Escribo esta loa-refutación del trabajo con medio país en el paro y el otro medio saliendo de vacaciones de Semana Santa. Ambas mitades recibirán mis palabras a pedradas, suponiendo que las lean y no estén viendo Ocho apellidos vascos, que es lo que deberían hacer ustedes si quieren tener algo de qué hablar con la gente. Lo que aquí se escribe no va a ninguna parte, pero no sé guardármelo.]

Hace unos días, Juan Soto Ivars publicó un artículo titulado El trabajo es una necesidad espiritual con el que me sentí ciertamente identificado y con el que recordé algo que escribió Umbral acerca de que la estética del hombre que trabaja es superior a la del que huelga, que no hay nada digno en la pereza o en la desidia.

A mí me gusta tanto trabajar que detesto hacer en ocho horas lo que puedo solventar en una. Me gusta tanto trabajar que no soporto que otros me marquen tiempos, pautas, ritmos y estilos. Me gusta tanto trabajar que aspiro a una autosuficiencia de artesano sin gremio, a ser el único ejecutor de mi arte, a no competir más que conmigo porque nadie más en el mundo trabaje como yo. Me gusta tanto trabajar que aborrezco las tareas chorras y las cosas que se hacen con otro fin que hacer la cosa misma. Me gusta tanto trabajar que detesto los ambientes de trabajo y las máquinas expendedoras y los tablones sindicales y el descanso para el café y los cotilleos de oficina y los organigramas de empresa que racionalizan la violencia jerárquica de los documentales sobre leones y bonobos. Me gusta tanto trabajar que no quiero tener compañeros, ni despacho, ni empleados, ni empleadores.

Mi ideal es un trabajo en continuo presente, sin expectativas ni miedos de futuro, que me absorba tantísimo que no me deje espacio para calcular estrategias ni inversiones, que me funda con la tarea, como Bruce Lee. Sé el trabajo. Estoy cerca de conseguirlo, se lo advierto. Estoy muy cerquita.

Y precisamente es esta posición absolutista y enferma la que me da fuerza moral para decir que el trabajo está muy sobrevalorado. En contra de lo que Lipovetsky y sus corifeos proclaman a todas horas, esta sociedad no privilegia la pereza ni el éxito vacuo. Han leído mal los mensajes de la tele. No han entendido que hay dos dimensiones de personajes ejemplares. Una ejerce de cortesanos que divierten al pueblo (las monarquías estrafalarias siempre han sido un entretenimiento popular), y la otra le guía el camino.

Belén Esteban, en el primer grupo, no marca un modelo de conducta, sino que es una forma de deidad. Santa Belén Esteban, la Virgen de Sálvame o la Dama de San Blas, si quieren. Nadie puede imitar a una diosecilla, eso es blasfemo. Las deidades están para que los lugareños afeminados batan palmas ante su talla y las beatas se santigüen. La televisión es una hornacina, un altarcillo sagrado.

Es el segundo grupo de modelos el que marca la pauta a seguir. Son las series de profesionales y los concursos de talento los que juegan con las expectativas e ilusiones de la gente. Al contrario que los vagos cocainómanos del santoral belenestebánico, los héroes de esta dimensión son ejemplares. Son los chicos de la selección de fútbol, Rafa Nadal, los ganadores de Operación Triunfo, los polis de CSI, los enfermeros infatigables de Hospital Central y todos esos abogados impolutos que ganan juicios con una mano mientras desvirgan a media ciudad de Boston con la otra. Todos juntos, machaconamente, convencen a la multitud adoradora de Santa Belén de que el trabajo duro da sus frutos. Que quien la sigue, la consigue. Que quien estudia mucho, se esfuerza mucho, da lo mejor de sí y no se despeina con ningún viento, al final, alcanza el éxito y la excelencia.

