«Lo hogareño no es lo ordenado. Si no, todo el mundo viviría en réplicas del tipo de las casas estériles e impersonales que se ven en las revistas de diseño de interiores y de arquitectura. De lo que carecen esas habitaciones inmaculadas, o lo que unos fotógrafos astutos han eliminado laboriosamente, es de toda huella de que están habitadas por seres humanos. Pese a los jarrones artísticamente situados y a los libros de arte expuestos como por azar, no hay indicios de que estén habitadas. Esos interiores prístinos me fascinan y me repelen. ¿Puede la gente vivir de verdad sin desorden? ¿Cómo se impide que el periódico del domingo quede desparramado por todo el cuarto de estar? ¿Cómo se las arreglan sin tubos de pasta de dientes y sin barras de jabón a medio utilizar en sus cuartos de baño? ¿Dónde esconden el detritus de sus vidas cotidianas?»

Witold Rybczynski
La casa. Historia de una idea

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¿Lo ves, Cris? Mi desorden no es pereza ni pasotismo, es la vida que pasa, pura savia epicúrea. No me creas a mí, que no soy nadie, cree a Rybczynski, que es un sabio. Porque alguien que se apellida Rybczynski no puede estar equivocado nunca. Cualquier sentencia que venga firmada por un apellido con tantas consonantes en disposición tan poco dispuesta a la pronunciación se envuelve de verdad. Si uno se apellida Rybczynski es para tener razón siempre. Para equivocarte, te sobra con un López.

Así pues, labremos esto en solemne piedra (o en cualquier soporte que tengamos a mano: los desordenados no perdemos los nervios por un mármol de Carrara más o menos; incluso lo podemos apuntar en una servilleta usada para pasarlo luego a la agenda, si aún entendemos lo que pone):

Los desordenados no tienen nada que perder más que lo que ya han perdido por no saber dónde lo pusieron. Tienen, en cambio, un mundo que ganar.

¡Desordenados de todo el mundo, uníos!

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