No he leído el muy citado ensayo de Antonio Muñoz Molina Todo lo que era sólido, pero su título remite a algo acuoso que relaciono inmediatamente con el concepto de modernidad líquida de Zygmunt Bauman. Es un símil razonable: si no es sólido, será líquido. Es lo que nos enseñaron en el cole y lo que experimentamos en los bares cuando los hielos se fundían en nuestros vasos largos. Pero este símil sería más ajustado y hondo si tuviera en cuenta el fenómeno de la sublimación, mediante el cual, la materia pasa del estado sólido al gaseoso sin pasar por el líquido. Le ocurre al hielo seco, que no tiene forma líquida.

Así podríamos relacionar esta imagen de la descomposición de la cultura con la expresión popular de vender humo, y afinaríamos mucho más el retrato.

Al igual que las finanzas dejaron de ligarse al oro contante y sonante y se convirtieron en una abstracción de bits, todo nuestro mundo se ha sublimado, por lo que no es extraño que, de la misma forma que los agentes de bolsa con alma de trileros se entregan a la ludopatía bursátil, aparezcan muchos otros trileros con ganas de especular y comerciar con el humo que se dispersa por el aire. Lo meten en garrafas o en bombonas, lo etiquetan con colores alegres y nos lo colocan por un módico precio y una sonrisa de anuncio de detergente.

Lo último en coaching.

Lo último en coaching.

Una vez, paseando con mi hermano, leí una placa de una empresa en un portal. Se llamaba algo así como Tocomoching, S. L. Y debajo del nombre de la empresa, a modo de explicación y propósito: Dream, feel, communicate. Joder, le dije a mi hermano, ¿a qué se dedica esa empresa? ¿Cómo serán sus facturas y presupuestos? ¿Cómo se factura un sentimiento? Porque entiendo muchos servicios. Entiendo una factura prostibularia, porque ha prestado un servicio al cliente, pero no entiendo qué sistema tarifario se puede aplicar a los sueños, los sentimientos y la comunicación. La empresa va muy bien, chicos, se oirá en el consejo de administración, este mes hemos incrementado un 13% la facturación de sueños y un 6% la de sentimientos positivos.

Humo, dijo mi hermano. Son vendedores de humo. Cuando veas algo así, con tanto inglés y tanta leche, es que no venden nada más que humo. Antes, vendían crecepelos milagrosos, ahora venden autoestima, es una estafa, concluyó mi hermano. Y yo asentí, pero desconfié un poco. Al fin y al cabo, mi hermano es ingeniero, es un tipo de la revolución industrial, alguien acostumbrado a medir la eficiencia en operaciones aritméticas, para quien mejorar algo sólo significa bajar costes e incrementar la producción. Es normal que, desde su atalaya de tornillos, pesos y medidas, desconfíe de estas modernidades gaseosas.

Pero el otro día leí esto en Twitter:

Y estuve de acuerdo. Aunque es cierto que casi ninguna profesión se define con una palabra vernácula. Casi todas son neologismos (que hace tiempo que dejaron de ser neo) construidos desde el griego. La filología (el amor por las palabras o por el ‘logos’) se inventó en el siglo XV como una excentricidad amateur y no se desarrolló como disciplina académica hasta unos siglos después, coincidiendo con la aparición de los Estados-nación en Europa. Es decir, que, pese a su raigambre helénica y su aire de moho y polvo de biblioteca antigua, es una disciplina relativamente moderna (si la comparamos con la geometría o con la física, por ejemplo). Como también son modernas casi todas las naciones que se quieren eternas y casi todas las tradiciones que se reclaman originarias de la noche de los tiempos. Cuando alguien vende algo como “de toda la vida”, lo más probable es que el asunto no llegue ni a centenario. La fabada, por ejemplo, es un plato que no tiene ni ciento cincuenta años. En La Regenta, compendio exhaustivo de todo lo ovetense, ningún personaje come fabada, y la primera referencia escrita del plato, según la inefable Wikipedia, es de 1884. Vamos, que ni medieval, ni atávico.

Por tanto, yo no despreciaría los anglicismos per se, como tampoco despreciaría las disciplinas de nuevo cuño por el mero hecho de ser nuevas. Todo ha sido nuevo alguna vez. Nada llega a viejo sin ser antes nuevo. No hay que desconfiar del anglicismo (que, al fin y al cabo, es un intento de apropiación vernácula de un término nacido en el extranjero), sino de los términos en inglés sin voluntad de traducción. Creo que nada define tan bien a esos vendedores de humo que ni los vientos de la crisis han conseguido llevarse que el coaching.

