TE LO PUEDES IMAGINAR

Disfruto estos días de unas vacaciones en la soleada (sic) Galicia, por lo que estoy más metido en el mundo de las sonatas de Valle-Inclán, de los señores que llegan de Torrente Ballester, de los bosques animados de Fernández-Flórez e incluso de los crímenes de los carabineros de Tui de Camilo-José Cela que de la actualidad. No he comprado ni un periódico estos días, salvo el sábado, por ver un articulito mío, y no he escuchado más radio que la que sonaba a intervalos en el coche que conduzco con mucho placer entre rías, bosques y pueblos que prometen pazos y sólo dan casonas ruinosas. Apenas he abierto Twitter. Por tanto, me entero de refilón de todas esas cosas que a ustedes les indignan y les apasionan, y puedo constatar algo que ya tenía claro: la ignorancia es una de las formas de felicidad más cercanas a la perfección.

Pero, zoon politikon que es uno, muy a su pesar, lo contemporáneo se le cuela en los oídos donde menos se lo espera. Y el otro día, en un bar de Lugo, escuché que el otrora presidente de Caja Madrid, Miguel Blesa, había pasado una noche en el trullo. La reportera de la tele contaba que, al ser preguntado por cómo había pasado la noche el señor (sic) Blesa, su abogado respondió: “Pues se lo puede usted imaginar”. Como la reportera no añadió nada y puso cara de entender la frase del abogado, supuse que había pasado al menos una noche en la cárcel y que, por tanto, podía imaginarse la situación del señor (sic) Blesa. Yo, sin embargo, que no he estado en la cárcel nunca, ni siquiera de visita, no me puedo imaginar cómo pasó la noche aquel caballero.

Se lo puede usted imaginar es una frase hecha en cuestiones de desgracias. Y, como frase hecha, es de las más falsas y absurdas. ¿Cómo me voy a imaginar algo si no tengo términos de comparación? No sé a qué huele una cárcel, no sé cómo suenan los muelles del colchón de un catre, no sé qué ruidos se escuchan en mitad de la noche, no controlo ninguna de las rutinas, no entiendo los ritos sociales de una prisión. Ni siquiera sé si en una celda hace frío o calor. Si las camas tienen sábanas o se duerme uno sobre un colchón desnudo, si el suelo es de baldosas o de piedra, si hay persianas o el sol entra al amanecer, si hay muchos compañeros de celda o uno puede dormir solo, si los presos hablan en susurros cuando se apagan las luces, si las botas de los guardias hacen mucho ruido al pasar por las galerías. No me puedo imaginar ni una galería, no sé si es grande o estrecha. ¿Qué coño sé yo cómo ha pasado la noche el señor (sic) Blesa? Sólo los que han estado en la cárcel lo saben, sólo ellos tienen capacidad para imaginar algo así.

Cuando mi hijo estaba enfermo, mucha gente se imaginaba también por lo que estaba pasando. No te pregunto como estás, porque me lo imagino, decían. Y era mentira: ¿cómo se lo iban a imaginar, si no habían pasado nada ni remotamente parecido? Yo mismo era incapaz de imaginar sentimientos como los que sentí antes de sentirlos. Quizá tenga una notable incapacidad de empatía. Quizá sea un problema mío, pero mi imaginación precisa de términos de comparación para recrear una experiencia ajena. Si no los tengo, no puedo imaginar nada.

Pero el mundo entero imagina y sabe cosas con una facilidad que no deja de pasmarme. ¿Cuántas veces habré leído reseñas de libros en las que el crítico aseguraba que el autor evoca con notable verosimilitud tal o cual época? ¿Y cómo lo sabe el crítico? ¿Ha vivido esa época? Yo no sé si Galdós recrea bien el Madrid de finales del siglo XIX porque no he visto ese Madrid, no he olido sus olores, ni visto sus adoquines, ni bebido su vino rancio. Sé, en cambio, que Galdós escribió unas novelas soberbias que a mí me suenan verosímiles. Me creo el Madrid de Galdós porque transmite mucha verdad literaria, pero, por muchos libros de historia que lea, no podré juzgar nunca si ese Madrid es un fiel reflejo del Madrid real de 1875, porque sólo alguien que vivió en el Madrid de 1875 posee los elementos de juicio necesarios para ello.

