DÍA ?. MURCIA

«¿Va a haber post sobre tu paso por la librería? Porque no me creen, me dicen que es mentira que estuviste aquí, como no escribes más.»

Laura Vila, librera en la Librería Rafael Alberti de Madrid

«¿Has dejado el blog? Hace una barbaridad que no escribes, te has quedado con la promoción en Bilbao o por ahí.»

Marcos Ordóñez, escritor, crítico y ocasional lector de este blog

Justo es reconocer la evidencia: me he dejado. Me he visto superado por los viajes y las mil y una historias en las que ando metido. No me voy a poner dramático, pero les diré que me he visto superado por primera vez en mi vida. Por primera vez, me he olvidado de acudir a citas. He dejado a periodistas culturales de informativos de la tele colgadas. Una tarde, me suena el teléfono mientras me ducho. Sí, me ducho por la tarde porque es mi primer día de holganza en mucho tiempo y no he salido de casa por la mañana. Cris me lleva el móvil a la ducha. Hola, dice una voz de mujer al otro lado. Hola, respondo desconcertado. Soy Montse, del programa XXXXXXXX. Ah, hola, Montse, dime. Silencio al otro lado. Dime, repito. Otro silencio más breve. Te has olvidado, ¿verdad? Entonces caigo. La entrevista para la que estaba citado diez minutos antes. No les voy a contar lo rápido que me visto y salto a un taxi para llegar veinte minutos después a maquillaje y empezar a grabar sin resuello.

Estas cosas antes no me pasaban. Yo era muy de llegar a los sitios pronto, formal, memorioso, cumplidor. Estos despistes sólo significan que está superándome el estrés. No llego a nada, entrego los artículos tarde, se me olvida responder los mails. Les juro que tuve un día en el que, por primera vez en toda mi vida, paré, levanté los brazos y grité que no podía más. Que era incapaz de hacer nada, de responder una sola pregunta, de terminar el artículo que había empezado, de preparar mi intervención en la tele al día siguiente, de pensar siquiera en la siguiente tarea. Así, ¿cómo quieren que atendiera al blog? ¿De dónde iba a sacar los minutos necesarios para seguir con este diario de promoción?

Sean buenos, discúlpenme.

¿Dónde me había quedado?

Ah, sí. Murcia. Un buen sitio para retomar el relato.

Viajo a Murcia por Miguel Ángel Hernández. Así de sencillo. La única razón que me llevó a aquella ciudad, lo único que justificaba que fuera una etapa en la promoción, es Miguel Ángel Hernández. Unas semanas antes del viaje, me escribió para decirme si podía prolongar la estancia hasta el fin de semana, que unos amigos escritores se iban a juntar en una casa del Mar Menor a celebrar lo que llaman un Holocausto Caldero. Me extrañó escribir una educada negativa ante una propuesta que en otro tiempo me habría parecido irresistible. Holocausto Caldero. Horrores digestivos que suceden a una bacanal de arroces de Calasparra y azafranes que una señora ha recogido con gran dolor de su espalda para gran deleite de mi paladar. Pero no podía quedarme.

Voy a Murcia por Miguel Ángel Hernández. Miguel Ángel fue uno de los primeros lectores de La hora violeta. Miguel Ángel publicó en Anagrama, casi al mismo tiempo que yo sacaba aquel libro, una novela maravillosa sobre arte contemporáneo titulada Intento de escapada. Miguel Ángel es profesor de la Universidad de Murcia y crítico de arte. Miguel Ángel es alto y viste de negro. Miguel Ángel lleva barba y boina y tiene casi mi edad (un pelín más viejo). Miguel Ángel se hace llamar @mahn en tuiter, y por ahí nos decíamos cosas antes de conocernos en persona, cuando sólo éramos lectores el uno del otro. Nos conocimos en Venezuela. Nos emborrachamos en Venezuela. Nos reímos mucho en Venezuela. Quiero pensar que nos hicimos amigos en Venezuela. Miguel Ángel se compró un chándal chavista en Caracas. Yo me quedé con las ganas: era el último día y no me alcanzaban los bolívares (y no iba a cambiar más euros por eso, dado que el cambio de divisas en Venezuela es complicado e ilegal). Así que entenderán que me hace mucha ilusión ir a Murcia, la ciudad en la que Miguel Ángel es un pope cultural. Y creo que a Miguel Ángel le hace también ilusión.

