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- LA CRÍTICA DIJO
Malas influencias es, en fin, un relato magistral, que gana con la relectura, un juego metaliterario a partir de la figura (y las cicatrices) de Sylvia Plath.
JOSÉ GIMÉNEZ CORBATÓN, Artes y Letras ESTE BLOG, EN ARAGÓN TV
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TYPICAL SPANISH
No sé por qué se empeñan en llamar novelas a los libros de Manuel Vilas que no son poesía. De hecho, ni siquiera sé por qué se empeñan en llamarlos libros, cuando son simples parcelas de una obra en marcha. Hay autores que escriben libros y hay autores que escriben obras. En estos, los libros no son más que accidentes o males menores. De alguna forma hay que dosificar el magma. De alguna forma hay que envasar el producto para su comercialización. Pero no conviene engañarse: todos los libros (narrativos) de Vilas son uno. Lo importante de un libro de Vilas no es el libro en sí, sino Vilas mismo. Así, España, Aire nuestro y Los inmortales son manifestaciones concretas (corpóreas, más bien) de un único espíritu. De ahí que algunos críticos digan que se repite más que el ajo, que es más de lo mismo y que tal y que cual.
Pues claro que es más de lo mismo, ¿qué se esperaban? Es Manuel Vilas, ¿aún no se han enterado de qué va la vaina? ¿Necesitan leer tres libros para darse cuenta del truco?
Sin embargo, aunque los libros son accidentes y, por así decir, incordios prescindibles, unos son más iguales que otros. Y este de Los inmortales, para mi gusto, es la concreción más lograda hasta la fecha del espíritu vilesco. Es el que está mejor escrito, el más divertido y el más radical. Y lo dice alguien que le ha costado entrar en el juego, justo es reconocerlo.
Como en Aire nuestro, Los inmortales es una colección de relatos engarzados con un hilo común. Si en el anterior era la tele, en este es la inmortalidad. Se supone que esta novela es un manuscrito que encuentran en el año 22011.
¿Cómo? ¿Un manuscrito? ¿Como el manuscrito hallado en Zaragoza? No. Más bien como el Quijote de Cide Hamete. Porque la cosa va de cervantismos. Sí, cervantismos, como lo leen. Agárrense, que vienen curvas.
Uno de los protas recurrentes es SA, apócope de Saavedra, que a su vez es el segundo apellido de Cervantes. Es uno de los inmortales. Otros son Picasso, Van Gogh o Juan Pablo II. Ah, y Manuel Vilas, claro está. Todos ellos protagonizan disparates delirantes y grotescos en los que no falta el mal gusto y lo soez. Y por el mal gusto y lo soez me ha ganado. Por ahí vamos bien. Yo siempre apoyo la semántica del caca, culo, pedo, pis.
Mi historia favorita es la titulada Las señoritas de Aviñón, una barbaridad digna de Seth MacFarlane. Podría ser un episodio de Padre de familia. Es incluso más bestia. Allí se lee que «la obesidad es el futuro». Un futuro promisorio, una nueva Jerusalén.
Lo que no entiendo es la obsesión postmoderna con la que se etiqueta (él mismo se autoetiqueta) la literatura de Vilas. A mí me suena más a marketing editorial que a razonamiento teórico fundamentado. Vilas en general, y este libro muy en particular, me parece profundamente español. Español en el sentido de que emerge de una tradición muy clara. Vilas no rompe la baraja, sino que juega con cartas heredadas. No sé si esto le supondrá algún problema. Para moverse por el mundo como enfant terrible es mucho mejor ser tildado de transgresor, pero creo que, ahora mismo, hay pocos escritores más ligados a la tradición literaria española que Vilas.
Él mismo parece insinuarlo constantemente. Para empezar, con el juego de espejos deformantes que hace con el Quijote, incardinando su humor y su sentido paródico en la novela cervantina. Pero hay marcas más explícitas. For example:
Se acuerda de la mala suerte que significaba para un escritor español haber nacido en España, de lo bueno que hubiera sido para un escritor español nacer en Estados Unidos; no obstante, todo siempre puede empeorar, y peor sería haber nacido en Nairobi o en Bolivia. Se acuerda de que entonces llegó a pensar que lo mejor que le podía acontecer a un escritor español era pasar, de manera camuflada, por un escritor estadounidense.
