Archivo de la categoría: Uncategorized

COMO HACER EL AMOR CON UNA MUJER

Aciertan quienes me acusan de no haber sido nunca heavy (razón, los enfurecidos comentarios de aquí, pero también las perlas que me dedican en este foro, en este otro y en este otro. Son muy tiernos los heavies). De hecho, creo que nunca he sido nada de nada. Nunca he tenido la fe o la voluntad suficientes para integrarme en grupo, secta u organización alguna. Soy demasiado vago y desconfiado para eso. Ni siquiera me he sentido cómodo adscrito a un colectivo profesional, nunca he entendido el orgullo corporativo. Soy un desclasado, ateo por descarte y pereza e incapaz de definirme políticamente más allá de dos adjetivos generalistas que apenas califican un lugar común. Qué más quisiera yo que sentir la comunión con el grupo y el goce de la liturgia compartida. Qué más quisiera yo que reconocer mi placer en el de la multitud y emocionarme hasta las lágrimas con las mitologías y las banderas. Pero, por desgracia, mis lealtades no van más allá de la gente a la que quiero y que me quiere. Ni siquiera me identifico con mis ciudades, sino con la versión personal e imaginada —y, a veces, soñada— que construyo de ellas en mis textos, levantada a fuerza de cariños, amores y odios estrictamente personales y tajantemente intransferibles.

Digo esto para aclarar, por si alguien duro de mollera no lo ha entendido aún, que escribo desde la primera persona del singular sin débitos, vasallajes ni portavocías, que mi voz es sólo mía, no representa ni aspira a representar a nadie, ni siquiera cuando se expresa en plural. No soy contemporáneo ni generacional ni ilustrativo de nada más que de mí mismo. Sinceramente, no podría ser otra cosa sin mentir, y el único valor de mi discurso es su inanidad subjetiva. Por eso, cuando escribo aquí —especialmente, cuando escribo aquí, en este rincón que yo me gestiono y que no depende de terceros, donde nadie más que yo controla el discurso e impone el tono y la forma—, lo hago con ánimo egoísta, buscando satisfacer pulsiones e instintos simplemente míos. No hay vocación instrumental, esta escritura empieza y acaba en sí misma, no aspira a influir en modo alguno en la marcha del mundo y de sus gentes. De hecho, cuando escribo contra algo, casi siempre escribo contra mí mismo, contra lo que fui y lo que creí ser o lo que creo que voy a ser. La ofensa es libre y no negaré que me divierte promoverla, pero por el simple placer de ver cómo crece y rompe como una ola, no porque mis odios sean tan voraces como para trascender su expresión escrita y desear una destrucción real de la cosa odiada. La destrucción implica una fuerza de voluntad de la que carezco. Soy demasiado perezoso para promover cualquier forma de iconoclasia, lo mío es escribir sentado sin cansarme mucho.

Hasta aquí la sarta de obviedades, pero me apetecía decirlas, porque las he pensado a propósito del enésimo cabreo heavy que he provocado en el blog. Ahora va el post de verdad.

Dicen los sentenciosos dioses de la guitarra: «Tocar la guitarra es como hacer el amor con una mujer» (la frase se atribuye a Gary Moore, que dijo: «Playing guitar is much like making love to a beautiful woman») . Es una de esas muestras de inteligencia retórica que con frecuencia nos regalan los músicos —un periodista musical me dijo no hace mucho: «Tío, no deja de sorprenderme la pobreza discursiva de la mayoría de los músicos, incluso de los que parecen más sofisticados o de los más interesantes. Es que no saben hilar tres frases, parecen retrasados mentales, les quitas el micro y la guitarra y se vuelven lerdos». Hablábamos, por supuesto, de las honrosas excepciones, de los músicos con los que sí se puede hablar y dan muestras de haber leído algo más que las diez primeras páginas de El señor de los anillos—.

Analicemos con detalle la expresión «Tocar la guitarra es como hacer el amor con una mujer». Como tropo es tosco y confuso, porque los símiles suelen plasmarse en imágenes, no en acciones. Comparar acciones no es acertado en términos literarios, no ayuda a entender nada, sino que lo embarulla todo. Pero, en fin, no nos pongamos morfosintácticos.

Me fijo en el complemento circunstancial «con una mujer». Tocar la guitarra no es como hacer el amor a secas, sino que tiene que ser, obligatoriamente, con una mujer. Es fácil deducir que sólo sentirán placer y entenderán de forma completa y absoluta los arcanos del instrumento quienes gocen haciendo el amor con una mujer. Demográficamente, por tanto, la comprensión de los misterios de la guitarra queda reducida a los hombres heterosexuales y a las lesbianas. Los hombres homosexuales y las mujeres heterosexuales —que, en principio, no parecen propensos a disfrutar del amor físico con una mujer— nunca serán buenos guitarristas. Es decir, nunca sentirán lo que hay que sentir al tocar una guitarra.

Si no es lesbiana, está fingiendo.

Ítem más: la comparación de tocar la guitarra y hacer el amor no se limita a las mujeres, sino, según la cita de Gary Moore, a las mujeres hermosas. Exlcluyamos, por tanto, a quienes, por lo que sea, disfrutan más con una mujer no hermosas o tienen fantasías con los anuncios de Carmen Machi, que son legión, a juzgar por las audiencias. El target de posibles guitarristas queda así muy limitado: la guitarra es un instrumento para machotes y lesbianas que sólo gocen con mujeres hermosas. Absténgase los enamorados de las feas, por divertidas y encantadoras que sean.

Los dioses de la guitarra, efectivamente, ponen cara de estar corriéndose o de haber vuelto a casa tras unas vacaciones en las que el cambio de dieta les ha provocado ciertos desarreglos intestinales de los que intentan aliviarse con esfuerzo.

Actíviate y buenas noches.

Pero lo que subyace en esta y en otras muchas gloriosas sentencias emitidas por rocosos rockeros es la comunión aparentemente indisoluble que se da entre la música y el sexo. La música y toda su liturgia —fundamentalmente, el baile— se asocian con el sexo. Yo entiendo que se asocien con el cortejo. Es obvio para cualquiera que no hay demasiada distancia entre muchas manifestaciones culturales y el despliegue de la cola del pavo real. Sin las ganas de follar, no se entenderían muchísimas de las grandes cosas que ha hecho la humanidad (tampoco muchas de las peores). Pero el chiste no puede ir más allá del cortejo. La música y la cultura son reclamos y excusas para acercar a la gente y propiciar la intimidad, obviously, pero no tienen que ver necesariamente con el sexo itself.

Esta era mi profe de guitarra. Se llamaba Luciana, pero todos la llamábamos ayomá.

Yo, que soy muy torpe y no he atendido a los consejos de Vampirella ni frecuento los sex shops, no he conseguido maridar el sexo con casi nada. La música no me incita, me distrae, me molesta. Como a tantísimos congéneres, me gusta muchísimo la música y me gusta muchísimo follar, pero no sé mezclar ambos placeres, y sospecho que quienes se empeñan en buscar maridajes sexuales tienen una actitud un poco impostada.