Sin embargo, el Madrid de Galdós es real para mí. Porque está lleno de matices, aromas, colores y personajes vívidamente construidos y narrados. Por eso puedo decir que conozco el Madrid de Galdós, y puedo compararlo con otros madrides. Para ello, Galdós ha hecho el esfuerzo de imaginar ese Madrid por mí. Galdós dijo: mire, así es mi Madrid y así viven sus gentes. Y lo contó como a él le pareció. El abogado del señor (sic) Miguel Blesa, si fuera Galdós, habría resumido Fortunata y Jacinta así: pues un señorito que se lía con una cualquiera y luego se casa con una señora, se puede usted imaginar como sigue.

Como los libros de construye tu propia aventura, que a mí siempre me reventaron. Oiga, pensaba yo, que para construir mi propia aventura no necesito gastar dinero en un libro. Si compro un libro, lo mínimo es que la aventura venga ya construida y yo sólo tenga que leerla.

La literatura entera está sostenida sobre el principio de que usted no se puede imaginar lo que le voy a contar. Porque, si pudiera imaginárselo, no necesitaría leerlo.

Muchas de las personas que se podían imaginar perfectamente por lo que estaba pasando cuando mi hijo enfermó y murió, se sorprendieron mucho al leer La hora violeta, porque no podían imaginar que las cosas fueran así. ¿Por qué estaban entonces tan seguros de su imaginación?

La mayoría de la gente, que no ha estado en la cárcel, no puede imaginarse cómo es pasar una noche en ella. Yo la supongo insufrible, oscura y llena de terrores, como dicen en Juego de tronos, pero no puedo ir más allá de dos vaguedades y cuatro tópicos robados del cine. No me puedo imaginar lo que se siente al pasar de ser el rey del mambo y el hombre ante el que todas las espaldas se curvan, a ser empujado al interior de una celda que huele a qué sé yo. No conozco ni los despachos de Caja Madrid ni las celdas de las cárceles, así que no me puedo imaginar ni un unos ni en otras.

La descripción es un arte despreciado, pero muy útil. Como las grandes creaciones de la humanidad, sólo destaca cuando falla. Desgraciadamente, nos hemos acostumbrado a las frases hechas sin contenido, que no transmiten absolutamente nada. Se lo puede usted imaginar es el colmo de la pereza, pero casi a su altura se encuentra los adjetivos “dantesco” y “kafkiano” o la expresión “es un infierno”. En un mundo donde Dante y Kafka apenas han sido leídos por una selectísima minoría, apelar a esos autores para describir situaciones es ridículo e inútil. Mucho peor es oír a un testigo calificar de “infierno” una escena dramática o trágica. ¿Alguien ha visto alguna vez un infierno? ¿Es el infierno, que nadie sabe qué es, un término de comparación adecuado para nada? Si nunca he visto una celda de una prisión, mucho menos probable es que haya visto un infierno. Las comparaciones han de hacerse con cosas que sean conocidas por mucha gente. Si no, no estamos describiendo nada.

Es más cómodo, de todas formas, dejar que los demás no imaginen cuando creen que imaginan. Y más serio y aparentemente dramático  Apelando a la imaginación ajena, se niega toda posibilidad de imaginación, cortando el paso a cualquier indagación en sentimientos o situaciones sobre las que es mejor no indagar.

A mí cada día me cuesta más imaginarme las cosas. Por eso cada vez estoy más cómodo con lo que escribo.

ME PONGO SENTIMENTAL EN BABELIA

No está en la web, pero, si compran El País, podrán leer un artículo mío en la columna de la página 2 de Babelia, donde tengo el honor de ser el escritor invitado de esta semana. Se titula "La reconquista del sentimiento".

DOCE DEL PATÍBULO

El Cultural de El Mundo publica hoy un dosier sobre jóvenes novelistas españoles, a partir de una encuesta hecha a 25 críticos literarios. Son, según ellos, los doce novelistas lozanos o semilozanos con mejores perspectivas, que supongo que es una forma elegante de decir más prometedores. Mi nombre está en la selección y, aunque es mi deber aparentar desapego y desinterés por estas cuitas mundanas y circenses, a ustedes no puedo engañarles: me hace muy feliz. Es la primera vez que me incluyen en una lista que no es de morosos o de candidatos a comerse un marrón.