Esto no es sólo una coña sobre el fariseísmo del mundillo literario español y sobre el paleto afán cosmopolita que anima a muchos autores, sino que es también una forma de reivindicarse partícipe de un espíritu nacional (toma ya cursivas chuscas). Nuestra tradición no es triste. Nuestra tradición no es la contemplación ensimismada de la lluvia sobre los cristales. Eso es propio de gabachos. Los españoles nos reímos. A carcajada limpia. Y decimos mucho polla. Y, a veces, la enseñamos. Eso parece decirnos Vilas al ejercer de escritor español.
Desde luego, esta postmodernidad no puede interpretarse como ruptura, sino como regeneración. Autores como Vilas (y como Antonio Orejudo, y como Rafael Reig, con quienes le veo mucho más emparentado que con los otrora llamados nocillescos) son rupturistas en el sentido de que rompen con una forma de hacer novela pomposa y artificial, pero son continuistas porque lo que proponen es una vuelta a las raíces, al Arcipreste de Hita y al Quijote. Aunque, a decir verdad, esas raíces nunca se han podrido, siempre ha habido alguien, en todas las generaciones, pendiente de regarlas.
Y luego está la parodia. Todo es parodia en Los inmortales. Sí, es evidente, pero me parece ocioso diseccionar los mecanismos de la parodia: su análisis anula por completo los efectos. Los chistes no se explican, es de muy mala educación hacer eso. Sin embargo, y tomando este pie forzado, me gustaría hacer una reflexión sobre la función de la parodia en la cultura popular de este comienzo de siglo XXI. Será otro día, que hoy se me ha acabado el duro y se me corta la llamada.
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Etiquetado Alfaguara, Literatura, Los inmortales, Manuel Vilas, parodia
FLATOS ACADÉMICOS
Como parece que Amazon se va a comer crudas a todas las editoriales del orbe (ver aquí para creer), resulta imposible hablar con un editor de cualquier otra cosa que no sea el inminente Apocalipsis. Pero como yo tengo una novela a punto de publicarse, me preocupan otras cosas. Que son las cosas que, en circunstancias normales, concernían a los editores.
La corrección de los textos, por ejemplo.
Cuando la correctora de la editorial me pasó las pruebas, confirmé que había hecho un trabajo soberbio (ya lo había comprobado cuando preparó la versión definitiva del manuscrito antes de volcarlo en la maqueta), pero constaté también que no había aceptado varios de mis empeños ortotipográficos. El principal, mi empecinamiento en que las palabras inglesas aparezcan en redonda, y no en cursiva, como dicta la norma de la Real Academia Española.
«Es que lo dice la RAE» es el equivalente editorial del «rebota, rebota y en tu culo explota». Es la sentencia zanjadiscusiones: se invoca al altísimo, a la RAE nada menos. ¿Y quiénes somos nosotros para zaherir la voluntad del Innombrable?
Yo, que soy ateo lingüístico, solicité negociar. Ni para ellos, ni para mí. Acepto que la editorial asuma las normas de la RAE para la edición de sus libros y quiera mantener una coherencia ortotipográfica en todos sus títulos. De hecho, así lo he firmado. Pero pido indultos. Hay palabras que no pueden ir en cursiva porque la cursiva subraya su extrañeza y saca al lector del relato. Son como coches que circulan en dirección contraria con las largas puestas. Te puedes cruzar con uno muy de vez en cuando y acordarte de sus padres, pero si te están deslumbrando constantemente, al final te sales de la carretera. Con las cursivas, lo mismo: una o dos diseminadas por ahí son soportables, pero encontrártelas en cada página repele al filólogo más purista.
Mis argumentos convencieron y logré el indulto para whisky (ya anteriormente había evitado el horrible güisqui, que no hay quien se lo beba ni quien se lo lea) y para otras expresiones, como rock, pero los editores insistieron en conservar las cursivas de las palabras inglesas más raras y menos reiteradas.
Bien, vale, acepto barco. Quid pro quo, celebrémoslo con un whisky sin cursivas y con un hielito para mí. Sólo uno (lo digo porque el purista de Mario de los Santos se los toma sin, machote que es él).