Llego a medianoche tras un viaje agotador que me lleva en avión desde Barcelona a Alicante, donde ceno una pizza antes de coger un tren a Murcia. Murcia está lejos. Es duro llegar a Murcia. Pero llego y logro descansar, dispuesto para un día intenso. Tras un par de entrevistas matutinas (una con Araceli Muñoz, que llama papá al director del hotel, y yo pienso que será una forma cariñosa de tratarse la gente en Murcia, una forma que quizá debería adoptar para no desentonar, hasta que Araceli me aclara que el director del hotel es su padre, y que por eso todos los camareros y empleados nos tratan tan rebién), quedo en la universidad con Miguel Ángel. La universidad es un edificio imponente y antiquísimo en el centro, que me recuerda a algunas universidades mexicanas que he visto. Y a alguna argentina. Murcia me recuerda a Córdoba, a la Córdoba americana, tan jesuítica y plateresca, pero no digo nada, sólo paseo con Miguel Ángel, como dos señores de otros tiempos. También pienso que la gente ya no pasea sin más, como hacemos nosotros por el centro de Murcia ese mediodía. La gente va y viene de sitios, pero no deambula, no da garbeos ni, mucho menos, paseos. Nosotros sí, nosotros paseamos mientras charlamos, o paseamos para poder charlar, para darle ritmo y forma a nuestras palabras, para que la conversación tenga algo moroso y elegante. Qué sé yo. Tampoco estoy muy seguro de que paseemos, porque al final acabamos en un sitio, y el paseo no tiene fin. Se interrumpe, pero no termina. Esto sí termina. En una terraza de un restaurante, frente a un caldero de arroz murciano y un vino de uva monastrell que me hacen sentirme un Paco Rabal cualquiera.

Tengo un club de lectura antes de la presentación, en el que hablo y hablo y hablo sin saber muy bien lo que digo ante una audiencia que me escucha como si dijera algo interesante y que pregunta cosas para confirmarlo. Y de ahí, aún hipnotizado por los efectos del monatrell, me llevan al reencuentro con Miguel Ángel Hernández. La presentación es en una galería de arte. O en la sección off de una galería de arte. Un local llamado AB9 donde se exponen obras sin terminar, proyectos en marcha. Por eso, el local está también sin terminar. Uno de estos rollos conceptuales que tanto gustan a los que saben de arte, como Miguel Ángel. Allí hablamos de un montón de cosas. Creo que se nos va la mano filosófica, porque invocamos a Walter Benjamin incluso, y cuando aparece Benjamin en una charla suele ser señal de que se te ha ido de las manos. Citar a Benjamin es una alarma: tienes que terminar, recoger e irte. Te has pasado, has forzado los límites de tu discurso, no va más.

murcia

En mi novela cito crípticamente a Benjamin, claro, y Miguel Ángel lo sabe. Hago una referencia fugaz a su suicidio. Digo que se pegó un tiro categórico en la sien.

Había que sacudirse toda esa densidad conceptual, por eso cenamos en un sitio llamado El Parlamento Andaluz, donde sirven unos bocadillos enormes entre una decoración kitsch sacada de una pesadilla de Lauren Postigo. Cuando entro en el baño y cierro la puerta, empieza a sonar una grabación. Me asusto al principio, pero luego me horrorizo: es un bucle de chistes de Lepe contados por algún humorista de casete de gasolinera y risas enlatadas. Lo cuento al salir. Oye, que al entrar en el baño suenan chistes de Lepe. Nadie me cree, hasta que entra Miguel Ángel y sale maravillado. Pero él es experto en Baudrillard y en Barthes, así que se lo toma como una intervención artística, una decodificación aberrante, un juego semiológico. El caso es que empezamos a ir al baño muchas veces, para hacer sonar los chistes, y de tanto oírlos se nos olvida Benjamin.

