Montar una presentación no deja de ser más que un trámite inocuo que se resuelve con un par de mails y una llamada de teléfono. No tiene mucho misterio, salvo cuando se complica. Pero hay presentaciones que nacen como yo, gafadas. Generalmente, estas tonterías no se cuentan nunca en foros públicos. Principalmente, porque aburren y no son interesantes, es como si una empresa te detallara su proceso de inventario o cómo empaquetan sus productos. Pero, en Barcelona, se dio tal cúmulo de desastres, que acabaron convirtiendo lo tedioso en divertido.

O en algo parecido a la diversión. Porque estas cosas sólo son divertidas cuando les pasan a los demás.

Paso número uno para montar una presentación: que alguien te presente. En tu ciudad, es fácil. Coges a un amigo, lo emborrachas a conciencia y le ofreces favores sexuales que no le vas a pagar, y ya está resuelto el trámite. Pero, cuando sales de tu pueblo, te tienen que buscar un maestro de ceremonias adecuado, alguien que te introduzca en la buena sociedad literaria del lugar. Mi agente, Ella Sher, me propuso a Álvaro Colomer, a quien yo no conocía personalmente, pero sigo en sus artículos de La Vanguardia. Álvaro recibió el libro, empezó a leerlo, dijo que sí, que me presentaba, y todos tan amigos. Pero la Fnac nos cambió la fecha que nos había dicho al principio, por una serie de pequeños malentendidos, y la nueva fecha no le encajó a Álvaro, que tenía que dar una clase a esas horas de ese día.

Yo: ¿Y no se puede mover el día?

Fnac: Por la gloria de mi madre, que es francesa y trotskysta, que no. ¿Tú sabes cómo está Barcelona de escritores en abril, fill meu? Abril es el mes más cruel, abril es Sant Jordi. En abril, hasta las piedras de Barcelona y hasta los mimos de las Ramblas presentan libros. Imposible, nain, nidecoña, noi del sucre.

Busquemos a alguien, pues. Y lo empiezo a buscar, sin saber lo mucho que iba a sufrir.

Recurro a Martínez de Pisón, Pisón de mi corazón, ¿te apetecería decir unas palabritas sobre mi novelita, ya que tienes la gran ventaja sobre otros de que la has leído y hasta escribiste un blurb para la faja?

Pisón: Me encantaría, pero ese día ya me he comprometido con Vila-Matas, que presenta su novela.

¿Cómo? ¿Qué? ¿Que Vila-Matas presenta en Barcelona a la misma hora que yo? Pues qué bien, haremos eco en la Fnac, no vendrá nadie de nadie.

Fnac: No te apures, que tenéis públicos distintos.

Yo: Sí, claro, su público lo conforman personas con atributos nítidamente humanos y capacidad adquisitiva,y el mío, amigos imaginarios. Son públicos distintos.

En el ínterin, una bella traductora a quien no nombraré porque no quiere protagonismos, alegó timidez extrema y pánico escénico para recharzarme. Llamé también a Rodrigo Fresán:

Fresán: Lo haría encantado, Sergio, pero ese día y a esa hora me he comprometido a presentar la novela de Juan Villoro en Barcelona.

Yo: ¡Villoro! ¿Tú también, hijo mío? Villoro y Vila-Matas. Dos contra uno, mierda para cada uno, que decían en el cole. Ya podréis, abusones, próceres de las letras, contra un joven mindundi como yo. Meteos con los de vuestro tamaño.

Hablo con Jordi Corominas, poeta, crítico y perejil de todas las salsas literarias.

Jordi: No busques más, Sergio, ya tienes presentador. Y luego nos vamos a beber unas cervezas sin a unos cuantos antros.

Yo: Genial, presentador y cicerones de antros en uno. Gracias, Jordi.

Jordi: De nada, tío.

Y así me quedo, tranquilito, hasta que la semana pasada se me ocurre mandarle un mail a Jordi para ver qué tal iba y cómo quedábamos para la presentación.

Jordi: Tío, asesíname, pero, ¿no era en junio?

Yo: No, es este miércoles. Abril, 11 de abril.

Jordi: No, no, no, me dijiste en junio. Mira, aquí está en tu mail: 11 de junio.

Yo: Mierda, es verdad, soy gilipollas, te pasé mal la fecha, qué atontao soy. Es que soy de letras y me lío con los calendarios.

Jordi: Este miércoles no puedo, me he comprometido a presentar a Vila-Matas.

Vila-Matas. Empiezo a escuchar mucho ese apellido compuesto y guionizado.

Yo: Bien, vale, de acuerdo, Jordi, ve en paz, pero lo que me dijiste de los antros sigue en pie, ¿no?

Jordi: Claro que sí.

Corro a escribir a Cristina Fallarás, en tono de súplica, contándole lo que llevo contado hasta aquí, diseminando unas cuantas lágrimas en el mail, como las enamoradas que empapaban el papel de las cartas que enviaban a sus novios en el frente.

Yo: Cristina, por favor, te estaré eternamente agradecido, te lo pido como favor especial.