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Les hago notar que, de los doce seleccionados, tres hemos empezado nuestras carreras literarias en Tropo Editores (Sara Mesa y Matías Candeira son los otros dos). No sé si darles la enhorabuena a los sufridos Óscar y Mario, compañeros de tantas y tantas cosas, o no dársela, porque supongo que ellos preferirían con mucho que nos hubieran incluido en listas como estas cuando aún publicábamos con ellos. Está bien que te digan que tienes buen ojo en tus apuestas editoriales, pero no sé si de elogios se vive. Yo empiezo a acumular unos pocos, y dudo de su valor nutritivo, aunque, en demasía, empachen.

Y me callo, que me pongo cenizo y hoy es un día de celebrar. Gracias a ustedes en lo que les toca.

SERIES Y NOVELAS

Queridas gentes de Zaragoza:

Mañana miércoles, a las 19.30, estaré en la Biblioteca Municipal Fernando Lázaro Carreter del barrio de Torrero (calle Monzón, 3), dentro del ciclo de charlas que varios escritores de la ciudad estamos dando en las bibliotecas municipales para animar un poco a los lectores. Hablaré de series de televisión y literatura contemporánea: cómo llegar a la gran literatura a través de las grandes series. Daré una brevísima guía de series de televisión para amantes de la literatura, proponiendo maridajes entre títulos catódicos y títulos librescos. Me pondré en plan sumiller, sugiriéndoles qué novela o qué autor o qué género literario combina mejor con tal o cual serie. Espero que sea divertido y pasemos un rato agradable. A continuación, algunas fotos que documentan la gestación y puesta en escena de esta charla. La entrada, claro, es libre hasta completar aforo.

Sergio del Molino (segundo por la derecha), reunido con su equipo de colaboradores para preparar la charla en la biblioteca.

Sergio del Molino (segundo por la izquierda), reunido con su equipo de colaboradores para preparar la charla en la biblioteca.

Enano que baila en un sueño psicotrópico de Sergio del Molino tras tomarse unas pastillitas de inspiración antes de abordar la charla.

Enano que baila en un sueño psicotrópico de Sergio del Molino producido por la ingesta de unas pastillitas de inspiración antes de abordar la charla.

Sergio del Molino, listo para su charla en la biblioteca, espera a que llegue el público.

Sergio del Molino, listo para su charla en la biblioteca, espera a que llegue el público.

SUICIDIO

El fracaso de la literatura va mucho más allá de coyunturas comerciales. El fracaso de la literatura no tiene que ver con las miserias contingentes del mercado que la explota. El fracaso de la literatura es ontológico e irremediable.

La literatura fracasa en el instante mismo en que se propone ser literatura. Cuando se plantea explorar paisajes que nunca va a poder cartografiar. A pelo, sin brújula ni carta de marear. Por mucho que avance, por mucha maleza que corte con el machete y por muchos pasos montañosos que cruce, el escritor asume desde el principio un doble e inapelable fracaso. El primero, que jamás va a abarcar esa región, que terminará el libro o la obra entera sin saber si aquello es una isla o tierra firme, con la sensación de haber caminado en círculo y con muchas más preguntas de las que se hacía cuando empezó a escribir. El segundo fracaso es exógeno, pero tan frustrante y cruel como el fracaso interior. Al volver a casa, el escritor comprobará que el lugar común que quería derrumbar con su exploración no sólo no se ha agrietado ni un poco, sino que se ha recimentado, reforzado y es unos metros más grande.

Piensen en el suicidio, por ejemplo.

¿Saben cuántos poetas, novelistas y filósofos lo han pensado y explorado? ¿Saben la cantidad de mentes aventureras, brillantes y tenaces que han intentado comprender por qué la gente se mata? Hablo sólo de literatura, sin contar todos los trabajos científicos que han estudiado el fenómeno desde decenas de disciplinas. Hablo de lo que me incumbe, de la aproximación literaria a un misterio terrible y complejo.

Porque la única conclusión que tanta literatura ha generado es que se trata de un misterio terrible y complejo, que se hace más misterioso, más terrible y más complejo conforme se explora más profundamente.

Pero da lo mismo, porque ahora, después de décadas de tabú, los medios nos dicen semana sí y semana no que un señor o una señora se han ahorcado cuando iban a ser desahuciados. Bien es cierto que suelen cuidarse de alegar temporalidad y no causalidad. Dicen cuando iban a ser desahuciados y no porque iban a ser desahuciados, pero es obvio para cualquier lector o espectador que ese cuando quiere decir en verdad porque. La conexión causal no está explícitamente marcada en la oración, aunque todo el mundo la sobreentiende.