Hasta ahí, todo normal. Una discusión civilizada sobre usos lingüísticos dentro de una relación de lo más normal entre autor y editores, defendiendo cada uno su trabajo. Pero, una vez alcanzado el acuerdo, seguimos platicando sobre estas cosas y sobre el papel de la RAE en este embrollo. Y mi editor aludió a la responsabilidad de los escritores para con el idioma, que no deberíamos usar tantos palabros en inglés y que deberíamos buscar sus equivalentes castellanos. En vez de crooner, por ejemplo, cantante melódico.
Pero es que un crooner no es un cantante melódico. Un crooner es un crooner.
Yo disiento radicalmente. No creo que el escritor tenga responsablidad ninguna para con el idioma. No es ni su guardián ni su divulgador. El idioma es simplemente un material y una herramienta de trabajo. Es más, reniego de cualquier responsabilidad social del escritor, lingüística o de ningún tipo. Su actitud para con su lengua puede ser conservadora o destructiva, admirativa o despreciativa, arcaizante o extranjerizante. Pero siempre tendrá una motivación individual, no tiene por qué ampararse en un fin superior a la propia escritura. Porque la escritura (y el arte en general) no ha de justificar su propia actividad.
Otra cosa son los periódicos y otras escrituras públicas de carácter utilitario. Esas sí que se deben a otros objetivos. Pero la literatura pertenece a otro ámbito, autorreferencial y estanco. La literatura no tiene que dar ejemplo, ni ser didáctica, ni servir para nada. La literatura sólo tiene que ser literatura. Y sólo siendo literatura conseguirá interesarnos a quienes vivimos apasionados por ella.
En un empeño a mi juicio delirante por preservar la pureza de la lengua (una lengua que nace y crece gracias al contacto con otras lenguas; si no, aún hablaríamos en latín), la RAE ha emprendido una campaña para incorporar fonéticamente muchas voces y siglas inglesas que utilizamos frecuentemente. Ya hemos visto escritos los horribles parquin y márquetin, y los pasables (quizá por costumbre) cedé y deuvedé. Es ridículo, porque la grafía original de esas palabras es sabida por todo el mundo, y su castellanización suena mostrenca y brutal.
¿Qué problema hay por incorporar palabras del inglés? Llevamos siglos y siglos calcando términos de las lenguas dominantes. Hasta los animales de bellota medievales asimilaron un montón de palabros del por entonces mucho más culto, expresivo e imperial árabe. De haber existido la RAE entonces no tendríamos azafrán, alacena u ojalá. Las cursivas y las castellanizaciones de la grafía no hacen más que retardar y acartonar un proceso de asimilación natural.
Lo que me lleva a confesar que no estoy de acuerdo con el tradicional matrimonio que se da en España, por influencia francesa (la RAE no es más que el más pedorro de los galicismos), entre lengua y literatura. Que filólogos y escritores compartan una misma institución y un mismo hueco en el mundo académico es un despropósito. Los arquitectos también trabajan con fuerzas físicas y materiales, pero no se sientan al lado de los físicos, y los pintores trabajan con compuestos químicos, pero no tienen cátedras en sus facultades.
Un escritor, por razón de su oficio, puede tener un conocimiento lingüístico muy superior al de un hablante medio, pero sus destrezas y talentos no le convierten en un experto en la materia. También un ingeniero de caminos aplica principios de unas ciencias a cuya academia no pertenece: entender las leyes que permiten construir un puente y construirlo según esas leyes no te convierte en físico. De la misma forma que entender las sutilezas idiomáticas y construir una obra literaria basada en ellas (en rasgos dialectales y sociolectales, por ejemplo) no te convierte en lingüista ni te capacita para participar en la redacción de un diccionario. ¿Qué tiene que ver estudiar las variedades dialectales de las Antillas menores con escribir Alatriste? ¿O ser una eminencia en lexicografía con componer versos alla maniera de Eliot?
Por suerte, conforme los estudios lingüísticos han avanzado y se han especializado, desde la gramática generativa a las más modernas escuelas, la brecha entre ambos mundos se ha hecho mucho más evidente, pero sigue sin serlo del todo para el común de los mortales.