La primera vez que entré de becario en un medio, el subdirector nos juntó a todos los pipiolos en una mesa de juntas y nos soltó un speech motivacional entretejido de supuesto realismo laboral. «La cosa está jodida, chavales, no os quiero engañar, es muy difícil conseguir un puesto, hay demasiados periodistas y pocos medios, pero os diré una cosa de la que estoy convencido: quien se esfuerza, al final, llega.»

Y se quedó tan ancho. A lo mejor estaba convencido, y todo.

Es cierto que esta creencia está basada en algo más que en cuatro tonterías de la tele y en una copa de un mundial de fútbol. Hay algo empírico e indiscutible: la gente que triunfa y alcanza la excelencia en su profesión es siempre gente muy trabajadora. Tipos esforzados al límite, que han ido mucho más allá que cualquier otro en su campo. Se induce de ello una concatenación de causas y consecuencias: si todos los que triunfan son trabajadores, trabajando se triunfa. Error. Que todos los triunfadores sean muy esforzados no implica que el esfuerzo conduzca al triunfo. Quien se maneje con un esquema tan pavloviano de estímulos y recompensas se va a llevar un chasco mayor que los perros del experimento, que seguramente pensaban que Pavlov les tenía algún tipo de cariño y que su devoción sería premiada con una vejez justo al fuego y cosquillas en la barriga.

Pártete el alma, esfuérzate, déjate morir por tu trabajo (estoy suponiendo que ese trabajo es pasional, no invito a los reponedores de supermercado a colocar las mercancías siguiendo la armonía del número áureo), pero no lo hagas porque al final de todo confíes en ser recompensado, porque lo más probable es que nunca pase nada. Que nadie te dé una palmada en la espalda. Que nadie te reconozca ningún mérito. Que nadie te haga caso. Es lo normal. Somos espermatozoides coleteando hacia el óvulo. Todos corremos mucho y muy bien, todos nos merecemos fecundar al gran huevo, pero sólo uno lo hará. Probablemente alguien más mediocre y más feo y menos elegante, pero que encontró el camino.

No sé si estamos preparados para disfrutar del presentismo, para escribir novelas embebidos de la escritura, sin pensar en qué traje nos pondremos el día que nos den el Nobel. Casi todo el mundo necesita expectativas y soñar con un más allá donde todo es justo y bueno y el mundo se postra al fin ante el talento y el esfuerzo. Pero, mientras tanto, nos perdemos el viaje. Quien se entrega a un trabajo en términos de inversión tiene el alma tan encallecida como un broker. Los trabajos pasionales no se rentabilizan, se viven, se incorporan al propio ser. Y si alguien nos aplaude y nos dice que muy bien, pues estupendo. Y, si no, estupendo también, porque estaremos tan concentrados que nos la traerá al fresco.

Yo aplico el presentismo a toda mi vida. Leo y escucho que criar a los niños con amor y dulzura es más positivo para su madurez emocional, que los niños con padres cariñosos y atentos devienen adultos más seguros de sí mismos y con menos vaivenes emocionales. Incluso más inteligentes, dicen otros. Pues quizá sí o quizá no. A mí me la recontrapela. Si yo crío a mi hijo con amor y dulzura es porque le quiero como no he querido a nadie, y no puedo tratarlo de otra forma. Aunque me dijeran que sería mucho mejor para su futuro tratarlo con sequedad y tentetieso, yo seguiría con la dulzura y el amor. Me alucina que tantos padres traten de justificar su cariño en términos de futuro, en términos de inversión a largo plazo. Al igual que no escribo en pos de una gloria improbable, sino porque no sé vivir de otra forma, crío a mi hijo con amor porque le amo. Y después, ¿qué importa el después? Toda mi vida es el ayer, como cantaba el tango. Yo no siembro para recoger ninguna cosecha. Quizá lance semillas, sí, pero ni riego ni cuido su fruto. Si alguna germina y brota, la disfrutaré y la admiraré, pero no tengo vocación de jardinero. Disemino semillas por accidente, como una abeja. Una abeja currante ensimismada en su trabajo y enamorada fatalmente de su reina.

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