O se está a setas o se está a rolex. ¿Qué tiene que ver la guitarra con hacer el amor con nadie? Amos, anda. Es mentira, porque, si fuera verdad, la erección resultante impediría al guitarrista un manejo adecuado de su instrumento, se le desplazaría o le provocaría severos dolores genitales. No creo que se pueda tocar bien la guitarra estando empalmado, la verdad. De hecho, no creo que se pueda hacer bien ninguna actividad estando empalmado, salvo la de follar propiamente, que para eso se empalma uno. La erección inhabilita o merma las facultades para cualquier cosa no sexual. Si están concentrados en las notas que tienen que tocar, no están pensando en meterla. No, al menos, en ese preciso instante. Puede que sí inmediatamente antes e inmediatamente después, pero cuando alguien está concentrado en una tarea complicada —y tocar la guitarra lo es— no se descentra con místicas sexuales. La sangre la tiene en el cerebro, que es donde la necesita en ese momento, no en la polla.

Pero bueno, si los músicos escogen los instrumentos por su similitud con sus apetencias sexuales, muchos de estos aspirantes a dioses de la guitarra deberían elegir algo más verosímil con su realidad erótica, como una zambomba o unas maracas.

TEATREROS

«Eres la primera persona, después del editor y de mí, que lo ve», me acaba de decir Joaquín después de asaltarme para tomar una cerveza apresurada. Qué honor, tengo en mis manos el Teatro escogido 1987-2010 de Joaquín Melguizo, editado por Teatro Arbolé, y me emociona mucho hojearlo y ver las palabras de Melguizo impresas en un libro. Algunas de ellas las leí hace tiempo, mecanografiadas. Sí, mecanografiadas, porque Joaquín tardó mucho en incorporarse a la informática.

El libro lleva un elogioso prólogo de Alfonso Sastre que a Joaquín le hace mucha ilusión. Y a los melguicianos, también. Yo soy marxista-melguicista.

Joaquín Melguizo es crítico teatral y dramaturgo hasta ahora casi secreto, pero también es, ante todo, mi amigo, y en honor a esa amistad tendré el placer de presentar el volumen la semana que viene en una librería de Zaragoza. Ya os diré lugar, fecha y hora. Tengo ganas de celebrarlo, me apetece mucho compartir esta alegría con todo el mundo.

GUÍA SECRETA DE ZARAGOZA

Este es el artículo que publiqué ayer en la edición impresa de Heraldo de Aragón, en mi sección de La ciudad pixelada.

Andan algunos interneteros barceloneses alterados por un blog que, desde hace unos meses, se ha empeñado en rescatar rincones genuinamente españoles en la oficialmente catalana Barcelona. Rincones de yantar y beber, claro, sin renunciar a lo casposo y a lo carpetovetónico. La cosa se llama ‘Little Spain’, y se rumorea que es obra de Arcadi Espada o de algún amiguete suyo, de los Boadella y compañía (aunque Espada lo niega), en su enésimo y no siempre grato empeño de tocar las narices a la catalanidad. A mí me recuerda a la prosa y al humor del muy llorado Luis Carandell, y quizá sea su espíritu quien escribe, aunque muchos de los restaurantes, tascas y garitos glosados parecen escenarios de una novela de Juan Marsé o de Francisco Casavella —o incluso de nuestro Martínez de Pisón, integrante de la Little Spain barcelonesa—.

Porque precisamente fue Luis Carandell el coordinador, allá por los años setenta, de una ‘Guía secreta de Barcelona’ que podría considerarse precedente de este ‘Little Spain’. Ese libro formaba parte de una colección de ‘guías secretas’ de las principales ciudades españolas, Zaragoza incluida, que hoy son una rareza muy divertida. Su lectura es muy consoladora y muy recomendable después de leer la prensa del día, porque con ella comprobamos que, a pesar de la crisis y del negrísimo futuro que nos aguarda, vivimos en ciudades mucho más bonitas, interesantes, limpias y apañadas que las de los tristes tiempos de la Transición.

Juzguen este párrafo de la ‘Guía secreta de Zaragoza’, coordinada por Eloy Fernández Clemente en 1978: «Con la prohibición de servir bebidas alcohólicas en las estaciones de RENFE a partir de medianoche, al noctámbulo zaragozano le han hecho, como suele decirse, un hijo de madera». Sigue una deprimente ruta por los escasos bares y ‘nightclubs’ de la capital aragonesa preautonómica que termina así: «Si la cosa ya no da para más y empiezan a cerrar puertas, le quedan a usted dos últimas balas en la recámara: los bares de las gasolineras de Casablanca y la de Miralbueno». Estimulante ciudad que obligaba a sus noctámbulos a elegir entre la cantina de la estación y el mostrador de una gasolinera. Vaya planazo.

Partiendo de este fascinante testimonio que hoy suena a arqueología podría escribirse una guía zaragozana al estilo de la barcelonesa ‘Little Spain’. En el caso aragonés, no hay conflicto lingüístico-político-cultural que sirva de juego polémico, así que se trataría de buscar el ‘Old Aragon’ o la vieja ‘Zaragoza, la Harta’. Es decir, sitios que mantienen vivo el aire carpetovetónico de los setenta, lugares como los que retrató el dúo artístico Zaragoza Deluxe. Andrés Pérez Perruca (sacerdote pop zaragozano, hoy exiliado en Madrid, ex Niño Gusano y ex Tachenko) publicó en este periódico hace unos años una serie titulada ‘Barómetro’, en la que retrataba antros y covachas enclavados en lo más hondo de lo hondo zaragocica. Quedan pocos, pero haberlos, haylos, y convendría compilarlos en una guía somarda antes de que se extingan del todo.

ESPAÑA, UN PAÍS DE CARCELEROS

Una de las tareas más ingratas que he sufrido como periodista ha sido supervisar los comentarios de la edición digital de un periódico. Ingrato no solo por lo mecánico, aburrido y antiperiodístico del cometido -porque, visto el deterioro de la profesión, hay empeños mucho más indignos-, sino porque me obligaba a enfrentarme con lo peor y más miserable de la condición humana. Un par de horas de relación con los trolls y con esa pléyade de amargados que utiliza los comentarios para gritar lo que no se atreverían a decir en otros foros bastarían para hacer de la misma Heidi una cáustica misántropa.

Así comienza mi artículo publicado hoy en el periódico digital El Europeo, donde empiezo una colaboración. Podéis leer la pieza antera pinchando aquí.

MIREN LO QUE HAN HECHO CON EL DUENDE DEL ROCK

Me había caído del caballo hacía mucho tiempo, pero aún no me había levantado del suelo ni me había sacudido el polvo. Vivía en ese interludio en el que Saulo de Tarso ya no es Saulo de Tarso pero aún no se ha convertido en San Pablo, y simplemente es un pringao que masculla con arena en los dientes: «Aylamierdadelputocaballo, quematiraoelhijoputa». Estaba montado en un coche con un hortera y sonaba Phill Colins o alguna mierda de calvos. Terminó la canción (aleluya) y un tordo muy exaltado empezó a decir no sé qué del Getafe-Valencia, o del Mallorca-Alpedrete.

