Paseando por la Gran Vía de Madrid con mi hijo dormido, me sucedieron dos cosas. La primera fue que se me acercó una señora con un fajo de periódicos en la cabeza, mientras yo me peleaba con el mecanismo de la sillita para tumbar a Daniel y me ciscaba en todo el gremio de ingenieros y diseñadores de artilugios para bebés. Yo creía que la señora se iba a ofrecer a ayudarme, a indicarme el clic mágico que otorgaría la horizontalidad ansiada, pero, en vez de eso, me dijo, con una sonrisa de suficiencia: «Os creéis que los niños os van a salvar, pero no se puede hacer nada, es cosa del FBI, los del bar lo saben muy bien.» La miré con ternura mientras se alejaba. La paranoia esquizoide sin tratar siempre me causa ternura. Espero que no pase mucho frío y que los servicios sociales la tengan fichada tan bien como el FBI.

La otra fue que me tropecé con un anuncio gigante en la cristalera de unas oficinas de la Comunidad de Madrid. Por lo visto, hubo muchos más por toda la ciudad.

abandonoAl no vivir en Madrid y ser un paseante muy despistado en mis viajes a la ciudad, no conocía esta campaña, que por lo visto lleva en marcha cinco años. Según he leído, en cinco años de intensa promoción (un afiche gigante en la calle escaparate más transitada de la ciudad más poblada del país indica un interés propagandístico bien fuerte), el gobierno de la Comunidad de Madrid presume de haber salvado la vida de nueve bebés y de haber asesorado a más de medio centenar de madres que estaban a punto de dejar tiradas a sus crías.

Lo leo y lo releo y no termino de entenderlo bien. Lo que alcanzo a comprender es que la Comunidad de Madrid ha tramitado en cinco años, mediante los recursos de esta campaña, nueve adopciones de recién nacidos. Que esos nueve recién nacidos fueran a ser abandonados es una suposición. Que hayan evitado nueve abandonos de bebés es especulativo, no una certeza. Es imposible saber si esos niños hubieran sido efectivamente abandonados de no mediar este servicio.

Las sorprendentemente acríticas informaciones no dicen nada al respecto, se limitan a replicar un dato especulativo e intrascendente. La única estadística que puede medir la eficacia de una política preventiva es la comparación de hechos reales. Es decir, de abandonos que sí se produjeron. Hay que comparar el número de bebés que eran abandonados en Madrid antes de la campaña con los que se abandonan cinco años después. Si la cantidad ha bajado, la campaña habrá tenido éxito. Un éxito mensurable objetivamente. Sin embargo, nada sabemos de esos datos.

De hecho, me he vuelto bizco buscando estadísticas de abandono de bebés en Madrid y en España y no he encontrado nada fiable. El INE no lo recoge en ningún apartado, ningún ministerio publica estadísticas. Ni siquiera UNICEF dice nada al respecto. Puedo ser muy torpe, es cierto, pero si el abandono de bebés causa tanta alarma como para que un gobierno autonómico le dedique una de sus campañas estrella, es muy raro que no haya datos accesibles y claros que recojan la dimensión del problema que se pretende atajar.

De hecho, en el informe de La infancia en España, que elabora UNICEF, no he encontrado ni una sola mención al abandono de bebés. Y eso que el informe toca muchos palos y tira muchas veces de las orejas a las administraciones españolas, a las que acusa de no destinar suficientes recursos para atajar la pobreza infantil, el fracaso escolar o la atención a su salud. UNICEF, con datos (estos sí) contrastables, demuestra que España está entre los países europeos que menos porcentaje del PIB destinan a asuntos de la infancia. En concreto, señala que España ocupa el último lugar entre los países del euro en cuanto a gasto público destinado a familia y a infancia (un 0,7% del PIB, frente al 2,3% de la zona euro).

Pero, para la Comunidad de Madrid, el abandono de bebés es una prioridad dentro de sus raquíticas políticas sociales orientadas a la infancia. Mi sospecha maliciosa es que el abandono de bebés en España es anecdótico (aunque fueran ciertos los datos especulativos de la Comunidad, nueve casos en cinco años no parece una cifra capaz de desbordar ningún juzgado). Estamos hablando de sucesos desgraciados muy excepcionales, que son noticia las pocas veces que se producen y horrorizan a todo el país. La campaña de la Comunidad de Madrid no está fundamentada en una alarma social y busca el sentimentalismo fácil y efectista apelando al corazón de los madrileños. Ante la imagen de un recién nacido abandonado, ¿a quién no se le ablanda el alma? Hasta Cristóbal Montoro soltaría una lagrimita. Se le reabsorbería de inmediato en la piel, pues tiene un cutis muy seco, pero le veríamos los ojos húmedos y algún pucherito.

