SIN KETCHUP, POR FAVOR

Si algo me gusta de Harry Callahan es que lo que más le saca de quicio es que su compañero le ponga ketchup al perrito caliente. En una secuencia gloriosa le dice: “Pase que seas tal y cual, que esto y que lo otro (y una retahíla larguísima de defectos que no recuerdo), pero lo que no soporto de ninguna de las maneras es que te comas los perrritos con ketchup”.

Fantástico.

Yo estoy con Harry, por supuesto: al perrito sólo se le echa mostaza. Y si es de la picante y granulada, mejor.

Es un rasgo que hace grande al personaje. Los buenos escritores de novela negra saben de la importancia que tienen las manías para definir y dar produndidad a los protagonistas. Somos nuestras manías. Si le pedimos a alguien que nos conoce bien que nos imite o que se ponga en nuestro lugar ante una situación, probablemente sacará a relucir nuestras manías. Su imitación será un catálogo de todo aquello que, a nuestro pesar, nos define y nos marca.

La novela psicológica se perdía -y se pierde- a veces en procelosas introspecciones y buceos de profundidad para examinar y desarmar hasta la última pieza de la maquinaria mental de un tipo, cuando bastaría con dejar claro que no soporta que la gente se ponga ketchup en el perrito. Es una técnica narrativa básica: al simplificar y centrar el foco en un solo aspecto, se puede proyectar la complejidad del personaje en todas las direcciones posibles, sin destriparlo, sin psicoanalizarlo. Basta con dejar que se muestre en toda su fiereza y esplendor para que el lector se interese por él y haga esfuerzos por conocerlo.

Los personajes no hay que explicarlos: hay que dejar que se muevan y respiren, que hagan y digan cosas, y que se definan ellos mismos con lo que hacen y con lo que dicen.

Si algo ha aportado el género negro a la literatura es -aparte de grandísimos personajes- un afinado sentido de la eficacia narrativa. No se puede perder el tiempo construyendo al protagonista poco a poco, como hace Stendhal con su Julien Sorel en El rojo y el negro. No. El prota tiene que venir ya hecho, con sus traumas ya creados y sus frustraciones ya marchitas y referidas a un pasado que no hay que narrar ni explicar, tan solo sugerir con levedad. La acción comienza in media res, nada de antecedentes, nada de infancias, nada de flashbacks. Presente, aquí y ahora. Lo demás es filfa.

Un novelista psicologizante, de esos viejos amigos de la novela conductista, mancharía muchos folios explicando el trauma que provoca la manía del ketchup en Harry Callahan. Quizá su amor platónico y perdido trabajaba en una fábrica de ketchup. O era recolectora de tomates en Almería. O murió despachurrada por un camión y el ketchup le recuerda a sus vísceras explotando bajo las ruedas del tráiler.

A un escritor noir se la pela el origen de la manía. De hecho, si hace como Hitchcock, debería pelársela incluso el contenido en sí de la manía. Podría escribir la novela entera dejando en blanco el hueco de la manía y añadirla al final, casi al azar, como quien escoge una carta de la baraja. Da lo mismo: lo importante es que haya algo que se repita como un estribillo, o incluso como un mantra, y permita proyectar la personalidad del prota. Algo que le haga explotar y mostrarse sin máscaras.

Tengo una historia inédita -y que, si de mí depende, seguirá inédita hasta que estos huesitos ardan en el crematorio- en la que elaboré una trama bastante oscura que dependía en buena medida del inexplicable comportamiento de un oscuro personaje. Al final, se me ocurrió que todo el misterio debía basarse en una impotencia transitoria del tipo. No se le pone tiesa, y la rabia que eso le provoca desencadena todo lo demás. No lo explica, pero lo desencadena.

Descubrí entonces con mucho placer que ese pequeño detalle le daba una dimensión salvajemente profunda al personaje. Lo redondeaba, le daba majestad y le hacía enseñorearse de la narración. Un escritor amigo que lo leyó me dijo que, sin duda, era lo mejor del relato, lo que le daba fuerza, cohesión y humanidad.

La impotencia no es una manía exactamente, pero podía pasar por tal. Me di cuenta de que la manía del ketchup de Harry el Sucio podía funcionar también con mi personaje, casi con la misma eficacia que el hecho de que no se le pusiera tiesa. Sólo necesitaba un punto de apoyo, una clave para montar el arco de la narración. Sin él, las piezas se desarman, pero con él todo se aglutina y cobra significado. Y ese punto de apoyo puede ser cualquier cosa: ketchup, un pene flácido, una ludopatía o una pasión irresistible por el potaje de garbanzos. La elección de su contenido depende ya de la elegancia y el sentido del humor del narrador. Lógicamente, cuanto más extravagante, banal y ajena a la trama sea, mejor funcionará y aportará más riqueza y matices a la lectura.

Eficacia narrativa, sí señor. Eso es lo que aprendemos de la novela negra. Y de las pelis.

¿Hace falta decir que nunca, pero nunca jamás de los jamases, le pongo ketchup a los perritos calientes?

PS1.- No me gusta la traducción española de Harry el Sucio. Prefiero el original inglés, Dirty Harry, que no solo lleva prendida una sonoridad infinitamente más sugerente, sino que tiene matices difíciles de traducir y que, desde luego, no refleja “Harry el Sucio”. Me suena tan mal como cuando los actores de doblaje dicen “apetito” por “hambre” o “trasero” por “culo”.

PS2.- Hace un tiempo Cris me regaló una camiseta guapísima con la imagen promocional de la saga de Dirty Harry: Clint Eastwood apuntando con su pistolón Magnum del 45. Bicromía: silueta roja sobre fondo negro. Al primer lavado, se fue a la mierda el dibujo. Meses después, vi que Mario de los Santos llevaba esa misma camiseta con el dibujo intacto. Cabrón, ¿cómo hiciste para conservarlo? Cuéntame tu secreto de amo de casa.

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