—¿Qué es esto, tío?
—Es Rock and Gol.
—¿Lo qué?
—Rock and Gol. Rock clasicote y fútbol, la combinación perfecta. Como escuchar el Carrusel y M-80 al mismo tiempo.
—Para.
—¿Qué dices?
—Que pares ahora mismo el puto coche, que me bajo, que esto es un sindiós.

Bueno, no recuerdo bien si la última parte sucedió exactamente así, pero sí recuerdo mi espanto, mi terror y la sensación de levantarme, sacudirme el polvo y sentirme epifánico perdidito. No me llaméis Saulo, dije, ahora soy Pablo, San Pablo.

Desde entonces, odio el rock, pero especialmente a los rockeros. Odio algo capaz de engendrar una cosa llamada Rock and Gol. Odio esta música de geriátrico, odio las posecitas de los puristas, odio a los putos Rolling Stones. Odio el tufo de ancianidad que desprende el rock.

¿Cómo una música que nació como grito de juventud, que inventó la juventud misma —porque antes del rock, la juventud no existía— ha devenido ese sopor, esa complacencia de centro comercial, ese gusto por el lugar común? José Luis Perales es mil veces más moderno que cualquier rocoso rockero de esos. Un palimpsesto es más moderno que cualquier rockero. ¿Cómo puede sonar tan caduco, tan apolillado, tan amojamado, tan dejavudesco? Qué depresión, qué espanto. Yo es que me veo de cerca la cara de cuñado que gasta Mark Knopfler y me vengo abajo.

El rock, una cultura que vive de viejas momias, de aniversarios, de cajas conmemorativas. Una cultura incapaz de ofrecer nada nuevo, nada que no suene a sección de congelados, a sopa de sobre recalentada. Lo decía Xavi Sancho hace unos días en El País (leer aquí) y tiene toda la razón:

El problema llegó el día en que los que mandaban eran todos aquellos que perdieron pie, pero, a diferencia de los vejestorios de los 60 o 70, aún pensaban que eran guais porque cabían en unos pitillos de Nudie Jeans. El mundo está lleno de gente que piensa que está a la moda porque una vez, en una galaxia muy lejana, siguió una rato la moda. Así, los revivals se organizaron alrededor de la generación que tomaba el control del poder en la industria cultural y de los medios (hoy toca revival 90 porque los que mandan fueron jóvenes durante esa década, y como miembro de esa generación, les pido perdón por el revival y por Menswear) y éstas celebraron la bola extra que le dio la nostalgia. La industria cultural ya no sabe vender presente, pero a la hora de comercializar pasado no le tose ni la numismática. Los grandes medios tal vez ya no tienen futuro, pero no por eso renunciarán a tratarlo como si fuera pasado.

En el mercadillo vintage en el que se ha convertido la industria cultural, el rock ocupa la sección más grande y más atiborrada de trastos. Por ella curiosea gente abúlica, padres de extrarradio o, en el peor de los casos, tipos de trajeado excéntrico y corbata de teclas de piano que aún veneran a Jean-Michel Jarre como su profeta y dan la brasa con los evangelios de Tubular Bells. Tipos que escuchan M-80 y Rock and Gol y que suben el volumen cuando suena Moonlight Shadow, por lo que siempre tienen el volumen a tope, porque en M-80 y en Rock and Gol, Moonlight Shadow suena cien veces cada hora. O algo así, porque yo en mi puta vida he escuchado M-80 ni Rock and Gol, de la misma forma que no he he comprado Nutella en vez de Nocilla ni he parado a comer nunca en el Área 103, porque hay cosas que una persona con dignidad no hace nunca.

A mí, el rock me ha vencido por reiteración y por saturación. Y porque me acordé de aquello de La Bola de Cristal y me dije: si no quieres ser como estos, déjalo ya.

Sigo escuchando rock, sigue siendo la música fundamental de mi discoteca, pero ahora sólo soy un oyente, no milito. Me cargaron los eruditos a la violeta, los nerds pajilleros que escriben en algunas revistas y hasta Nick Hornby, que desde la admiración turulata escribió una verdadera parodia del melómano poprockero. Me cargaron los viejos rockeros que nunca mueren (mierda de esperanza de vida dilatada de los países occidentales). Me cargaron los conciertos de liturgia prefabricada, con sus bises programados y sus “buenas noches, os quiero”. Me cargaron las posturitas, los sombreritos y el pestazo a pachuli. Me cargaron los que se toman todo en serio. Me cargaron los dioses de la guitarra y del metal. Me cargaron los virtuosos.

Hace tiempo, puede que algo más de diez años, fui con unos amigos al Viñarock y acabé solo en uno de los conciertos de Barricada o de Los Suaves o de La Polla Records que sólo me gustaban a mí. Mientras mis colegas veían a los raperos de turno o la fusión de buenrollito que promocionara Radio 3 en ese momento, yo me cogí un litro de cerveza, me lo bebí de tres tragos y me metí en lo que yo creía que era un pogo. El concierto estaba en lo mejor, en lo más bruto, y yo tenía los estados de conciencia alterados, así que empecé a sacudir mi metro con ochenta y seis centímetros a lo bestia, como hacía antaño, como aprendí a mis catorce o quince añitos, que fue cuando empecé a frecuentar conciertos de esta gente. Mi sorpresa fue encontrarme solo, sin interlocutores de pogo. A mi alrededor, tras un perímetro de seguridad, unos chavalitos me miraban asustados y algunos ancianos (de cuarenta o incluso más) me miraban cabreados y sujetando con fuerza su cubata (cubata, ni siquiera cerveza) para que no se lo tirara con mis trance zulú. Me detuve, avergonzado, pero no lo entendí: había estado en muchos conciertos de ese rock bronco y siempre había sido así, adrenalina, tortazos, empujones, mogollón, bestialidad. Pero, por lo visto, ese público era civilizado. Desde entonces, todos los conciertos de rock bronco a los que he ido han sido civilizados. Ni tortas, ni empujones, ni gente subida a hombros y volando sobre nuestras cabezas. Un coñazo, vaya. Parece que la gente ahora va a escuchar los conciertos, como si los conciertos de rock bruto se escucharan, como si los conciertos fueran un acontecimiento y no una excusa para sacar el simio que siempre llevas encerrado dentro.

Debí haberme dado cuenta ese día de que el rock era algo caduco, antañón. Algo que, por lo visto, merecía respeto, el respeto del oyente. ¿Desde cuándo se respetaba al rock? Yo, que he abucheado a teloneros y afeado su alopecia a más de un cantante calvo. Tradicionalmente, los rockeros no respetan a su público y su público tampoco les respeta a ellos. Nosotros les tiramos botellas al escenario y ellos nos escupen desde arriba. Era el pacto. ¿Cuándo se convirtió en algo civilizado? ¿Cuándo empezaron a dar las gracias en vez de mandarnos a la mierda? Cuando llegó Rock and Gol, claro.

