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FAJA ROJA

La faja de la primera edición de La hora violeta era rosa. La de la segunda edición es roja intensa. Como en las artes marciales que tienen distintos colores de cinturón según las categorías, supongo que el libro ha subido un escalón.

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Por supuesto, Daniel, a quien está dedicada la novela, ya se ha quedado con su ejemplar, aunque no tiene intención de leerlo.

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POLVO, NIEBLA, VIENTO Y FATIGA

Pido disculpas a quienes no sean de Aragón, pues no van a encontrar mucho que morder en esta entrada, que pretende abrir un debate que les sonará ajeno y, en cierta medida, incomprensible. Los locales, los del lado de acá, en cambio, seguro que tienen algo que decir. A ellos está dedicado este post.

Hace un par de domingos dediqué mi homilía de Heraldo de Aragón (sólo en papel, los contenidos de la edición impresa sólo se cuelgan en la web para suscriptores) a hablar del relevo generacional (o de su ausencia). Les cuelgo el artículo tal cual salió publicado y luego sigo. Se titulaba Alzar la voz.

Esta semana, Aragón Televisión recuperó un documental que fue realizado en 2012 con motivo del trigésimo aniversario de la aprobación del Estatuto de Autonomía. No lo vi en su momento y esta vez lo pillé empezado. Y, la verdad, no tenía intención de verlo, pero me quedé un rato. Más por el morbo de comprobar quién salía que por lo que podía escuchar en él. Me interesaba la nómina, el ‘casting’.

El elenco era de lo más previsible, como suele serlo en este tipo de programas. Aparecían, como es lógico, los protagonistas del momento, los agitadores del Aragón de la Transición. Faltaban Labordeta y los que se fueron, pero, de los vivos, estaban muchos de los que fundaron el Aragón moderno, desde la política, el periodismo y la cultura, que en aquellos años parecían un todo difícil de parcelar. Lo que me extrañó no fue la selección de personajes, sino darme cuenta de que prácticamente todos ellos (salvo algún ex presidente) siguen en activo y ocupando un lugar hegemónico en el ámbito público aragonés. Pienso en Eloy Fernández Clemente, en Guillermo Fatás o en José Ángel Biel, tres de las voces más destacadas del reportaje y tres figuras fundamentales para entender qué es el Aragón contemporáneo y cómo se construyó.

Lo que me desasosegó no fue tanto que siguieran en activo, pues tienen edad y capacidades de sobra para ello, sino que mantengan el dominio del discurso, que nadie les haya relevado en estos treinta años. O, si no relevar, al menos, discutir en pie de igualdad. Es hasta cierto punto lógico que una sociedad respete y escuche a quienes considera sus ‘padres’ (y quienes lideraron la construcción de la autonomía son algo así como los padres de este Aragón que vivimos hoy), pero también es sano y normal que los hijos les discutan y contradigan. Eso no sucede en Aragón (ni, en realidad, en España). Los hijos estamos callados. O hablamos, pero nuestras palabras no alcanzan el volumen y la influencia de las suyas.

Pienso en mi generación, la que ahora tiene entre treinta y cuarenta años, y compruebo que, a nuestra edad, los protagonistas de ese documental ya tenían grandes voces. Se argumentará que a ellos les tocó vivir un momento histórico crucial en el que interpretaron un papel clave, pero el momento actual, donde buena parte de lo construido por aquella generación se desmorona, no es menos grave. Y no podemos permitirnos el lujo de que otros lo arreglen por nosotros. Necesitamos liderar el debate, tomar el discurso público como ellos lo tomaron hace tres décadas. Debemos hablar del Aragón actual, que apenas se reconoce en el de hace treinta años. Tenemos que hablar de nuestro Aragón, como ellos hablaron del suyo. Por mucho que las queramos y por mucho que hayamos crecido con ellas, ya no nos sirven las canciones de Labordeta, porque hablan de un paisaje que ya no existe e invocan presencias que hoy son fantasmas.

Quizá no tengamos tiempo ni ganas. Quizá estemos demasiado ocupados con los trámites para emigrar. Pero sería muy triste que no fuéramos capaces de relevar a nuestros padres.

Hasta el momento, he recibido unas poquitas reacciones. Todas, en privado, a través del mail o de mensajes en Facebook. Todas, de personajes con relevancia pública en esta tierra. Sólo uno (no me tiren de la lengua, no diré cual) de los tres próceres citados se ha puesto en contacto conmigo para darme un cariñoso abrazo y decirme que le divirtió el artículo, y que le preocupó un poco la realidad que retrataba. Todas las reacciones han sido favorables, salvo una (repito: en privado), que me mostró su desacuerdo. Amistoso, pero negativo. He invitado a su autor a expresar su discrepancia en público, no sé si lo hará. Espero que lo haga, la verdad.

Porque mi intención era debatir públicamente. Si hubiera querido charlar en privado, habría quedado con unos amigos a tomar unas cañas. Pero, por lo que veo, sólo yo tengo interés por hablar de estas cosas.

Este lunes, sin embargo, tuve la gratísima sorpresa de que mi maestro Juan Domínguez Lasierra (que, como él mismo dice, me ha visto salir del cascarón y crecer desde que era un polluelo, y yo he agradecido varias veces lo bien que cobijaba su barba blanca de periodista viejo y sabio) me dedicaba un artículo en Heraldo de Aragón. Es este:

Donde menos se piensa, salta la liebre… Y menuda liebre revolucionaria nos soltó en el penúltimo dominical nuestro querido Sergio del Molino. Que estamos muy agradecidos con nuestros ‘maestros’, con los que han ejercido durante estos últimos cuarenta años un papel fundamental en la construcción y reconstrucción de la Comunidad, pero cuyo discurso, a estas alturas, y en un momento de ‘crisis’ en su más amplia significación etimológica, hay que renovar. Entiendo, según lo que dice Sergio, que no se trata de matar al padre, a los ‘padres’, como en el mito edípico, pero sí tomarles la palabra y ensancharla, darle nuevas perspectivas, ejercer un poco de esta heterodoxia que siempre ha caracterizado a los espíritus más lúcidos de nuestro desarrollo colectivo.
Sergio del Molino partía para su discurso de un reportaje de Aragón Televisión emitido durante el día de San Jorge, por el que desfilaron muchas de las ‘grandes voces’ que han contribuido a que Aragón sea hoy lo que es. Y señalaba, con harta razón, la ausencia de otras presencias, las de los más jóvenes, a la par que subrayaba que las ‘grandes voces’, y desde hace cuarenta años, siguen siendo hegemónicas en el ámbito público aragonés. Nada que objetar puesto que, siendo maestros, como son, debemos seguir aprovechándonos de su magisterio. Pero sí es verdad que su discurso, repetido hasta la saciedad durante años, corre el riesgo de no estimular a las nuevas generaciones que, para más inri, hoy se encuentran en una situación de inquietante desesperanza. Quizá la frase más lapidaria, y la que mejor expresa la voluntad de cambio, la necesidad de otro discurso, es la que señala que «ya no nos sirven las canciones de Labordeta, porque hablan de un paisaje que ya no existe e invocan presencias que hoy son fantasmas». Estemos de acuerdo o no, no se puede expresar más plásticamente esa necesidad de un cambio de diapasón.
Entiendo a Sergio, y a su generación, porque es cierto que nuestro discurso, por muy voluntarioso e idealista que haya sido, no les ha conducido a lo que nosotros sí tuvimos, la esperanza en un mundo mejor. La decepción en la que viven no deja de ser un reproche, puesto que, en definitiva, esas ‘grandes voces’, como Sergio señala, han sido y siguen siendo hegemónicas en la Comunidad, la han protagonizado de un modo u otro. Y este fracaso es algo que, con responsabilidad mayor o menor, tenemos que aceptar humildemente. Es obvio que la responsabilidad mayor remite a los políticos actuales, ¿pero hemos sabido crear el caldo de cultivo necesario para que ellos -que dicen ser nuestros representantes- hayan surgido de ese magisterio? Y si no ha sido así, es que necesitamos nuevas voces, que tal vez lo hagan mejor o no, pero a los que debemos darles la oportunidad incluso de equivocarse.
Mi admirado Sergio ha sido muy arriesgado en su ‘alzamiento de voz’. Era necesario que alguien lo hiciera, y espero que su valentía no le traiga ningún disgustillo. Como concluye su artículo, «sería muy triste que no fuéramos capaces de relevar a nuestros padres». Como requiere la natural evolución humana, hay incluso que matarlos… un poquito.
Bueno, Juan, al día siguiente de la publicación del artículo, en lugar de mi señora, que es lo que suelo encontrarme en la cama al despertar, había una cabeza de ternasco de Aragón, Denominación de Origen Protegida. No sé qué quiso decirme el que la dejó, pero asada estaba muy rica. Luego me llamó alguien con número oculto y me dijo que me iba a hacer un ofertón de la hostia que no podría rechazar, co. Dijo un par de veces más lo de hostia y lo de co y luego colgó. Al final de la mañana, un mensajero trajo una invitación para la boda de la hija del Hereu, pero no sé si podré ir, porque no tengo con quien dejar al chaval ese día.
Así que, de momento, el artículo no me ha traído ningún disgustillo. Al contrario: me ha traído la alegría de verme citado y glosado por el gran Juan Domínguez. Y eso, créanme, me honra más que muchas de las prestigiosas y laudatorias reseñas que han salido de mi libro.
Exagera, y mucho, mi de verdad admirado Juan (porque la admiración va de alumno a maestro: el maestro no admira al discípulo; en todo caso, se enorgullece de él). Ni liebre revolucionaria ni valentía. Es simple voluntad de debatir y de compartir reflexiones. Pero me preocupa, y debería de preocuparnos a todos, que un artículo tan tibio y razonable como el mío pueda ser tomado como arenga o agit-prop. Si lo fuera, sería una arenga estúpida, pues las huestes a las que va dirigida son tan fantasmagóricas como los paisajes de las canciones de Labordeta.
Me encanta lo de matar «un poquito» a los padres. ¿Asesinó usted a su padre? Sí, pero sólo un poquito, señor juez. Aunque acierta Juan en el diminutivo: las liebres revolucionarias no se sueltan en diminutivos, y mi texto es todo él un diminutivo. Ahora, si quieren empezar a nombrar las cosas bien nombradas y en voz firme y clara, como reclama el título de la pieza que ha motivado todo esto, les invito a ello. La veda queda abierta. Los comentarios son suyos.
Lo que yo venía a decir es que me daba fatiguita (otra vez los diminutivos) de oír siempre a los mismos decir las mismas cosas. ¿Y a ustedes? ¿Qué les parece todo esto?

