Artículo dedicado a David Deza, my hero

Hace unos días, me quedé con la letra S pegada al dedo. Me acababa de cargar otro teclado. Los rompo con más facilidad que las zapatillas. Porque los uso más y con más pasión. Escribo como el fantasma de la ópera, aunque me da a mí que los fabricantes de cacharricos informáticos se pasan un pelo con la obsolescencia programada. Yo soy un escritor intensivo, le doy mucho al teclado, pero es que esta informática low-cost no está hecha para la literatura. Luis Goytisolo acaba de ganar el Anagrama de ensayo con un libro sobre la muerte de la novela. O algo así. Pero no se equivoquen: a la novela no la ha matado la postmodernidad, ni el mercado editorial, ni siquiera los hipócritas lectores o la promulgación de la Logse. La novela, si es verdad que ha muerto (porque los teóricos llevan más de un siglo celebrando su muerte, y digo celebrando, porque no percibo tono fúnebre en sus proclamas, parece que se alegran, los hijoputas), lo ha hecho víctima de la informática.

La máquina de escribir, prima hermana tecnológica de la ametralladora, era una buena herramienta literaria. Sobre todo, las primeras. Esos armatostes de hierro imponentes, que musculaban los dedos de quienes los usaban y hacían un ruido de estampida africana. Su tecleo servía para que los vecinos del bloque supieran que allí vivía un novelista, que un ser titánico y atormentado estaba escribiendo una puta obra de arte. Imponía respeto, situaba en el mundo al escritor. Pero llegó la informática, y con ella, el fin de la novela. Porque los teclados de hoy no resisten un Guerra y paz o una Anna Karenina. ¿Se imaginan a Tolstoi intentando escribir el primer polvo entre el impetuoso Vronsky y la atribulada  Anna con un tecladito del Mediamarkt? Desguazaría uno en cada párrafo. Sus dedazos apasionados romperían las teclas de plástico en cada frase. Al final, desistiría. Aunque él escribía con pluma y en su dacha campestre, como debe de ser, no me cuesta imaginarme al barbudo Tolstoi disfrutando como un energúmeno maltratando una robusta Underwood o una imponente Woodstock, que ni se inmutarían ante los embates digitales del genio ruso. Pero no me lo imagino con un portátil de colores con la manzanita de Apple, sentado en una cafetería rollo Starbucks y dando sorbitos a un café latte.

Así no hay quien escriba grandes novelas rusas. Con los ordenadores de hoy podemos tuitear, escribir chorraditas en blogs como este o contar nuestras tontadicas de cuando estuvimos de erasmus en Eslovenia y nos atrevimos a follar sin condón con una doctoranda de filología hebrea porque estábamos muy locos y la vida nos parecía eterna y el alcohol era abundante y barato. Pero las sagas familiares se nos quedan grandes. Cualquiera se pone a contar el incendio de Moscú en un ordenadorcito de esos que se desarman con mirarlos.

Hemos perdido en fuerza narrativa, pero hemos ganado, sin embargo, en humanidad. Cuando me cargué mi último teclado, que se ha roto por la inicial de mi nombre, la S, dije en Twitter que me disponía a escribir una novela perecquiana, que mi siguiente libro no tendría la letra S. Ni siquiera la letra s, en minúscula. Pero un alma caritativa, un tuitero informático, consciente quizá de mis limitaciones expresivas, se apiadó de mi miseria y se ofreció a regalarme un teclado nuevo a cambio de que yo le dedicase un ejemplar de la novela que escribiera con él.

Trueque. Solidaridad por trueque.

No me lo tomé en serio porque, ¿quién se iba a tomar tantas molestias por un pobre novelista? A los novelistas se nos insulta y se nos veja, que para eso estamos. Y, cuando se nos ha insultado y vejado lo bastante, se nos da un premio para que dejemos de lloriquear. Pero nadie nos regala teclados. Nadie nos regala nada porque ya bastante fama de vagos tenemos, que pensamos que el pijama es ropa de trabajo. Por eso me emocionó mucho recibir una caja con un teclado Logitech inalámbrico con el que estoy escribiendo este post. Para mí, es como un premio literario: un lector, horrorizado quizá ante la idea de que mi siguiente novela no tenga eses, me echa un capote para que no abandone tan pronto mi carrera literaria o no la tire por el inodoro.

A la novela le queda mucha vida por delante si los lectores se preocupan de que los novelistas tengan teclados para escribirlas. Chúpate esa, Goytisolo.

Otros tendrán más fama, más fortuna, más doctorados honoris causa y más necrológicas firmadas por Juan Cruz. Pero yo tengo lectores que me regalan teclados. Y eso, para mí, es el éxito mayúsculo. Millones de gracias, David Deza, prometo escribir algo profundo y honesto con él. Qué grande ha sido este detalle.

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