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ENFERMOS

Fantástica la nueva serie de moda, la que dicen que se va a llevar todos los premios del mundo y la que hay que ver para estar enterado de las cosas del catódico mundo. Se llama Boss, y la protagoniza (y produce) un Kelsey Grammer que no recuerda en nada al Frasier que le hiciera galácticamente famoso.

Aquí es el alcalde de Chicago. Un grandísimo hijo de la grandísima puta cuyo reinado (de terror, construido a base de líos mafiosos, chantajes y algún que otro muerto) se derrumba. Quienes le apoyaron le dan la espalda y sus cortesanos le traicionan. Tiene tantos puñales clavados en el costillar trasero que parece un puerco espín.

Pero no quería hablar de la serie ni hacer una aburrida evisceración de sus episodios, tramas o personajes. Quería hablar de su punto de partida y de su principal eje argumental: Tom Kane (pues así se llama el cabronazo) se muere.

Lo sabemos desde el minuto uno del primer episodio, así que no estoy estropeando ninguna sorpresa. Tiene una rara enfermedad neurodegenerativa sin cura que lo va a llevar a la tumba en relativamente poco tiempo. Su obsesión es ocultar los síntomas del mal, mantenerse en el poder cueste lo que cueste y no mostrarse débil ante sus (muchísimos) enemigos.

Lo que me inquieta del planteamiento es el mar de fondo que trae: el uso de la enfermedad como metáfora de la corrupción moral. Como su expresión y como su castigo.

En realidad, la serie no expone esta postura de forma abierta en ningún momento. Es demasiado buena como para resbalar en la proclama mitinera o en la moraleja de Samaniego. Pero tampoco muestra elementos que nieguen o imposibiliten esta interpretación. Y quien calla, otorga.

Fue Susan Sontag, en un ensayo que se ha quedado un poco anticuado (La enfermedad y sus metáforas), quien estudió la imagen moral de las enfermedades y cómo la sociedad ha tendido a asociar la corrupción del cuerpo con la corrupción ética o de valores. Y viceversa. ¿Cuántas veces hemos oído a tipos con sotana quejarse de que esta sociedad está “enferma”?

Que Boss caiga en una superchería tan manida y estimule una visión tan grosera del castigo divino, tal y como se ve en el bíblico Libro de Daniel, desmerece su grandeza. Que en la Edad Media, o incluso en el siglo XIX, se interpretara la enfermedad como un azote de dios por los pecados terrenales, podía tener un pase. Pero que en el siglo XXI, con todo lo que sabemos de nuestros genes, de las bacterias y de la bioquímica del cuerpo humano, sigamos viendo las cosas igual, es una pena.

Deberíamos actualizarnos un poco. Y ojo, que no lo planteo como una crítica moralista (mis reparos sobre lo que leo y veo nunca van por ahí), sino estética: el arte debe engastarse en su tiempo y asumir las verdades y conocimientos que tiene. No hacerlo es empeñarse en seguir contando que la Tierra es plana cuando la ciencia estableció hace mucho que es redonda.

CHARLATANES

Que la culpa no es de las cosas, sino de las personas que las rompen, lo teníamos bastante claro, pero de vez en cuando necesitamos pruebas que renueven nuestra fe. Por cada cien libros de templarios y de chascarrillos de Buenafuente necesitamos al menos uno de Vila-Matas para seguir creyendo en la letra impresa. Por cada diez anuncios de Carmen Machi necesitamos un desnudo telefónico de Scarlett Johanson para seguir creyendo en la belleza femenina. Por cada sesión de David Guetta necesitamos tres discos de Steve Earle para seguir creyendo en la música como transmisora de emociones (aquí la proporción se invierte porque lo de este tipo es muy fuerte).

Y por cada cien mil horas de programación de Telecinco necesitamos al menos un programa como los que factura José A. Pérez para conservar la fe en que se pueden hacer cosas televisivas muy dignas, interesantes y brillantes sin necesidad de sonar aburrido o viejuno.

Acabo de ver Escépticos, la producción de este señor (conocido a lo largo y ancho de la internet por su blog Mi mesa cojea) para ETB, y lo he podido ver en la web de la cadena, tranquilamente, sin desesperarme buscando un archivo avi en vaya usted a saber qué página yonki. Para quienes aún no lo sepan, es una serie documental donde trata de desmontar unos cuantos mitos en torno a lo esotérico y demás (se puede ver en EiTB a la carta, pinchando aquí). Este capítulo me ha interesado especialmente porque estaba dedicado a la so called medicina alternativa, con excepción de la homeopatía que —anuncian— tendrá su propio capítulo más adelante.

El ritmo es ágil; el tono, amable, y la factura, limpia y lineal. Periodismo clásico: primero preguntan a los acupunturistas, chakristas, reflexologistas y charlatanistas, y después contrastan sus afirmaciones con las de expertos reconocidos, médicos y científicos de varias ramas.

El buen periodismo deja que cada cual se retrate. Y Escépticos no es nada nuevo en ese sentido. Quizá la forma y la estructura sí lo sean en parte, pero en esencia es periodismo del de toda la vida: reducir un fenómeno complejo a las voces de algunos protagonistas cuidadosamente escogidos para conformar un relato con ellos. Un relato que no explica todo, pero sí que proporciona las claves suficientes para que el público se aproxime al asunto con rigor y pueda profundizar más en él. Fácil, ¿no? Pues no ha de serlo tanto, cuando se ven tan pocos ejemplos últimamente.

No, hacer buen periodismo nunca fue fácil, pero esa es otra historia.

De todo el programa me quedo con las declaraciones de una señorita —no recuerdo si reflexóloga o masajista de chakras o qué— que no tiene empacho alguno en impartir una lección sobre cáncer. Según ella, la enfermedad es un desequilibrio del cuerpo fruto de un exceso de actitud negativa. Somos unos amargados y esa amargura nos acaba provocando cáncer. Y dice más: un cáncer de hígado indica que la persona es colérica; un cáncer de garganta indica que la persona se ha callado muchas cosas (en ese caso, yo debo de estar ganándome uno bien gordo). Y así, y así, y así.

Son fascinantes los raseros morales de esta sociedad que no tolera que se pasen por televisión imágenes de los atentados del 11-M por respeto a las víctimas, pero que permite —y a menudo alienta— a gente como esta afirmar monstruosidades tales en cualquier foro sin que a nadie le preocupe la ofensa que los pacientes oncológicos y sus familias puedan sufrir. O los mismos médicos oncólogos, que después de pasarse toda la vida estudiando y aprendiendo de una exigentísima y desalentadora práctica clínica, tienen que escuchar con educación a gente así, reprimiendo el instinto natural de estrangularla.