DIOS

«El Dios que había inventado el amo era él mismo. Los diez mandamientos quedaron totalmente modificados a su antojo. Precisamente por eso, el Dios de Belfondo debería ser más humano que el resto de Dioses, porque está hecho a imagen y semejanza del hombre, pero el amo no se subestima. Se tiene a sí mismo en muy buena consideración. Alguien, al fin y al cabo, tenía que hacerlo. El Dios de Belfondo no se ha equivocado jamás. El Dios de Belfondo no le da a los pobres todo aquello que les falta: les da herramientas para que ellos mismos puedan dejar de ser pobres, pero las justas para que no puedan ser ricos.»

Jenn Díaz
Belfondo

Belfondo

COACHING PARA PADRES

Las novelas rusas están hechas de miradas intensas a abismos insinuados en los que no repara nadie. Gógol, Chéjov y Turguenev (y un poco Dostoievsky, y decididamente mucho menos Tolstoi, salvo en Ana Karenina) levantan su literatura como voyeurs. Espían lo cotidiano a través de las rendijas que dejan ventanas y puertas mal cerradas y detectan el vértigo contenido en palabras y frases aparentemente inanes o circunstanciales. Fueron maestros en ese arte, lo llevaron a la perfección. Los novelistas del siglo XX lo trasladaron a un contexto literario más sofisticado y complejo. Lo arroparon con artificio técnico, pero no lo mejoraron. Si acaso, lo actualizaron.

No me quiero liar ni liarles. Sólo pretendía subrayar que el germen de toda buena novela rusa está en una frase dicha de soslayo, pero cuyo contenido, escuchado con atención, revela horrores, vergüenzas y angustias que pueden acabar ocupando mil páginas. Porque son frases que resumen o contienen alguna revelación sobre nuestra condición o nuestra forma de vivir y enfrentarnos al mundo.

El otro día presentaron en la ventosa y a menudo ingrata ciudad que habito un Espacio Bebé. Gestionado por la PAI, que lleva muchos años haciendo teatro y animación infantil y sabe de qué va esto, es un lugar donde padres y bebés de cero a tres años pueden jugar y pasar la mañana o la tarde. Todavía no he ido con Daniel, pero lo haré pronto. Por lo que he entendido, hay teatrillos, actividades, lectura de cuentos y muchos cojines, cosas blandas para que puedan gatear a sus anchas y un montón de cacharros de mil formas, tamaños y colores para que nuestros monstruitos experimenten con ellos. En la presentación, los miembros de la PAI subrayaron y dejaron muy claro que aquello no era una guardería. De hecho, es lo contrario a una guardería. Los bebés han de ir siempre acompañados por un adulto responsable, que está obligado a jugar con ellos. No se trata de sentarse en un rincón mientras entretienen a tu hijo, sino de actividades conjuntas para padres y niños. Se exige una actitud participativa por parte del progenitor (o del abuelo, o del tío, o de quien sea que acompañe al chavalín o chavalina).

Bien, me parece una aclaración necesaria. Que nadie acuda allí pensando que es un aparcadero de infantes para que el papá se pueda tomar una cerveza en el bar de enfrente mientras descansa un ratito del puto niño de los cojones (así se refieren muchos padres a sus criaturas en lo más negro de su sistema nervioso central). Lo que me entristeció fue lo que dijeron a continuación. Les escuché en el plató del programa de Aragón TV donde colaboro, y no me atreví a comentar nada después de la conexión en directo porque me pareció que no se me iba a entender bien. Lo hago aquí, después de madurar un poco estos pensamientos.

Decían los responsables de la PAI (cito de memoria): «Los papás descubrirán un montón de cosas de sus hijos, se sorprenderán de lo que pueden hacer, descubrirán sus gustos y preferencias y, a través del juego, entenderán y conocerán mejor a sus hijos».

¿Cómo?

¿Perdón?

No dudo de las bondades del Espacio Bebé y estoy convencido de que Daniel y yo seremos de sus más apasionados y asiduos fans, pero dudo muchísimo (lo dudo absolutamente) que vaya a descubrir o a sorprenderme por cosas que haga mi hijo. Porque yo ya le conozco. Yo ya juego mucho con él. Sé lo que le gusta (hasta la música que le gusta, que no toda le suena igual de bien) y lo que le aburre. Sé lo que le hace reír y lo que le asusta. Sé qué tipo de objetos llaman más su atención. Sé cómo despertar su curiosidad y cómo distraerla y orientarla hacia cosas menos peligrosas que un enchufe o una puerta entreabierta.

Lo sé porque juego mucho con él. Porque tengo la espalda destrozada de tirarme por el suelo y por la cama y por el sofá. Porque me he revolcado por todos los rincones de la casa con él y porque le elijo sus juguetes y me preocupo por comprarlos atendiendo a sus gustos, que cada vez se expresan mejor.

En una frase: le conozco porque soy su padre. Y ejerzo de tal. Por tanto, en el Espacio Bebé no voy a descubrir nada que no haya descubierto ya en el salón de mi casa.

De hecho, la perspectiva de que haya padres que necesiten de la ayuda de profesionales del ocio infantil para descubrir y conocer a sus bebés me parece, sencillamente, aterradora. Es una de esas rendijas por las que Gógol y Turguenev espiaban el mundo. Es una de esas frases que desencadenan una novela rusa sobre la paternidad y la infancia.

El discurso de la PAI iba más allá: «Hemos creado un entorno que facilite que los adultos se desinhiban, porque a los adultos nos cuesta mucho ponernos al nivel de los bebés y jugar con ellos. El Espacio Bebé está pensado para que los papás pierdan esa vergüenza.»

¿Que les cuesta desinhibirse con su bebé? Joder, ¿y qué hacen con sus hijos cuando están en casa? ¿Les tratan de usted? ¿Juegan al ajedrez y escuchan sinfonías de Schönberg? ¿Les enseñan a distinguir el cuchillo de carne del de pescado? ¿Aprenden ballet clásico?

¿Qué hacen esos padres con sus bebés? ¿No juegan con ellos? ¿No pasan cinco minutos al día tirados en el suelo? ¿No se hacen pedorretas? ¿No les muerden el culo? ¿No los tiran por el aire para recogerlos en brazos y les hacen dar volteretas? ¿No les dan besos en la boca? Porque yo casi rebaso la barrera del incesto, casi me morreo con lengua con mi hijo cuando nos da el arrebato de pasión amorosa.

Pensaba que todos los padres hacían estas cosas, pero si la gente de la PAI, que sabe mucho de bebés y de papás, insinúa que no, será que hay demasiados padres que no saben lo que es pasar una tarde de revolcones y babas.

No debería de extrañarme mucho cuando vivo en una sociedad que ha permitido la emergencia de algo tan aberrante como el coaching. Una sociedad que no sabe hacer cosas básicas que se hacen por instinto. Como follar (hay coaching sexuales), como ser un pelota en el trabajo (hay coaching para trepas empresariales), como hacer amigos o como criar a tus hijos. Habilidades naturales que nuestros abuelos daban por sabidas o intuidas y que nosotros, primates torpes que no saben escribir sin faltas de ortografía, parecemos haber olvidado. Parecemos idiotas que necesitan ayuda para las tareas más sencillas e intuitivas.

