Nueva entrega de la serie dominical publicada ayer en Heraldo de Aragón.

No quisiera saturar de novedades esta breve lista de libros para el verano, porque las novedades son para el otoño. En verano, el buen lector se atiborra de tochos clásicos y rellena con su sudor todas esas lagunas literarias que le avergüenzan, barriendo con los ojos las páginas de esos libros que sí, claro que sí, debería haber leído pero nunca tuvo ocasión. Pero hay novedades que suenan a clásicos porque se resisten a las clasificaciones.

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Decía Enrique Vila-Matas que le gustan mucho los escritores portugueses porque están sentados mirando el Atlántico, dándole la espalda a España y a Europa. Van a lo suyo, no tienen complejos ni buscan epatar a los críticos de ‘Le Monde’ o ‘The Times’. Portugal es otra manera (más libre) de hacer literatura. La novela que traigo esta semana no es portuguesa pero podría serlo. Lo es por tema y ambientación. Una de las dos líneas argumentales transcurre en el Portugal pombaliano (siglo XVIII) en los años anteriores al gran terremoto de Lisboa en 1755. La otra, en la Lisboa del siglo XXI. Son dos historias que se cruzan y por eso se titula, muy acertadamente, ‘Dos olas’. Su autor es Daniel Pelegrín, un escritor murciano que vivió varios años en Zaragoza y ahora recibe el correo en su casa de Roma, pero lleva Portugal muy adentro. Lo he comprobado en mucha gente: quien vive en Portugal, no se quita nunca la saudade por el país.

‘Dos olas’, que es una primera novela, me sorprendió mucho por muchas razones. Porque uno no se espera encontrar tanto acierto en una opera prima. Las primeras novelas son por definición gravemente imperfectas. El lector avisado solo espera de ellas el susurro de una voz. No se les puede pedir más, y aun pedir eso es pedir mucho. Pero ‘Dos olas’ tiene oficio, temple y pulso. No es solo una buena idea más o menos bien contada, sino una obra casi redonda y ambiciosa que, si no hubiera sido escrita por un autor novel nacido en 1973 ni publicada en una editorial independiente de Zaragoza (Tropo), estoy seguro de que habría acumulado decenas de ditirambos en las bocas y plumas de los críticos más exquisitos. Pero en España tendemos a juzgar los libros por la solapa, y no voy a seguir con el tema, que agoto el hueco del artículo y prefiero dedicarlo a convencerles de que tienen que leer ‘Dos olas’.

Pelegrín ha conseguido algo muy difícil: escribir en primera persona como una mujer y sonar a mujer. Sonar convincente. La voz es de verdad, contiene emociones que, si no han sido vividas por Pelegrín, sí que han sido sentidas en cierta forma. Es un ejercicio de empatía salvaje que convierte su libro en algo especial. Me creo su Lisboa, la del terremoto y la actual. Me creo a su protagonista, perdida tras sufrir un aborto ilegal. Pero lo que de verdad me emociona, como lector hastiado de leer la misma imitación barata de Bolaño o de novelista estadounidense, es que Pelegrín ha escrito como un portugués: se ha sentado mirando el Tajo y nos ha dado la espalda a todos. Ha escrito lo que le ha dado la gana, lo que le pedía el cuerpo. Por eso consigue que nos importe.

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