La teoría de que la enfermedad es una especie de castigo —divino o no— que sufrimos por nuestros males puede tener un pase moral en el caso de las dolencias que se producen por un envenenamiento consciente (es decir: podemos afirmar que un fumador se ha ganado a pulso un cáncer de pulmón, pero sería una hijoputez hacer lo mismo refiriéndonos a un minero con silicosis), pero se convierten en puros y simples insultos para todos aquellos enfermos crónicos que sufren con resignación y paciencia sus males. Yo, por ejemplo.

O mi difunto hijo.

Invitaría a esta señorita a visitar una planta de oncología pediátrica y a exponer sus audaces teorías ante los padres y los enfermos. Que les diga que, además de putas, tienen que poner la cama, que todo se soluciona con un poquito de alegría y unas sonrisitas.

Por cierto, hay un mito en torno al cáncer que ha demostrado una y otra vez su carácter de ídem (mito: creencia falsa e infundada que una gran cantidad de gente toma por cierta según un fenómeno que ciertos filósofos conocen como intersubjetividad): en contra de lo que muchos psicólogos e incluso algún médico cree, la actitud del paciente no influye en el pronóstico ni para bien ni para mal. No importa que te deprimas o que bailes: tu curación no va a depender de eso. Es preferible que bailes porque siempre es mejor ser feliz a ser desgraciado, pero nada más.

En fin, me ha gustado mucho Escépticos. Me hace confiar en que todavía hoy se puede hacer buena tele en este país. Enhorabuena a José A. Pérez y a su equipo.

LA HORA DE LOS FEOS

Antes, cuando era sociable y me dejaba ver, me lo decían mucho: «Del Molino —o Moulin (pronúnciese Mulán)—, tienes que escribir de esto. En el periódico, en el blog o donde sea, pero tienes que escribir sobre esto». Generalmente, sonreía y me llevaba la cerveza a la boca. A veces, incluso asentía antes de cambiar de tema, aunque no me tomaba demasiadas molestias en fingir que la propuesta, hablando con sutileza, me resbalaba por la bolsa escrotal. Pero como hace mucho tiempo que nadie me insta a escribir sobre algo, me hizo mucha ilusión que me lo propusieran, así que voy a hacer caso.

El caso es: una amiga periodista que podría colocarse holgadamente en la televisión autonómica pero a la que no le da la gana porque a ella, lo que es la tele en todas sus variantes, le produce náuseas. Aunque le digo que es una pena, porque dará «muy bien en cámara» (en realidad, puede que no me anduviera con remilgos y que dijera claramente: «Con lo buena que estás, vas a triunfar a lo grande»). Esto da pie a un debate sobre televisión y niñas monas, y que qué vergüenza que una carita bonita y unas tetas enhiestas y firmes se antepongan al rigor y al talento profesionales. Ahí es cuando dice: «Escribe sobre esto».

—¿Qué pasa, que un feo no puede trabajar en televisión? —proclama, indignada.

—¡Pero si la tele está llena de feos! No se ven más que adefesios y adefesias con voces horrísonas. Los tiempos en que lo bello era hegemónico quedaron atrás hace mucho. Además —concluyo—, yo soy partidario de que los feos sean apartados de la tele por principio. Hombre, si son graciosos o tienen algún talento especial, podemos hacer excepciones con ellos. Pero, por norma general, los feos, a la radio o a escribir en los periódicos, que para eso están

Supongo que todo responde a la saturación berlusconiana de los años noventa. Cuando Valerio Lazarov atragantó las pantallas con silicona y olor a coño («¡Esas faldas más cortas, quiero que el espectador huela a coño!», dicen que gritaba en los platós de la primera Telecinco), por fuerza tenía que producirse una reacción contraria. Es una ley física. En algún estudio de mercado se detectó el hartazgo del durmiente de sofá medio, que ya no aguantaba una sola teta operada más, que no se tragaba ese frenesí de cirugía plástica y brillantina y que reclamaba algo más auténtico y verosímil. De la misma forma que el porno siliconado, depilado y acrobático de las mansiones de California entró en decadencia y fue sustituido por ese otro porno casero de amas de casa con michelines que se lo montan encima de la lavadora, la tele se empezó a llenar de tipos normales y corrientes.

Qué bien lo entendió Emilio Aragón, que nos coló a la mismísima Carmen Machi, una actriz que no habría podido triunfar en la época de las mamachichos, pero cuyas evidentes limitaciones (bajita, no muy agraciada, con una voz espantosa y una más que cuestionable vis cómica cuyo único y sobreexplotado recurso técnico consistía en berrear como una portera de antaño) se convirtieron en virtudes para un espectador que acababa de descubrir los encantos de su barrio de mierda. Justo en el momento en que su barrio de mierda se llenaba de rumanos y necesitaba reivindicar un pedigrí cañí que nunca consistió en otra cosa más que en mugre, menudeo de estupefacientes adulterados y escolarizaciones fracasadas.

Si Pamela Anderson concentraba todas las aberraciones del modelo anterior, propio de los noventa, Carmen Machi es el súmmum de la tendencia actual. La publicidad prescindió de los cuerpos esculturales y de las voces moduladas y se lió a hacer anuncios con tipos calvos y bajitos o con muchachas de mentón prominente y voz de pito. La marca de jabones Dove quiso hacer un poco de filosofía protofeminista al respecto, diciendo algo así como que la belleza no sólo está en lo bello (¿?). Hasta a Interviú le dio por sacar a chonis de pechos flácidos y celulitis que el Photoshop no borraba. Puede que incluso utilizaran el Photoshop para añadir celulitis allí donde no había, para que la chica pareciera más normal, más como nosotros.

Y, sin embargo, los guapos conservaban un reducto casi inexpugnable: los informativos. La moda de los feos con las voces discordantes no llegó allí. Por suerte, añado yo. Por lo visto, los ejecutivos de las cadenas coincidían en que un atentado de ETA o un desplome bursátil narrados por Carmen Machi contenían un grado de dadaísmo absolutamente insoportable. Tan guapas eran ellas —especialmente, ellas—, que hasta el propio príncipe Felipe le dijo al rey, mientras veían juntos un Telediario: «Papá, qué chica tan mona, ¿me la compras?». Y papá, complaciente, llamó a Pedro Erquicia para que le hiciera un presupuesto.

Y es en los informativos donde una chica o un chico bien plataos pueden aspirar a hacer carrera. Dice mi amiga que esto supone una banalización de la información, pero yo creo que un ser feo o mal diseñado puede banalizar mucho más el presunto ejercicio periodístico: un individuo pulcro, guapo y con voz de barítono garantiza una asepsia en el discurso, es capaz de atraer la atención sobre él y, al mantenerse hierático y profesional, acaba centrando la atención en lo que dice, que en su boquita de piñón suena tan creíble y sólido como si saliera de la boca del mismo Moisés.