Ahora, apenas voy a conciertos. Los pocos a los que acudo se celebran casi siempre en garitos pequeños a los que suelo ir acompañado por mi amigo S. Como ahora no soy un chaval atolondrado, sino que escribo en los papeles y salgo por la tele, a veces, incluso entro gratis tras decirle al de la puerta que “estoy en la lista”. Un horror completo, una ignominia burguesota y de colesterol alto, no se parecen en nada a los conciertos que forjaron mi adolescencia pelilarga y chupacueril. De hecho, ya ni bailo ni escucho la música ni miro el escenario. La mitad del tiempo me lo paso emborrachándome con mi amigo y charlando de tontadas que no tienen nada que ver con la música. No sé si el rock ha muerto, pero para mí murió hace mucho, y ahora prefiero dejarlo como algo íntimo y circunstancial. No quiero ser asimilado por los oyentes de Rock and Gol ni de Kiss Fm ni de toda esa mandanga hortera y revival.

Creo que esta canción de Babasónicos resume bastante bien todo este rollo:

Como agitadores en un medio conservador, muy desquiciados.
Bajaron mambo, alto cope, estilo y gran provocación
y se marcharon sin decir nada.

Ustedes lo pedían, ustedes lo querían, ahí lo tienen.
El cisne apareció y ustedes,
miren lo que han hecho con el duende del rock.
Lo han destrozado, lo han convertido
en una estampa estúpida de sumisión,
y desalamado, se fue de casa.

EL SENTIDO DE LA VIDA

Liquido mis diatribas vargasllosistas con esta cita de La civilización del espectáculo (y remito a un artículo que saldrá el 1 de julio en una nueva revista digital, en el que utilizo el libro de Vargas Llosa como excusa para hablar de otras cosas). Ahí va esta cita de la página 200:

Nunca hemos vivido, como ahora, en una época tan rica en conocimientos científicos y hallazgos tecnológicos, ni mejor equipada para derrotar a la enfermedad, la ignorancia y la pobreza y, sin embargo, acaso nunca hayamos estado tan desconcertados respecto a ciertas cuestiones básicas como qué hacemos en este astro sin luz propia que nos tocó, si la mera supervivencia es el único norte que justifica la vida, si palabras como espíritu, ideales, placer, amor, solidaridad, arte, creación, belleza, alma, trascendencia, significan algo todavía, y, si la respuesta es positiva, qué hay en ellas y qué no. La razón de ser de la cultura era dar una respuesta a este género de preguntas. Hoy está exonerada de semejante responsabilidad, ya que hemos ido haciendo de ella algo mucho más superficial y voluble: una forma de diversión para el gran público o un juego retórico, esotérico y oscurantista para grupúsculos vanidosos de académicos e intelectuales de espaldas al conjunto de la sociedad.

No tengo nada en contra de la neorreligiosidad ni de la neomística. Incluso creo que se puede armar una obra interesante persiguiendo el viejuno y escurridizo sentido de la vida, pero lo que no estoy dispuesto a aceptar es que quienes renunciamos de plano a esa trascendencia seamos unos brutos cavernícolas o unos degenerados torremarfileños. Parece que, desde el momento en el que el arte (entendido como sinónimo de cultura) renuncia a intentar tocar a dios con los dedos, sólo caben dos posibilidades, tal y como se expresan en esta cita: o la banalidad frívola de usar y tirar o el sofisma oscuro, el juego de palabras de salón, la sofisticación vacua. Parece que tenemos que elegir entre La hora de José Mota y los jueguecitos culteranos de Georges Perec.

Pues no. Efectivamente, hemos renunciado a buscar el sentido de la vida. Sabemos que es un empeño ingenuo y propio de alelados o de cursis (sí, yo también puedo reducir al absurdo). No vagamos alucinados por este astro sin luz propia (sic) preguntándonos quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos, o si estamos solos en la galaxia o acompañados.

Son precisamente esos hallazgos científicos que menciona Vargas Llosa al principio, y no los libros de Nietzsche (que también), los que han convertido la búsqueda del sentido de la vida en un chiste de los Monty Python. La física y las neurociencias pueden dejarnos a los neófitos mareados y aturdidos, pero con una idea clara: lo que antes era oficio de filósofos —y, a veces, de poetas—, ahora lo es en exclusiva de científicos. La especulación suena ridícula al lado del método científico. El más sofisticado pensamiento especulativo es una pedorreta infantil al lado de una ecuación bien formulada (incluso concediendo que las matemáticas tienen un altísimo contenido especulativo). Fíjese a qué niveles de idealismo filosófico y artístico ha llegado la ciencia que ya cultiva disciplinas que estudian lo que no existe, como la astrobiología, cuyo objeto de estudio es la posible (y plausible) vida extraterrestre. Ni Baudelaire, en su más regio colocón de opio y porquerías del siglo XIX, imaginó algo así.

La física le ha quitado el trabajo a los poetas y a los filósofos, y las neurociencias llevan camino de quitarle el trabajo hasta a los psiquiatras (a los psicólogos prácticamente los ha desahuciado ya). Los novelistas, sin embargo, pueden aguantar siempre que no sigan ninguno de los consejos de Vargas Llosa.

La literatura, que al contrario que la filosofía, no aspira a convertirse en una forma de conocimiento, no colisiona con el método científico y, por tanto, se ha convertido —junto a las tertulias de El gato al agua y los programas de Arguiñano— en el único espacio donde la especulación se puede cultivar. Siempre, claro está, que no aspire a una comprensión totalizadora. Es decir, siempre que resista la tentación de dar soluciones y respuestas que en ningún caso están a su alcance. La literatura puede explorar la condición humana como siempre ha hecho, pero ahora, además, puede hacerlo libre de catecismos y de sofocos de monjita de clausura. Puede ahondar en los sentimientos de las personas y en las paradojas de la vida sin tener por ello que desentrañar sentido alguno. Y esto se puede hacer desde una perspectiva descreída, materialista, epicúrea e, incluso, nihilista. De hecho, es posible que estos puntos de partida sean más adecuados para la prospección sentimental que el idealismo en cualquiera de sus formas.

Es decir, que la ausencia de una trascendencia que nos ilumine en este astro sin luz propia (resic),  no implica necesariamente que devengamos gorilas masturbadores o aristócratas adictos a los palíndromos y a los jueguecitos literarios para iniciados. Hay más salidas, y la más honesta tiene que ver con la esencia del oficio de narrar: la literatura como un ensayo de comprensión que se ejecuta desde la convicción de que no hay comprensión posible, que tras las zonas de oscuridad sólo hay más oscuridad. Un ejercicio paradójico y sin meta que nos enseña a crear de la misma forma en que vivimos: gozando y gozándonos. Carpe diem, que dirían los amigos. Las paradojas, como sabe cualquiera que domine un poco la lógica, no se resuelven, se asumen.

Me fastidia mucho ponerme como ejemplo porque me resisto a colocar mi experiencia por encima de la de los demás, pero hay veces en que me tengo que rendir a la evidencia de que yo he visto y sentido cosas horribles que la mayoría de la gente con la que me cruzo y me cruzaré en la vida no han visto ni verán. Por suerte para ellos. Y quienes hemos vivido una situación límite, que dinamita nuestros parámetros de comprensión y fuerza nuestros sentimientos mucho más allá de lo que nunca pensamos que podrían llegar a forzarse, comprendemos una cosa. Sólo una: que la tentativa de comprensión —preguntar por qué y tratar de responder— es el pasaje más rápido a la locura, que buscar un sentido es estéril y ridículo, y no creo que a nadie le sirvan como consuelo los sucedáneos de sentido que otorgan la religión o los gurús de la psicología barata. La renuncia a la búsqueda de un sentido no hace que mis sentimientos sean menos hondos, ni la expresión de mi lamento menos refinada.

