Muy escasos de argumentos deben de andar los defensores intelectuales de la cosa monárquica para negarse tajantemente a convocar un referéndum. Desde el anuncio de Rajoy, se ha insistido en que el proceso será breve. Todos tienen muchas prisas en coronar la nueva testa, en liquidar lo antes posible un impasse que intuyen peligroso e impredecible. No me extrañaría que estuviesen ya acuñando euros con el careto de perfil del nuevo Borbón (¿con barba o sin barba?). Se niega cualquier debate. No ya un referéndum, sino incluso una discusión en foros públicos. Ni un triste pleno parlamentario, por muy apergaminado y controlado que resulte. Para mí, cuando alguien se niega con tanta vehemencia a enfrentar sus posiciones con otras es porque no está nada seguro ni de sus razones ni de sus apoyos.

¿De qué tienen miedo? La cuestión es lo bastante importante como para acceder a una consulta democrática. Hay datos demoscópicos que la justifican, más allá de las manifestaciones o de la forma en que, en los últimos años, se ha roto el tabú mediático sobre la familia real: ahí está la caída en barrena de la aceptación popular de la monarquía en el CIS, por ejemplo. Hay muchos indicios sólidos que apuntan a que una parte considerable de la población, que hasta ahora toleraba la institución en la persona de Juan Carlos, no acepta una sucesión sin que, por lo menos, se pregunte a la gente si desea seguir por ese camino.

Creo que su miedo es exagerado, porque yo, que soy republicano, no creo que mi opción triunfase ampliamente en un referéndum. Es más, ni siquiera tengo claro querer una república en los términos en los que muchos la plantean. Creo que un pánico absolutamente injustificado lleva a pensar al establishment monárquico que tendrían las de perder en un referéndum. Lo cual, en una sociedad democrática, justificaría sobradamente la consulta, puesto que lo contrario es imponer por la fuerza algo que sabes que la población no acepta. El miedo a una consulta es incompatible con la convicción que muestran de que la inmensa mayoría de los españoles, salvando una ínfima cantidad de piojosos alborotadores, apoya sin resquicios ni peros la forma monárquica de Estado. Si así fuera, ¿qué mejor ocasión que un plebiscito para exhibir fortaleza? Una victoria amplia de la monarquía en las urnas sería la muerte del proyecto republicano y daría legitimidad e impulso a la monarquía durante al menos cien años. Negarse, en cambio, evidencia el complejo de debilidad de una institución tan frágil que sólo puede preservarse mediante leyes redactadas con nocturnidad y coronaciones orquestadas con prisas, antes de que la cosa se desmadre. Algo que comienza así, tan de tapadillo y conspirador, tan temeroso de cualquier diálogo, tan despacho y pasillo con moqueta, no puede acabar bien. Si yo fuera Felipe de Borbón y quisiera reinar, estaría a favor del referéndum. Si está tan preparado como dicen, sabrá de sobra que algo que comienza con mimbres tan frágiles va a necesitar de mucha ingeniería cortesana para no desmadejarse con las ráfagas de viento que lo van a azotar en los próximos años.

No deberían temer un referéndum. De hecho, tienen las de ganar. Un candidato guapetón que cae bien por lo general, con más capacidad persuasiva de la que le han permitido exhibir, y con los principales medios de comunicación del país a su entera disposición. La opción republicana, muy difusa, desorganizada, contaminada por nostalgias e imaginarios sensibleros sin concreción política (unos piensan en La Pasionaria y otros piensan en Azaña como si la idea republicana de ambos fuera la misma, y puede que incluso haya quien piense en Nicolás Salmerón o en el cantón de Cartagena) y sin un adalid evidente capaz de aglutinar en una persona todas las sensibilidades que la integran, tiene las de perder. Pero, si los monárquicos están tan convencidos de que no es así, quizá ellos manejen unos datos que nosotros no sabemos. Quizá España sea incluso más republicana de lo que muchos se imaginan.

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