Cristina: Perdona que me dé la risa, pero es que, hace una hora, me ha escrito Vila-Matas pidiéndome que participe en su presentación.

Yo: Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooo.

Maldito Vila-Matas, otra vez te me has adelantado. Truenos, rayos y centellas, mi archienemigo me la ha vuelto a jurar. Pero, ¿cuántos escritores hacen falta para presentar una novela de Vila-Matas?

Bueno, quizá exagero, qué más quisiera yo que tener archienemigos como Vila-Matas. Mi verdadera archienemiga es una vecina nonagenaria que me espía por la mirilla y huele a pis.

Cristina: Pero tú tranquilo, que esto lo solucionamos rápido. ¿Te va bien Raúl Argemí?

Yo: I tant! La cuestión es si le voy yo bien a Raúl Argemí.

Varios mails después, cuando Raúl utilizó la palabra viejo en vocativo para referirse a mí supe que todo estaba all right. Y con sobresaliente: no sólo tenía salvada la presentación, sino que me presentaba un grande, un lobo gris de la novela negra.

Raúl me hizo el honor de leerse el libro en una sentada, y encima dice que le gustó, que lo disfrutó, y que apreció el personaje de Irigoyen. Yo, he de confesarlo, tenía miedo de lo que un argentino pudiera pensar del Irigoyen de mi novela, pero Argemí, que tuvo la desgracia de padecer la dictadura de Videla, lo dejó claro: «Yo conocí a muchos como él, está perfecto».

Yo: De hecho, está inspirado en un argentino real.

Argemí: Es que los argentinos somos unos hijos de puta.

Argemí no lo es. Ya se lo digo yo (hijo de puta, digo; argentino sí que lo es, incluso medio patagónico, que es una forma esencial y trascendental de ser argentino).

El pequeño cónclave de despistados y amigos que se reunió en la Fnac Triangle disfrutó del humor y de la labia de Argemí. Aquí se nos ve, tan panchos, como si Vila-Matas y Villoro no estuvieran llevándose la gloria en otros foros de la ciudad. El fotógrafo es Mario de los Santos.

Lo importante es que pasamos la noche bebendo muchos zumos de frutas y podría rematar esta especie de crónica patatera con un texto de negritas sobre una velada que se prolongó hasta muy tarde (en argot periodístico, es decir, en argot de oficios perdidos, un texto de negritas es una crónica social en la que se destacan en ídem los nombres de los famosetes y VIP que adornan con su fermosura el sarao que se reseña).

Acabamos en Il Giardinetto, un sitio de una bocacalle de Balmes al que solían acudir los pesados de la gauche divine. Y es verdad que la boîte es muy gauche divine, con una moqueta verde pistacho y camarero con pajarita. Los precios, sin embargo, no eran de 1960. Los tenían actualizados, los muy estetas. Allí pude saludar a Juan Villoro, el pérfido, que estaba emocionado porque acababa de descubrir que su abuelo no era de Barcelona, sino de un pueblo de Zaragoza. Apareció Rodrigo Fresán, que se retiró muy pronto, demostrando mucha inteligencia, y pude alternar con toda la cla de Vila-Matas, salvo con Vila-Matas itself, que se había ido hacía mucho. Mi venganza, por consiguiente, habrá de esperar.

Mientras tanto, me medio vengué brindando con pepsicolas con toda la corte de Vila-Matas. Por allí anduvieron Martínez de Pisón, Cristina Fallarás, la superagente literaria Mónica Martín y Jordi Corominas —que tiene pendiente llevarme a algún antro, porque un sitio que se llama Il Giardinetto no es un antro ni de coña—, entre otra mucha gente. Todos muy formales y bebiendo Bitter Kas y Fanta Limón.

Disfruté muy especialmente con Pablo Bieger, a quien algunos recordaréis de mi libro Soldados en el jardín de la paz, y con Javier Rodrigo, nuestro Javivi, con quien me puse sebaldiano o algo así (qué horror, qué mal me sienta el Trina de Melocotón, lo lamento, Javi, seguro que dije muchas tontadas). Me tomé un agua mineral con Álvaro Colomer, que se escapó después de su compromiso para asomarse a nuestro abrevadero, y conocí a Iván Repila, que ha publicado Una comedia canalla en Libros del Silencio. Iván es de Bilbao y practica el boxeo (un escritor boxeador: el viejo mito medieval de la espada y la pluma, un Jorge Manrique de la era Twitter), por lo que fue toda una temeridad por mi parte darle mi franca opinión (con gritos, aspavientos e imitaciones ofensivas) sobre la música de su admirado Enrique Bunbury. A punto estuvimos de acabar en la calle, como dos estibadores viejunos.

Es decir, que lo que se preveía como desastre, terminó en gran juerga con su epílogo de resaca y lagunas mentales. Como las buenas historias de amor.

La semana que viene toca presentar en Madrid. Dadme unos días para que mi hígado filtre todo el Nestea que trasegué en Barcelona y seguimos donde lo dejamos.

PD.- Al llegar a casa me encuentro con esta reseña en el blog de Maite Uró (pichar aquí para leer). Sirva como colofón a estas líneas de gratitud.

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