fechas pueden ser letales.

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