No soy un apologista de la paternidad, como no lo soy de casi nada. No suelo dar consejos sobre cómo ha de vivir la gente su vida, del mismo modo que agradezco que no me los den a mí si no los he solicitado antes. Soy un padre feliz, la paternidad se ha convertido en una parte nuclear de mi identidad y ya no me entiendo sin la condición de padre, pero me cargan muchísimo los evangelistas de la cosa paterna que van por ahí animando a la gente a reproducirse y a insinuar (o decir abiertamente) que las vidas de los que son padres son más vidas, más completas o más realizadas (sic).

Yo no creo que mi vida sea más feliz, más completa o más realizada (sic) que la de alguien que no quiera ser padre. Tampoco menos. No creo que quienes renuncian a tener hijos «no sepan lo que se están perdiendo». Creo, de hecho, que muchos saben perfectamente lo que se están perdiendo, y están encantados de perdérselo. Y hacen muy bien. Por ellos y por sus hijos no nacidos: nadie merece amargarse la vida innecesariamente y ningún niño merece un padre amargado por el hecho de serlo.

La paternidad es sucia, agotadora, cansina, noctámbula, madrugadora, desordenada, repetitiva, obsesiva, compulsiva y bipolar. Y, sin embargo, de alguna inexplicable manera, algunos la gozamos con pasión y locura. No precisamente por compensación, esa contabilidad emocional de la psicología barata que establece que la felicidad es el resultado positivo de la resta de beneficios menos sacrificios. Nada en la vida es tan sencillo, y la paternidad (al menos, la paternidad intelectualizada y radicalmente consciente que vivimos nosotros) es incluso más complicada que otros sentimientos. Decir que la sonrisa de mi bebé me compensa de no ir al cine o de no emborracharme con mis amigos o de tener la libido en situación terminal es una simpleza mayúscula. Las emociones no funcionan por mecanismos de compensación. Una tarde de juegos con tu hijo no sustituye un polvo con tu pareja. Afirmar lo contrario es una forma burda y ridícula de autocompasión.

La explicación a algo complejo tiene que ser compleja por fuerza. Si yo, que tengo la espalda hecha un cuatro, prefiero terminar de romperla cogiendo en brazos a mi hijo y ningún dolor ni crujido de vértebras me disuade del impulso de cogerlo, no lo hago por una supuesta compensación. Los dolores que siento no se atenúan por las pedorretas y las carcajadas de mi hijo cuando le cojo en brazos. Los atenúo (los compenso) con analgésicos de farmacia.

La compensación no explica que yo, maldormido, dolorido e impedido para muchas de las cosas que más me gustan en esta vida, a las que he renunciado para cuidar a mi hijo, sienta esa felicidad rayana con lo imbécil. No soy feliz por compensación. Lo soy en términos absolutos e indiscutibles. A pesar de ser un padre tarado. Mi única sombra de infelicidad es que, aunque soy padre de dos hijos, sólo puedo besar a uno de ellos. Sólo uno de ellos me rompe la espalda. Sólo uno de ellos me despierta por la noche.

Y ni siquiera cuando digo esto estoy haciendo apología de la paternidad. Cuento mi historia, hablo de ella, porque a mí me ha gustado mucho que otros padres desgraciados y huérfanos contaran su historia y sentirme reconocido en sus pliegues, en sus preposiciones y en sus inflexiones de voz.

Queda poco para que se publique La hora violeta. Esta noche, como anticipo, quienes vivan en Aragón podrán ver una entrevista de veinte minutos que me hicieron para la cadena autonómica dentro del nuevo programa Código de familia. Se estrena esta noche, a las 22.00 (mi entrevista ocupa la parte central del programa, a partir de las 22.20 o 22.30).

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