No es de extrañar, por tanto, que la literatura de masas y bestseller sea cada vez más infantil, porque se dirige a un público cada vez más alejado de la experiencia intensa y directa de la vida. ¿Cómo va a triunfar un libro exigente y profundo (una novela rusa) sobre la paternidad si sus potenciales lectores ni siquiera saben jugar con sus hijos? ¿Cómo vas a hablar de sentimientos hondos a alguien que ni siquiera ha experimentado los más básicos y primarios?

Cuando falla lo esencial, todo lo demás se desmorona. O no. Qué sé yo.

HIPÓCRITA ESPECTADOR

Cuando mi colega (colega en el sentido profesional y de amistad) Miguel Serrano hizo una parodia de la trilogía de Stieg Larsson (bajo el pseudónimo de Ste Arsson), me reí mucho.

los hombres que no ataban

Le hice una interviú para el periódico donde solía echar las tardes que quedó muy divertida y en la que salió retratado de esta guisa, como Ste Arsson:

ste arsson

Si la comparan con el aspecto habitual de Serrano, apreciarán el sublime trabajo de transformismo literario:

miguel serrano

Todo esto viene, además de para darle un poco de bola publicitaria a mi amiguete (que tiene un libro de cuentos fabuloso titulado Órbita, en Candaya), porque, aunque me divertí mucho con la broma literaria de parodiar un bestseller, tiempo después, me quedó cierto regusto dubitativo. La parodia de Miguel tenía un fondo moral con el que coincido plenamente: denunciar la vacuidad estética y el poso seudofascista y autoritario de cierta novela negra nórdica que se promocionaba como justiciera, pero difundía una ideología primaria y violenta. Su gesto, sin embargo, se quedó en una broma esnob: los millones de lectores de Larsson jamás van a leer la parodia de Ste Arsson. Y, aunque la leyeran, muy pocos serían capaces de percibir su ironía y su carga crítica. Quienes sí la leímos y nos reímos con su sofisticado humor ya estábamos convencidos de que la trilogía de Larsson era una mierda infecta. No necesitábamos que nadie nos abriera los ojos, pero agradecíamos mucho que nos hiciera pasar un buen rato.

Era justicia poética, en el más amplio sentido de la expresión.

Cuando los «artistas» nos reímos de lo que se traga la plebe, aunque creamos que desempeñamos una labor social comparable a la de La Barraca de Lorca, no hacemos otra cosa más que palmotearnos la espalda. La plebe ni se entera de qué nos reímos. La mayoría de las veces, ni siquiera escucha nuestras risas. Pero, cuando los «artistas» nos reímos de los «artistas», la cosa cambia. Porque los artistas sí que se escuchan entre ellos. Y se entienden las bromas. Y maldita la gracia que les hacen entonces.

intento de escapada

Lo de Intento de escapada, de Miguel Ángel Hernández, no es una broma ni una parodia, pero habla del arte de forma crítica. Y las críticas que plantea van a llegar a los oídos de los aludidos. De algunos de ellos, al menos. Por tanto, el libro juega con las cartas boca arriba y en pie de igualdad. Es un combate limpio con posibilidades de proyectarse más allá de la carcajada irónica.

Se me han adelantado al comparar esta novela con El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq. La asociación es inevitable (aunque, con permiso del sabio Eduardo Laporte, no creo que el protagonista de Intento de escapada tenga deudas con los protagonistas de Ampliación del campo de batalla o de Plataforma: esos personajes son nihilistas desarraigados que militan en la amoralidad, mientras que el trasunto de Hernández que narra Intento de escapada es todo lo contrario, un ingenuo con una altísima conciencia moral) y un buen punto de partida para hablar de esta interesante novela que acaba leyéndose como un ensayo.

Esta novela de este joven profesor de arte murciano (el murciano es él, no el arte) parte de la misma pregunta que la de Houellebecq: ¿es el arte contemporáneo una tomadura de pelo orquestada por una pandilla de hijos de puta? Porque el ciudadano medio, ese que lee las novelas de Stieg Larsson, lo sospecha. O está firmemente convencido de que es así. No hay más que ver sus caras a la salida de la Tate Gallery, a la que sólo van porque la Lonely Planet lo recomienda, pero malditas las ganas que tenían de contemplar tanta gilipollez incomprensible junta. Lo que no sospechan —ni ganas de sospechar, que bastante han sufrido en la sala de la turbina con la videoinstalación espantosa que no se entendía nada y daba dolor de cabeza— es que un profesor, crítico, literato y ex director del Centro de Documentación y Estudios Avanzados de Arte Contemporáneo pueda estar a punto de darles la razón en una novela que viene a decir: me he pasado toda la vida estudiando esto, soy un gran experto, y confieso que hay mucha impostura y mucha intensidad falaz en este mundo.

Pero aquí empiezan las discrepancias con El mapa y el territorio. Houellebecq se ríe del arte contemporáneo y de su mercantilización, pero su risa suena bronca y hueca. En el fondo, es una risa que busca la empatía de los cínicos. Y, a partir de ahí, se ríe de sí mismo y mete bromas privadas para acabar asociando la descomposición del arte y la literatura con la descomposición de Francia. Porque a Houellebecq sólo le interesan dos cosas: Houellebecq y Francia. Hernández, en cambio, está muy comprometido con lo que cuenta. Todo su relato es un instrumento para ahondar en su reflexión sofisticada y sugerente sobre el arte contemporáneo. Y, en ese sentido, su novela es mucho más profunda que la de Houellebecq, porque no está escrita desde el cinismo, sino que es un sincero intento de comprensión. Por tanto, al contrario que la instalación artística de Jacobo Montes que da título a la novela, Hernández no intenta escapar, sino llegar al cogollo de la cuestión que le preocupa. Y, en ese intento, consigue que nos preocupe también a nosotros y nos obliga a pensar en ella. No nos da soluciones ni recetas, pero plantea el problema en toda su grosera amplitud y (por lo menos, a mí) empuja a indagar más.

Y esa cuestión va más allá del arte. Es una cuestión moral.

En el fondo, las posturas de Houellebecq y la de los turistas que salen asqueados e indignados de la Tate Gallery son muy parecidas. De hecho, da la impresión de que Houellebecq, de una forma casi simiesca, busca el aplauso de esos turistas (esos franceses que, en palabras de Marx, son como patatas puestas en un saco). Hernández, en cambio, les dice: bien, entiendo vuestro cabreo, pero no os quedéis en él. Hay mucho que pensar. Esto no es sólo una tomadura de pelo. Aquí hay algo. Algo grave. Algo que no se resuelve con un comentario de cuñado en la barra de un bar. Algo que afecta a nuestra condición humana.

Creo que Miguel Ángel Hernández coincidiría con Pérez Andújar en que el estilo es una postura moral. Porque una de las preguntas que plantea es si la estética y la moral son cosas sin relación alguna. No resuelve la pregunta, pero cuestiona la certeza a la que ciertas corrientes del arte han llegado al sostener que no, que una obra de arte no se mide por escalas morales.

La novela explora los límites del arte a partir de una trama casi de thriller. Narra la fascinación de un joven e inseguro estudiante de Bellas Artes por el oscuro, polémico y famosísimo Jacobo Montes. Se convierte en su ayudante y acaba desengañándose y pensando que Montes es un farsante y un hijo de la gran puta. O no. Porque el final (muy logrado) conduce a una paradoja lógica, que es donde parecen estamparse todos los debates sobre el arte contemporáneo. No la desvelo.

Creo que las mismas dudas que plantea sobre la cuestión social del arte podrían trasladarse al reporterismo de guerra. ¿Hasta qué punto la supuesta denuncia del dolor y la injusticia del mundo no es más que la carcasa de dignidad de un espectáculo indigno y amoral?

Déjenme que les cuente un poquito de la novela para ilustrar esto, sin desvelar demasiado. Montes quiere montar un proyecto artístico sobre la inmigración en la ciudad de provincias donde transcurre la novela (Murcia, qué hermosa eres, aunque no se nombra a Murcia, sólo los de la gala de TVE se atreven a nombrarla). En la investigación previa, el protagonista, Marcos, contacta con un inmigrante de Malí que ha contado su odisea en un diario personal. Ha narrado su viaje y sus penurias en Murcia en cuadernos, hojas recicladas y servilletas, y lo ha hecho en su idioma natal. Jacobo Montes le quiere comprar ese diario por dos duros para exponerlo tal cual. Sin traducirlo. No le interesa lo que pone, le interesan las hojas como concepto artístico.

Montes, obviamente, compra el relato personal del inmigrante para convertirlo en otra cosa. No le importa el relato porque él ya tiene una idea clara sobre la vida de esa persona, y sabe que es la misma idea que tiene el público que irá a la exposición. Las palabras del africano pueden contradecirlas. O no. ¿Qué más da? Al arte no le importa la voz de un inmigrante, sino lo que un artista ha pensado sobre el inmigrante, aunque no se haya molestado en conocer a ese inmigrante.