¿Están seguros? ¿Comprenden tan bien la mente de un suicida? Pues enhorabuena, su conocimiento de la condición humana es muy superior al de muchas personas sensibles y de gran inteligencia que han dedicado años de su vida a intentar comprender algo que, finalmente, no han comprendido en absoluto. La masa enfurecida y la muy reflexiva prensa española, al parecer, ha entendido en los 140 caracteres de un tuit lo que la literatura lleva veinte siglos indagando.

Un suicidio nunca se reduce a una causa. De hecho, reconstruir la secuencia causal desde el cadáver hasta el detonante de la decisión es casi siempre imposible. Incluso en los casos en que el suicida deja una nota. Incluso cuando el suicida trata de explicarse. Esos casos pueden ser todavía más confusos, porque el propio suicida a menudo es el menos capacitado para argumentar las razones de su propio suicidio.

Les remitiría al joven Werther, que nunca está de más volver a Goethe. Sabía mucho de las cosas humanas, el Johann Wolfgang. Pero prefiero hablar de un libro más reciente de un escritor de cuya humanidad no puedo dudar, pues la he sentido en un bar junto a la mía, agarrada la suya a un vaso de Jack Daniel’s, y la mía, a uno de Jim Beam. Ninguno de los dos pensábamos en suicidarnos, pero ambos hemos escrito sobre el suicidio. Él, mucho más por extenso y con muchísimo más acierto que yo. Lo mío no fue más que un jueguecito literario en un cuento largo. Lo suyo va en serio.

Álvaro Colomer no ha escrito un libro sobre el suicidio, sino toda una trilogía. Yo sólo he leído la tercera novela, la más famosa de las tres, Los bosques de Upsala, cuya lectura recomiendo vivamente.

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La leí por primera vez cuando salió, en 2009. Yo acababa de publicar mi primer (y, hasta la fecha, único) libro de relatos, y el principal de ellos y que daba título a la colección era una fantasía narrativa en torno a los últimos días de Sylvia Plath en Londres. Alguien, no recuerdo quien, me habló muy bien de este libro, como otro ejemplo de aproximación literaria al tema del suicidio. Lo cogí con desgana y, aunque recuerdo que me gustó y me dejó una buena sensación, su lectura se me perdió entre otras muchas. El año 2009 fue un año excepcionalmente intenso y agotador para mí (publiqué dos libros mientras trabajaba un quintal de horas diarias en un periódico y, además, tuve un hijo sin dejar de leer mis dos o tres libritos semanales ni escribir mis homilías en este blog; aún no sé cómo lo hice todo sin bilocarme), y muchas de las cosas que leí entonces se han quedado en una especie de limbo mental.

Recordaba, sin embargo, que no había logrado enamorarme de la prosa. Claro que por entonces yo no había leído aún a Bernhard y no podía entender bien parte de las intenciones poéticas de Colomer. Porque este libro es hijo de Thomas Bernhard. Lo sé ahora, después de releerlo y disfrutarlo.

El libro es tan claustrofóbico, tan austero en sus planteamientos, tan corto en su dramatis personae y tan preciso en su despliegue narrativo que parece, efectivamente, austriaco. Porque los españoles no hablamos de suicidarnos. Son los austriacos y los de aquellos países tan turbios y tan nazis y tan alcohólicos quienes se suicidan y escriben de ello. Porque allí no pueden hacer otra cosa, con tanta nieve y tanto pueblo tirolés. En Austria, o te suicidas o escribes sobre el suicidio. O escribes sobre el suicidio y luego te suicidas. Pero en Barcelona, no. ¿Cómo vas a escribir de suicidios con tanto artista callejero y tanta guiri enseñando cacho en la Rambla? ¿Cómo vas a querer suicidarte con esos anuncios de Estrella Damm y ese pa amb tomaquet que resucita al suicida austriaco más vehemente?

Pero Álvaro Colomer es de Barcelona. Su novela transcurre (suponemos, no se nombra explícitamente) en Barcelona (una Barcelona sin rumba catalana ni sol mediterráneo), pero todo suena a austriaco. Porque el suicidio suena a austriaco.