Además, y esto no es lo de menos, a mí me gusta ver a gente guapa. Llámenme superficial, pervertido o lo que quieran, pero donde esté una cara bonita, que se quiten los feos. Y no me desagrada que alguien rematadamente bello utilice su propia belleza para triunfar o llamar la atención. ¿Por qué no, si ese alguien tiene algo de lo que la mayoría de la gente carece? ¿Qué más da que no se haya esforzado por tenerlo, que le venga de fábrica? Pues mejor para él.

Espero que el movimiento feísta se sature como se saturó el de la silicona y las vigilantas de la playa, y pronto vuelvan a reinar los hermosos y las hermosas. Los guapos no deberían pasar hambre, siempre deberían encontrar a alguien que les pusiera un plato caliente a cambio de dejar que les miremos un rato. O ni eso, gratis, sin intercambio comercial.

El Imperio Romano empezó a resquebrajarse cuando los cristianos pusieron de moda el look mártir-devorado-por-los-leones-y-con-las-tetas-colgando. Cuando cambiaron a sus dioses violadores de abdominales perfectos por enclenques sociópatas con la mirada perdida de tanto predicar el evangelio, a los bárbaros no les costó nada arrasar su imperio.

O miren la URSS: cuando la estética estalinista de obreros fornidos y gigantes que arreaban con fiereza al yunque del capitalismo fue sustituida por la blanda retórica de la perestroika y sus amas de casa tristonas y cansinas, bastó un soplido para que todo se fuera a la mierda.

Yo abogo por los guapos, y ya que, de momento, sólo triunfan en los informativos, reclamo que mantengan su cuota de poder en ellos, que no reblen. Y la próxima estrella que me gustaría ver brillar en prime time es esta moza:

Se llama Raquel Martínez y la foto no le hace justicia. Tienen que verla de madrugada, presentando el informativo del Canal 24h de TVE. Sólo espero que, cuando gane el PP, la nueva dirección de la cadena piense en ella para un horario más conveniente, que las dos de la mañana no son horas.

Además, ¿les cuento un secretito? Esta chica hace un cameo en mi novela —que saldrá publicada en unos meses—. Breve, pero significativo.

Mientras tanto, algunos seguiremos trasnochando un poquito.

MAD MEN

Nuestros amigos de la tele no nos dejan abandonados. Los de la tele americana, claro. Ya ha empezado la nueva temporada de Mad Men. He visto el primer episodio y puedo anunciar que la cosa promete. Arranca con elipsis -después del incierto final de la pasada temporada- y apunta buenas tramas, con los personajes desplazados del lugar en el que habían madurado y obligados a adaptarse al nuevo hábitat.

Varios escritores amiguetes y conocidos me han dicho alguna vez, sabiendo de mis aficiones catódicas: “Pero, ¿por qué tanto revuelo? Si en el fondo no son más que folletines como los del siglo XIX”.

Sí y no. Y en el caso de que así fuera, tampoco sería un argumento denigratorio.

En fin, que sí que hay para tanto. Cuando el cine nos ha abandonado como una mala madre, después de lo mucho que nos ha mimado y de lo mucho que le hemos querido. Cuando ya quedan muy pocos directores capaces de seducirnos como nos seducían hasta hace poco más de diez años, las series nos surten de todas esas emociones pantallosas sin las que ya no sabemos vivir. O sin las que no queremos vivir.

No me hagan explicarlo, por favor. A ustedes les gusta el fútbol y yo no les reprocho nada, déjenme a mí con mis vicios.

PROVINCIANOS POR EL MUNDO

Creo que se acaba Aragoneses por el mundo. De las otras autonomías, no saben no contestan.

Puede que sea el comienzo del fin de la saturación reporteril-viajera. La tele española, cuando engancha un formato que funciona, lo exprime hasta que pierde toda su gracia. Y cuando ya ha perdido su gracia y huele a chotuno, lo retuerce un poco más hasta que sólo quedan las raspas. Y con las raspas hace un caldo. Y lo que sobra del caldo se lo echa a un arroz.

Se hacen parodias del género. Y parodias de las parodias. Y llega un momento en el que las parodias de las parodias suenan más frescas y verosímiles que el formato original.

Sospecho que los programas de reporteros aguantarán una temporada más, porque creo que aún quedan dos indigentes del barrio de las 3000 de Sevilla que no han salido aún fumando droga, y un ama de casa de Pontevedra que no ha explicado su receta de pulpitos con padrón. Pero, cuando salgan, el formato habrá muerto al fin y todos podremos descansar en paz.

En el caso de Aragoneses por el mundo, siempre recordaremos cómo los reporteros azuzaban a los protas para que dijeran algo bonito de su pueblo y cuánto lo echaban de menos, con resultados desiguales.

La cosa era más o menos así:

Reportero.- Bueno, ya hemos visto que vives en una ciudad espléndida de California donde has alcanzado un éxito tremendo en tu profesión, en la que te postulas como candidato al Nobel. Hemos paseado por tu agradable mansión, hemos conocido a tu esposa, que además de estar más buena que el pan, tiene cuatro premios Pulitzer, y a tus hijos, sanotes y felicísimos. También nos has presentado a tus muchos amigos, entre los que se cuentan Clint Eastwood y Martin Scorsese y hemos visto lo mucho que te quieren y te admiran en esta ciudad. Pero, dime una cosica: ¿a que estás deseando volver a Lumpiaque?

El aludido suele poner cara de circunstancias. Se le lee el pensamiento, que se transparenta en la frente. Piensa: “Ni de putísima coña vuelvo a poner yo un pie en ese agujero infecto que huele a bosta de ñu y donde mueren todos los sueños. No pienso volver ni en vacaciones”. Pero se ve obligado a decir: “Bueno… No sé… La vida, que da muchas vueltas, nunca se sabe”.

Uno de los momentos más delirantes que presencié en el programa fue cuando entrevistaron a un arquitecto que vivía en Los Ángeles. El buen hombre les llevó al Getty Museum y les enseñó un montón de sitios majos de la ciudad, pero al reportero sólo se le ocurrió preguntar: “Pero, bueno, tú, como arquitecto, estarás deseando volver a Aragón, que aquí no tienen el románico del Pirineo, ¿eh?”. La cara del arquitecto, que le acababa de enseñar edificios de Frank Lloyd Wright y rascacielos de formas imposibles, fue de poema.

¡El románico aragonés! Hay que joderse.

Provincianos por el mundo deberían haber titulado algunos capítulos. O La ciudad no es para mí. O La ignorancia, esa atrevida e impredecible furcia.

Había varios tipos de personajes en Aragoneses por el mundo (equiparables a los del resto de autonomías).