Desde la incredulidad, desde la negación de la trascendencia, se puede penetrar muy profundo en la contemplación de la condición humana. No necesitamos idealistas. Líbrenos Stewie Griffin de los idealistas, ya nos hicieron demasiado daño en el pasado.

ALEMANES

Julio Marín hizo unas cuantas fotos de la inauguración de la expo La Pequeña Alemania de Zaragoza, el jueves pasado en el Centro de Historias de Zaragoza. Dejo esta, en la que se me ve soltando la brasa junto a Beatriz Lucea, comisaria de la muestra y museógrafa imprescindible y generosa, y a Joaquín Merchán, director del Centro de Historias.

Ahora sólo falta que vengan ustedes a verla. Como manifestantes del 15M, entusiasmados y masivos.

SOY EDUARDO PUNSET

Javier López Clemente me ha grabado en su ciclo de Tardes de Blog. La interviú tiene dos partes y es un poco un Celebrities de Muchachada Nui. A mí me parece que ha quedado muy divertido y mi señora ha dicho: «Eres muy tú». Y efectivamente, esa aberración lógica y gramatical define estos vídeos: soy muy yo. Aquí os los incrusto:

También voy a ser muy yo (y Beatriz Lucea, la comisaria, también va a ser muy ella) este jueves 10, a las 19.00, en el Centro de Historias, donde presentamos nuestra expo alemana. Están todos invitados. El miércoles hicimos la promoción. Me ha agotado: empecé hablando de la exposición a las 10 de la mañana a un equipo de Aragón Televisión (se puede ver la excelente pieza de Marimar Cariñena pinchando aquí y yendo al minuto 31 del informativo), y acabé casi a las 20 grabando un reportaje para Miguel Mena, de la Cadena Ser. Y juro que conté historietas distintas en cada una de las, a mi juicio, muchísimas entrevistas (más la rueda de prensa) que tuve. Y prometo que contaré alguna distinta en la presentación.

Les espero. Agradecida y emocionada.

EL PEOR ACTOR DEL MUNDO MUNDIAL

Esta mañana he estado en el Centro de Historias, de Zaragoza, viendo los trabajos de montaje de la exposición La Pequeña Alemania de Zaragoza. La aventura de los germanos que llegaron del Camerún (1916-1956), que se inaugura este jueves. ¿Que cómo estaba la cosa? Pues tal que así:

Sí, lo que veis en algunas fotos son cruces gamadas, muy a tono con la situación europea del momento (especialmente, griega, con ese simpático partido de cabezas rapadas que tanto manda ahora), pero no son las únicas cruces que habrá. También podréis ver una cruz de hierro auténtica (la de la foto) y una panoplia de objetos de lo más curiosos y cotillas, que van de lo cómico a lo trágico pasando por lo simplemente entrañable.

Aquí siguen los chicos de las brigadas municipales con el montaje. Qué gusto daba verles currar. Extiende, mide, un poco más abajo, mecagüendiez, esto no entra, cagonlaputa, rediós… Y Beatriz y yo —los dos comisarios de la expo—, de barandas, quisquillosos, haciéndonos odiar, pidiendo las cosas un poco más altas o un poquito más a la derecha. Sólo por joder, naturalmente, sin ningún propósito estético o didáctico, por el simple placer de machacar al obrero.

Qué bien trabajan estos muchachos. Te montan una exposición en un rato. Qué tranquilo me han dejado, de verdad. Aun así, creo que voy a sufrir un poco hasta el momento de la rueda de prensa, hasta que no vea cada cosa montada en su sitio y que todo marche bien. Me esperan días de nervios hasta el estreno, pero es un gustazo ver que la historia que conté en mi libro tiene una segunda vida, que se mantiene con otra forma. Espero que los zaragozanos la disfruten, de verdad, es un empeño por rescatar una parte de la historia oculta de esta ciudad que tantas alegrías me ha dado.

Mientras yo estoy a mis cosas, embebido de germanismos, mi libro sigue por ahí, codeándose con lo mejorcito de la literatura universal. El amiguete Alberto Julián me mandó desde Madrid estas fotos en las que se ve a Cervantes y a Valle-Inclán gozándola bárbaro con la lectura de mi novela.

No habrá más enemigo ha viajado hasta Santo Domingo, donde ha salido una mención en la revista Bohío (pinchar aquí para leer).

En casa, me he estrenado como actor. Como el peor actor del mundo después de que Ángel Acebes dijera aquello de que ETA seguía siendo la principal línea de investigación. Javier López Clemente, aka Sonolópez, me ha invitado a su ciclo Tardes de blog, en la librería El Pequeño Teatro de los Libros, y para anunciar la interviú, ha rodado este vídeo. Pido disculpas al conjunto de la profesión de actores y actrices, a quienes respeto y admiro muchísimo. También pido perdón al gremio de las tejedoras y a toda la industria textil en general.

ESTE JUEVES TIENEN UNA CITA EN ZGZ

CON LA PUERTA (DEL HOSPITAL) EN LAS NARICES

Hoy estoy triste. No sólo porque se cumple un aniversario que debería ser celebrativo y no lo es, sino porque he asistido a la escenificación de la banalidad del mal.

Esta mañana me tocaba participar en la tertulia del programa informativo Buenos días, Aragón, de Aragón TV, donde colaboro, y el invitado era el consejero autonómico de Sanidad, Ricardo Oliván. El formato de esa parte del programa, llamada Mesa de redacción, incluye una entrevista al invitado correspondiente, que conduce el presentador, Pablo Carreras, y al final, se abre turno de preguntas para los colaboradores. Normalmente, nos da tiempo a formular dos o tres cuestiones cada uno, pero esta vez ha apremiado el reloj y solo hemos podido plantear una. Yo llevaba cuatro preparadas y tenía la esperanza de lanzar al menos dos, pero he tenido que jugármelo todo a una bala. Me ha dado rabia, la verdad, porque muchos de quienes me seguís sabéis de sobra que el deterioro de la sanidad pública es una de las cosas que más me preocupan y me joden de todo lo que está pasando, y este encuentro en directo en una televisión con el máximo responsable aragonés del asunto me parecía una ocasión que no podía desperdiciar. Creo que la he aprovechado muy parcialmente, pero, dadas las circunstancias, también creo que he disparado bien.

Si pincháis en este link (aquí), podréis ver mi pregunta y su respuesta a partir del minutaje 01:02:40.

Mi pregunta ha sido: Si en un servicio de urgencias, a un inmigrante irregular sin tarjeta sanitaria se le diagnostica una enfermedad crónica o muy grave que requiera un tratamiento costoso y continuado, ¿qué se hace con esa persona? ¿Tiene derecho a un tratamiento oncológico o se le programa un trasplante de riñón? ¿La sanidad pública española le va a atender?