El narrador protagonista de Los bosques de Upsala monologa en un estilo retórico (una voz distante y creo que deliberadamente antinatural, que no busca acompasarse a un habla verosímil) sus angustias y temores como marido de una mujer depresiva con tendencias suicidas. El suicidio de los demás ha marcado su infancia y su vida. El tabú, el miedo, la incomprensión y la acusación muda y sorda de la sociedad entera. Con una concatenación de pensamientos y acciones, en unos poquísimos escenarios (el piso en forma de cruz donde viven, la sala de urgencias, el bar de abajo, un buzón), Colomer nos arrastra al pozo de los amigos de los suicidas, al estado alucinado y tétrico en el que viven quienes conviven con el suicidio, quienes se sienten obligados a buscarle un porqué. Hasta llegar a la página 204. Leo en ella:

«Cientos de personas se quitan la vida bajo las ruedas del metro, desde las alturas de sus balcones, en los lavabos de sus hogares, entre las ramas de los bosques y en tantos sitios más, mientras otras se atiborran de antidepresivos, ansiolíticos y demás psicóticos. Pero nadie dice una sola palabra al respecto. Nadie quiere enfrentarse a esa realidad y mi esposa sufre porque no tiene con quién compartir sus pensamientos funestos.»

Todo se reduce a un problema de silencio, de incomunicación. O no. Qué sé yo. Qué sabe nadie.

Lo único cierto es que el número de suicidios en España es de unos tres mil anuales, y que lleva mucho tiempo estable. Entre ocho y nueve suicidios al día. Hoy mismo, ocho o nueve personas se han suicidado. Alguna de ellas, en su ciudad, puede que en su barrio. Y usted ni se enterará. Otra cosa es cierta: se suicidaba tanta gente antes de 2007 como después. La crisis no ha disparado el número de suicidios en España. Por tanto, es arriesgado plantear la penuria económica como causa determinante.

Si quieren reducir un fenómeno complejísimo y aterrador a una frase demagógica de política de baja estofa, quédense en Twitter. Si quieren explorar y tratar de entender, aun sabiendo que lo más probable es que no entiendan nada, lean Los bosques de Upsala y sigan por otros libros. Que no les engañe la incomprensión y el vértigo que sentirán después de leer y pensar mucho: los verdaderos ignorantes son los que creen saberlo todo en 140 caracteres.

FAJA ROJA

La faja de la primera edición de La hora violeta era rosa. La de la segunda edición es roja intensa. Como en las artes marciales que tienen distintos colores de cinturón según las categorías, supongo que el libro ha subido un escalón.

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Por supuesto, Daniel, a quien está dedicada la novela, ya se ha quedado con su ejemplar, aunque no tiene intención de leerlo.

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POLVO, NIEBLA, VIENTO Y FATIGA

Pido disculpas a quienes no sean de Aragón, pues no van a encontrar mucho que morder en esta entrada, que pretende abrir un debate que les sonará ajeno y, en cierta medida, incomprensible. Los locales, los del lado de acá, en cambio, seguro que tienen algo que decir. A ellos está dedicado este post.

Hace un par de domingos dediqué mi homilía de Heraldo de Aragón (sólo en papel, los contenidos de la edición impresa sólo se cuelgan en la web para suscriptores) a hablar del relevo generacional (o de su ausencia). Les cuelgo el artículo tal cual salió publicado y luego sigo. Se titulaba Alzar la voz.

Esta semana, Aragón Televisión recuperó un documental que fue realizado en 2012 con motivo del trigésimo aniversario de la aprobación del Estatuto de Autonomía. No lo vi en su momento y esta vez lo pillé empezado. Y, la verdad, no tenía intención de verlo, pero me quedé un rato. Más por el morbo de comprobar quién salía que por lo que podía escuchar en él. Me interesaba la nómina, el ‘casting’.

El elenco era de lo más previsible, como suele serlo en este tipo de programas. Aparecían, como es lógico, los protagonistas del momento, los agitadores del Aragón de la Transición. Faltaban Labordeta y los que se fueron, pero, de los vivos, estaban muchos de los que fundaron el Aragón moderno, desde la política, el periodismo y la cultura, que en aquellos años parecían un todo difícil de parcelar. Lo que me extrañó no fue la selección de personajes, sino darme cuenta de que prácticamente todos ellos (salvo algún ex presidente) siguen en activo y ocupando un lugar hegemónico en el ámbito público aragonés. Pienso en Eloy Fernández Clemente, en Guillermo Fatás o en José Ángel Biel, tres de las voces más destacadas del reportaje y tres figuras fundamentales para entender qué es el Aragón contemporáneo y cómo se construyó.

