«Y así es como esta chica descubrió que la mejor forma de llegar al corazón de un hombre es a través de su caja torácica.»

El Guardián de la Cripta (Tales From The Crypt, 1990)

tales-from-the-crypt

Habrá quien prefiera a Tales de Mileto como cita de auctoritas, pero yo siempre he sido más de pulp fiction y prefiero estos otros Tales, los de la cripta. La frase (genial, puro Shakespeare) sigue un recurso retórico con fines cómicos: toma al pie de la letra un tópico figurado para, a través de la hipérbole resultante, redondear una broma macabra. Una broma que enuncia una verdad anatómica innegable: no hay mejor forma de llegar al corazón de un hombre que abriéndole la caja torácica.

En su literalidad quirúrgica, la frase emana también brumas simbólicas. Habla de asesinato, de poseer a alguien matándolo. No hay forma más definitiva de posesión que la desposesión de la muerte. Si realmente quieres conquistar su corazón, sácaselo del tórax. Amores que matan, si no eres mío no serás de nadie, etc. El lector, aun conviniendo que todo el planteamiento es lógicamente irreprochable, se siente obligado a ponerse conciliador. Hombre, sí, es verdad, pero no podemos ir matando a todas las personas de quienes nos enamoramos. Algo habrá que hacer menos agresivo. Habrá que conquistar ese corazón sin bisturíes ni asesinatos. Busquemos algo más limpio y duradero. Qué sé yo, invitémosle a unas copas, mostremos interés por las cosas que le interesan… Esas cosas de novios, y tal. Seamos civilizados dentro de lo pasional, vaya.

Total, un rollo. La de tiempo y dinero que perdemos con tal de no matar a todos nuestros amores no correspondidos.

Algo así planteo en muchos otros ámbitos. La postura del Guardián de la Cripta es de lo más sensata y reveladora. Cuando me preguntan qué se puede hacer para que la gente lea y compre libros, yo siempre respondo: la fuerza. Oblíguenles. Con violencia y represión. Los interlocutores siempre me miran raro, pero yo insisto: si tú quieres que alguien haga algo, la forma más eficaz es obligarle a hacerlo. Nada hay más persuasivo que el cañón de un rifle encajado en los espacios intercostales. En China lo sabían. Cuando quisieron que todos los chinos leyeran El Pequeño Libro Rojo de Citas de Mao Zedong compilado por el camarada Ling Piao, lo tuvieron muy claro: armaron a un montón de guardias rojos que repartían latigazos y palizas a quienes no citaran correctamente el libro. Y funcionó. Todo el mundo lo leyó. Fue un éxito editorial millones de veces mayor que las sombras de Grey.

La brutalidad y la represión siempre funcionan. Lo saben los secuestradores, que se ganan su bien merecido síndrome de Estocolmo a base de cerrar con doble candado la puerta del zulo. Lo sabe, por ejemplo, el doctor Estivill, plagiador de un método llamado Ferber para dormir a los niños. En resumen, el método en cuestión, divulgado en una serie de libros infames, consiste en torturar al niño. Condicionamiento conductista, dirán los amigos del eufemismo. Yo no aprecio diferencias entre eso y la tortura. Se trata de hacer sufrir al bebé hasta que asume que tiene que vivir con la crueldad de sus padres, que no puede hacer nada por cambiarla. Cuando se resigna, el método funciona. De hecho, los partidarios del método Estivil suelen contraargumentar las críticas a su bestialidad diciendo que sí, que será todo lo cruel que quieras, pero funciona. Pues claro que funciona. La brutalidad siempre funciona. Si tú quieres que alguien haga algo, lo mejor es amenazarle y torturarle. Mediante la fuerza y la coacción, es muy probable que consigas de esa persona lo que quieras. Sobre todo si, como en el método Estivill, esa persona no anda, no habla y pesa diez veces menos que tú. A ver quién no es capaz de imponerse así.

La brutalidad funciona. La coacción funciona. Los regímenes totalitarios funcionan. Es lo mejor que se puede decir de ellos, que funcionan, que cumplen sus objetivos.

Claro que, si nos ponemos tiquismiquis, que si democracia por aquí, que si libertad por allá y que si derechos humanos por acullá, debemos resignarnos a no cumplir del todo nuestros objetivos. O incluso a fracasar rotundamente. Si no estamos dispuestos a obligar a la fuerza a la gente a leer y a comprar libros, tendremos que asumir de antemano que mucha gente no leerá ni comprará libros por mucho que les convenzamos y por mucho teatro de calle que hagamos. Si contamos con la sola fuerza de nuestra persuasión, los resultados estarán relacionados con nuestras aptitudes para la seducción. Y esas aptitudes están muy desigualmente repartidas por el mundo. Por ejemplo, es más probable que una campaña de animación a la lectura tenga éxito si la protagoniza George Clooney que si lo hace Cristóbal Montoro.

De hecho, George Clooney no necesita usar la coacción. Su sonrisa es casi tan eficaz como el mazo de un guardia rojo maoísta. Si George Clooney, mirándote fijamente a los ojos, te recomienda que leas a Robert Musil, a los cinco minutos estás empollándote El hombre sin atributos como un doctorando de la Universidad Libre de Berlín que llega tarde a la entrega de su tesis.

Pero George Clooney sólo hay uno, y bastante tiene con vender Nespressos como para cargarle con más trabajo. Si Cristóbal Montoro te pide algo, es muy probable que te niegues. Aunque sea algo bueno. A mí, si Cristóbal Montoro me dice que me lave los dientes, estoy dispuesto a no cepillármelos nunca, a dejar que se me caigan todos. Cristóbal Montoro lo sabe. Mariano Rajoy también lo sabe. Incluso Juan Carlos de Borbón lo sabe. Saben que no son buenos seductores, que no se ligarían ni a la chica más borracha de la fiesta más loca del pueblo más chungo. Por eso, y porque saben que la coacción funciona, recurren a ella.

(Interesa el segundo poema del vídeo, no el primero)

La brutalidad es eficaz, pero es el recurso de los mediocres y de los incapaces. Se recurre a la fuerza cuando se carece de dotes persuasivas. Quien recurre a la represión manifiesta su estulticia, su profunda idiotez a la hora de bregar con los problemas. Los brutos que no saben hacer una raíz cuadrada responden rompiendo la pizarra a cabezazos. O rompiéndola sobre el chaval que sí sabe resolver la raíz cuadrada. Así se comportan los miembros de este gobierno, como matones de patio de colegio.

El proyecto de ley de seguridad ciudadana que se acaba de presentar no es sólo una aberración jurídica indigna de un Estado que se anuncia de derecho, sino la reacción casi freudiana de una panda de acomplejados. Pocas cosas hay más peligrosas que un acomplejado con capacidad de dar órdenes a tipos con pistola. Pocas cosas más chungas que un animal rabioso que se siente acorralado. Esta ley va a refrendar algo que ya se insinuaba: que España es un estado policial. Nos van a meter miedo. Nos van a acojonar.

A mí sólo me quedan la vergüenza y el asco. Hasta ahora, había considerado mi condición de español como un accidente administrativo. Hoy no me parece tan inocuo. Hoy me repugna tener el pasaporte de un país que se va a convertir en una comisaría sin ventanas a la calle y con habitaciones insonorizadas. Nos van a aplicar el método Estivill para dormirnos. Y ya les aviso lo que dicen quienes lo han probado: el método funciona. Al final, los niños se duermen.

A la fuerza, claro.

Anuncios