Un coach explica a un grupo de empresarios cómo implementar mayores niveles de felicidad en sus organizaciones.

Un coach explica a un grupo de empresarios cómo implementar mayores niveles de felicidad en sus organizaciones.

Atención a cómo se definen sus profesionales en la web de la Asociación Española de Coaching (aquí, el enlace):

El Coaching profesional es un proceso de entrenamiento personalizado y confidencial mediante un gran conjunto de herramientas que ayudan a cubrir el vacío existente entre donde una persona está ahora y donde se desea estar.

Les ahorro el sufrimiento de leer los siguientes veinticinco párrafos, de una espesura muy desconcertante para gente que se dedica al comercio de gases, y que concluyen con un enlace para quien desee “más información” (para ofrecer “más” información, primero has de ofrecer “alguna” información).  Veintiséis párrafos de incorrecciones gramaticales y léxico aberrante cuya única conclusión posible es que su redactor sufre graves carencias formativas y tiene la cognición de un adolescente que acaba de dejar el insti para ponerse a currar en una gasolinera, aspirando a fondo los vapores del surtidor. Es difícil que ese coach pueda ayudarme en algo cuando tiene tantas y tantas cosas que atender en su persona.

Un exitoso autor de autoayuda firma ejemplares de sus obras en la Feria del Libro.

Un exitoso autor de autoayuda firma ejemplares de sus obras en la Feria del Libro.

Entre las cosas que Cristina de Borbón pagó con la tarjeta de la empresa que compartía con su marido (pero de la que no sabía nada) había servicios de coaching. Si yo fuera su abogado, aportaría esas facturas como prueba irrefutable de la incapacidad mental de mi defendida. Fíjese, señoría, es tan corta de meninges que contrató a un coach. Alguien así, con una inteligencia tan cercana a la idiocia, no puede plantear una estafa financiera sofisticada. Es probable que ni siquiera sepa atarse los cordones de los zapatos sin un coach al lado que la anime y la oriente. Le pido, en consecuencia, que la declare incapaz y la exonere.

Aunque, en el star system de Hollywood, los coaches ocupan el lugar de los antiguos bufones, en el mundo empresarial ocupan el de los eternos trileros, pero sin su gracia ni su tronío picaresco. Yo prefiero mil veces que me estafe una gitana con una ramita de hierbabuena mientras me lee la buenaventura que un graduado de ESADE con corbata ancha de Hugo Boss. O sin corbata, para ser más casual. La señora gitana me cae bien. A la señora gitana le dejo gustoso que me manosee los bolsillos. Incluso me da mucha ternura que me amenacen con una maldición (pasear con niño, por cierto, es un seguro contra maldiciones: no se atreven a maldecir delante de un bebé). Pero me revienta muchísimo que un señor de derechas con pinta de joven promesa de la UCD en 1976 me quiera ayudar a explotar mi potencial y alcanzar mis objetivos.

Como si yo tuviera objetivos. Como si no fuéramos todos capitanes de barco en medio del océano antes de los radares y los GPS. El capitán Cook llevaba treinta y cinco agujas de repuesto para la brújula de a bordo, para cuando se rompían o se invertían los polos, y aun así se perdió varias veces, y muchas más tuvo que calcular la posición echando mano de la eclíptica del sol. Si al capitán Cook, una de esas tardes en que no atinaba a establecer la longitud y no sabía si estaba a cien o a mil millas de tierra, un tipo sonriente y animoso le hubiera propuesto una dinámica y unos ejercicios de empatía para mejorar su asertividad, repartiendo tareas emocionales entre toda la tripulación, le hubiera despellejado con sus propias uñas y habría arrojado sus restos a los tiburones, reservando la cabeza para el palo mayor, con la esperanza de que los albatros se zampasen los ojos.

Un cliente de una empresa de coaching muestra su satisfacción y plenitud al haber logrados sus objetivos gracias al método y al optimismo inoculados por su coach.

Un cliente de una empresa de coaching muestra su satisfacción y plenitud al haber logrado sus objetivos gracias al método y al optimismo inoculados por su coach.

Yo pensaba que el coaching era un capricho de tiempos buenos y aburridos, que la crisis se los llevaría por delante. Pero están más fuertes que nunca, vendiendo sonrisas y abrazos y vasos medio llenos. Venden optimismo e ilusión a empresas en concurso de acreedores, y buen rollo a familias desahuciadas por el banco. Y nadie les prende fuego. Nadie les descuartiza a lo vivo. Siguen ahí, con su oratoria de baratillo y su retórica de feriante.

¿Hasta cuándo?

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