Ayer, Peio H. Riaño publicó en El Confidencial un excelente reportaje sobre los límites del pudor en la literatura, construido sobre los testimonios de tres escritores: Manuel Jabois, Rosario Izquierdo Chaparro y yo mismo (para leer, pinchar aquí). Los tres hemos forzado o explorado esos límites desde perspectivas muy diferentes en libros muy diferentes, y es posible que los tres tengamos algo que decir al respecto.

Escribe Peio cosas muy acertadas sobre La hora violeta y sobre mi condición de escribiente, y selecciona algunas pequeñas frases de la (quizá demasiado) intensa conversación que tuvimos. Le agradezco mucho que las refleje. Obviamente, he pensado mucho sobre el pudor en la literatura antes, durante y después de La hora violeta, y aún no he puesto en el debido orden todas esas reflexiones. Quizá lo haga en un artículo largo o en un pequeño ensayo especulativo, si algún medio literario está dispuesto a publicármelo. No lo quiero hacer aquí porque este blog es demasiado disperso y centrífugo: aquí disemino materiales y pensamientos, no los sistematizo. Hoy me conformo con comentar un par de cosas del texto de El Confidencial.

Entre las declaraciones mías que recoge Peio en su reportaje, destaca esta:

“Hay muchos lectores que estamos fatigados de la verosimilitud de la ficción. Yo vengo de Cortázar, me enamoré de Rayuela, pero los juegos de la ficción nos han alejado de la sustancia natural de la literatura, que es la transmisión de la verdad. En épocas de fatiga se agradece volver a lo nuclear de la literatura”

He comentado esa sensación de fatiga con escritores, editores y gente cuyo criterio literario tengo en grandísima estima, y varios han atribuido mi actitud a cosas de la edad, a un efecto del proceso de pudrimiento en el que consiste cumplir años. Es muy posible que confunda un fenómeno estrictamente personal con un signo de los tiempos, pero me resisto a creer que es así. Reconozco muchos síntomas de agotamiento, no en mí, sino en la forma que tienen mis contemporáneos de encarar la literatura de ficción. El principal de todos ellos, sin embargo, es puramente subjetivo: ni la más impredecible anécdota de la más retorcida trama, ni el refinado formalismo del estilo más sugerente, consiguen emocionarme como me emociona la narrativa radical y desinhibidamente autobiográfica.

Yo vengo de Cortázar, como digo en la cita. Yo quise ser escritor por él, para escribir Rayuela. Y, ahora que lo soy, no conservo ni una sola de las emociones que creía eternas y sin las cuales no podía explicarme esa obsesión por escribir cosas que a nadie le importaban. Cuando releo a Cortázar no veo más que cráteres de bombardeos y edificios en ruinas: el paisaje desolado y yermo de lo que fue mi adolescencia. Así que a veces no sé si hemos matado entre todos a Julio y sus trampantojos narrativos o soy yo su único asesino.

Otra cuestión que me interesa es la de la valentía. No estoy nada seguro de que lo que nos lleva a algunos a forzar los límites socialmente admisibles del pudor sea la valentía, sino la ausencia de cobardía. No ser un cobarde no significa necesariamente ser valiente. Un escritor cobarde jamás se acercará a esos límites ni los cruzará, pero la fuerza que empuja a ellos al escritor que sí se atreve no siempre es la valentía. La temeridad, el atrevimiento y la valentía son conceptos que se solapan en algunas partes, pero que no son lo mismo y pueden existir los unos sin los otros.

En mi caso, no reconozco la valentía. Mi literatura tiene más que ver con una convicción triste, a menudo pasiva, a la que me resigno porque la vida no me ha dejado otra alternativa. Es una convicción estúpida y falaz, como todas las convicciones, y tan inamovible e irreductible a los términos racionales de una discusión como las que tienen que ver con la fe religiosa. Una fe que se acepta como irremediable, porque se ha caído en ella sin haberla elegido. Es una religiosidad helada, sin la fiebre del converso ni el galope del cruzado. Eso no es valentía: escribimos lo que escribimos porque no sabemos ni queremos estar en el mundo de otra forma.

Eso es un modo de obstinación, no de valentía.

No somos impúdicos. Para nosotros, el pudor ya no es una variable que haya que tener en cuenta. Porque escribir sin pudor no es lo mismo que escribir contra el pudor. El pudor no es nuestro enemigo porque no existe. Nuestra guerra literaria se lucha en otros campos semánticos.

No somos impúdicos. Simplemente, somos. Intransitivos en la gramática y en la vida.

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