  • El emigrante antañón. Los que se instalaron en los años 60 para no volver. Tienen cónyuges e hijos talludicos y criados en sus países de adopción, hablan con cierto deje de ese país y sus recuerdos de España son borrosos y desubicados. Se emocionan con facilidad cuando se les habla de su pueblo. Tienden a expresarse con una torpeza más que excusable y son unos pésimos cicerones que gustan de enseñar los tópicos más kitsch y de peor gusto de la ciudad en la que viven.
  • El emigrante fashion-molón. Chóbenes sobradamente preparados con trabajos chulos muy bien pagados en ciudades modernas. Sus parejas suelen ser del lugar o de un tercer país, y llevan su mismo rollo. Están encantados con su vida y con su país de elección, pero son educados y no hacen cortes de mangas cuando les hablan de volver. En este grupo se encuadran también los cerebritos de postgrado con becas chupiguay. En general, son majos, habladores y excelentes guías turísticos. Conviene hacer caso a sus recomendacioens si se piensa viajar a esas ciudades.

Estas dos categorías sociológicas son las normales y las mayoritarias, pero, supongo que para rellenar, en muchas entregas se incluía una nueva, ciertamente fascinante: los erasmus.

Partamos de una premisa -que, como todas las premisas, se convierte en falsedad al generalizarse, pero que para hacer unas risas, sirve-: los erasmus pasan por un país, pero el país no pasa por ellos.

Los erasmus que salen en estos programas viven en pisos-comuna poblados por españoles. En la nevera tienen cientos de tuppers con comida de la mama. Hasta la cerveza que beben se la han traído de España, porque es más barata, y el único léxico que manejan del idioma del país que les acoge es el relacionado con to drink y con to fuck.

El guión siempre es igual:

El reportero les pregunta si echan mucho de menos Zaragoza. Y ellos prorrumpen en ayes y alaridos de nostalgia: “¡Muchísimo, muchísimo, esto es insoportable, aquí no hay sol y la gente habla raro!”. El reportero inquiere: “¿Lleváis mucho tiempo aquí?”. Y ellos contestan: “Llegamos la semana pasada”.

Después de enseñarles el piso, les llevan a la taberna McGiffin’s o McCartney’s o McKinnegan’s o McConan’s o McGregor’s. Siempre es una taberna irlandesa, aunque la ciudad esté en una isla del Egeo. Y allí, en torno a medias pintas de Guinnes (“no te puedes pedir una entera, que aquí todo es muy caro”), se juntan con otros trescientos españoles.

Sacas la conclusión de que su vida se desenvuelve entre el piso-comuna y la taberna McGiffin’s o McCartney’s o McKinnegan’s o McConan’s o McGregor’s, con alguna visita ocasional a la universidad en la que están matriculados. Creo que muchos vuelven a España sabiendo menos inglés del que hablaban al marcharse.

Hasta siempre, Aragoneses por el mundo, qué buenos ratos nos has hecho pasar, y a cuántos padres de erasmus has desengañado.

FUCK YOU, YOU FUCKING FUCKERS!

¿Cómo se podría traducir Fuck You, You Fucking Fuckers?

Lo intentaré. Sería algo así como: “Que os den por el culo, putísimos hijos de la grandísima puta”.

Más o menos. Pero en español no refleja la intensidad que heriría los oídos de un anglohablante bien educado. No es casualidad que el inglés tenga un repertorio de insultos más limitado que el español: están peor vistos (debido en parte a un agudo clasismo extraño en las sociedades mediterráneas: en España estamos acostumbrados a que los marqueses se expresen como carreteros. En las sociedades anglosajonas, no: dime cómo hablas y te diré cuánto dinero tienes, es su lema) y suenan espantosamente peor. Especialmente, cuando los dice la persona inesperada. En este caso, el autor de este gloriosísimo Fuck You, You Fucking Fuckers -frase que debería pasar ya a la historia de la televisión- es Creighton Bernette, personaje de Treme, la nueva serie de los creadores de The Wire, interpretado por su sacrosanta majestad John Goodman.

De Treme ya he escrito en el periódico (lo pegaré aquí mañana). Es una serie al estilo de The Wire ambientada en el Nueva Orleans recién destruido por el Katrina. La acción empieza tres meses después del huracán y se centra en el barrio de Tremè.

Creighton Bernette/John Goodman es un profesor de literatura de la universidad y un novelista enamorado hasta las trancas de su ciudad, Nueva Orleans. Como profesor está desencantado, como novelista, atascadísimo (y acuciado por su agente), y como habitante de Nueva Orleans, está harto, cabreadísimo, con una ira desatada.

La serie arranca con una entrevista que le están haciendo para la tele en la que monta una bronca fenomenal delante de su propia hija. Cuando llegan a casa, la madre le pregunta a la hija: “¿Soltó muchos tacos frente a la cámara?”. Y la hija responde: “Los normales, y terminó con una referencia clásica a un arzobispo, un pepino y un orificio”.

Para canalizar su rabia por el abandono al que Estados Unidos ha sometido a Nueva Orleans, Bernette descubre Youtube. No da clases, la novela no avanza y su mujer y su hija están ocupadas en sus cosas. Así que pasa las horas solo en casa delante del ordenador, y se convierte en portavoz de la rabia de toda una ciudad. Su primer mensaje en Youtube es glorioso. Esta es la escena. Está en inglés sin subtitular, pero he sido gentil con los que elegisteis francés en el insti y, sin cargo adicional, he traducido abajo el speech entero:

Hola, Youtube. Soy Creighton Bernette, de Nueva Orleans. Sí, seguimos aquí. Sólo quiero comentar algunas cosillas a todos los que se preguntan qué hacer con nuestra ciudad: chúpenmela. Preguntáis: ¿por qué reconstruirla? Y yo os respondo: que os den por culo. Reconstruisteis Chicago después del incendio, reconstruisteis San Francisco después del terremoto. Dejadme que os diga algo: cualquier cosa buena que pueda tener Chicago viene de otro lugar, y San Francisco es un carísimo agujero con colinas (Pausa para beber). Para Houston y Atlanta, debo decir: chupad mis peludos cojones. Habéis acogido a miles de vecinos nuestros, pero, ¿sabéis qué? Seguís siendo una mierda. Nosotros tenemos más cultura en un solo barrio que vosotros en todos vuestros enormes suburbios de crecimiento incontrolado. A Nueva York: que os den también. Fuisteis atacados por un puñado de gilipollas fundamentalistas y el dinero federal os ha llovido como pétalos de rosa. ¡Toda nuestra puta costa quedó destruida y todavía estamos esperando a que alguien nos dé un puto dólar, por el amor de dios! Pero vosotros queréis apagar Nueva Orleans, cancelar el carnaval. Pues dejadme deciros algo: el martes 28 de febrero, allí donde cojones viváis, sólo será otro gris, deprimente y asqueroso martes. Pero aquí será Mardi Gras. Fuck You, You Fucking Fuckers!