Porque a mí me fastidiaba mucho que Rajoy y toda su corte insistieran en que la negación de la tarjeta sanitaria a los inmigrantes irregulares no implicaba que se les dejara desatendidos, que seguían teniendo derecho a las urgencias. Yo quería desmontar lo falaz de esa proposición: si las urgencias no pueden derivar a sus pacientes a otros servicios, no son más útiles que un botiquín casero de primeros auxilios.

El consejero ha dilatado la respuesta, planteando el supuesto conocido de la compensación, algo factible para un inglés o un noruego. Es decir, que se le puede atender y luego se pasa la factura al ministerio de salud de su país o se le deriva directamente a su país. Pero esa no era la cuestión, como cualquiera puede suponer. Me refería a quienes proceden de países donde no van a ser atendidos o que no van a reembolsar a España los gastos sanitarios.

«En el caso que has comentado, la legislación actual impide que atendamos a esas personas».

O sea —he insistido—, que les mandaríamos a casa. «Así es», me ha constestado. Y no podrían acceder a ningún tipo de asistencia, he vuelto a insistir. «No», ha vuelto a responder.

La verdad es que agradezco la honestidad del consejero Oliván. Otros políticos habrían mareado mucho más la perdiz, habrían eludido la respuesta con datos, sofismas o consignas demagógicas. Él ha contestado con claridad y sin apenas maniobras de despiste. Pero lo que a mí me parece aterrador, además de la situación en la que estamos, es que un alto cargo público pueda afirmar con tranquilidad que la administración que él gestiona va a cruzarse de brazos (está cruzándose de brazos, de hecho) ante la muerte de personas que requieren su ayuda. Que tenga los medios, los profesionales y la capacidad suficientes para atender a esas personas pero que no lo vaya a hacer, sabiendo que su inacción llevará a esos pacientes (que son sólo enfermos, no pacientes, ya que no están atendidos por médico alguno) a una muerte cierta e indigna.

Esa es la banalidad del mal, esa es la obediencia debida, esa es la tranquilidad que da la legislación vigente, el yo-soy-un-mandao. Tengan la seguridad de que ni una sola de esas muertes pesará sobre la conciencia del consejero, porque no se siente concernido por ellas, porque él, simplemente, cumple órdenes, ejecuta su papel en la función, recita su texto y hace mutis. Es honesto que conteste así, pero a mí me aterra comprobar que alguien tenga la sangre fría necesaria para afirmar con la mayor de las tranquilidades que van a negarle hasta una aspirina a un enfermo de cáncer, que no va a haber ni un gramo de insulina para los diabéticos y que un enfermo renal ni siquiera va a tener un colchón sobre el que agonizar (no ya una máquina de diálisis).

Al menos, se lo he hecho decir. De poco servirá, pero que por lo menos, lo digan, que no nos vengan con rollos.

¿COMEMOS EN ESPAÑA TAN BIEN COMO NOS CREEMOS?

Estoy empeñado en escribir de libros, pero, los últimos que he leído, o son demasiado poco interesantes, o muy malos, o demasiado tristes para mi astenia primaveral, así que me he apartado momentáneamente de los comentarios literarios. Volveré pronto, no obstante.

Este puente me he dedicado fundamentalmente a comer. Y mientras me subían el colesterol y la bilirrubina, elaboré una sofisticada teoría gastronómica sobre la comida en España. Recordaba a aquel sabio y luminaria del periodismo llamado Sáenz de Heredia, cuando en Franco, ese hombre, le preguntaba a su Caudillo: «Mi Generalísimo, ¿somos los españoles tan díficiles de gobernar como nos creemos que somos?». Parafraseándole, preguntome: ¿comemos los españoles tan bien como nos creemos?

Mientras me hacía esta pregunta degustaba un cortado de esos que te suelen poner en los restaurantes para arrasar de tus papilas cualquier grata sensación que la comida hubiera dejado en ellas. No sé cuál es el secreto de esos cafés: puede que sea esa forma de requemar el grano molido, o esa leche que pasa toda la mañana sin refrigerar en un tetrabrick abierto a 30 grados centígrados, o los sedimentos de los posos de una cafetera que nunca se limpia a fondo, o los restos de nata rancia adheridos a esa varilla de vapor con la que achicharran la leche, o la temperatura que nunca baja, que consigue mantener hirviente el contenido de la taza veinte minutos después de servido. Puede que sea una combinación de todas: la maestría en un oficio no se debe nunca a un solo factor, el éxito es siempre una compleja mixtura de muchos, algunos de ellos inaprensibles (ese jenesaisquoi).

Ese café, metáfora y resumen de todos los cafés servidos en los bares y restaurantes españoles (ese café que iguala a los hosteleros: tanto el tugurio de carretera como el restaurante tres estrellas Michelin lo sirven igual de infame), me cerró el paladar y me abrió los ojos. Los españoles sobrevaloramos nuestra cultura gastronómica, como sobrevaloramos tantas otras cosas nuestras. Somos muy de sobrevalorar por aquí.

¿Que hay unos cocineros estrella que para qué? Pues sí. ¿Qué hay un montón de restaurantes estupendos? Pues también. ¿Que la tradición y variedad de las cocinas de las Españas no tiene nada que envidiarle a las de Francia o Italia? Sí con matices, pero sí en definitiva. ¿Que la cocina española está de moda y mola mogollón por todas partes? Quién podría negarlo. Pero no es menos cierto que es mucho más fácil comer mal en España que en Francia, en Italia o en Portugal. Que hay muchas posibilidades de ser estafado por un hostelero y que la calidad media de los sitios so called de menú del día está muy por debajo de sus equivalentes en los países de los alrededores.

En Portugal, donde la comida no es sofisticada y el repertorio de recetas e ingredientes tradicionales es mucho más limitado que aquí, puedes entrar en cualquier tasca al azar con la tranquilidad de que, en el peor de los casos, disfrutarás de un plato sencillo y hecho con corrección. En Italia, las trattorias garantizan siempre una pasta al dente y un trato amigable, y aunque en Francia lo del trato amigable no se les dé tan bien y los precios exageren un poco, el más humilde y cutre de los bistrots ofrecerá un plat du jour más que decente, aunque sea una sencilla soup à l’ognion.

Quiero decir que, pese a que hosteleros intoxicadores y estafadores los hay en todas partes, no es nada difícil comer bien en Portugal, Italia o Francia, aunque no conozcas la ciudad ni el idioma: incluso escogiendo una taverna, una trattoria o un bistrot al azar, hay más posibilidades de comer bien que mal en ellos . Sin embargo, un viajero mal informado en España tiene muchas posibilidades de acabar en un sitio infame donde le sirvan pura y simple mierda bajo el epígrafe de menú del día.

Esto es así, me supongo yo, porque tanto Portugal como Italia y Francia tienen una cultura gastronómica de la que carece España. Están acostumbrados a comer mejor en sus casas, por lo que mantienen el nivel en la restauración popular. En España queremos a nuestras madres tanto o más que los portugueses, los italianos o los franceses (es difícil quererlas más que los italianos, pero muy fácil quererlas más que los franceses), pero quizá debiéramos quererlas un poco menos y quererlas mejor, porque creo que la cocina de las mamás está muy sobrevalorada.

Salvo la de la mía, que quede claro. Mi madre cocina como nadie y de ella he aprendido yo todo mi recetario básico y he heredado mi afición cocinillas. Así que a callar todo el mundo: me estoy metiendo con las madres de ustedes, no con la mía.