Esto es evidente. Cualquiera con ojos y un poquito de curiosidad puede percibir que una campaña así no es más que una torpe tapadera para cubrir la ineficacia y absoluta falta de voluntad política (y presupuestaria) para plantear remedios a los verdaderos problemas de la infancia. Pero hay algo más que me molesta de este anuncio, y es su paternalismo de baja estofa.

Con ñoñería y tuteo (no sé quién ha dado venia a las administraciones públicas para que prescindan del usted en sus tratos con el ciudadano), se apropia de la voz del niño y dice a las madres: «Antes de dejarme en la calle, haz una llamada» (falta la coma en el anuncio, yo la he añadido por respeto a la gramática). Bien. Ok. Dabuten. Guay del Paraguay. Ahora, imaginemos que el Ministerio del Interior, antes de que ETA dejara la violencia, hubiera pegado unos carteles en el centro de Bilbao con la leyenda: «Antes de pegarme un tiro en la nuca, haz una llamada». El ministro presentaría la campaña compungido, llamando a los etarras con pucheritos, explicándoles que, antes de matar a un concejal, hay otras salidas, que el Estado quiere facilitarte las cosas. El ministro, como Esperanza Aguirre cuando presentó esta campaña contra el abandono de bebés, garantizaría la confidencialidad para estos etarras compungidos, que estarían delicadamente atendidos por profesionales sensibles que le hablarían entre susurros y caricias, hasta calmar sus instintos homicidas y diluirlos en una taza de chocolate caliente.

Pues eso es lo que hace la Comunidad de Madrid con alguien que va a cometer un delito. En vez de amenazarle con la ley, le da un abrazo y le dice unas palabritas de cariño.

Esto es lo que dice el artículo 229 del Código Penal:

1. El abandono de un menor de edad o un incapaz por parte de la persona encargada de su guarda, será castigado con la pena de prisión de uno a dos años.

2. Si el abandono fuere realizado por los padres, tutores o guardadores legales, se impondrá la pena de prisión de dieciocho meses a tres años.

3. Se impondrá la pena de prisión de dos a cuatro años cuando por las circunstancias del abandono se haya puesto en concreto peligro la vida, salud, integridad física o libertad sexual del menor de edad o del incapaz, sin perjuicio de castigar el hecho como corresponda si constituyera otro delito más grave.

A esta pena se añadirían otras si, a consecuencia del abandono, el menor sufriera daños o muerte, imputándose a quien lo abandona un homicidio o varios delitos de lesiones, lo que podría sumar muchos años de cárcel. La cosa parece grave, los legisladores no se lo tomaron a broma. La policía no se lo toma a broma. Los jueces no se lo toman a broma. El abandono de menores de edad e incapaces es un delito serio que se castiga con severidad. ¿Cómo se combina esto con el tono comprensivo y cómplice de la campaña? ¿Cómo puede el Estado comprender y castigar una conducta al mismo tiempo?

La esquizofrenia de la administración, que acaricia y abraza a quien está a punto de cometer un delito que, una vez cometido, castigará con dureza, es digna de la chica que me dijo lo del FBI mientras intentaba tumbar a mi hijo. De hecho, su alegato paranoide me suena cuerdo al lado de la actitud de la Comunidad de Madrid.

Ante cuestiones delictivas, el Estado sólo puede hablar en términos de amenaza. Para eso está, para eso tiene tribunales y policías. Si quieren hacer una campaña para prevenir el abandono infantil, sean consecuentes y háganla en estos términos: «Si abandonas en la calle a tu bebé, hija de la grandísima puta, la policía te encontrará, te encerrará en un calabozo, y un juez te mandará a una prisión donde todo el mundo sabrá que abandonaste a tu bebé, y el resto de presas te harán la vida radicalmente imposible. Eso es lo que pasará si abandonas a tu bebé.»

Así se hizo con los etarras, poniendo las fotos de los más buscados en las comisarías. Ningún policía, que se sepa, se ofreció para abrazarles y charlar un ratito con ellos para disuadirles amigablemente de su determinación asesina. Ningún ministro del interior dio una rueda de prensa presumiendo de haber evitado la muerte de nueve concejales gracias a la campaña de prevención de tiros en la nuca a concejales.

Porque eso es lo que pasa en España cuando una madre abandona en la calle a su recién nacido, que le cae la del pulpo, hablando en castizo. Y por eso, entre otras muchas cosas, este delito es, numéricamente, una anécdota que ninguna estadística oficial se molesta en compilar con rigor.

Di la vuelta al edificio y miré con cuidado todos los carteles de todas las campañas de Asuntos Sociales de la Comunidad de Madrid, y no vi ni una sola que atendiera las reclamaciones que UNICEF hace a las administraciones españolas en materia de protección a la infancia. De comedores escolares, vacunas y atención al fracaso escolar, ni medio cartel. Pero esas cuestiones son difíciles de explicar y no se pueden resolver con un chupete tirado en los adoquines.

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