Un profesor de literatura colega de Bernette le dice que ese Fuck You, You Fucking Fuckers tiene la fuerza de todo Shakespeare. “En ocasiones, solo cabe expresar la rabia de la forma más primaria y directa posible”.

¿Cuántas veces al día sentís la necesidad de gritar Fuck You, You Fucking Fuckers?

NO FUTURE (ADDENDA)

A propósito de lo que se decía en el anterior post.

Mi amiga Ana Usieto escribe hoy un paginón sobre ‘Perdidos’ en el periódico donde ella y yo trabajamos, y en el que expresa bastante mejor que yo algunas de las cositas que pretendía apuntar en la última entrada. Atentos a esta idea:

Además, el perfil medio del espectador de ‘Lost’ coincide con personas jóvenes, habituadas a manejarse con las nuevas tecnologías e, incluso, con el inglés. La manía dobladora del audiovisual español es otro de los factores que empujan a las audiencias hacia la red. Así las cosas, la tele queda para espectadores que no pueden con los subtítulos o que se manejan poco en internet. Y, en el caso del capítulo emitido ayer, para los que querían a toda costa evitar que alguien les chafara el final a lo largo del día. Por si fuera poco, el plausible y pionero esfuerzo de Cuatro por ofrecer el capítulo en abierto, y en versión original subtitulada, solo media hora después que en Estados Unidos, no ha respondido a las expectativas.

Efectivamente, la televisión se está convirtiendo -al menos, en este lado del charco; al menos, en este lado de los Pirineos- en una cosa para viejos, carcas e iletrados. Quizá se explicaría así la deriva de la programación de la última década y cómo Belén Esteban se ha convertido en la diva más inverosímil de la historia del show business. El público joven, urbano y culto ha huido (ha sido expulsado, más bien) del territorio catódico y busca refugio en internet.

Esto supone la sentencia de muerte de la tele. Belén Esteban es pan para hoy y hambre para mañana (mucho pan, un atracón de pan, una jartá de migaza reseca, toda una panificadora que ingresa mucha pasta, pero es un pelotazo fugaz que no dejará tras de sí más que vacío). Porque el ‘target’ de Esteban, formado por gente mayor, sin recursos, sin formación y sin inquietudes, no interesa a casi ningún anunciante. No son consumidores: no se gastan el dinero en restaurantes, no compran en Zara, no se van un verano a aprender inglés a Dublín, no se interesan por casi ningún producto que no esté expuesto en los estantes del Dia de su barrio.

Con ese público puede tirar Intereconomía (de hecho, con ese público tira Intereconomía), pero una ‘major’ necesita más para sobrevivir a largo plazo. Por muy tonta que se haya vuelto la caja tonta, necesita de los listos con poder adquisitivo para mantenerse. Perdón, quiero decir: los anunciantes necesitan de los listos para poder mantenerse. Tengan en cuenta que las campañas que dejan panoja son las bonicas de BMW y de Calvin Klein. Cualquier gualtrapilla que trabaje en el departamento de publicidad de una tele puede conseguir un anuncio de estropajos de Hipercor, pero lo que un buen comercial de un medio ansía por encima de todas las cosas es firmar contratos de cochazos, rebajas de El Corte Inglés y colonias de las caras.

Sin anunciantes, no hay tele. Es así de simple. La desbandada de la inversión publicitaria -que ha obligado a fusionar cadenas y tal- se atribuye a la crisis. A lo mejor la crisis es otra, menos coyuntural de lo que muchos se piensan.

NO FUTURE

El título de la canción de los Sex Pistols me parece el más apropiado y directo. Esto se acaba, señores. Los apocalípticos han ganado a los integrados. Yo empecé siendo un integrado, me pasé a la masa gris de los ni fu ni fa y he acabado por convertirme en apocalíptico.

Qué remedio.

Los que trabajamos en la prensa tenemos el oído interno irritado de tanto oír hablar de crisis y de callejón sin salida. El oído y otras partes del cuerpo, también con forma de orificio. Se habla mucho, dentro y fuera de la profesión, del jodidísimo momento que atraviesan los periódicos en papel (todavía no salvados por la panacea digital). De la radio también se habla mucho. Pero qué poco de la televisión. Y qué jodida está.

Está tan jodida, que ninguno de los debates tradicionalmente asociados a ella tiene relevancia ya (véase: televisión pública vs. privada, documentales de La 2 vs. Jorge Javier Vázquez, servicio público vs. entretenimiento, cultura vs. pan y circo, interés de Estado vs. interés comercial, etcétera: ya nada de eso importa).

Lo que está en juego es la supervivencia misma del medio.

Se acaba de confirmar con lo que ha pasado con el final de Perdidos.

Fuera de Estados Unidos, el mundo entero ha visto Perdidos por internet. En España empezó emitiéndose en TVE, dio muchos tumbos en la programación hasta acabar desapareciendo de la parrilla. Luego fue rescatada por Cuatro. A pesar de todos los esfuerzos de marketing catódico de este canal, las emisiones registraban una audiencia discreta tirando a muy pobre, y eso que en las dos últimas temporadas se han emitido los capítulos con menos de una semana de diferencia con respecto a Estados Unidos. Eso, para las mastodónticas y vetustas televisiones españolas, ha supuesto un esfuerzo brutal. Se les notaba intención de ponerse las pilas.

Pero no era suficiente: siete días era demasiado tiempo. Para cuando Cuatro (o Fox, en las plataformas de pago) emitían el capítulo, todos los interesados lo habían visto, revisto, comentado, deglutido, vomitado y vuelto a ingerir para defecarlo y reciclar las heces en compost ecológico. Cuatro les ofrecía material muy viejo, prácticamente de desecho.

Por eso, lo que hicieron con el final era tremendamente acertado. Por fin parecían haber comprendido qué necesitaban para contrarrestar el imperio de internet.

Digo parecía, porque es difícil hacerlo peor de lo que lo han hecho.

La emisión de Cuatro fue vergonzosa, un insulto con regueldo al espectador. No cabe en ninguna cabeza que unas teles que pueden retransmitir en directo con éxito y fluidez algo tan complejo como unos juegos olímpicos o una carrera de fórmula 1 no sean capaces de ofrecer con un mínimo de calidad lo que un tipo de un pueblo de la sierra de Atapuerca con un ordenador de segunda mano y un ADSL de medio mega es capaz de hacer en media tarde.

No fueron capaces de subtitular un capítulo, cuando los “voluntarios” de la red lo tienen traducido, subtitulado, corregido y colgado en la web una hora después de su emisión en USA.