La diferencia entre el ingeniero y el escritor es que, si el primero no aplica bien las leyes de la física, el puente se caerá, mientras que si el escritor se merienda las normas de la RAE… ¡no pasa absolutamente nada! Bueno, quizás algún viejo académico sufra de acidez estomacal, pero la tragedia no pasará de ahí.
Lo único importante de una transgresión es que sea consciente y buscada. Sólo así es una transgresión. Si no, es pura ignorancia. Me pasó hace poco cuando me pidieron ser jurado de un concurso de relatos. Dudé si defender un texto que me había provocado sentimientos encontrados. Dije: si la confusión es intencionada, se trata de un recurso genial, el cuento es brillante; pero, si no, es una cagada gordísima. Sospechaba más lo segundo, pero era tan grosero que no podía ser involuntario. Quiero decir, que yo acepto la voluntad del escritor siempre que esa voluntad no sea expresión de una incapacidad.
Y todo lo demás es vanidad.
CUARTO Y MITAD DE BERNHARD
Estamos preparando los detalles del lanzamiento de mi novela No habrá más enemigo, que entra en imprenta dentro de unos días, y la editorial ha escogido un pasaje de acompañamiento a los paratextos de la contraportada. Ni en mil millones de años habría sabido yo escoger un párrafo mejor, que condense con más nitidez el Geist del libro. Es este:
«¿Quién puede ser tan imbécil para preferir Kansas al País de Oz? ¿Es usted tan imbécil como Dorothy? Si vive en una ficción, acepte mi consejo y gócela. Muchos quisiéramos traspasar el espejo y vivimos atrapados en este lado.»
De entre la decena escasa de personas a quienes he sometido a la tortura de leer la novela, los escritores coinciden en apreciar ecos de Thomas Bernhard en ella. Yo a todo digo que sí, que por supuesto, que aúpa Bernhard y tal. Pero, ahora que nadie nos oye, entre nosotros, os tengo que confesar que, entre las muchas lagunas y los insondables mares de mi culturilla literaria, se encuentra un pecado imperdonable: no he leído a Bernhard. Pero ni por casualidad. Ni por despiste.
Me encanta que me atribuyan influencias prestigiosísimas que ni siquiera conozco. Puestos a buscarme parecidos, que sean de tíos guapos y molones.
Como intuyo que lo de Bernhard seguirá coleando, porque son varios quienes coinciden en el mismo nombre —así que algo habrán visto en mis letrillas que justifique la cita—, me he pasado esta mañana por mi librería favorita y le he pedido a Félix que me pusiera cuarto y mitad de Thomas Bernhard. Para poder decir en qué me ha influido y explayarme un poquito sobre ello.
—A mí me gusta mucho este, Mis premios —me recomienda Félix, sacándome todo el muestrario austriaco de su fondo—. ¿Quieres poesía también?
—¿Poesía? No jodas, ¿no ves que llevo barba? Soy muy macho para andar leyendo versitos —le respondo, haciendo gala de mi proverbial sensibilidad.
Así que esta noche empezaré a buscar mi yo bernhardiano. A ver si voy a descubrir que Bernhard me copió a mí y no al revés.
Pensando en el porqué de estas atribuciones literarias, concluyo que, quizá, lo que perciben estos lectores es una cierta atmósfera austriaca. Es posible que lo que algunos interpretan como amargura bernhardiana tenga más que ver con los libros de Elfriede Jelinek y las pelis de Michael Haneke, autores que sí frecuento con placer morboso.
En cualquier caso, me fascina —y comprendo a la perfección, porque yo también lo hago— la pulsión cultista a la hora de buscar referencias y conexiones literarias. Siempre se citan grandes nombres y cimas inalcanzables, pero muy pocos son capaces de ver la carnaza pulp que sustenta muchas narrativas dizque sublimes. En mi caso, nadie me ha sacado hasta ahora (si bien es cierto que nadie ha leído aún el libro, más allá del círculo de editores, agentes y amiguetes escritores) una referencia que yo considero clara y que no me he esforzado en disimular: El Mago de Oz.
Pero, claro, El Mago de Oz no mola. Mola mucho más Bernhard.
Me alegra que los editores sí que hayan apreciado esa conexión trash. Eso significa que la han leído con ojos cariñosos y atentos. Y me halaga mucho, la verdad, porque esa cita de la contraportada es la única mención expresa que hay en la novela. El resto, son alusiones muy veladas, prácticamente ilegibles.