Después de cenar vamos a ver la Fundación Newcastle. No les cuento lo que es porque me lo guardo para un artículo. Sólo les anticipo que es el museo más pequeño del mundo, contenido en una casa de muñecas, un proyecto artístico precioso e interesantísimo, delicado y humorístico, una cosa excepcional que yo conocía por Facebook y que me apetecía visitar. Les contaré más adelante.

Admirando la Fundación Newcastle.

Admirando la Fundación Newcastle.

La noche siguió porque en Murcia la noche es infinita. Acabamos en el reservado VIP de una especie de discoteca donde todos parecían mucho más jóvenes que nosotros y mucho más abstemios, también. La cosa terminó muy tarde. Demasiado. Apenas pude gozar de la cama del hotel, pues enseguida tuve que arrastrarme de vuelta a la estación, donde esperaban los participantes de un congreso de politólogos jóvenes que se había celebrado en la ciudad esos días. Un congreso titulado España sin un Franco. En el tren, me rodean los jóvenes politólogos, todos con pinta de haber dormido mucho más que yo. Todos con su Mac, enfrascados en la escritura de qué sé yo, incapaces de perder el tiempo, como si el mundo fuera a romperse si descansaran un rato y echaran una cabezada.

Detrás de mí viaja Íñigo Errejón. Él sí duerme. Hace una almohadita con su chaqueta y duerme sin mala conciencia. Quizá porque lleva los deberes hechos, porque estudió cuando debía y no tiene que andar tecleando en el tren. Yo le imito, pero me despierto cada poco rato, y cada vez que abro los ojos, compruebo con rabia que Errejón los mantiene cerrados, con la placidez de los justos, con la serenidad de los seguros de sí mismos. Seguro que en su estómago no se pelean aún los licores de la noche anterior ni los arroces de ningún caldero. Por eso siento una extraña satisfacción cuando, en un pueblo de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, se sube un señor muy bruto que le zarandea y le coloca en las narices un billete, mientras le grita: “¡Chaval, estás en mi sitio!”. Errejón, con educación de doctorando comprometido, le responde: “Disculpe, caballero, pero en mi billete sale este asiento”. “Joder, la puta que me parió, que nos han dao dos billetes iguales”. “Bueno, no se preocupe —dice Errejón—, que ahora vendrá el interventor y lo solucionará”. “Mecago en mi calavera, me cago en la internet de los cojones. Si es que las máquinas lo lían todo. ¿Pos no me han dao el mismo billete que al chaval este? Si es que los ordenadores sólo traen problemas. Cagüen sandiós”.

En estas, llega un señor que dice ser sindicalista de Renfe y se interpone entre Errejón y el paisano. “Íñigo, ¿te está molestando?”, dice. El sindicalista ha reconocido al líder político y, tras confesarle que está con él, que hay que acabar con toda esta chusma, se ofrece para protegerle frente a los atropellos de los paisanos manchegos. Defiende al representante del pueblo del pueblo sin representación. O algo así. Los campesinos contra la revolución. Algo así escribió Marx en El dieciocho brumario de Luis Napoleón Bonaparte (uno de sus libros más divertidos, y no bromeo). La cosa me empieza a aburrir y el paisano ha decidido ponerse a cantar con otra gente que ha conocido en el tren. Se ríe con risa de tabaco Bisonte y madrugones de taxista. Errejón no puede volver a dormir. Atiende el móvil, vuelve a sus cosas trascendentes.

Yo me duermo. Al fin. Calculo que ya debemos estar cerca de la provincia de Toledo. Sueño con que un campesino reaccionario y manchego frustra mis planes de guillotinar a toda la Vendée.

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