Tampoco supieron dar una respuesta a la menor complicación técnica que se les presentó.

Se comieron seis minutos y ni siquiera se disculparon.

¿Tan difícil era parar la emisión un par de minutos, colocar un cartelito de “enseguida volvemos, disculpen las molestias”, arreglarlo todo con un poco de cabeza y retomar el capítulo? ¿No había nadie con medio dedo de frente trabajando en Cuatro esa mañana? ¿Me están diciendo que un señor de pueblo con una conexión churrutera a internet puede más que una cadena de televisión nacional española?

Pues apaga y vámonos.

Pero aún hay más: no emitieron un fucking anuncio.

¿Qué hacían los comerciales? ¿Cómo no estaba la emisión saturada de marcas de colonia y de yogures para el estreñimiento? ¿Es que, de repente, a los malos malísimos ejecutivos les ha dado por el rollo zen y desprecian el vil metal? ¿Ya no quieren ganar dinero con su trabajo?

La pregunta es: ¿para qué coño han hecho esto si ni sabían hacerlo ni querían hacerlo, puesto que no han buscado anunciantes?

Se les presentó la ocasión en bandeja, tenían en sus manos arrancar una nueva estrategia que garantizara su supervivencia y pusiera un poco de coto a las descargas por las que tanto lloran. Y la han cagado, pero a base de bien.

Y esto, queridos amigos, es sintomático de enfermedad terminal: cuando fallan las facultades básicas, cuando el cuerpo ya no controla los esfínteres, cuando es incapaz de llevarse la comida a la boca sin ayuda, la cosa está muy chunga.

Si los médicos no auguran una mejora pronta, yo me inclinaría por la eutanasia.

ESTE BLOG DE USTEDES, EN LA TELE

Los chicos de Clic!, el magacín de chóbenes para chóbenes de Aragón Televisión, la autonómica suya y mía, han sacado una pequeña pieza con este blog. Gracias a Manu, el redactor del programa, y a su cámara, que se vinieron a grabar a mi leonera hogareña para descubrir el rinconcito desde el que hago esto.

Empieza en el minuto 12 del vídeo, por si quieren saltarse los preliminares.

POSTHUMOR

El otro día leí una crítica de la peli de Rick Gervais -desde el décimo dry martini de Winston Churchill y desde El sentido de la vida de los Monty Python, lo mejor que le ha pasado al humor inglés- en la que vi escrito el palabro posthumor.

Posthumor. O poshumor, no recuerdo bien. Posthumor puede ser el mago malvado de una novela fantástica (“¡Nuestras huestes de elfos arios vencerán a los hebraicos y cabalísticos secuaces del oscuro Posthumor! Los internaremos en parajes aislados y fabricaremos jabón con sus adiposidades”, diría Aguafiestor, el rey de Amarguia). O un trocito de tejido cancerígeno que el cirujano no ha podido extirpar (“Lo siento mucho: no le propondría una nueva operación para limpiar el posthumor si no se me hubiera caído la alianza de matrimonio en su abdomen en la primera. Entiéndame, debo recuperarla”).

Quizá es esa sensación de relax que te deja una buena carcajada en el diafragma, o la orina manchando tu ropa después de una jartá de reír (vulgo, mearse de risa).

Posthumor, más allá del humor.

¿Qué hay más allá del humor? ¿Alguien ha visto el final del Arco Iris?

A ver, no es que Ricky Gervais vaya más allá del humor, es que utiliza el humor como una herramienta. A él no le interesa contar un chiste, sino que el chiste ayude a modelar una historia. No se queda en el gag ni en la carcajada. Tanto en The Office como en la maravillosísima Extras, lo que busca Gervais es parodiar una sociedad patética y miserable. Un retrato del fracaso. Por eso, quien busque un repertorio de gracietas en las series de Gervais se va a llevar un chasco y, muy probablemente, acabará con mal cuerpo y maldiciendo el mundo en el que vive.

Tragicomedia, que decían Calisto y Melibea. Bueno, en realidad, lo decía la Celestina: los dos tórtolos no le acabaron de ver la gracia a la historia.

¿Saben ustedes que tenemos un posthumorista a lo Rick Gervais en España? Para mi gusto, tan bueno como Gervais. Aunque, como es español, no es ni el 5% de popular y relevante que el inglés. Mientras el autor de Extras es uno de los tíos más conocidos y admirados del orbe anglosajón, el nuestro culebrea todavía en ese terreno de nadie entre el underground (que ya ha abandonado por desborde) y el mundo de las majors (que se resisten a abrirle las puertas de par en par, y eso que estuvo nominado para un Oscar).

Se llama Nacho Vigalondo, y el hecho de que no lo tengamos hasta en la sopa y de que siga siendo un tío de culto dice muy poco de este país tan pagado de sí mismo. Nosotros somos más de Belén Esteban. Peor para nosotros.

Vigalondo es un tipo incapaz de hacer un chiste y quedarse en él: sus gags son tragicomedias, dejan un regusto amargo e incómodo. Hablan del fracaso, que es uno de esos temas universales que no se agotan, que siempre encuentran reescrituras. Sus dos primeros cortos (7.35 de la mañana y Choque) prometían lo que Álex de la Iglesia quería dar pero no era capaz.

Una de las últimas cosas que ha hecho se titula El monologuista mierder, para Muchachada Nui.

Cómo juega con la incomodidad, alargando los tiempos, machacando al pobre monologuista. Cómo convierte en pesadilla lo que parecía un gag inocente.

¿Es eso posthumor? No, señores: eso se llama talento.

ICE ROAD TRUCKERS

Estoy enganchado a una maravilla catódica llamada Ice Road Truckers, traducida al español como Desafío bajo cero y emitida -al igual que en Estados Unidos- por el Canal de Historia. Lleva tres temporadas, de las cuales he visto dos.

Es épica pura, salvaje, arrogante, brutal. Bajo el formato de un ‘reality-documental’, Ice Road Truckers cuenta la vida de los camioneros del hielo canadienses: unos tipos que se dedican a conducir descomunales camionacos sobre lagos y trozos de océano helados, en lo más crudo del invierno ártico, para transportar maquinaria pesada de explotaciones mineras y yacimientos petrolíferos, así como suministros y todo lo que necesiten esas estructuras perdidas en el lejano norte e instaladas sobre el hielo.

