Hace unos días comí con varios viejos sindicalistas y hablamos de vino y de sidra (había algún asturiano). Todos coincidían en que hoy no se producen vinos malos ni imbebibles como los de antes porque la producción se ha industrializado y las cubas inoxidables permiten controlar la calidad. Elogiaron la enología y los avances de la ingeniería industrial aplicados al vino, y yo me sorprendí asintiendo. Tenían razón, pero esas cosas que sonaban tan sensatas no se pueden decir por ahí alegremente. Pensé que, en muchos ambientes que también frecuento, esas frases serían anatema.

Aquellos sindicalistas venían del sector del metal, habían crecido en fábricas, son los últimos supervivientes de algo que en Europa está a punto de convertirse en exótico: la industria. Juzgan el mundo, por tanto, desde valores industriales. Para ellos, a diferencia de lo que sucede con la mayoría de la gente, el adjetivo “industrial” no tiene connotación negativa. La industria produce de forma segura grandes cantidades de cualquier cosa a bajo precio. ¿Qué hay de malo en ello? Puede contaminar, sí, pero también se esfuerzan por contaminar cada vez menos. Puede ser una fuente de explotación del hombre por el hombre, pero para eso estaban ellos y sus sindicatos, para convertir el trabajo en una actividad digna.

Esto no es lo que nos enseñan. Lo industrial es malo. Vivimos buscando “lo natural”, lo “artesano”. Los productos industriales se camuflan y adquieren una apariencia rústica, con abuelas en las etiquetas y embalajes que imitan recipientes de otras épocas. Es un rasgo contemporáneo que sonaría extraño a gente de otras épocas. Cualquiera que frecuente la cultura de los años cincuenta y sesenta, por ejemplo, descubrirá exaltaciones de lo industrial: envases futuristas, presentaciones inspiradas en naves espaciales, ambientes y luces totalmente alejados de cualquier evocación “natural”…

Creo que esta desconfianza hacia lo industrial (que ha coincidido en el tiempo con el desmantelamiento de la industria europea y su reinstalación en países lejanos sin presiones sindicales) es un rasgo infantil de lo contemporáneo. Cuando se dice que un desodorante sólo lleva ingredientes “naturales”, se da a entender que lo “artificial” no es natural. Sin embargo, para que algo no fuera natural tendría que ser extraterrestre: cualquier material procedente de la Tierra tiene partículas de la tabla periódica de elementos. Todo es natural, no hay nada fuera de la naturaleza.

Me reconfortó encontrar a gente que consideraba que era precisamente la industria la que había conseguido vinos bebibles y baratos, frente a los vinazos infames que se producían hace no tanto tiempo. Qué raro me sentí. Qué raro suena el sentido común a veces.

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