Las mamás españolas (insisto, menos la mía) vienen de una cocina de subsistencia. Aprendieron de sus madres, nuestras abuelas, que crecieron con cartillas de racionamiento en ciudades que parecían la Salamanca del Lazarillo. Aprendieron una cocina pícara, de sobras y miserias. Si Simone Ortega tuvo tanto éxito con su monumental recetario 1.080 recetas de cocina fue porque operó como una Alan Lomax de la cocina: recuperó una tradición que se estaba esfumando. Metió de nuevo a las amas de casa en la cocina con los guisos de sus abuelas y bisabuelas, enseñándoles que podían mantener sus misterios druídicos frente al Avecrem, la Gallina Blanca y los congelados de Findus. Pero, en el camino, se perdió la técnica.

Las mamás españolas tienden a maltratar los productos: sobrecocinan casi todo. Nada está lo bastante hecho para ellas. Recuerdo que, cuando me invitaban a comer a casa de un amigo del cole, me costaba identificar los macarrones en esa masa pastosa y apelmazada que chapoteaba en una piscina de tomate Orlando. Sí, era duro que mi madre cocinara bien, porque las otras madres no lo hacían, y no me habían enseñado a fingir y a tragarme lo que fuera.

Los arroces de los domingos cuecen (en agua, claro, rara vez en un buen caldo) hasta pasarse más que la mojama; las judías verdes suelen serlo sólo de nombre, lo normal es que sean pardas y hayan dejado toda su alma, sabor y textura en una tortura ejecutada en olla exprés durante media hora o así (cuando les bastan seis minutos de cocción normal); las almejas menguan hasta hacerse casi invisibles tras hervir minutos y minutos y minutos, y muchos pescados podrían servir de suela de zapato.

La sobrecocción es un grave problema de la cocina casera española, pero casi es un problema menor si se lo compara con el problema Starlux o con el problema “colorante alimentario”. Que en muchas casas todavía no se hayan enterado que esos polvos de tintura amarilla no tienen nada que ver, ni remotamente, con el azafrán, es terrible, y explica muchas cosas. Entre ellas, explica el éxito de Dia o de Mercadona.

En Italia es bastante difícil encontrar potitos para bebés. No los venden en todas las farmacias y ni siquiera en todos los supermercados. Cuando los encuentras, apenas tienen variedad de marcas, sabores y grupos de edad. ¿Saben por qué es así? Porque las mamás italianas (y quiero creer que los papás) no dan potitos a sus niños. Unos que compramos, prácticamente a la desesperada, después de recorrer tres o cuatro sitios, incluían una recomendación en la etiqueta: añada una cucharadita de parmesano para que el niño se vaya acostumbrando a su sabor. Es decir, apostilla el fabricante: ya que usted es tan mal padre que no tiene tiempo de hacerle una papilla a su hijo como la Mamma manda, por lo menos, vaya educando el paladar de su criatura. Así no tendrá que pedir el menú infantil y sabrá comer pronto y mantendrá viva nuestra tradición de buenos comedores y buenos cocineros.

Ya sé que, “con la que está cayendo”, sueno frívolo, esnob y desafinado. Pero me da igual, que otros hablen de la prima de riesgo y del paro, yo prefiero hablar de comida.

COMING SOON…

Si ustedes viven en Zaragoza y han pasado recientemente por la puerta del Centro de Historias, es probable que hayan visto esta banderola y se hayan preguntado qué es esta cosa y por qué debería importarme. Inteligentes planteamientos ambos. Muy brevemente, les diré que se trata de una exposición (obviamente, al estar en un centro dedicado a las exposiciones) basada en mi libro Soldados en el jardín de la paz y que se inaugurará el próximo 10 de mayo. Estará abierta hasta el 8 de julio. Tengo el honor de comisariarla junto a mi socia, Beatriz Lucea, responsable de la propuesta museográfica y del diseño gráfico. Yo he puesto mis barbas en remojo y toda la documentación, textos y contenidos más o menos didácticos.

En días venideros les ampliaré información y, por supuesto, si les place, les invitaré a la grand opening. Si son ustedes periodistas culturales, les adelanto que el ayuntamiento convocará una rueda de prensa el día 9 de mayo, con visita guiada para cámaras de televisión y fotógrafos. Nos veremos allí.

FRIVOLIDAD

Haré un comentario extenso que se publicará en una nueva revista cultural online en la que colaboro, pero de momento, aquí les dejo esta perla:

La frivolidad consiste en tener una tabla de valores invertida o desequilibrada en la que la forma importa más que el contenido, la apariencia más que la esencia y en la que el gesto y el desplante —la representación— hacen las veces de sentimientos e ideas. En una novela medieval que yo admiro, Tirant lo Blanc, la esposa de Guillem de Vàroic da una bofetada a su hijo, un niñito recién nacido, para que llore por la partida de su padre a Jerusalén. Nosotros los lectores nos reímos, divertidos con ese disparate, como si las lágrimas que le arranca esa bofetada a la pobre criatura pudieran ser confundidas con el sentimiento de tristeza. Pero ni esa dama ni los personajes que la contemplan se ríen porque para ellos el llanto —la pura forma— es la tristeza. Y no hay otra manera de estar triste que llorando —«derramando vivas lágrimas» dice la novela— pues en este mundo es la forma la que cuenta, a cuyo servicio están los contenidos de los actos. Eso es la frivolidad, una manera de entender el mundo, la vida, según la cual todo es apariencia, es decir teatro, es decir juego y diversión.

Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo

Palabra de Nobel. Amén.

Y esto es sólo un pasaje. Háganse a la idea de que todo el libro es así, de principio a fin. Hay que leerlo después de una relajante tila o de un porrito, para que no te suba la tensión demasiado.

A ver, ¿por dónde empiezo? Quizá por lo más preocupante, lo que roza lo delictivo: a los lectores de Tirant lo Blanc les parece muy divertido que una madre golpee a su recién nacido. Qué juerga, qué deliciosa ironía. ¿Quién no se ha carcajeado con una buena escena de maltrato infantil? Los médicos de urgencias pierden el control de sus esfínteres (se mean de la risa, vaya) cada vez que les llega un bebé medio muerto y con las costillas rotas. Qué bien lo pasemos todos, la de chistes que cuentan los fiscales y los asistentes sociales cuando les llega el caso de un mocoso al que sus padres han zurrado a base de bien. Sin embargo, los personajes de Tirant lo Blanc no se ríen. Qué sosos, no le ven la gracia al asunto. Bárbaros, primitivos, pazguatos, no saben divertirse con una buena paliza infantil.

Allá cada cual con lo que le resulta divertido o no, no seré yo quien juzgue el humorismo de todo un premio Nobel. Me centraré en el meollo de este asunto. Dice Vargas (el escritor, no la cantante de boleros): «La frivolidad consiste en tener una tabla de valores invertida o desequilibrada en la que la forma importa más que el contenido, la apariencia más que la esencia y en la que el gesto y el desplante —la representación— hacen las veces de sentimientos e ideas». Eso no es frivolidad, eso es literatura, y es muy sorprendente que un Nobel de ídem no identifique la esencia de su arte aquí: la literatura es representación, y en ella, la forma siempre importa más que el contenido. En literatura, la apariencia, los gestos y los desplantes hacen las veces de sentimientos e ideas. Porque los sentimientos e ideas, dada su naturaleza inconcreta, no se pueden manifestar más que a través de apariencias y gestos.