Esta gente curra unos pocos meses al año, mientras el hielo aguanta el peso de los camiones -que circulan sobre carreteras trazadas puliendo la superficie gélida-, y lo hace a destajo: cobran por entregas, y compiten entre sí para hacer más viajes que los demás. Conducen catorce o dieciséis horas diarias y, cuando llegan al poblado de los currelas, se emborrachan en el pub hasta que se derrumban y alguien les despierta para el siguiente viaje. Cuando despunta la primavera, los más curtidos, los que han logrado descargar más trailers en menos tiempo, se piran a Florida o a algún sitio del Caribe a fundirse en juergas y daikiris la pasta que han amasado en la noche del Ártico. Unos pocos vuelven con sus familias al sur de Canadá o a Estados Unidos, pero los más son lobos solitarios, tíos salvajes, nómadas y con un punto sociópata que gozan con el peligro y la bronca.

La vida de estos macarras podría inspirar un novelón. A Zola le habría encantado, aunque creo que le sacaría más partido uno de esos directores alemanes fascinados por la claustrofobia y por el límite de la experiencia humana. Pienso en Wolfgang Petersen y su Das Boot. A falta de una ficción a la altura, ha inspirado un estupendo programa de la tele.

Es un grupo duro que se precia de su dureza: los novatos son tratados con crueldad. Tienen que hacer muchas entregas, y hacerlas sin quejarse y sin poner cara de susto, para ganarse el respeto de los veteranos. No hay piedad para los que cometen errores que puedan averiar los camiones, y las estrictas normas de seguridad sólo son de obligado cumplimiento para los pipiolos: los veteranos del lugar pueden hacer lo que les pete, incluso carreras y adelantamientos temerarios por el hielo. Cualquier cosa con tal de joder al rival y ganarle en número de viajes.

A veces, se les estropea la calefacción a 30 grados bajo cero y a 100 kilómetros del siguiente punto de respostaje o ayuda. Y los pobres desgraciados tienen que soportar las burlas de los compañeros por la radio.

Al público yanki, obsesionado con el poderío de las máquinas y la dictadura de la ingeniería, le mola ver cómo resuelven los problemas técnicos, cómo sortean un trozo de hielo hundido y cómo hacen para medir el grosor y la resistencia de la capa helada. Yo, que soy de letras por estudios y por espíritu, me emociono mucho más con las escenas marginales: cuando los protas se bajan de la cabina y se emborrachan en el pub; cuando hablan con sus novias desde su habitación; cuando visitan al jefe del sindicato en un cuartito inmundo lleno de tablones de anuncios y de formularios; cuando se cabrean con el mecánico que les echa la bronca por no tratar bien a las máquinas…

Me dan ganas de ser un ice road trucker. Me dan ganas de tragarme mi orgullo de novato y demostrar a esos fantoches que puedo conducir mi camión 500 kilómetros por un lago helado de noche y escuchando en bucle el Flirtin’ With Disaster de Molly Hatchet.

Por desgracia, ni siquiera tengo carnet de conducir, pero me conformaría con ser el camarero del pub y decirles con el rostro ceñudo y una bayeta en el hombro que ya han bebido suficiente por esa noche y que es hora de irse al catre.

NO SE ME PIERDAN

Últimamente me topo con mucha tontunez a propósito de Perdidos. Tengo en mi mesa del periódico un libro titulado, con dos testículos, La filosofía de Perdidos. No sé si en la misma colección hay otro título sobre La filosofía del paté de olivas negras. El ABCD, que pasa por ser —y así lo pienso— el mejor suplemento cultural de la prensa española, y quizás el único que merece tal consideración, le dedicó una portada a la serie cuando se estrenó la nueva temporada.

Vamos, que hay una parte de la so called intelectualidad que está que no defeca con el paradigma (sic) que inauguran los náufragos aéreos.

Pos bueno, pos fale, pos malegro.

En el otro lado están los odiadores de Perdidos. Aquellos que no paran de gritarnos, desde su letraherida atalaya: “¡Arrepentíos, no escuchéis al falso profeta de Perdidos! ¡Bajo ese disfraz de serie cool y pretenciosa sólo hay vacío, marketing, filfa, gaseosa esbafada!”.

Pos bueno, pos fale, pos malegro.

El problema que tiene Perdidos es que no se ve con la actitud adecuada. El discurso intelectualoide que han alimentado algunos —y los propios creadores de la cosa, claro— ha cegado a alguna gente por lo general bastante lúcida y avispada.

Perdidos no puede decepcionar porque nunca prometió nada. Es una serie para ser deglutida, no paladeada.

Para que la experiencia no sea dolorosa —e incluso para que aporte cierto placer— hay que disfrutarla de la misma forma que uno se comería un whoper o que ligaría con una choni en Pachá a las cinco de la madrugada. Es decir: sin ninguna expectativa. Si te zampas un whoper pensando que estás ante un plato de tres estrellas Michelin o te metes en la cama con una perra arrabalera con piercings en las glándulas suprarrenales pensando que has encontrado un amor como el de Tristán e Isolda, la has cagado.

Con Perdidos pasa lo mismo: que no es Ingmar Bergman, cojones, que es puro y simple entretenimiento, relleno audiovisual con pornografía californiana de baja intensidad. Un chicle para engañar el hambre.

Y eso —oh, intensos del mundo— no es malo. No hay que sentirse culpable por atiborrarse de comida basura de cuando en cuando o por follar con una analfabeta poligonera con sociopatías diagnosticadas y dos tetas de silicona operadas en una clínica low cost con un crédito de Cofidis. Que en la vida no todo va a ser Brahms y trajes de raya diplomática.

Yo me trago Perdidos con gusto y sin hacerme preguntas. ¿Que ahora sale un humo negro con puños? Pos bueno. ¿Que resulta que se han inventado un templo con un samurai que habla combinando sílabas al azar? Pos fale. ¿Que pretenden hacerme creer que Hugo, con sus 700 kilos de peso, es capaz de andar cuatro horas por la selva con medio botellín de agua y dos galletas rancias? Pos malegro.

Don’t ask, just look.

A esto me refiero con el porno de baja intensidad.

Es una mezcolanza absurda de géneros, como una canción de Macaco, pero sin ser irritante: aventuras, ciencia-ficción, terror, superhéroes, la ya citada pornografía californiana… Todo a mogollón y sin solución de continuidad, con unos actores francamente malos que, por exigencias de guión, sólo saben poner cara de susto. Cada capítulo dura 45 minutos, la ración adecuada. Si durara más, sería insoportable: justo cuando la trama empieza a hacer aguas, cierran con la previsible sorpresa (noten la tentativa de oxímoron), y a otra cosa.

Como no exige esfuerzo intelectual ninguno, cuando termina el episodio pueden volver a sus lecturas (o relecturas, no quisiera ofenderles) de Jean-Paul Sartre.

FRESÁN, EN DE REOJO

Queridas/os:

He escrito una cosita sobre El fondo del cielo, la última novela de Rodrigo Fresán, en el blog De Reojo. Tendrá una segunda parte mañana.

