Una coda al post de ayer sobre el placer, en lo relacionado con la lectura. Incluso cuando se apela al placer como reclamo para coger un libro, se hace con cierta condescendencia. Se alude a una propiedad vicaria de la escritura: vive otras vidas. El argumento da por sentado que el aspirante a lector tiene una vida de mierda cuya devastación puede paliarse un rato con la narración de una vida ajena mucho más interesante.

Pues miren, no es eso.

Yo no tengo una vida aventurera ni puedo presumir de grandes hazañas, pero en mis treinta y pocos años, algo he vivido. Entre las cosas confesables y conocidas: he deseado (y tenido) a la mujer del prójimo, he probado unas cuantas drogas, me quieren y quiero mucho, aposté diez dólares en Las Vegas y los perdí, he dormido en un asiento de un búho de Madrid, he entrevistado a Rosendo Mercado y al cantante de Deep Purple, me pusieron una multa por tocar la batería en un piso, comí media caja de unas guarrerías industriales alemanas que la amiga de una compañera de piso quería comercializar en España y al final no comercializó y no entré en coma, me he emborrachado en la planta VIP de un hotel de lujo de Caracas, casi me linchan unos rapados en la plaza de Oriente un 20-N, he participado en el nacimiento de un periódico, he comprado un test de embarazo a las doce de la noche en la Octava Avenida de Nueva York y me han enseñado el resultado (positivo) en el baño de una habitación del Hotel Pensilvania, he caminado a oscuras por la plaza real de Nápoles, he visto el sol de medianoche en Dinamarca, he bajado a pie el monte Gurugú entre campamentos de negros que esperaban para saltar la valla, he salido varias veces hablando en Cuarto Milenio e incluso una vez le di la mano a Angus Young, de AC/DC (y me la lavé luego, con total desfachatez). Y esto es sólo un brevísimo anecdotario. No hablo de cosas importantes de verdad, de amores grandes, sonrisas de hijos, lágrimas de madres ni ceremonias de premios.

Cuando echo la vista atrás o miro a mi alrededor, mi vida, sin ser excepcional ni pirata ni excesiva, es lo bastante rica como para que no envidie las de otros. No está mal para un chico miope de barrio, me digo. Y, sin embargo, cuando pienso en algunas de las emociones más vívidas que he sentido, muchas de ellas provienen de los libros. No son sucedáneo de una vida que hubiera querido vivir, sino partes de mi vida que no querría haber vivido de otra forma. No estoy manco de placeres ni de emociones. He vivido y vivo con mucha más intensidad de la que pensaba que viviría nunca. Pero nada puede con el placer de leer. Nada iguala el goce que siento cada noche cuando, tras acostar a mi hijo, enciendo mi lamparita de lectura y retomo el libro que empecé la madrugada anterior. Cuando me tropiezo con un texto sublime, no lo cambio por nada. No leo por consolación. No leo para experimentar emociones que me están negadas en la vida, porque en mi vida he sentido muchas más cosas de las que hubiera querido. Demasiadas. Ojalá mi vida hubiera sido más tranquila y gris.

Leer no es un placer de segunda fila ni algo vicario. Es algo sin lo cual yo no sé vivir. Y no porque no tenga vida fuera de mi lámpara de lectura. Es que yo he elegido pasar mis noches pegado a esa lámpara. He podido elegir dedicar mi tiempo a otras cosas. He podido elegir otras emociones. Y algunas las he probado. Pero ninguna iguala a la lectura. No sabe el goce que se pierde quien decide perdérsela. Quien sólo le concede a la lectura un poder de consolador barato para personas miserables no ha leído bien un libro nunca.

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