Me alegro mucho por todos vosotros. Me alegro por vuestras certezas, vuestros juicios definitivos, vuestra inapelable interpretación de la realidad y vuestra clarividencia. Me fascinan vuestras dotes deductivas e inductivas, vuestra capacidad de interpretación, cómo construís teorías e hipótesis con unos datos estadísticos que, a priori, nada dicen. Pero, sobre todo, os felicito por sentiros tan acompañados, por tener tan identificados a los miembros de vuestra tribu y poder gozar y cantar y guerrear con ellos en comunión neolítica. Me imagino que será una sensación reconfortante y placentera la de vivir en un mundo diáfano, donde todo tiene una explicación y donde tanto los enemigos como los amigos se dibujan claros en el paisaje sin que ninguna niebla los difumine jamás. Debe de dar mucho gusto vivir así. Porque esa es la sensación que me queda tras unas elecciones, pero mucho más tras estas, en las que tanta gente tiene tantas cosas que decir y las dice con vehemencia de mitin. En días como hoy, las personas como yo nos sentimos un poco más solas que el resto del año. Pero no podemos ser tan raros. O lo somos, pero constituimos la suma de muchas rarezas. No podemos (ay, lapsus calami) ser tan pocos los que no nos sentimos parte de ninguna tribu, los que no hablamos más que por nuestra boca, los que no aspiramos a representar ni a que nos representen, los que bastante tenemos con ser nosotros mismos como para ser algo más. Pero como cada uno estamos tranquilamente en nuestra vaina, sin manifestarnos, sin hacer ruido, sin vociferar, es difícil que nos encontremos.

Yo ayer no voté y hoy pensaba escribir un artículo sobre la abstención. Esta mañana me parecía que el texto venía a deshoras, que la cosa era para hablar de los que sí votaron y qué votaron, pero eso ya lo hacen ustedes muy bien. Yo sólo les aguaría la fiesta. Tras una mañana de mareo analítico y lugares comunes aburridamente entusiastas, me he dado cuenta de que mi texto es tan oportuno o inoportuno como antes de conocer el resultado. En cualquier caso, creo que es mi única contribución posible a un debate político. He aquí diez tópicos que la gente que no votamos (y lo admitimos públicamente) sufrimos desde muchos frentes cada vez que se convocan elecciones. A ver si puedo responderlos a todos.

1. Si no votas, luego no te puedes quejar. Es el rey de los tópicos, el as de oros. Por tanto, es el más sencillo de rebatir. La lógica que lo inspira es autoritaria y pueblerina: ¿de qué forma puede estar condicionado el ejercicio de un derecho por la decisión de no ejercer otro? ¿Qué libertad de mierda es esa? El voto es un derecho que yo elijo o no ejercer, así como la libertad de expresión. Yo elijo expresarme o callarme, como elijo votar o abstenerme, y toda relación condicional entre ambos derechos es arbitraria. También podría decir, con igual justicia, que si no votas, luego no puedes caminar o pedirte un whisky doble sin hielo. Establecer una relación supone un doble autoritarismo: por un lado, hay una coacción para que vote, y por otro, una segunda coacción para que no me exprese. Muy democrático todo.

2. No votar es también votar. Se intenta expresar una paradoja, pero no hay tal. Lógicamente, sólo hay un absurdo. La omisión de una acción nunca puede identificarse con la acción. No hacer algo implica absoluta e irremediablemente no hacerlo. Quien no come, no se alimenta. No hay ninguna posibilidad lógica de que alguien que se niega a comer acabe recibiendo los mismos nutrientes que si comiera. Los efectos de una omisión nunca pueden asimilarse a los de una acción.

3. No votar da más escaños a los partidos mayoritarios. En primer lugar, se proyecta sobre el no votante un deseo del votante. Es quien vota el que quiere intervenir en la configuración parlamentaria. El que no vota renuncia a ello. Por tanto, parece que lo que quiere el votante aquí es utilizar el voto del no votante para obtener sus objetivos políticos. Es decir, que el votante quiere votar dos veces. No le basta con su voto, quiere también el mío, pero no para que yo lo use según mi conciencia, sino según la suya. Me atribuye un deseo que yo no he manifestado y deduce que su deseo es mío también, pero que lo expreso mal. No sólo quiere utilizarme, sino que me infantiliza o me supone idiota. En el mejor de los casos, como cree que su planteamiento es el mejor en términos sociales, y como me concede el privilegio de suponerme una persona bienintencionada, no es capaz de concebir que mis deseos e inquietudes difieran de los suyos, por eso me guía hacia el buen camino, porque, en el fondo, soy como él.

4. No votar da más poder a la derecha. De nuevo, se supone que quienes no votan, de hacerlo, votarían a partidos de izquierdas. Esto ya no es especulación, es candidez e, incluso, estupidez basada en lugares comunes imposibles de comprobar.

5. Te abstienes para manifestar tu descontento por el sistema, pero al sistema le da igual y se aprovecha de tu abstención. De nuevo, atribuciones injustificadas. Son especulaciones sin ninguna base, espejismos ontológicos. Es razonable especular sobre una acción o un hecho, porque hay unos datos con los que se puede armar una argumentación. Pero la abstención es la ausencia de datos. Al menos, si yo no los expreso con claridad. En otras palabras: si yo no manifiesto mis razones para no votar, ¿por qué me atribuye las que a usted le da la gana?