Lo que me desasosegó no fue tanto que siguieran en activo, pues tienen edad y capacidades de sobra para ello, sino que mantengan el dominio del discurso, que nadie les haya relevado en estos treinta años. O, si no relevar, al menos, discutir en pie de igualdad. Es hasta cierto punto lógico que una sociedad respete y escuche a quienes considera sus ‘padres’ (y quienes lideraron la construcción de la autonomía son algo así como los padres de este Aragón que vivimos hoy), pero también es sano y normal que los hijos les discutan y contradigan. Eso no sucede en Aragón (ni, en realidad, en España). Los hijos estamos callados. O hablamos, pero nuestras palabras no alcanzan el volumen y la influencia de las suyas.

Pienso en mi generación, la que ahora tiene entre treinta y cuarenta años, y compruebo que, a nuestra edad, los protagonistas de ese documental ya tenían grandes voces. Se argumentará que a ellos les tocó vivir un momento histórico crucial en el que interpretaron un papel clave, pero el momento actual, donde buena parte de lo construido por aquella generación se desmorona, no es menos grave. Y no podemos permitirnos el lujo de que otros lo arreglen por nosotros. Necesitamos liderar el debate, tomar el discurso público como ellos lo tomaron hace tres décadas. Debemos hablar del Aragón actual, que apenas se reconoce en el de hace treinta años. Tenemos que hablar de nuestro Aragón, como ellos hablaron del suyo. Por mucho que las queramos y por mucho que hayamos crecido con ellas, ya no nos sirven las canciones de Labordeta, porque hablan de un paisaje que ya no existe e invocan presencias que hoy son fantasmas.

Quizá no tengamos tiempo ni ganas. Quizá estemos demasiado ocupados con los trámites para emigrar. Pero sería muy triste que no fuéramos capaces de relevar a nuestros padres.

Hasta el momento, he recibido unas poquitas reacciones. Todas, en privado, a través del mail o de mensajes en Facebook. Todas, de personajes con relevancia pública en esta tierra. Sólo uno (no me tiren de la lengua, no diré cual) de los tres próceres citados se ha puesto en contacto conmigo para darme un cariñoso abrazo y decirme que le divirtió el artículo, y que le preocupó un poco la realidad que retrataba. Todas las reacciones han sido favorables, salvo una (repito: en privado), que me mostró su desacuerdo. Amistoso, pero negativo. He invitado a su autor a expresar su discrepancia en público, no sé si lo hará. Espero que lo haga, la verdad.

Porque mi intención era debatir públicamente. Si hubiera querido charlar en privado, habría quedado con unos amigos a tomar unas cañas. Pero, por lo que veo, sólo yo tengo interés por hablar de estas cosas.

Este lunes, sin embargo, tuve la gratísima sorpresa de que mi maestro Juan Domínguez Lasierra (que, como él mismo dice, me ha visto salir del cascarón y crecer desde que era un polluelo, y yo he agradecido varias veces lo bien que cobijaba su barba blanca de periodista viejo y sabio) me dedicaba un artículo en Heraldo de Aragón. Es este:

