Leo por ahí que las malas madres se reivindican y espero encontrarme una de esas crónicas paródicas de la paternidad que tanto me divierten, como esta de Kiko Amat o como las historias de La Parejita de Manel Fontdevila. Pero en lugar de eso me encuentro un blog que parece escrito por adolescentes que no han terminado la ESO y que, encima, va en serio. Y dicen que estas cosas, en Estados Unidos, son lo más. Que crean tendencia, que sacan a las malas madres del armario.

Malamadre.

Malamadre.

Si algo tienen en común las parodias de la paternidad y de la maternidad es que, las mejores, transmiten un grandísimo amor, ninguna está escrita desde el rencor o la frustración. Son divertidas porque toman como sujeto hilarante al propio narrador, a los propios padres, y reírse de uno mismo requiere mucha seguridad, es algo propio de personalidades fuertes. Los acomplejados, los débiles y los cobardes nunca se ríen de ellos mismos. Esas parodias, bien leídas, transmiten seguridad y serenidad, la aceptación completa y consecuente de las decisiones tomadas.

parejita

Nada de eso hay en el blog de las malas madres. Al contrario, todo suena a chapoteo en vasos de agua. De hecho, se presentan como un grupo de apoyo para resistir a la presión social que quiere hacer de ellas modelos perfectos de maternidad. Y si un adulto necesita hacer piña para resistir una difusa y gaseosa presión social, es que se trata de un adulto débil, acomplejado e incapaz de bregar con ningún obstáculo. Es una reacción mucho más propia de un adolescente que de un adulto. Si realmente no te importa el qué dirán, si realmente no temes transgredir la norma o la costumbre para vivir de acuerdo a tus querencias, no necesitas un club para darte ánimos. Son los adolescentes quienes necesitan eso. Los adolescentes con las hormonas en ebullición e incapaces aún de asimilar su lugar en el mundo.

Al comienzo de American Beauty, la voz en off de Lester caracteriza así a su hija: «Jane es una típica adolescente: enfadada, insegura y confusa. Me gustaría decirle que se le pasará, pero no quiero mentirle». Aquí está la clave de por qué tantas novelas que tratan sobre la crisis de los cuarenta y pico han atraído a tantos chavales, porque esas novelas indagan en la fragilidad y el desconcierto de vivir, con personajes que rompen la coraza de la seguridad, que se muestran indefensos y perdidos ante un mundo que reconocen hostil e incomprensible. A Cortázar le extrañaba mucho que Rayuela, que va de un grupo de cincuentones inadaptados, se hubiera convertido en lectura romántica para chicos y chicas de quince. Y, bien mirado, tenía razón en extrañarse. Los adolescentes que nos asomamos a Rayuela lo hemos leído mal. No vimos allí lo que su autor quería que viéramos, porque a los quince años estábamos incapacitados para verlo. No podíamos entender que no es lo mismo ser un adolescente que sentirse como uno cuando hace tiempo que ya no se es. Son dramas tan distintos que pueden llegar a ser opuestos. El drama del adolescente tiene que ver con su relación con el mundo. El drama del adulto que se siente adolescente tiene que ver con su relación consigo mismo.

Kevin Spacey American Beauty

El club de las malas madres es una expresión epidérmica de esta comezón que afecta a muchos adultos que, córcholis, descubren demasiado tarde que tener hijos les condiciona mucho la vida. Lo suyo no es una parodia, es una queja infantil y penosa. Y que tenga éxito y encuentre eco en tantos oídos y ojos me inquieta, aunque me ayuda a explicar las caras de asco y desgana que veo en muchos padres mientras columpian a sus hijos con una mano y miran el móvil con la otra.

Pero creo que hay otra razón para el éxito de su discurso: que suena profundamente conservador. El hedonismo, en su versión más infantil y primaria, se centra siempre en la esfera privada de la vida. Mucha gente aplaude la ocurrencia de un Club de las Malas Madres, pero no imagino los mismos aplausos para un Club de las Malas Trabajadoras. Un club en el que se luche contra la presión social y la competitividad salvaje que insta a destacar y a echar más horas que tu compañero. Un blog en el que los oficinistas confiesen sin complejos que pasan de cumplir los objetivos trimestrales porque son humanos, no máquinas, y a todo no se puede llegar. Que confiesen que alargan el almuerzo, que sobornan a sus amigos para que fichen por ellos y poder llegar una hora más tarde, que dejaron la planta al cargo de un becario sin sueldo para no perderse el Madrid-Barça y que mandan a la mierda con cajas destempladas a su jefe porque han dormido mal y no están para aguantar sus gilipolleces lloronas.

El hedonismo es conservador porque se ejerce sólo en las horas libres. Porque reconocer tus limitaciones sólo tiene consecuencias en tu casa. Porque, si sacrificas algo para ser feliz siempre será a tus hijos. Me tomaría en serio a las malas madres si hubiera alusiones a la flexibilidad de las jornadas laborales, a la política de permisos de maternidad y a la muy real, violenta y grosera presión que sufren muchas madres en sus empresas. Para estas malas madres, sin embargo, la tan traída conciliación significa desatender a sus hijos. No son las condiciones indignas y absurdas de su trabajo las que hacen imposible su vida, sino sus hijos.

Es un discurso que aplaudiría toda la dirección de la CEOE. Es lo que gusta en España, madres así son las que promueven las empresas. Las buenas madres, esas desgraciadas que piden horarios compatibles con el colegio de sus hijos o que se pasan la jornada laboral preocupadas porque su chaval tiene fiebre o porque parece que sufre por algo del cole que no le quiere contar, son las primeras de la lista del próximo expediente de regulación de empleo. Si tanto quieren a sus hijos, dicen muchos empresarios, que se vayan a su casa a cuidarlos.

Los clubes de las malas madres legitiman con su aparente descaro un statu quo que atenta contra la vida en familia y que hace que esa vida se haya convertido en algo casi transgresor. No es extraño que una postura adolescente apoye un discurso conservador. Pocas cosas hay más conservadoras que la adolescencia. No sé quién decía que «ser joven y no revolucionario es un fallo casi biológico.» Mentira: la inseguridad, el miedo, la cobardía y la necesidad de amparo por el grupo mediante ritos iniciáticos son atributos contrarios a un espíritu transgresor. Sólo se puede transgredir desde la valentía y desde una seguridad que ningún adolescente acomplejado y atribulado ha tenido tiempo de acumular. Pocas cosas hay más fáciles de manipular que a un adolescente. Se les puede vender de todo y convencer de cualquier cosa. En eso, no se distinguen en nada de los adultos que se creen adolescentes o que viven como tales. Por eso sus lagrimeos son celebrados por la prensa, porque su modelo de conducta es productivo, es el que busca El Corte Inglés, que es quien paga las páginas de esa prensa.

Por otro lado, y eso es un tema para otro post, ser padres tampoco es para tanto. Ni es tan complicado ni tan agotador. Al menos, no para personas que, cuando deciden ser padres, ya han hecho cosas mucho más complicadas y agotadoras en su vida, y cuya recompensa emocional es muchísimo más baja.

Pero, eso, para otro día.

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