6. La abstención es una expresión de hastío y desafección (sic). Vamos a ver: si tú me atraes y yo te lo hago saber, puede ser que yo te atraiga también y acabemos en la cama. O puede ser también que no te atraiga y me rechaces. Con educación o a bofetones. Hay atracción y repulsión, se puede establecer una relación. Pero si yo no he manifestado que me gustes o me disgustes, si ni siquiera te he dirigido la palabra y parece que hasta ignoro que existes, no hay posibilidad para la seducción ni para el rechazo. No acostándome contigo no expreso mi desafección (sic) hacia ti, porque jamás he manifestado afecto alguno. Simplemente, te ignoro. Ni estoy cansado de ti ni quiero enviarte ningún mensaje. De nuevo: no enviarte un mensaje es mi forma de no enviarte un mensaje. Mi indiferencia no va con segundas, no busco ninguna reacción en ti, no quiero comunicarme contigo. Si mi indiferencia provoca algo en ti, si te perturba de algún modo, sólo podré pensar que tienes un serio trastorno psiquiátrico, que sufres un delirio de relación. Que te quede claro: si me tomo mi copa tranquilamente en la barra sin mirarte, es porque quiero tomarme una copa tranquilamente en la barra. No estoy despechado, no te estoy mandando ningún mensaje, deja de leer novelas de Antonio Gala.

7. La abstención expresa [sitúese aquí lo que proceda según el analista]. No, la abstención no expresa nada porque ha renunciado a expresarse. Adivinar el sentido de un silencio es propio de quiromantes. La abstención no está organizada legalmente, no hay un movimiento en cuyos estatutos se establezca su promoción. Es una decisión (una no decisión) individual y silenciosa, que no responde a fuerzas sociales ni a consignas ni a organizaciones con portavoces e interlocutores. Cada persona que no vota lo hace por causas y razones que sólo a ella le asisten y no tienen por qué tener relación con ninguna coyuntura. La abstención puede darse porque sí, sin ser el efecto de ninguna causa. Quien se abstiene (al igual que quien vota) ejerce su libertad, y un atributo de la libertad es que se ejerce sin dar explicaciones y sin que medien razones comprensibles para el otro.

8. La participación es un deber del buen ciudadano. La participación, por definición, es algo voluntario, y no hace mejores o peores a los ciudadanos. Presionar a otros para que participen sí te hace peor que alguien que no usa el modo imperativo ni exige nada a nadie. Moralmente peor.

9. Mucha gente ha dado su vida para que tú puedas votar hoy, y no haciéndolo hace vana su muerte. Esto ya entra en el espinoso terreno de la demagogia y los mitos históricos que establecen causas y efectos por lo menos cuestionables. Si empezamos a echarnos muertos históricos encima, podemos pasarnos la tarde entera, empezando por los esclavos africanos que han extraído el mineral que se utiliza para fabricar el teléfono móvil desde el que me reprochas mi abstención. Una virtud de la demagogia es que sus límites son muy elásticos y podemos acabar tirándonos encima los muertos en las guerras púnicas. Es, además, un recurso desesperado para quien no dispone de argumentos y se ve forzado a apelar a una sentimentalidad primaria e infantil.

10. Tu voto cuenta mucho más de lo que piensas, puede marcar la diferencia. No, mi voto es intrascendente. Quizá la suma de muchas intrascendencias, paradójicamente, conduzca a algo trascendente, pero mi voto no marca ninguna diferencia. Es una papeleta perdida entre millones, una insignificancia como yo mismo lo soy. Asumir la propia contingencia no es malo. Nos soñamos demasiado decisivos, demasiado poderosos. Es la gente organizada y con estrategias la que puede marcar la diferencia. Yo no. Y lo asumo y me parece bien. Vivo muy a gusto en mi insignificancia.

Quizá sí expreso una cosa al no votar. O la expreso ahora. Mi derecho a ser dejado en paz. Mi derecho a no decidir, a no expresarme, a no opinar. Mi derecho a apartarme y observar desde fuera o desde donde me plazca. O a no observar. Mi derecho a no ejercer mi derecho. Todas las elecciones, desde muchos ámbitos, se me presiona (siquiera sutilmente) para votar. Es decir, se violenta mi libertad, se me afea el ejercicio de mi libertad. Esas presiones serían inadmisibles en sentido contrario. La policía tomaría medidas drásticas si hubiera un ambiente contrario a quienes votan, si los que dijeran que iban a votar sufrieran la lluvia de tópicos y desprecios que sufrimos quienes no votamos. Sería gravísimo, un atentado a la democracia. Sin embargo, se permite y se alienta desde el propio Estado la presión social contra los que no votamos. Ahí falla como garante de las libertades, puesto que su misión es garantizar su pleno ejercicio. Si las instituciones del Estado instan a votar y afean la conducta de quienes no votan, están restringiendo mis derechos, me están tratando como a un ciudadano de segunda. Y yo tengo el mismo derecho a que nadie me moleste por lo que he elegido o no he elegido hacer como la gente que va a votar. Lo contrario es una conculcación absoluta y grosera de los principios que supuestamente celebran las urnas.

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