Cuando Vargas (el escritor, no el guitarrista de la Vargas Blues Band) quiso profundizar en la idea de violencia y en los sentimientos asociados a ella, escribió una novela magnífica llena de gestos y hechos violentos. En ningún momento teorizó en plan filósofo sobre la violencia, no hizo un planteamiento socrático, sino que narró la historia de un grupo de chavales disparándose, golpeándose y tiranizándose entre ellos, en el contexto frívolo de un internado militar. Eso es La ciudad y los perros, una novela llena de frivolidades en la que la apariencia hace las veces de sentimientos e ideas.

¿Son los personajes de Tirant lo Blanc idiotas por confundir la representación de la tristeza con la tristeza misma? ¿Es que Vargas (el escritor, no el futbolista peruano que actualmente juega en la Fiorentina) ha visto la idea platónica de la tristeza, ha contemplado su forma pura? Por supuesto que no: ha visto lo que todos hemos visto, sombras en la caverna. No hemos visto la tristeza porque la tristeza no existe. Lo que existe es la gente triste. El mundo es una representación de universales, de eso va la literatura. Creía que estábamos de acuerdo en eso, pero parece que ni los premios Nobel lo tienen claro. Lo bárbaro de la escena de Tirant lo Blanc es que la convención social sustituye a la expresión genuina del sentimiento. Ahí está la frivolidad, en la adulteración de la representación y en su descontextualización, no en la representación misma.

Hablaré largo y tendido de este libro en esa nueva revista digital en la que me han invitado a escribir, pero no me podía aguantar estas notitas marginales.

SINVERGÜENZAS

¿Puede algo irritarme y atraerme al tiempo? ¿Es posible que no deje de sacarle defectos pero siga enganchado a la pantalla, con emoción? ¿Cómo puede tener un relato sobradas imperfecciones, inconsistencias narrativas —e incluso trampas y estafas imperdonables— y, al mismo tiempo, seducir y conseguir que te interesen los personajes, que los hagas tuyos?

Shameless es una de las series de moda. Acaba de terminar la segunda temporada de la versión americana y yo he deglutido los 24 episodios de las dos seasons en pocas sentadas (la original, británica de Channel 4, no la he visto).

El planteamiento es el de una comedia televisiva clásica moteada de elementos dramáticos muy dosificados. Los Gallagher, una familia lumpen del sur de Chicago, y sus cuitas para sobrevivir en la miseria: un padre alcohólico, una madre bipolar y ausente y seis hijos. La camada está al cuidado de la hermana mayor, Fiona (slurp, slurp: el primer capítulo arranca con un primer plano de la chica recién levantada, con unas braguitas y una camiseta que realza y transparenta sus pezones. Sexualidad lumpenproletaria, la promesa de la Cenicienta que busca su zapatito), y entre el dramatis personae se esconde un genio, un adolescente gay, un niño con tendencias psicópatas y una niña que encara la pubertad.

Fiona (Emmy Rossum) con su príncipe azul, Steve (Justine Chatwin)

La cosa olía a Peter Pan (con esos niños a cargo de Campanilla, siempre escondiéndose del Capitán Garfio, que es el gañán de su padre) y Cenicienta (hay un príncipe azul que es un ladrón de coches) mezclada con una novela de Dickens o una peli de Loach. Son pobres, su vida es una puta mierda, pero el amor que se profesan los mantiene esperanzados y alegres.

Mi primer reparo tenía que ver con todo el tufillo de referencias que se manejaban y que presagiaba una serie apestosamente conservadora. El costumbrismo siempre sirve al Consejo de Ministros y al consejo de administración de Repsol. Uno de los preceptos de la comedia televisiva es que los conflictos siempre se resuelven: el statu quo del planteamiento se restituye en el desenlace para que cada episodio tenga autonomía y se mantengan las líneas argumentales y los personajes. En el drama, esta convención no se respeta porque impediría el avance de la acción y la evolución de los personajes. Un planteamiento dramático necesita que los conflictos estallen y las cosas cambien, por lo que obliga al espectador a enfrentarse a dilemas que no siempre se resuelven y ayuda a plantear preguntas que no siempre se pueden responder con una sonrisa y un chasqueo de dedos. La comedia en su formato televisivo, sin embargo, necesita estabilidad para poder seguir siendo comedia, y por eso es mucho más conservadora, porque transmite el mensaje de que todo está bien, de que las condiciones vitales de los personajes (y, por tanto, de los tipos sociales que estereotipan) son inamovibles, que su fatum es irrompible. El libre albedrío tiene mal encaje con la sit-com.

Por eso, el realismo extremo aplicado a la comedia deviene caricatura con demasiada frecuencia, y la representación costumbrista, en farsa. Todo esto parecía claro en Shameless: para mantener el tono cómico necesitaban fijar los personajes, abortar cualquier posible evolución. Y eso es así en la primera temporada, hasta el punto de que toda su aparente transgresión se diluye en un mensaje ñoño no muy distinto del que transmiten las monjitas misioneras cuando nos dicen que los negritos de África son pobres, pero se les ve tan felices con tan poca cosa, y que los que somos desgraciados somos nosotros porque nuestros coches y nuestras teles de plasta nos alejan de nuestro sustrato espiritual.

Sin embargo, en la segunda temporada, que sospecho que es la que se ha rodado sin la tutela del modelo inglés original, el drama gana terreno a la comedia y lo que empezó siendo una sit-com salvaje con guiños constantes a Cenicienta y a Peter Pan, se transformó en una tragicomedia. En rigor, un drama con elementos de comedia, y no al revés. Es entonces cuando la cosa se pone interesante, cuando los personajes se enfrentan a conflictos que les obligan a evolucionar: el final de cada episodio ya no enlaza con su principio, se rompe la estructura circular, y eso hace de Shameless un relato vivo, intenso y, ahora sí, provocador. En el momento en el que abandona el costumbrismo y los chistes de lumpenproletarios, la serie se vuelve interesantísima. La primera temporada se deja ver, pero la segunda es soberbia y tiene momentos de altísima intensidad emocional.

Si a eso le sumas que está rodada con muchísimo talento (esos exteriores suburbiales, esa atmósfera de derrota y podredumbre tan lograda) y que los actores están muy pero que muy bien (salvo el actor que interpreta al padre, que es el personaje más prescindible y el que pone a prueba la verosimilitud de la trama más a menudo, todos los demás están siempre en su lugar, nunca sobreactúan ni pecan de parcos, son ellos quienes sostienen buena parte del atractivo de la serie, transmiten una autenticidad genial y sobria), para mí, Shameless es el descubrimiento televisivo del momento. Incluso con todos sus errores, ingenuidades y trampas, y aunque siga asomando por ahí una moralina pestilente. Su ternura no es impostada y su relato es sólido.

Es buena, qué coño. Hay que decirlo.