Donde menos se piensa, salta la liebre… Y menuda liebre revolucionaria nos soltó en el penúltimo dominical nuestro querido Sergio del Molino. Que estamos muy agradecidos con nuestros ‘maestros’, con los que han ejercido durante estos últimos cuarenta años un papel fundamental en la construcción y reconstrucción de la Comunidad, pero cuyo discurso, a estas alturas, y en un momento de ‘crisis’ en su más amplia significación etimológica, hay que renovar. Entiendo, según lo que dice Sergio, que no se trata de matar al padre, a los ‘padres’, como en el mito edípico, pero sí tomarles la palabra y ensancharla, darle nuevas perspectivas, ejercer un poco de esta heterodoxia que siempre ha caracterizado a los espíritus más lúcidos de nuestro desarrollo colectivo.
Sergio del Molino partía para su discurso de un reportaje de Aragón Televisión emitido durante el día de San Jorge, por el que desfilaron muchas de las ‘grandes voces’ que han contribuido a que Aragón sea hoy lo que es. Y señalaba, con harta razón, la ausencia de otras presencias, las de los más jóvenes, a la par que subrayaba que las ‘grandes voces’, y desde hace cuarenta años, siguen siendo hegemónicas en el ámbito público aragonés. Nada que objetar puesto que, siendo maestros, como son, debemos seguir aprovechándonos de su magisterio. Pero sí es verdad que su discurso, repetido hasta la saciedad durante años, corre el riesgo de no estimular a las nuevas generaciones que, para más inri, hoy se encuentran en una situación de inquietante desesperanza. Quizá la frase más lapidaria, y la que mejor expresa la voluntad de cambio, la necesidad de otro discurso, es la que señala que «ya no nos sirven las canciones de Labordeta, porque hablan de un paisaje que ya no existe e invocan presencias que hoy son fantasmas». Estemos de acuerdo o no, no se puede expresar más plásticamente esa necesidad de un cambio de diapasón.
Entiendo a Sergio, y a su generación, porque es cierto que nuestro discurso, por muy voluntarioso e idealista que haya sido, no les ha conducido a lo que nosotros sí tuvimos, la esperanza en un mundo mejor. La decepción en la que viven no deja de ser un reproche, puesto que, en definitiva, esas ‘grandes voces’, como Sergio señala, han sido y siguen siendo hegemónicas en la Comunidad, la han protagonizado de un modo u otro. Y este fracaso es algo que, con responsabilidad mayor o menor, tenemos que aceptar humildemente. Es obvio que la responsabilidad mayor remite a los políticos actuales, ¿pero hemos sabido crear el caldo de cultivo necesario para que ellos -que dicen ser nuestros representantes- hayan surgido de ese magisterio? Y si no ha sido así, es que necesitamos nuevas voces, que tal vez lo hagan mejor o no, pero a los que debemos darles la oportunidad incluso de equivocarse.
Mi admirado Sergio ha sido muy arriesgado en su ‘alzamiento de voz’. Era necesario que alguien lo hiciera, y espero que su valentía no le traiga ningún disgustillo. Como concluye su artículo, «sería muy triste que no fuéramos capaces de relevar a nuestros padres». Como requiere la natural evolución humana, hay incluso que matarlos… un poquito.
Bueno, Juan, al día siguiente de la publicación del artículo, en lugar de mi señora, que es lo que suelo encontrarme en la cama al despertar, había una cabeza de ternasco de Aragón, Denominación de Origen Protegida. No sé qué quiso decirme el que la dejó, pero asada estaba muy rica. Luego me llamó alguien con número oculto y me dijo que me iba a hacer un ofertón de la hostia que no podría rechazar, co. Dijo un par de veces más lo de hostia y lo de co y luego colgó. Al final de la mañana, un mensajero trajo una invitación para la boda de la hija del Hereu, pero no sé si podré ir, porque no tengo con quien dejar al chaval ese día.
Así que, de momento, el artículo no me ha traído ningún disgustillo. Al contrario: me ha traído la alegría de verme citado y glosado por el gran Juan Domínguez. Y eso, créanme, me honra más que muchas de las prestigiosas y laudatorias reseñas que han salido de mi libro.
Exagera, y mucho, mi de verdad admirado Juan (porque la admiración va de alumno a maestro: el maestro no admira al discípulo; en todo caso, se enorgullece de él). Ni liebre revolucionaria ni valentía. Es simple voluntad de debatir y de compartir reflexiones. Pero me preocupa, y debería de preocuparnos a todos, que un artículo tan tibio y razonable como el mío pueda ser tomado como arenga o agit-prop. Si lo fuera, sería una arenga estúpida, pues las huestes a las que va dirigida son tan fantasmagóricas como los paisajes de las canciones de Labordeta.
Me encanta lo de matar «un poquito» a los padres. ¿Asesinó usted a su padre? Sí, pero sólo un poquito, señor juez. Aunque acierta Juan en el diminutivo: las liebres revolucionarias no se sueltan en diminutivos, y mi texto es todo él un diminutivo. Ahora, si quieren empezar a nombrar las cosas bien nombradas y en voz firme y clara, como reclama el título de la pieza que ha motivado todo esto, les invito a ello. La veda queda abierta. Los comentarios son suyos.
Lo que yo venía a decir es que me daba fatiguita (otra vez los diminutivos) de oír siempre a los mismos decir las mismas cosas. ¿Y a ustedes? ¿Qué les parece todo esto?