¿No hace justamente eso el periodismo de guerra? ¿No compra relatos ajenos para que encajen en los prejuicios del público? ¿No es eso una forma de robar la voz de los demás, de quienes no tienen más remedio que vender su propia historia a cambio de nada?

Como ven, el debate que abre Hernández es muy elástico y llega muy lejos. Mucho más que cualquier parodia. Porque apela a sujetos que se sienten interpelados. Los lectores de Stieg Larsson, en cambio, nunca se sentirán interpelados por mi amigo Miguel Serrano. Todas sus buenas intenciones se estrellarán en una carcajada. En cambio, Hernández hurga en una llaga que sí duele. Por eso se ha puesto serio para escribir esta (buena) novela llena de sugerentes pensamientos.

Tras leerla, pensé en Baudelaire y su hipócrita lector. Hernández le habla al hipócrita espectador. A ese que sale de la Tate Gallery supercomprometido contra el drama de la ablación del clítoris o contra los niños soldado o contra el consumismo o contra lo que toque superdenunciar esta temporada. Y como Baudelaire, le apostilla: hipócrita espectador, mi semejante, mi hermano.

(A mí, esto me ha motivado una reflexión de índole mucho más personal sobre los relatos personales y su percepción. La contaré en otro post.)

SEGUNDO ROUND

(Pospongo un día el comentario sobre Intento de escapada. Ya son dos los artículos que les debo. Se me amontona el retraso.)

La semana pasada, Rosa Villacastín dedicó una amable, emocionada y cariñosa columna a La hora violeta (leer aquí). En ella decía que salió a buscar mi libro por los puestos de Sant Jordi en Barcelona: «Me costó encontrarlo porque estaba recién salido de la imprenta». Sí que está recién salido, pero lo que pasaba en realidad era que se estaba agotando. Un mes después de su lanzamiento, Mondadori acaba de anunciar la segunda edición, que llegará a las librerías muy pronto, y yo quería aprovechar esta ventanita que abro casi a diario para agradecerles la parte de culpa que tienen. En una época donde los libros se pelean entre sí para encontrar un hueco en las mesas de novedades de las librerías, y apenas duran unos días en ellas para dejar paso a otros, una reedición tan temprana de un libro íntimo y escrito en clave menor es un motivo de celebración. Por ello, gracias.

El anuncio coincidió prácticamente en el tiempo con este artículo de Jenn Díaz en su blog (tengo que apostillar: la jovencísima Jenn Díaz, talento precocísimo de la literatura patria) que, más que sobre La hora violeta, habla sobre Pablo. Creo que es muy representativo de la forma en que muchos lectores han adoptado a mi hijo y lo han incorporado a sus vidas. Nadie, hasta ahora, había expresado ese sentimiento con la intensidad, precisión y belleza de Jenn. Por ello, gracias también (se puede leer la entrada pinchando aquí).

Dice Jenn:

«De la misma manera que los padres de los niños calvos miran a sus hijos y reconocen los cables y las bombas pero las asumen, yo asumo a Pablo y hablo de él impúdica y sé que en el fondo no hay otra manera que ésta, el acercamiento. Veo todo lo que rodea a Pablo y lo enumero, le doy el nombre que tiene, y así es como respeto a Pablo y lo que le pasó a Pablo.»

Ya ven, la cosa hoy iba de gratitudes y amores. Ese lado oculto de la literatura que tan pocas veces dejamos asomar.

JOVEN MELENUDO

(Nota al margen: sé que les debo una segunda parte de este post, y como alcalde suyo que soy, se la daré, pero no ahora. He tenido días de mucho ajetreo, ruego disculpen mi indolencia bloguera y que prefiera escribir antes de otras cosas que a mí me interesan más. Y como este blog trata fundamentalmente de mis intereses y caprichos, a ellos me entrego.)

Dicen los troleros de la internet (troleros porque son trolls, que es la versión virtual de un vocal de una junta de vecinos o de tu compañero de curro cotilla que se pasa la jornada laboral apoyado en la máquina de café, pero troleros también porque emplean buena parte de su actividad en contar trolas enormes) que estos escritores jovenzanos consumen el día dándole al tuiter y al feisbuc y a los blogs y tralarí que te vi, y que con tantas distracciones, ni escriben ni nada, y lo que escriben es una porquería porque no le dedican tiempo, ya que están todo el día dándole al tuiter y al feisbuc y a los blogs y tralarí que te vi.

Los viejos de mi barrio también nos reprochaban que estuviéramos todo el día fumando porros y bebiendo litronas y qué barbaridad, qué juventud esta, vagos, melenudos y piojosos. Quinquis, nos llamaban los más desactualizados.

Yo siempre he preferido los insultos decimonónicos: petimetre, pollopera y cosas así.

Hombre, no diré que no hubiera genuinos vagos en aquellas pandas de mi adolescencia. Incluso no me extrañaría que alguno hubiera acabado en la cárcel. Pero el año pasado me encontré a uno de subdirector de una cosa guay de nuevas tecnologías y democracias varias. Otro (cuyo mayor logro intelectual en el instituto fue intentar escribir un eructo en una partitura) es doctor en física teórica por una universidad alemana y se dedica a investigar líos muy raros. Y otra anda por el norte de Europa haciendo no sé qué cosas de ingenierías.

Incluso uno de ellos, el que tenía pinta de más vago, se hizo escritor.

En nuestra aún corta vida, una parte de esa panda de perezosos porreros ha estudiado y trabajado más que todos esos vecinos gritones y moralistas juntos.

Pues algo parecido pasa con los jóvenes escritores y sus furibundos detractores: que aquellos no paran de escribir y publicar libros. Y cuanto más les acusan de dedicarse a las redes sociales en vez de a escribir, más libros sacan. Su productividad literaria, por lo general, es muy superior a la de otros escritores más viejunos con quienes se les compara. Para pasarse el día fumando porros en tuiter y para tener un pensamiento fragmentario y ser incapaces de elaborar un pensamiento complejo, como insisten los apocalípticos integrados, no dejan de parir libros de ambiciosa carga intelectual.

A mí, qué quieren, me gusta descubrir a contemporáneos míos que escriben libros más que interesantes, que impugnan los lugares comunes sobre la inanidad de las jóvenes promesas (o de las jóvenes realizaciones). Me hace sentirme acompañado. Y, ADSL mediante, me permite tener cierta conciencia de pertenecer a una generación literaria. Tuiter nos consiente llevar una camaradería letraherida mucho más saludable que la de las viejas tertulias del novecientos. Porque, en tuiter, nadie va a pegar un sablazo a nadie y nadie ha de pelotear a nadie a cambio de que le pague el café con leche.

Me ha pasado con Miguel Ángel Hernández, un murciano dos años mayor que yo que acaba de publicar su primera novela en Anagrama (aunque ha publicado siete libros anteriores, entre colecciones de relatos y ensayos de crítica de arte). Su Intento de escapada comparte estos días mesa de novedades en muchas librerías con La hora violeta. En tuiter, compartimos bromas y chismes. En persona, por desgracia, aún no hemos compartido ni una triste cerveza. Pero todo se andará.

intento de escapada

Hablaré en el siguiente post de este libro, una novela “de ideas” (sea lo que sea eso). Una novela sobre el arte contemporáneo, que incita a pensar sobre cuestiones que, quizá, sólo interesen a cuatro melenudos que fuman porros y beben litronas en la plaza. Porque eso somos los escritores (jóvenes) para el mundo: tipos ociosos que pierden la tarde con asuntos que no le importan a nadie. Siempre que no hablemos muy alto, nos tolerarán y no nos tirarán lejía por la ventana. Porque, para el mundo real, ese que compra los libros de Albert Espinosa y come yogures Activia, escribir novelas, en sí mismo, es una enorme y pedante gilipollez. Y si, encima, esas novelas tratan sobre el arte contemporáneo, es una gilipollez insultante.

Lo que quizá les sorprenda es que uno de esos jóvenes porreros esté dispuesto a darles la razón en parte. Página 194 de Intento de escapada:

«Lo que hacía Montes [el artista antagonista de la novela], al final, era arrojar más mierda al mundo.»

Quizá nosotros lo hagamos también: arrojamos mierda a un mundo saturado de ella. Pero no se nos puede reprochar pereza ni inanidad.

Otro día seguimos con esta novela, que merece un post por sí sola.

COLOQUIO VIOLETA

Están ustedes sobradamente invitados. Será bonito, Iguázel es lo que se dice una gran “comunicadora” (aunque nunca he sabido muy bien qué es eso, pero lo pueden intuir: tiene el don de saber hablar muy bien y transmitir con gracia muchas cosas) y yo, como estaré entre amigos, me explayaré y disfrutaré de la velada. Tanto si han leído el libro como si no, es una buena oportunidad para acercarse a él. Les espero.

