Vivo en otro mundo. Me cuesta horrores identificarme con cuestiones que, por lo visto, están al cabo de la calle. De hecho, me cuesta incluso percibir como problemas y dramas hechos que, para mí, hablando en confianza, son gilipolleces. Parece que en algún muro de Facebook se ha armado gorda a raíz de este reportaje en el que se suelta la liebre de un tabú: el de las parejas que no quieren tener hijos.

Que sufren mucha presión social, dicen. Que algunas parejas acaban teniendo hijos por esa presión social, dicen. Cito textualmente:

“Lo habitual es que hasta los 30 años no pase nada, pero después la gente empieza a hablar de que se te pasa el arroz, que si eres una egoísta… una presión que genera temor: ‘que si después te vas a arrepentir’, que ‘quién te cuidará de mayor’… Eso hace que finalmente muchas parejas sucumban a la presión y se conviertan en padres”, señala esta psicóloga [Mercedes Carreño]. “Solo aquellos que sean capaces de luchar contra esos estereotipos, contra la norma social” serán los que mantengan el modelo de vida que habían planeado, sostiene Carreño, pero no todos lo logran. “De hecho, en los últimos años han aumentado en mi centro las consultas de mujeres sin hijos que quieren esterilizarse. Quieren evitar que después no sean capaces de enfrentarse a la norma social”, sostiene.

A ver: si alguien es tan débil de carácter que acaba teniendo hijos porque le resultan insoportables los comentarios impertinentes de su entorno, el problema no lo tiene la sociedad, sino él mismo. Como diría una madre de las de antes: «¿Y si te dicen que te tires del puente, te tiras?». He conocido a gente que ha tenido hijos por capricho estético, que los paseaban como si fueran un complemento de moda y los vestían como a su muñeco de la infancia. He conocido a gente que ha tenido hijos para que su relación no se fuera a la mierda, porque así creía atar a su lado a la otra persona. He conocido a gente que ha tenido hijos porque creían en la pedagogía y estaban como locos por probar su fe en la carne de un niño. He conocido a gente que ha tenido hijos para poder decir que ha tenido hijos. He conocido a gente que ha tenido hijos para darse el disgusto de no verlos nunca, entre trabajos y viajes. He conocido a gente que ha tenido hijos para poder quejarse de lo muy terrible y trabajoso que es tener hijos. He conocido a gente que ha tenido hijos por los motivos más peregrinos, idiotas o incomprensibles. Gente, por lo general, poco aficionada a los niños, que no soporta su compañía, ni la de los suyos ni la de los demás. Gente que uno se malicia que, quizás, viviría mucho más feliz sin hijos, pero que los ha tenido quién sabe por qué. A veces, un polvo sin condón, un desliz, un vamos a probar porque no somos de abortar.

Pero creo que no he conocido a nadie que haya tenido hijos para acallar la “presión social” de su alrededor. Entre otras cosas, porque no podría ser amigo de alguien tan pusilánime. Puedo ser amigo de alguien frívolo, caradura o incluso un poco idiota. Pero un pusilánime es una compañía horrible. No son divertidos y no te puedes fiar de ellos.

Si existe esa gente que tiene hijos por presión, la envidio. Porque, si los comentarios  de cuatro impertinentes que se meten donde no les llaman les resultan tan insoportables que deciden cambiar su vida de arriba abajo (pues eso es, al final, tener hijos) para dar gusto a los moscones, es que han vivido una vida sin presiones ni apenas impertinencias. No han sufrido la halitosis de un jefe nacionalsocialista, no han sido humillados por nadie, no se han visto enfrentados a un dilema en el que demostrar valor y decisión podía traer consecuencias indeseables para ellos mismos. Nunca han puesto a prueba los límites de su dignidad, nunca han encajado un puñetazo en la mandíbula, ni real ni metafórico.

Si tus amigos te importunan, cambia de amigos. Si tus padres te importunan, mándalos al cuerno, que para eso son tus padres. Si no eres capaz de hacer ninguna de las dos cosas, no culpes a la sociedad de tu carácter pusilánime. Y, por supuesto, no eches sobre mis hombros de padre feliz y baboso la responsabilidad de tu desgracia.

Desconfío de quienes sienten la necesidad de justificar su vida cada dos por tres. Estoy convencido de que, la mayoría de las veces, atienden a reclamos imaginarios. ¿Y qué, si un idiota te suelta una impertinencia? ¿Tan frágil y voluble eres que tomas las decisiones de tu vida en función de lo que piense alguien que, en verdad, desprecias y cuyas opiniones te desagradan? El problema lo tienes tú. Un poquito de carácter no hace daño. Pruébalo. Oponte con firmeza de vez en cando. No tartamudees, expresa lo que piensas, manda a la mierda a alguien de vez en cuando. Sé humano, coño. Prueba a plantar cara a un matón. La gente acostumbrada a abusar de su supuesto poder suele achantarse cuando alguien les responde con firmeza. Son perros ladradores, no esperan una réplica y no saben cómo actuar ante ella.

La posición de los psicólogos de este reportaje es terrible, porque pone el foco en la sociedad, en lugar de centrarse en el problema de pusilanimidad que padecen los “no padres” aludidos. En lugar de envalentonarlos y darles fuerza para enfrentarse a un entorno que, seguramente, es mucho menos hostil y terrible de lo que perciben, da un toque a la sociedad para que trate con mesura y sordina a estos pobrecitos. Es decir, en lugar de armarlos para el combate, los deja más desasistidos, da la razón a sus delirios y nos insta a compadecerlos.

Y, mientras tanto, como siempre, los delirios de unos pocos seres frágiles ensordecen los verdaderos problemas sociales. Porque, quienes somos padres (libres, orgullosos, rotundos) no reconocemos ese mundo de presiones por convertirse en tales. Al contrario: reconocemos todo tipo de baches y barreras. Muchos hemos sido padres a pesar de un mundo que nos lo pone bastante difícil. A pesar de unas empresas que no contratan a mujeres embarazadas y castigan o despiden a las madres. A pesar de un Estado que suprime cualquier facilidad a los padres, sin apenas guarderías públicas ni privilegios administrativos. A pesar de vivir en el centro de una ciudad sin parques y con columpios rotos. A pesar de la gente que ocupa los asientos reservados para embarazadas y padres con niños pequeños en el transporte público. A pesar de movernos por una ciudad que no está pensada para los niños. A pesar de que tus clientes y jefes no entiendan que esa tarde estás ejerciendo de padre y no puedes hacerles el favor ni responder ese mail tan imperioso.

La hipotética presión grupal percibida por unos pocos pusilánimes no puede trivializar un debate importante: el de un mundo, el nuestro, donde algo tan cotidiano y banal como ser padre se ha convertido casi en una transgresión. Donde, quienes somos padres, lo somos muchas veces contra los elementos.

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