Disfruto estos días de unas vacaciones en la soleada (sic) Galicia, por lo que estoy más metido en el mundo de las sonatas de Valle-Inclán, de los señores que llegan de Torrente Ballester, de los bosques animados de Fernández-Flórez e incluso de los crímenes de los carabineros de Tui de Camilo-José Cela que de la actualidad. No he comprado ni un periódico estos días, salvo el sábado, por ver un articulito mío, y no he escuchado más radio que la que sonaba a intervalos en el coche que conduzco con mucho placer entre rías, bosques y pueblos que prometen pazos y sólo dan casonas ruinosas. Apenas he abierto Twitter. Por tanto, me entero de refilón de todas esas cosas que a ustedes les indignan y les apasionan, y puedo constatar algo que ya tenía claro: la ignorancia es una de las formas de felicidad más cercanas a la perfección.
Pero, zoon politikon que es uno, muy a su pesar, lo contemporáneo se le cuela en los oídos donde menos se lo espera. Y el otro día, en un bar de Lugo, escuché que el otrora presidente de Caja Madrid, Miguel Blesa, había pasado una noche en el trullo. La reportera de la tele contaba que, al ser preguntado por cómo había pasado la noche el señor (sic) Blesa, su abogado respondió: “Pues se lo puede usted imaginar”. Como la reportera no añadió nada y puso cara de entender la frase del abogado, supuse que había pasado al menos una noche en la cárcel y que, por tanto, podía imaginarse la situación del señor (sic) Blesa. Yo, sin embargo, que no he estado en la cárcel nunca, ni siquiera de visita, no me puedo imaginar cómo pasó la noche aquel caballero.
Se lo puede usted imaginar es una frase hecha en cuestiones de desgracias. Y, como frase hecha, es de las más falsas y absurdas. ¿Cómo me voy a imaginar algo si no tengo términos de comparación? No sé a qué huele una cárcel, no sé cómo suenan los muelles del colchón de un catre, no sé qué ruidos se escuchan en mitad de la noche, no controlo ninguna de las rutinas, no entiendo los ritos sociales de una prisión. Ni siquiera sé si en una celda hace frío o calor. Si las camas tienen sábanas o se duerme uno sobre un colchón desnudo, si el suelo es de baldosas o de piedra, si hay persianas o el sol entra al amanecer, si hay muchos compañeros de celda o uno puede dormir solo, si los presos hablan en susurros cuando se apagan las luces, si las botas de los guardias hacen mucho ruido al pasar por las galerías. No me puedo imaginar ni una galería, no sé si es grande o estrecha. ¿Qué coño sé yo cómo ha pasado la noche el señor (sic) Blesa? Sólo los que han estado en la cárcel lo saben, sólo ellos tienen capacidad para imaginar algo así.
Cuando mi hijo estaba enfermo, mucha gente se imaginaba también por lo que estaba pasando. No te pregunto como estás, porque me lo imagino, decían. Y era mentira: ¿cómo se lo iban a imaginar, si no habían pasado nada ni remotamente parecido? Yo mismo era incapaz de imaginar sentimientos como los que sentí antes de sentirlos. Quizá tenga una notable incapacidad de empatía. Quizá sea un problema mío, pero mi imaginación precisa de términos de comparación para recrear una experiencia ajena. Si no los tengo, no puedo imaginar nada.
Pero el mundo entero imagina y sabe cosas con una facilidad que no deja de pasmarme. ¿Cuántas veces habré leído reseñas de libros en las que el crítico aseguraba que el autor evoca con notable verosimilitud tal o cual época? ¿Y cómo lo sabe el crítico? ¿Ha vivido esa época? Yo no sé si Galdós recrea bien el Madrid de finales del siglo XIX porque no he visto ese Madrid, no he olido sus olores, ni visto sus adoquines, ni bebido su vino rancio. Sé, en cambio, que Galdós escribió unas novelas soberbias que a mí me suenan verosímiles. Me creo el Madrid de Galdós porque transmite mucha verdad literaria, pero, por muchos libros de historia que lea, no podré juzgar nunca si ese Madrid es un fiel reflejo del Madrid real de 1875, porque sólo alguien que vivió en el Madrid de 1875 posee los elementos de juicio necesarios para ello.
Sin embargo, el Madrid de Galdós es real para mí. Porque está lleno de matices, aromas, colores y personajes vívidamente construidos y narrados. Por eso puedo decir que conozco el Madrid de Galdós, y puedo compararlo con otros madrides. Para ello, Galdós ha hecho el esfuerzo de imaginar ese Madrid por mí. Galdós dijo: mire, así es mi Madrid y así viven sus gentes. Y lo contó como a él le pareció. El abogado del señor (sic) Miguel Blesa, si fuera Galdós, habría resumido Fortunata y Jacinta así: pues un señorito que se lía con una cualquiera y luego se casa con una señora, se puede usted imaginar como sigue.
Como los libros de construye tu propia aventura, que a mí siempre me reventaron. Oiga, pensaba yo, que para construir mi propia aventura no necesito gastar dinero en un libro. Si compro un libro, lo mínimo es que la aventura venga ya construida y yo sólo tenga que leerla.
La literatura entera está sostenida sobre el principio de que usted no se puede imaginar lo que le voy a contar. Porque, si pudiera imaginárselo, no necesitaría leerlo.
Muchas de las personas que se podían imaginar perfectamente por lo que estaba pasando cuando mi hijo enfermó y murió, se sorprendieron mucho al leer La hora violeta, porque no podían imaginar que las cosas fueran así. ¿Por qué estaban entonces tan seguros de su imaginación?
La mayoría de la gente, que no ha estado en la cárcel, no puede imaginarse cómo es pasar una noche en ella. Yo la supongo insufrible, oscura y llena de terrores, como dicen en Juego de tronos, pero no puedo ir más allá de dos vaguedades y cuatro tópicos robados del cine. No me puedo imaginar lo que se siente al pasar de ser el rey del mambo y el hombre ante el que todas las espaldas se curvan, a ser empujado al interior de una celda que huele a qué sé yo. No conozco ni los despachos de Caja Madrid ni las celdas de las cárceles, así que no me puedo imaginar ni un unos ni en otras.
La descripción es un arte despreciado, pero muy útil. Como las grandes creaciones de la humanidad, sólo destaca cuando falla. Desgraciadamente, nos hemos acostumbrado a las frases hechas sin contenido, que no transmiten absolutamente nada. Se lo puede usted imaginar es el colmo de la pereza, pero casi a su altura se encuentra los adjetivos “dantesco” y “kafkiano” o la expresión “es un infierno”. En un mundo donde Dante y Kafka apenas han sido leídos por una selectísima minoría, apelar a esos autores para describir situaciones es ridículo e inútil. Mucho peor es oír a un testigo calificar de “infierno” una escena dramática o trágica. ¿Alguien ha visto alguna vez un infierno? ¿Es el infierno, que nadie sabe qué es, un término de comparación adecuado para nada? Si nunca he visto una celda de una prisión, mucho menos probable es que haya visto un infierno. Las comparaciones han de hacerse con cosas que sean conocidas por mucha gente. Si no, no estamos describiendo nada.
Es más cómodo, de todas formas, dejar que los demás no imaginen cuando creen que imaginan. Y más serio y aparentemente dramático Apelando a la imaginación ajena, se niega toda posibilidad de imaginación, cortando el paso a cualquier indagación en sentimientos o situaciones sobre las que es mejor no indagar.
A mí cada día me cuesta más imaginarme las cosas. Por eso cada vez estoy más cómodo con lo que escribo.