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PS.- Por cierto, gracias de nuevo a todos los que se acercaron ayer a los distintos lugares donde firmé ejemplares. En dos librerías, se agotaron. Me abrumó tanto cariño, de verdad, pero no quería dejarlo sin agradecer.

SEMANA VIOLETA

Empieza una semana agitada, tras la cual, creo que me tomaré unas vacaciones de mí mismo. Les pongo aquí una agenda, por si les apetece unirse a alguna de las actividades. Todas en Zaragoza y alrededores, no me voy lejos. Serán bienvenidos.

El 23 de abril, Día del Libro, estaré firmando ejemplares de La hora violeta todo el día en Zaragoza. En varias localizaciones donde podrán fácilmente encontrarme. Se las detallo:

  • De 11.00 a 12.30, en el puesto de Librería Cálamo.
  • De 12.30 a 14.00, en el puesto de Los Portadores de Sueños.
  • De 17.00 a 18.30, en el puesto de Librería Antígona.
  • De 18.30 a 19.30, en Fnac Plaza España.
  • De 19.30 a 20.30, en el VIPS de Plaza Aragón.

El miércoles 24 me lo tomaré hogareño, después de tanta calle, y el 25, jueves, a las 19.30, estaré en el fórum de la Fnac Plaza España, donde entablaré un coloquio con la palabrista Iguázel Elhombre sobre La hora violeta (más información, aquí). Ya que las presentaciones suelen coincidir con el lanzamiento del libro y quienes asisten no suelen haberlo leído, esta es una oportunidad para que, quienes ya lo han leído, puedan participar en un debate y plantearme las preguntas que quieran o discutir los aspectos que les apetezca. Y, para quienes no lo han leído, una forma de acercarse al texto y animarse a bucear en él. Es, en fin, una excusa para encontrarnos y charlar un rato.

Y, al día siguiente, 26 de abril, voy a la vecina Huesca, donde el entrañable músico Juanjo Javierre presentará (a las 20.00) La hora violeta en la venerable y ya castiza Librería Anónima (más información, aquí). Una ocasión para encontrarse con los amigos oscenses, que espero que acudan.

Así que, si no se han atrevido aún a adentrarse en el libro, tienen esta semana sobradas ocasiones y encuentros con su autor. Pero, por si esto no fuera suficiente, les cuelgo citas de las cosas que se han dicho de él en los medios literarios (ante las cuales, les confesaré, no puedo más que sentirme un poco abrumado; no incluyo enlaces porque me siento muy perezoso, pero todas estas citas son fácilmente verificables, Google mediante. No invento ni una palabra):

«Con un estilo marcado por la cercanía de la voz narradora, Del Molino consigue que la emoción del lector se despoje de esa perplejidad que puede resumirse en una pregunta: ¿por qué contar algo así?, ¿por qué publicarlo?»

Javier Rodríguez Marcos, El País

«La literatura del dolor y el relato de “no ficción” se enriquecen notablemente a partir de este momento con la obra de Sergio del Molino.»

Ricardo Senabre, El Cultural de El Mundo

«El libro es excepcional. Humana y literariamente. Pese a que pueda parecer lo contrario, no es fácil escribir un libro bueno con este material. A veces la intensidad de la experiencia nos llena la boca. Y eso mata a la mejor literatura.»

Marta Sanz, El Confidencial.com

«Sergio del Molino ha escrito su mejor libro: conmovedor, contenido y amoroso, un libro sobre la paternidad, sobre la frescura y la inocencia de Pablo, un libro de amor.»

Antón Castro

«Es una obra durísima, pero también una obra hermosa que no va a dejar indiferente absolutamente a nadie.»

Óscar López, Página 2 (TVE)

«Sergio del Molino ha convertido el sufrimiento en un texto de altura que pone en tela de juicio todos los tópicos y metáforas que solemos manejar a la hora de hablar del cáncer, pero que no presenta ninguno de los síntomas de esa otra enfermedad que tantos estragos está causando en la literatura contemporánea: la sensiblería.»

Álvaro Colomer, Micro-revista

«Existen algunos modos de vengarse de la muerte. Uno es reírse de ella. Otro es obviarla, hacer como si no existiera. Otro es encararla sin ambages. La hora violeta también es la gran venganza de Sergio contra la muerte de su hijo. Los lectores acabamos enamorados de Pablo y ese amor es la mejor garantía de que Pablo nunca se irá. El año pasado Sergio y Cristina fueron padres de Daniel. Cuando Daniel pueda leer La hora violeta sabrá por qué su hermano se ha convertido en un ser inmortal.»

Luis Alegre, Heraldo de Aragón

NOT IN MY GARDEN (PRIMERA PARTE)

Hoy les voy a contar una historia local que ni siquiera interesa a los locales de esta ciudad, pero debería interesar a todo el mundo, pues, si no me equivoco mucho (parafraseando a Samuel Beckett, procuro equivocarme siempre, pero cada vez un poco mejor), la moraleja de esta pequeña fábula nos dará escalofríos cuando contemplemos el paisaje arrasado de nuestro mundo del mañana.

Zaragoza, como otras ciudades, creció mucho en los últimos veinte años. En menos de tres lustros, prácticamente duplicó su extensión edificada. Si comparamos un plano de la ciudad de 1993 con otro de 2013, parece que el segundo se ha comido al primero. Lo mágico del asunto es que la población lleva estancada desde los años setenta. Apenas ha crecido un poco en treinta años, por lo que los vecinos hemos ganado en espacio vital. Vivimos más anchos, sin olernos el sobaco unos a otros. Se inauguraron tantas calles, que se acabaron los próceres, los accidentes geográficos y los hechos históricos para nombrarlas. El nomenclátor se abrió así a títulos de películas (calle Atraco a las tres o calle El Séptimo Sello) o de videojuegos (esto se intentó, pero no coló, los vecinos se mosquearon).

Muchos de los nuevos barrios de la ciudad fueron proyectos de VPO. No todos los barrios ni todas las viviendas de los barrios, pero sí una parte considerable de los mismos. El extrarradio se llenó entonces de parejas jóvenes con sueldos no muy altos, pero tampoco miserables. Crearon, por tanto, zonas homogéneas: treintañeros con hijos o a punto de tenerlos; currantes del sector servicios, funcionarios y asimilados con pocas diferencias de poder adquisitivo entre ellos. Más allá de que unos vecinos serán del Barça y otros del Madrid, los nuevos barrios pronto dejaron de ser simples dormitorios y devinieron comunidades sorprendentemente fuertes. Ayuda mucho que, entre las cosas que comparten sus moradores se encuentre la nacionalidad: hay pocos extranjeros, y los que hay, están notabilísimamente integrados en la cultura española (por eso han ganado una VPO).

Ejemplo de típica vivienda de VPO zaragozana.

Ejemplo de típica vivienda de VPO zaragozana.

Los extranjeros se han quedado en los barrios obreros tradicionales de los que proceden mayoritariamente estos jóvenes moradores de extrarradio. Unos barrios que ya no reconocen, llenos de locutorios, bazares chinos y bares de música latina. En sus nuevos barrios hay tabernas irlandesas, supermercados grandes con cajeras que llevan a sus hijos a la misma guardería que sus clientes y cafeterías que no regentan chinos.

Típico supermercado de barrio de extrarradio zaragozano.

Típico supermercado de barrio de extrarradio zaragozano.

Son ciudades-jardín del siglo XXI. La vieja utopía socialista decimonónica hecha realidad gracias a la burbuja inmobiliaria. Uno de esos barrios (el que nos ocupa), incluso tiene un nombre que recuerda a aquellos pseudofalansterios: Rosales del Canal. La vegetación, la naturaleza, el campo. La negación de la ciudad misma mediante la propia ciudad.

Pero, como todas las ciudades-jardines, quedaban lejos. Y, al principio, no había transporte público. Ni farmacias. Ni escuelas. Ni un centro de salud. Los vecinos descubrieron que les faltaban cosas muy básicas que les negaban por estar lejos del centro. Y como esos vecinos eran muy afines y desde el principio desarrollaron un sentido de la comunidad muy fuerte (desde antes incluso de mudarse, desde que coincidieron en las primeras reuniones de la cooperativa que construía los pisos), hicieron piña para pedirle al alcalde todas esas cosas. Y el alcalde, dado que eran muy insistentes, muy jóvenes y tenían mucha energía, no pudo negarse y aceleró el ritmo de construcción de cositas básicas.

Modernos medios de transporte público al servicio de los nuevos barrios.

Modernos medios de transporte público al servicio de los nuevos barrios.

