Mi homilía dominical (las columnas de Heraldo de Aragón que se publican bajo el título de La ciudad pixelada) de ayer, inspirada por un libro divertido y recomendable.

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Al principio, la literatura de viajes tenía un sentido utilitario. Como muy poquita gente viajaba, los trotamundos contaban sus aventuras para que los pobrecicos que se quedaban en casa se hicieran una idea de todo lo que se estaban perdiendo por no ver más cielo que el de su comarca. En realidad, era una cosa muy ligada al poder. La literatura de viajes la escribían embajadores, exploradores comisionados por reyes o historiadores que viajaban al lado de las tropas imperiales. En castellano, la tradición la inauguran los cronistas de Indias, que empezaron escribiendo relaciones sin ninguna intención literaria. Escribían sobre sus viajes americanos para que el rey les reconociera derechos. Algunos escribían para que les dieran una pensión o para demostrar un mérito explorador que les hiciera merecedores de un título o de un terrenito para dejar en herencia a su prole. La mayoría de los grandes textos de la literatura de viajes no nacieron como literatura, sino como informes y documentos para certificar ante notario. Lo que pasa es que algunos de sus autores escribían tan bien y decían cosas tan fascinantes que hoy podemos leerlos como novelas.

Luego llegó el turismo. El viaje se socializó, se convirtió en algo bien normal, el espacio aéreo se saturó. Y entonces la literatura de viajes dejó de tener sentido como tal. Ya no descubría nada porque todo el mundo estaba a unas horas de vuelo. Ya no se podía jugar la baza del exotismo y del privilegio (yo he estado y tú, no). ¿Qué quedaba? ¿Qué sentido tenía seguir escribiendo libros de viajes en la época de las líneas ‘low-cost’? Algunos, muy pocos, lo entendieron bien: queda la mirada del narrador. Hoy, la literatura de viajes no farda. Hoy, la literatura de viajes no trata sobre ciudades ni países, sino sobre su autor. Por eso nos interesa. Porque si hablara de ciudades, las guías de ‘Lonely Planet’ son mucho más pertinentes que cualquier obra de Naipul o de Theroux.

Los escritores que merecen la pena entienden que lo tienen que apostar todo a la mirada, que su viaje no vale nada sin sus ojos. Lo sabe bien Begoña Oro, autora aragonesa que acaba de publicar un librito fantástico y casi adictivo (lo que es una pena, porque es muy breve y la adicción no se colma) titulado ‘¡Buenas noches, Miami!’ (RBA), obra ganadora del último premio Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes. El relato es atractivo por la voz de Oro. Es atractivo porque empieza en Miami Playa y sigue en el Miami de verdad para terminar frente a unas palmeras de Parque Roma en Zaragoza. Es atractivo porque quien nos despierta curiosidad no es esa ciudad, que podría ser cualquier otra, sino esa mujer que se mueve por ella. Porque no nos gusta lo que le asombra y gusta y divierte y enfada de Miami, sino su forma de gustarse, asombrarse, divertirse y enfadarse. Porque quienes leen literatura saben que lo que importan son los personas. Los escenarios sólo atraen en la medida en que los personajes los iluminan o los ensombrecen con sus cuerpos.

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