«Sinceramente, creo que los jóvenes cada vez están más rodeados de violencia. Los adolescentes encuentran formas de vida violentas en las series, en el cine, en las redes sociales, violencia también en los videojuegos».

Susana Camarero, secretaria de Estado de Servicios Sociales

Señora Camarero:

Permítame que empiece con unos datos recopilados y difundidos por el gobierno al que debe su cargo. En 2014, se produjeron en España 322 homicidios, lo que sitúa la tasa de homicidios en torno al 0,8 por mil. En todo el mundo sólo hay once países con una tasa más baja: Japón, Suiza, Austria, Eslovenia, Noruega, Islandia, Omán, Qatar, Baréin, Mónaco y Singapur. Además, otros delitos violentos, como el robo con violencia e intimidación o los robos con fuerza, bajaron en 2014 un 17,3% y un 9,6% con respecto a las cifras de 2013, que ya eran muy bajas. Es decir: según las estadísticas que su propio gobierno maneja, es altamente improbable que un español presencie o sufra un acto delictivo de violencia. Vivimos en un país muy seguro y tranquilo, en grandísimo contraste con otros países donde la violencia es cotidiana y persistente. Cualquier español que haya viajado por algunos (no todos) países de Latinoamérica aprecia las enormes diferencias, y cualquier español que tenga amigos latinoamericanos les habrá oído respirar aliviados por pasear por la calle sin estar pendiente de secuestros y robos. Cualquier español sabe que, descontando calles muy concretas y escasas, se puede deambular con tranquilidad por cualquier ciudad a cualquier hora. La violencia, en la España de 2015, es algo casi exótico.

Hasta la abolición del servicio militar, los chicos tenían unos meses para familiarizarse con las armas, pero desde su extinción son ya muchos los adultos que no han tocado una pistola ni la han visto de cerca, salvo cuando se cruzan con un policía de patrulla y éste la lleva al cinto. Creo que la mayoría de mis amigos, incluyéndome a mí, no reconoceríamos el sonido de un disparo si lo oyéramos. Describiríamos una detonación, pero no acertaríamos a dilucidar su origen, porque nunca hemos escuchado un tiro. Hasta no hace muchos años, todos los españoles (ellos, no ellas) sabían limpiar, desmontar, cargar, apuntar y disparar un arma. Lo habían aprendido en la mili. Mi padre sabía. Mi abuelo no sólo sabía, sino que la disparó muchas veces. Contra otros hombres armados. Yo no sabría ni cómo empuñar una. Sólo he tenido en mis manos piezas de colección inutilizadas. Nunca me han apuntado con una. Nunca he visto a otra persona apuntar a otra con una.

Vivimos en un país tan seguro y tan ayuno de violencia que un hasta ahora destacado miembro del partido de su gobierno puede pasearse por la calle sin miedo a ser linchado, como sin duda lo habría sido alguien como Rodrigo Rato en otros tiempos de manos y puños más ligeros. En este mismo país hace treinta o cuarenta años, por ejemplo.

Consecuentemente, nuestro umbral de aguante hacia la violencia es mucho más bajo que el de otras generaciones. No sé, señora Camarero, si ha echado un ojo a alguna hemeroteca y ha visto cómo se narraban los «crímenes pasionales» hace tan sólo treinta años. Los chistes sobre mujeres maltratadas, todas esas cosas que hoy no nos hacen gracia. No sé si sabe que, en este país, hace tan sólo cincuenta años, la policía tiraba a presos políticos por las ventanas del edificio que hoy es la Comunidad de Madrid, a esa Puerta del Sol hoy tan festiva y llena de guiris borrachos. O que hace tan sólo cuarenta y uno se ejecutó (con gran publicidad) a un chaval con garrote vil, ese invento español que rompía las vértebras del cuello del reo. No sé si sabe que, en este país, la pena de muerte sólo fue abolida completamente en 1995 (la Constitución de 1978 contemplaba excepciones a su abolición en casos de emergencia y leyes marciales).