Descubrieron pronto el poder de la piña y de hablar bien español. Saber rellenar una instancia ante la administración correspondiente y que alguien conociera a otro alguien que trabajaba en un periódico ayudaba mucho a su causa. En barrios históricos hechos mierda, los vecinos también se quejaban. Por ejemplo, en el viejo Gancho. Allí faltan tantas cosas como en los nuevos barrios y, encima, hay solares llenos de ratas, casas que se hunden y huelen a moho y orín, y calles sin farolas que por la noche parecen el culo de un lobo. Pero sus vecinos (¡ay!) o bien son muy viejos y no saben quejarse más que a sus nueras, o bien son extranjeros y aunque se quejan no se les entiende. O bien son muy pobres y muy delincuentes y sólo saben quejarse ante el juez de guardia que les condena regularmente (en unos juzgados que están convenientemente cerca: en un barrio pobre no habrá bibliotecas públicas, pero nunca ha de faltar nunca una buena comisaría y una buena sala de lo penal).

Sólo cuando los bobos (bourgeois bohèmes, que unos días van en bici y otros huelen bien, como en Amanece, que no es poco, pero siempre con barba y camisa a cuadros, como yo) se hicieron fuertes en áticos rehabilitados y en tiendas monísimas, empezaron a cambiar un poquito las cosas en esa zona del Casco Histórico. Porque los bobos saben rellenar instancias y no sólo tienen amigos en los periódicos, sino que, a menudo, trabajan en ellos.

El típico bobo que unos días va en bici y, otros, huele bien.

El típico bobo que unos días va en bici y, otros, huele bien.

No hay bobos en Rosales del Canal. O no se dejan ver mucho. El look del vecindario es mucho más conservador y homogéneo. Más oficinista-banquero: camisas sin cuadros por dentro del pantalón, caras afeitadas, cabellos peinados. Así que no reclaman mestizaje, sino preservar su homogeneidad. Por eso se rebelan contra cualquier cosa que la amenace.

Un típico y respetable vecino de Rosales del Canal, reaccionando ante la amenaza que se cierne sobre su barrio.

Un típico y respetable vecino de Rosales del Canal, reaccionando ante la amenaza que se cierne sobre su barrio.

Y el ayuntamiento es siempre una grave amenaza.

El ayuntamiento de Zaragoza reserva lotes de terreno en los nuevos barrios para usos sociales gestionados por entidades ajenas al consistorio. Estas presentan proyectos y piden licencias para empezar su actividad en ellos. En Rosales del Canal, la ONG Remar quiere construir un centro de atención a drogodependientes.

Y ha sido entonces cuando los vecinos, invocando a sus propios hijos (“¿y los niños, es que nadie va a pensar en los niños?”, grita la esposa del reverendo en un capítulo de Los Simpson), han puesto el grito en el cielo. No en el cielo evangelista de Remar, sino en el suyo propio, azul y hasta el momento limpio. Han abierto todos los canales de protesta y resistencia existentes —incluyendo un intento de ponerse delante de las excavadoras—, sin éxito. El Tribunal Superior de Justicia de Aragón les ha dicho que su protesta no ha lugar, que no tienen capacidad ni razón para exigir que no se construya ese centro y se levante una ludoteca municipal en su lugar (“¿y los niños, es que nadie piensa en los niños?”). El ayuntamiento ha dicho lo mismo y, según asegura el consejero de urbanismo, ha ofrecido a los vecinos hasta tres solares en el mismo barrio para construir la ludoteca que reclaman. Los tres han sido rechazados.

La protesta empezó con léxico comedido y eufemístico, pero, conforme se han ido agotando las vías, se ha ido haciendo más bronca. No quieren drogotas en su barrio. Dicen abiertamente que esto va a crear mucha inseguridad junto a un parque con columpios (“¿y los niños, etcétera?”), que es una forma muy poco sutil y poco eufemística de decir: aparta a ese andrajoso drogota de mi hijo. Y el otro día escuché un argumento que confirmó mis sospechas. Un argumento que se estaban guardando para cuando la situación fuera desesperada: dijeron que no querían que se instalase en su barrio una organización que no cree en la igualdad entre hombres y mujeres.

Como si hubiera alguna organización en España que creyera en eso, empezando por Inditex y El Corte Inglés.

Acabáramos.

Remar es una organización ligada a varias iglesias evangelistas que está presente en muchos países. En la práctica, es una especie de Cáritas protestante, y hace las mismas cosas que Cáritas o que cualquier organización misionera católica: ayuda un poco a los pobres a cambio de sermonearles un rato con dios y sus cosas. En España, hasta que llegaron los inmigrantes, la feligresía de la iglesia evangélica estaba compuesta mayoritariamente por gitanos. Y siguen siendo su núcleo duro. Quienes animan Remar son gitanos, y gitanos son los favorecidos por su ayuda. En buena medida, claro.

Una vocal de la junta de Remar toma la palabra en la última reunión.

Una vocal de la junta de Remar toma la palabra en la última reunión.

Así que, sabiendo esto, la protesta queda expresada de la siguiente manera: no queremos drogotas gitanos en nuestro barrio.

Dicho así, suena muy fea, pero cualquiera puede deducirlo de los argumentos que ellos mismos exponen.

Siguiendo con el razonamiento lógico, deducimos que no les parece mal la existencia de Remar, de los drogotas o incluso de los gitanos, siempre que esa existencia no se lleve a cabo en su barrio, junto a sus niños.

Esto, en el mundo anglosajón, es una típica protesta NIMG. Not In My Garden (no en mi jardín). Una forma de queja de blancos suburbanos que establece, sin miedo a la hipocresía, que no están en contra de las cosas feas del mundo, siempre que esas cosas feas estén fuera de su vista y no estropeen sus jardines. Yo no soy racista, pero prefiero que los negros vivan en sus barrios, donde pueden poner el rap a tope sin molestarme a mí. Es decir: todo me parece estupendo si no me incomoda y no lo veo. Que lo sufran y lo vean otros.

Es muy diferente a otras formas de protesta. Por ejemplo, en los años noventa, la Comunidad de Madrid planteó la construcción de una gran incineradora de basuras en la localidad de Valdemingómez. Los vecinos de los pueblos de alrededor, encabezados por los de Rivas-Vaciamadrid, emprendieron una campaña muy insistente de protestas contra el proyecto. Pero contra ese y contra el modelo de gestión de residuos. No pedían que se llevaran la incineradora siete pueblos más lejos para que a ellos no les llegara el olor, sino que planteaban alternativas, que nadie tuviera que sufrir ese tipo de infraestructuras. ¿Ven la diferencia entre no quererlo en tu jardín y no quererlo en el de nadie del mundo? ¿Ven la diferencia entre el egoísmo y el activismo genuino y solidario?

(Nota al margen: el símil con la basura es deliberado, pues los vecinos de Rosales del Canal que se expresan en esos términos hacia la infraestructura que no quieren en su barrio tratan a los drogodependientes como si fueran residuos sólidos urbanos, los infrahumanizan)

Porque las urbanizaciones habitadas por militantes NIMG son ciudades-jardín, falansterios (socialistas o no), reductos casi monacales construidos contra la hostilidad del mundo. Utopías urbanísticas que no pueden ser contaminadas por la corrupción mundana.

Si esto no les ha parecido suficientemente polémico, esperen a la segunda parte de este texto, la que mola de verdad, en la que haremos un viaje a la Alemania de finales del siglo XIX y principios del XX para descubrir en qué terminaron los precedentes de las protestas NIMG. Cuando, por ejemplo, los obreros bien sindicados, socialistas y sanotes de Berlín, decidieron que no querían que en su barrio hubiera una sinagoga por la que entrasen y saliesen judíos siniestros con largas barbas que asustaban a sus niños.

¿Saben cómo acabó esa historia? Yo sí, y se parece mucho a la nit de foc de las fallas, con muchas mascletàs. Aunque a nadie le pareció bonito el final.

BARÇA/BARZAJ

Según el islam, el barzaj es una especie de sala de espera donde el alma, ya separada del cuerpo tras la muerte de este, se sienta modosita a aguardar la llegada del juicio final. Una versión musulmana del limbo cristiano.

Según la Wikipedia, muchos inmigrantes africanos se refieren metafóricamente a su viaje hacia Europa como su barzaj. Un brazaj encarnado.

Barzaj es también el título del segundo acto de Calle de los Ladrones, la última novela de Mathias Énard. Ricardo Llodosa y yo charlaremos de ella con su autor esta tarde en la librería Cálamo de Zaragoza (a las 20.00).

Hablaremos del barzaj y de los viajes de Ibn Battuta, de Tánger y del Raval, de los cuerpos desnudos de nuestras primas y del origen de la violencia. Vengan si pueden, pasaremos un rato entretenido.