Y mañana viernes también sale publicada una cosita mía -tema de portada en el suplemento MVT de Heraldo- sobre literatura y televisión. Lo linkaré, por si están vagos y no les apetece bajar al kiosco o viven en un lugar distante de esta comunidad autónoma o de la Puerta del Sol y no pueden comprar el centenario diario que me paga. Aunque aquellos que hagan el esfuerzo de leerlo en papel encontrarán más material que no estará en la red. Allá ustedes si pueden vivir sin ello.

GERMEN, INSPIRACIÓN, PLAGIO

Intertextualidad, en cualquier caso.

Esta semana he empezado a ver Scrubs, una sit-com hospitalaria que creo que en España sólo se ha podido ver en el Plus. Mi hermano me regaló la primera temporada -después de hacer proselitismo durante un par de años o así- y, la verdad, no sé por qué no me llamó la atención antes (nota al margen: tengo que hacer más caso de las recomendaciones de mi hermano). Es muy divertida. En su trama y su estructura, no deja de ser una sit-com clásica a más no poder, pero está rodada con mucha gracia, con mucho frenesí, con mucha exageración y poco realismo, con un aire bufo muy logrado y muy original. Además, los personajes están muy bien: el prota es un neurótico inseguro que no para de meter la pata y su partenaire es, directamente, y según propia definición, una nerd. Esto es, la antiheroína.

Pero yo sólo quería hablar del doctor Cox, jefe del prota, médico veterano y pasadísimo de rosca, muy histriónico -tanto el actor como el personaje- y con mucha mala baba. Cínico, gusta de humillar a sus subordinados, siempre tiene una frase ingeniosa y/o hiriente en la lengua, habla con frenesí, es genial, creativo, no soporta al director médico -a quien hace la puñeta siempre que puede- y se salta los protocolos médicos con alegría provocadora y rebelde.

¿Les suena de algo?

Sí, es House.

Pero un House anterior a House. Scrubs empezó a emitirse en 2001, y House es de 2004.

Me da a mí que el doctor House no es más que una versión contenida, dramática y detectivesca del aceleradísimo doctor Cox.

Habrá quien hable de germen, de inspiración, de referentes. Yo creo que se trata de una simple copia. Scrubs era ya una serie de éxito cuando se empezó a plantear House: es evidente que sus creadores la conocían.

Claro que House es otro rollo. Y Hugh Laurie es un actor infinitamente mejor dotado que el John McGinley que encarna a Cox (que, para su papel desquiciado, no está nada mal: para ir pasado de vueltas sin resultar cargante hace falta mucho talento). Hay suficientes rasgos diferenciales entre un médico y otro como para que no se sostenga una demanda por plagio, pero vamos, que bastan cinco minutos para darse cuenta.

LA IMPORTANCIA DE LAS MANOS

En la tercera temporada de Mad Men he asistido a un momento de una pureza dramática digna de Hitchcock. De hecho, yo creo que está directamente inspirado por la dramaturgia de Hitchcock.

No desmenuzaré nada, solo contaré lo esencial para que se entienda su grandeza. Don Draper, el despiadado y genial publicista que protagoniza la serie, tiene un secreto enorme, de una enormidad enormísima. Una enormidad que no impide que quepa en el cajón del escritorio, donde lo guarda bajo llave. Lo sabemos desde la primera temporada: sabemos que Don Draper no es Don Draper. Estuvo a punto de ser descubierto, ha sufrido mucho, pero en esta tercera temporada todos los peligros parecían superados, y la trama corría hacia otros campos, lejos de ese nudo aparentemente ya desecho.

Pero, en uno de esos “giros inesperados” que todo buen narrador sabe dar, la mujer de Don, Betty, lo ha descubierto. Ha encontrado por casualidad las llaves de ese cajón, lo ha abierto y se ha enterado de todo.

Un tío así no pierde los nervios fácilmente.

Betty es fría, es un grandísimo personaje. Aparentemente frágil y desnortado, pero con una determinación furibunda. Solo con ella logra mantenerse a flote en la inmensa soledad en la que vive. Con esa determinación, le planta cara al impostor. No monta una escena, solo pone las cartas boca arriba. Le encara y se limita a decirle que lo sabe, esperando no creerse ni una sola de las mentiras que Don le contará para cubrir o purgar su gran mentira. Está convencida de que huirá o saldrá por la tangente, que urdirá una estrategia para librarse de su mirada acusadora, que su plante probablemente le costará no verle nunca más. Pero no se arredra, está dispuesta a asumir lo que sea.

-Puedo explicarlo -dice tópicamente Don.

-Lo sé -responde fríamente Betty-. Es tu oficio, eres un maestro explicando cosas, seguro que sabrás encajar las piezas para hacer algo convincente.

Pero Don no hace nada. Va a la cocina y saca el paquete de tabaco. Al extraer un cigarrillo, este se cae al suelo. Las manos le tiemblan y no ha atinado a cogerlo. Es el único signo visible del derrumbe. Fugaz, es un temblor mínimo. Acto seguido, un contraplano nos muestra la cara de Betty. Un segundo escaso: le ha cambiado el gesto al ver caer el cigarrillo. Ese segundo nos basta para saber que Betty ha cedido y ha perdonado a Don. Aun sin saber la razón de la mentira. Ha visto algo que no esperaba: de todas las respuestas posibles, no sospechó que su marido fuera a desmadejarse, que el personaje del triunfador Don Draper se fuera a romper tan estrepitosamente para dejar desnudo e indefenso a un hombre en una vía muerta, sin posibilidad de ir hacia adelante ni hacia atrás. Paralizado.

Betty: parece inofensiva, pero no le toques los ovarios.

Esa escena es puro Hitchcock. Si hay un director que ha sabido de la importancia de las manos y de lo que tocamos y cogemos con ellas, ese ha sido Alfred Hitchcock. Hasta tal punto que la fuerza y casi la esencia de su cine está hecha de objetos que cambian de manos, que son manipulados, escondidos, anhelados, hurtados.

Uno de los fallos técnicos más comunes de los juntaletras que empiezan a emborronar ficciones es que los personajes que componen sobreutilizan groseramente sus manos: les hacen fumar, limpiarse el sudor, metérselas en el bolsillo, agarrarse a un vagón de tren que se escapa y acariciar una teta todo al mismo tiempo. Para indicar intensidad, describen a individuos que lo manosean todo frenéticamente, sin darse cuenta de lo inverosímil de la descripción. Hay que elegir bien los movimientos que un personaje hace con sus manos, los objetos que coge y cómo los coge, las partes del cuerpo que acaricia y cómo las acaricia. Hay que ser contenido para imprimir significado a los gestos de las manos y a su relación con los objetos. Solo así se pueden alcanzar momentos tan brillantes como esa secuencia de Mad Men.