Quizá tampoco sepa que, en los últimos años, algunos de los hechos violentos más repugnantes y contestados han sido protagonizados por las fuerzas y cuerpos de seguridad, con esos mossos que acumulan condenas y casos de torturas o esos guardias civiles que disparan pelotas de goma a negros asustados en mitad de la noche. A veces, parece que el Estado del cual usted es secretaria se toma muy en serio el ejercicio del monopolio legítimo de la violencia.

Pero no es esa la violencia que a usted le preocupa. La violencia que le preocupa es la de las series y los videojuegos, que no es violencia como tal, sino una representación. ¿Sabe que los actores fingen pegarse, que si se hacen daño es por accidente? ¿Sabe que en los videojuegos ni siquiera hay personas de verdad, que son dibujos animados? ¿Sabe usted distinguir un asesinato de ficción de uno de verdad? Porque la inmensa mayoría de la gente sí sabe. Incluso esos adolescentes que usted toma por idiotas. En eso se basa la ficción (del latín fictus, participio del verbo fingiere, fingir, simular).

Esos fingimientos constituyen toda la relación que la mayoría de los españoles del año 2015 tendrán con la violencia, dado que muy pocos presenciarán un homicidio real, ni es probable que se vean en medio de una batalla o de un tiroteo entre anarquistas y pistoleros ultraderechistas o que sean secuestrados por sicarios en mitad de un paseo. Tampoco tendrán un cura o una monja que les pegue con una regla o les estampe la cabeza contra el encerado, acreditados métodos pedagógicos que muchos españoles de generaciones pasadas tuvieron el placer de disfrutar. Son muy raros, también, los padres que zurran el culo de sus hijos o les atizan con la hebilla del cinturón. De todas las formas reales de violencia, según las estadísticas, es más probable que presencien alguna ejercida por un agente de un cuerpo policial. Y hasta eso es difícil de ver.

Por tanto, si la única violencia a la que están expuestos los jóvenes españoles de hoy es la que viene contenida en unas ficciones, no veo motivo alguno de preocupación. Lo preocupante es convivir con la violencia de verdad, como se convive en tantos y tantos países. Lo preocupante es salir a la calle con miedo, que te apunten con una pistola a la vuelta de cualquier esquina, que el policía al que vas a pedir ayuda acabe secuestrándote y violándote. Eso es exposición a la violencia, y existe y es cotidiana y terrible en muchas partes del mundo. No en esta. No aquí. Ni siquiera ahora, cuando tanta gente rabia y querría prender fuego tantas cosas.

Sus declaraciones, señora Camarero, además de estar desinformadas y de ser temerarias, son groseras. Buscan criminalizar o, al menos, deshonrar, a millones y millones de ciudadanos (jóvenes o no) perfectamente pacíficos y educados que juegan con sus consolas o ven series de zombis. Desde un puritanismo pacato y gazmoño quiere hacernos creer que hay algo perverso, insano y peligroso en el disfrute de ficciones. Que todos los que gustamos de la casquería audiovisual somos chicos de la ballesta en potencia.

Cuando publiqué mis primeros cuentos, una amiga de Cris que no había leído ficciones mías se quedó a solas conmigo una noche de copas y me dijo, mirándome con resquemor: «Después de leer lo que escribes, me pregunto si eres capaz de arropar a Cris por las noches». Se refería a algunos cuentos violentos, de personajes que querían sufrir daño físico porque se aburrían de vivir (nada original, ya ven). Creo que fue algo fugaz, pero esta amiga tuvo el pensamiento de que quien escribe cosas perversas es también perverso, que había algo en mí que seguramente no era bueno para su amiga. Supongo que a usted, señora Camarero, le sucede algo parecido: no entiende la diferencia entre imaginar y narrar un asesinato y cometerlo. Permítame que le diga que, de ser así, el problema de percepción lo tiene usted. Y grave. No querría relacionarme con alguien como usted, incapaz de desligar realidad y fantasía. Si la cesura entre ambos mundos no le funciona bien, es usted, sin duda, una persona peligrosa, de la que conviene ponerse a salvo.

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