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TRUEQUE

Artículo dedicado a David Deza, my hero

Hace unos días, me quedé con la letra S pegada al dedo. Me acababa de cargar otro teclado. Los rompo con más facilidad que las zapatillas. Porque los uso más y con más pasión. Escribo como el fantasma de la ópera, aunque me da a mí que los fabricantes de cacharricos informáticos se pasan un pelo con la obsolescencia programada. Yo soy un escritor intensivo, le doy mucho al teclado, pero es que esta informática low-cost no está hecha para la literatura. Luis Goytisolo acaba de ganar el Anagrama de ensayo con un libro sobre la muerte de la novela. O algo así. Pero no se equivoquen: a la novela no la ha matado la postmodernidad, ni el mercado editorial, ni siquiera los hipócritas lectores o la promulgación de la Logse. La novela, si es verdad que ha muerto (porque los teóricos llevan más de un siglo celebrando su muerte, y digo celebrando, porque no percibo tono fúnebre en sus proclamas, parece que se alegran, los hijoputas), lo ha hecho víctima de la informática.

La máquina de escribir, prima hermana tecnológica de la ametralladora, era una buena herramienta literaria. Sobre todo, las primeras. Esos armatostes de hierro imponentes, que musculaban los dedos de quienes los usaban y hacían un ruido de estampida africana. Su tecleo servía para que los vecinos del bloque supieran que allí vivía un novelista, que un ser titánico y atormentado estaba escribiendo una puta obra de arte. Imponía respeto, situaba en el mundo al escritor. Pero llegó la informática, y con ella, el fin de la novela. Porque los teclados de hoy no resisten un Guerra y paz o una Anna Karenina. ¿Se imaginan a Tolstoi intentando escribir el primer polvo entre el impetuoso Vronsky y la atribulada  Anna con un tecladito del Mediamarkt? Desguazaría uno en cada párrafo. Sus dedazos apasionados romperían las teclas de plástico en cada frase. Al final, desistiría. Aunque él escribía con pluma y en su dacha campestre, como debe de ser, no me cuesta imaginarme al barbudo Tolstoi disfrutando como un energúmeno maltratando una robusta Underwood o una imponente Woodstock, que ni se inmutarían ante los embates digitales del genio ruso. Pero no me lo imagino con un portátil de colores con la manzanita de Apple, sentado en una cafetería rollo Starbucks y dando sorbitos a un café latte.

Así no hay quien escriba grandes novelas rusas. Con los ordenadores de hoy podemos tuitear, escribir chorraditas en blogs como este o contar nuestras tontadicas de cuando estuvimos de erasmus en Eslovenia y nos atrevimos a follar sin condón con una doctoranda de filología hebrea porque estábamos muy locos y la vida nos parecía eterna y el alcohol era abundante y barato. Pero las sagas familiares se nos quedan grandes. Cualquiera se pone a contar el incendio de Moscú en un ordenadorcito de esos que se desarman con mirarlos.

Hemos perdido en fuerza narrativa, pero hemos ganado, sin embargo, en humanidad. Cuando me cargué mi último teclado, que se ha roto por la inicial de mi nombre, la S, dije en Twitter que me disponía a escribir una novela perecquiana, que mi siguiente libro no tendría la letra S. Ni siquiera la letra s, en minúscula. Pero un alma caritativa, un tuitero informático, consciente quizá de mis limitaciones expresivas, se apiadó de mi miseria y se ofreció a regalarme un teclado nuevo a cambio de que yo le dedicase un ejemplar de la novela que escribiera con él.

Trueque. Solidaridad por trueque.

No me lo tomé en serio porque, ¿quién se iba a tomar tantas molestias por un pobre novelista? A los novelistas se nos insulta y se nos veja, que para eso estamos. Y, cuando se nos ha insultado y vejado lo bastante, se nos da un premio para que dejemos de lloriquear. Pero nadie nos regala teclados. Nadie nos regala nada porque ya bastante fama de vagos tenemos, que pensamos que el pijama es ropa de trabajo. Por eso me emocionó mucho recibir una caja con un teclado Logitech inalámbrico con el que estoy escribiendo este post. Para mí, es como un premio literario: un lector, horrorizado quizá ante la idea de que mi siguiente novela no tenga eses, me echa un capote para que no abandone tan pronto mi carrera literaria o no la tire por el inodoro.

A la novela le queda mucha vida por delante si los lectores se preocupan de que los novelistas tengan teclados para escribirlas. Chúpate esa, Goytisolo.

Otros tendrán más fama, más fortuna, más doctorados honoris causa y más necrológicas firmadas por Juan Cruz. Pero yo tengo lectores que me regalan teclados. Y eso, para mí, es el éxito mayúsculo. Millones de gracias, David Deza, prometo escribir algo profundo y honesto con él. Qué grande ha sido este detalle.

INDIGNACIÓN

«La indignación (de la cual había oído hablar vagamente en internet) no me parecía un sentimiento muy revolucionario, sino una cuestión de señoras mayores apropiada más que nada para que te hinchen a palos, un poco como si un Gandhi sin proyecto ni determinación se sentase un buen día en la acera porque estaba indignado por la ocupación británica, fuera de lugar».

Mathias Énard
Calle de los ladrones

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[Minuto publicitario: el martes 16 de abril seré uno de los honrados presentadores de esta novela de Mathias Énard en la librería Cálamo de Zaragoza.]

No sé si la indignación es de señoras mayores, pero, desde luego, de señores mayores, sí.

Por ejemplo.

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O, por ejemplo.

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Ambos, R. I. P. Con muy poquito tiempo de diferencia. Se indignaron a la vez y se despidieron casi al unísono.

FRUTO SECO OFICIAL

Hay días en que el cosmos me envía señales. Me dice: «Sergio, recupera ese aborto de blog sobre carteles y pintadas callejeras que empezaste hace mil años». Yo no escucho y sigo caminando, pero a veces las llamadas son ensordecedoras.

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Anda, Pauner, ya te vale, que vas a dejar el Everest hecho un asco de cáscaras de pipas.

Aunque nótese que es un fruto seco oficial. Una solo. Ni un puñado le dejan llevarse. Porque es un héroe moderno, un Prometeo del siglo XXI. Un solo anacardo le da energía suficiente para trepar el Everest y lo que se le ponga por delante.

Otro detalle que me gusta es que señalan, de los dos elementos de la fotografía, cual es el Everest y cual el montañero Carlos Pauner. No vayamos a confundir montaña y montañero. Que quede claro quien es quien.

¿POR QUÉ ESCRIBO LO QUE ESCRIBO?

Creo que uno de los factores fundamentales que han hecho de mí un lector yonqui es que mis padres nunca se esforzaron mucho por orientarme o “graduarme” las lecturas según la edad. En mi casa no había una gran biblioteca, pero había libros. Incluso algunos buenos libros. Lo más destacado del boom latinoamericano (incluyendo una Rayuela color crema que ahora está en mi biblioteca, junto con otros volúmenes que me he ido cobrando como adelanto de la herencia), cuentos de Borges, clásicos del siglo XIX, lo fundamental de la narrativa española más obvia de los años sesenta, setenta y ochenta (de los Delibes y Celas a Juan José Millás, pasando por Juan Marsé o algo de los Goytisolo) y un puñado de bestsellers comprados cuando mi madre era socia del Círculo de Lectores (El nombre de la rosa, Flores en el ático, La casa de los espíritus…). No era, desde luego, la sala de lectura de un príncipe ruso blanco, pero había muchos más libros de los que veía en las casas de mis amigos del cole y del barrio. Los suficientes como para incitar a la exploración literaria.

Yo dejé muy pronto de leer los Barco de Vapor. Me aburrían mucho, me parecían condescendientes, y mis padres se cansaron pronto de comprármelos. No dijeron nada cuando empecé a coger libros demasiado complicados, demasiado obscenos o demasiado demasiado para mi edad. Nunca me quitaron un libro de las manos argumentando que era para mayores ni tampoco me ofrecieron una alternativa más comprensible. Me dejaban equivocarme. No sé si por desidia o por voluntad pedagógica. No importa la razón, importan los resultados. Muchas veces, no entendía de qué iban esos libros que hablaban de sentimientos, emociones y cuestiones filosóficas que estaba muy lejos de experimentar o plantearme. Me perdía en tramas demasiado difíciles para un chaval. Se me escapaban casi todas las claves. Pero había algo que me incitaba a seguir leyendo. Unas veces era la terquedad, mi incapacidad para reconocer que no me estaba enterando de una mierda, pero la mayoría de las veces seguía pasando páginas porque no podía sustraerme al embrujo de las palabras encadenadas, a la belleza que aquellas frases, puestas unas detrás de la otra, generaban en mi cabeza. Entonces, no sólo no me importaba no entender de qué iba el libro, sino que aquella incomprensión, aquel misterio esencial, se convirtió en la mayor fuente de placer.

Si te obligan a leer El Aleph con once años, probablemente matarán para siempre cualquier rastro de afición literaria. Pero, si a los once años lo coges voluntariamente y avanzas por sus páginas cada vez más extrañado y aturdido, hay muchas posibilidades de que estés asistiendo al comienzo de una pasión que sellará para siempre tu identidad. Por eso, hoy soy un lector yonqui, porque leer El Aleph con once años y no entenderlo, pero fascinarse por él, es muy parecido a drogarse: la misma alucinación, el mismo descontrol psíquico, los mismos hormigueos. Y, por supuesto, la misma pulsión adictiva: a partir de entonces, siempre querrás más, y siempre andarás buscando esas sensaciones que (¡ay!) jamás recuperarás. Porque, cuanto más lees, más entiendes, y cuanto más entiendes, menos se parece la experiencia a un chute de LSD (eso sólo lo descubres cuando pruebas el LSD y puedes comparar ambas experiencias, claro). Gozas de otras cosas, quizá con mayor provecho, aunque con mucha menor intensidad. Y si, como yo, te acabas profesionalizando en esto de la literatura, el disfrute muta para siempre, porque cada mala frase y cada defecto te arañan las córneas, a veces hasta desgarrarlas.

Pero no era eso de lo que quería hablar, sino de cómo aquella fue la primera lección de libertad que recibí en la vida. Descubrí que era absolutamente libre para leer o para no leer aquellos libros. Nadie me obligaba a leerlos, pero nadie me lo prohibía tampoco. Sólo la curiosidad era mi pie forzado. Desde entonces, he entendido la literatura como el único reducto absoluta y radicalmente libre de mi vida. Y la sigo entendiendo así como escritor.

He vuelto a pensar en ello durante la promoción de La hora violeta. No tanto en las entrevistas o en los encuentros con los lectores, sino en algunos comentarios que he visto por ahí. Muchas veces, comentarios de personas que ni han leído el libro ni tienen intención de leerlo, pero cuestionan su pertinencia. No hago caso a envidias ni me voy a poner a responder a insidiosos anónimos. Allá ellos. Sólo me fastidia tener que encontrármelos cuando me saltan las Google Alerts. No va con ellos la cosa, sino de una actitud de fondo que percibo y que resumo en un título y en un comentario de un blog.

El comentario de un bloguero literario cuestionado por un lector sobre si piensa leer y reseñar La hora violeta:

Uff. Iba a leer “La hora violeta” aprovechando que lo tenía una amiga, hasta que supe de qué iba. Ahora ya no sé, la verdad. Es que esos temas me parecen muy bien como terapía, pero no veo porqué tengo que “pagarla” yo.

El título es el de la serie que dedicó Lector Mal-herido a algunos títulos de literatura de duelo (entre los que incluyó el mío) y que enunció así:

¿Qué hago yo con tu dolor?

Tanto el comentario como el título pueden traducirse:

¿Por qué me cuentas tus penas, que son tuyas y no tengo por qué aguantarlas?

La pregunta «¿qué hago yo con tu dolor?» sólo me parece pertinente si se plantea en modo retórico y se la hace el lector a sí mismo. Si es una interpelación del lector al autor, está fuera de lugar. Y lo mismo sirve para el comentario (al margen de ese “terapía” y ese “porqué” que me desgarran las córneas). Ni yo ni ningún autor de un libro de duelo os está contando a vosotros nada ni espera absolutamente nada de vosotros (un vosotros genérico, que abarca a la humanidad entera; ya que declinamos en vocativo, declinemos a lo bestia). Escribir un libro es lo contrario a importunar a alguien con ninguna pena. A no ser que el libro sea el rojo de citas del camarada Mao Tsé-tung compiladas por el camarada Ling Piao, y un guardia rojo te obligue a memorizarlo y recitarlo mientras cavas un hoyo con las uñas. Pero ni siquiera en ese caso el que importuna es el camarada Mao o su compilador Ling, sino el guardia rojo que fuerza la lectura. Como tampoco el anónimo autor del Cantar del Mío Cid está molestando con sus rimas en consonante a un alumno de bachillerato, sino el profesor que le obliga a tragárselas.

Un anuncio de detergente tiene como función importunar. Un chiste de tu jefe que has de reírle para conservar tu trabajo tiene como función importunar. Incluso una llamada de un amigo a las cuatro de la mañana para contarte que Manolita le ha vuelto a poner los cuernos con el maromo del quinto derecha tiene como función importunar. Son agresiones de las que es difícil o imposible escapar. Pero un libro es justo lo contrario que eso.

El lector de un libro, por regla general, se ha enterado de alguna forma de qué va. Alguien se lo ha contado o lo ha visto en algún sitio o ha mirado la solapa. Con esa información (que suele ser bastante certera; y si no lo es, reclamen al informador, que les ha contado una milonga y les ha estafado), decide si lo compra o no. Comprarlo implica no sólo el molesto acto de pagarlo, sino decidir que ese dinero no se va a gastar en LSD, preservativos o calcetines a cuadros. Se han acumulado ya muchas decisiones conscientes y meditadas y el lector aún no ha salido de la librería.

Una vez en casa, tiene que encontrar porciones suficientes de algo muy valioso y escaso en la vida de toda persona: tiempo. Y no un tiempo cualquiera, sino un tiempo de calidad. Un lector medio se reserva unas horas en las que procura no ser molestado por otras personas y crea unas condiciones de luminosidad y silencio adecuadas para concentrarse en la lectura. Salvo a los monjes cartujos y a los numerosos nietos del rey, al común de los mortales nos suele costar bastante encontrar todas esas cosas. Sólo disponer de parte de ellas supone un gasto de energía e ingenio considerable, así como el despliegue de muchas estrategias y la decisión de postergar otras cosas que podría hacer en lugar de sentarse o tumbarse a leer.

Fíjense en todas las cosas que hace un lector medio antes de abrir el libro y saltarse la página de la dedicatoria. El propio acto de lectura implica un montón de cosas más: esfuerzo intelectual, capacidad de concentración, fuerza de voluntad, etc. Yo diría que alguien que se toma tantísimas molestias demuestra tener un genuino y vibrante interés por lo que contiene ese libro. Porque es el lector quien se las toma. El autor no ha entrado en su casa a punta de pistola y le ha obligado a leer su obra.

Luego, a la pregunta «¿qué hago yo con tu dolor?», un autor sólo puede responder encogiéndose de hombros. Qué sé yo, si eres tú quien se ha acercado a mí, quien se ha gastado su dinero y ha renunciado a otros sin duda fascinantes y gratos placeres para leer mis palabras. Sólo tú sabrás qué hacer con mi dolor, pues te has asomado a él libremente. Algo te importará, algo tendrás pensado hacer con él. Algo que sólo tú sabes. No te puedo ayudar a averiguarlo.

Desde esta perspectiva, ninguna escritura de ningún libro es cuestionable. Es ahí donde quería llegar. Yo, como lector, podré detestar una obra. Aborrecerla, si quieren. Podré desear el asesinato lento y doloroso de su autor. Yo mismo torturaría a unos cuantos. Pero no destruiría sus libros ni les reprocharía su escritura (el asesinato y la tortura son venganzas, no reproches, es muy distinto). Me basta con cerrarlos y no leerlos. Puedo ignorarlos. De hecho, me resulta mucho más cómodo y fácil ignorarlos que introducirlos en mis vidas. Y a ustedes también: nadie les obliga a leerme y yo no les he llamado llorando exigiendo que me escuchen. No son el hombro en el que lloro. No son, por supuesto, mi “terapía”.

La libertad que aprendí cuando me formé como lector la aplico también a la escritura: no creo que un autor tenga por qué justificar las razones de su obra. Es libre de hacerlo, pero nadie tiene derecho a exigírselo. La escritura y la lectura son actos libres. Autor y lector se encuentran en libertad plena, y cada uno de ellos establece unilateralmente los términos de esa relación. Yo jamás le preguntaría a un libro «¿por qué me cuentas esto?». La única pregunta plausible es: «¿por qué me interesa esto?». Y, muchas veces, te interesa sin saber por qué. A veces, la literatura te transmite dolores que no quisieras vivir y que, sin embargo, vives sin soltar el libro. Y no sabes por qué. O lo sabes luego. O no te importa saber por qué. No sólo sigo leyendo como aquel niño de once años que no podía abandonar el incomprensible y frustrante El Aleph, sino que he aprendido a escribir como él. ¿Por qué escribo esto? No he sabido responderme, como aún no sé por qué leo la mayoría de cosas que leo.

Pero sí que tengo clara una cosa: me jode lo mismo que me pidan explicaciones sobre mis lecturas que sobre mis escrituras. Quien las reclama no cree seriamente en la literatura como un reducto de libertad, porque las preguntas siempre contienen una dosis de impertinencia, y la impertinencia es siempre una forma de coacción. Por eso los poderosos del mundo no dejan que les pregunte nadie nada y prefieren el discurso a la entrevista, porque saben que quien les pregunta, les está cuestionando en toda la dimensión del verbo cuestionar.

Y cuestionar el poder de alguien es libre y valiente. Cuestionar la libertad de otro ser humano es justamente lo contrario. Y quizá sea ese el problema: que está muy generalizada la visión de la literatura como una expresión de poder. Que lo es como mercado y ecosistema lleno de castas y organizaciones, pero no en el nivel del texto ni en los actos esenciales de la escritura y la lectura. En ellos es genuinamente libre.