Para mí, el juego realidad-fantasía del mundo de Oz (mucho más oscuro en la novela que en la peli) no sólo es muy sugerente, sino que lo siento como una pieza clave de la cultura popular contemporánea. Su espíritu me ha ayudado a estructurar buena parte de la obra, y creo que se entiende mejor cierto simbolismo deliberadamente críptico si se pillan los guiños ozescos.
Pero, vamos, que yo no soy nadie para decir cómo ha de leerse mi novela. Si la cosa va de Bernhard, no me he de quejar. Viva Bernhard. Lo importante, para mí, es que se lea. Luego, que cada cual saque sus referencias y conclusiones.
Mientras tanto, me voy a leer a Thomas Bernhard, que ya me vale haber llegado a mis años y a mi posición sin haber tocado un libro suyo.
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Etiquetado El Mago de Oz, Literatura, No habrá más enemigo, Thomas Bernhard
ESTA TARDE, EN ZARAGOZA
Si andáis por Zaragoza y os apetece, estáis todos invitados esta tarde al sarao que se anuncia en el cartel de abajo. Tanto si habéis leído el libro como si no. Charlaremos de lo que surja y procuraremos reírnos. Echaré firmas a quien lo solicite. Eso sí, os advierto de que estoy menstruando y no he tomado Saldeva. Quien avisa no es traidor. Ah, las Saldeva Forte (suspiro). Recuerdo que los quinquis del barrio se las robaban a sus hermanas mayores y se colocaban con ellas. Algunas las revendían. Qué tiempos. También había quien fumaba hebras de plátano, pero me da a mí que eso no pegaba mucho. Esto…, ¿de qué estaba hablando? Ah, sí, de lo de esta tarde. Pues eso, que estará Luis Alegre. Haciéndome preguntas. O no. Mejor me tomo una Saldeva. ¿Es vía oral? Hasta luego.
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Etiquetado El restaurante favorito de Nina Hagen, Literatura, Luis Alegre, periodismo
LO LIVIANO
Ya sé, ya sé, Rosa Montero se está convirtiendo en la nueva Pérez-Reverte de este blog, pero es que no deja de darme pie. Hoy, ni siquiera he leído la columna entera (nunca lo hago, ciertamente). Me basta el comienzo. Dice:
Llevo semanas queriendo escribir un artículo juguetón y liviano sobre el sexo (suena promisorio, ¿no?), pero no consigo hacerlo porque la realidad siempre acaba imponiendo un peso negro sobre esa ligereza. O sea, suceden cosas terribles que claman por ser dichas, o al menos yo lo siento así.
Ay, la pulsión por la trascendencia, ese síndrome que afecta al noventa por ciento de los columnistas españoles. Hay cosas que «claman por ser dichas». Claro, ¿cómo podemos perder el tiempo escribiendo sobre chorradas habiendo tantos dramas por ahí?
Esto me recuerda a una anécdota que relataba Muñoz Molina [corrección: me apunta Alberto Olmos que no fue Muñoz Molina, sino Javier Marías. En adelante, donde dije uno digo otro] en un texto de hace unos años. Cuenta que le presentaron a un insigne poeta y que se le ocurrió preguntarle, iluso él: «¿Qué tal está usted?». El poeta, suspirante y suspirado, respondió que mal, que muy mal. ¿Y eso?, inquirió con miedo Marías, pensando que le iba a contar que tenía un cáncer o que llevaba tres días sin poder sacarse un trozo de bacalao del premolar izquierdo. «¿Cómo se puede estar bien con tanto sufrimiento como hay en el mundo?».
No contento con dolerse de España, el poeta se dolía del mundo. No sabía nada el poeta: había encontrado el camino más corto para alcanzar el Nobel de Literatura.
Sin embargo, algo me dice que el común del gentío no se siente dolido por el mundo. A mí me duelen mis cosas y las de la gente a la que quiero. Me puede conmover tal o cual noticia, por supuesto. Y si me cuentan la historia de unos chavales de Manila que comen ratas del vertedero, no me hará gracia, pero no estoy sufriendo por los males del mundo. No podría aunque quisiera.
Pero los columnistas españoles, al igual que ese poeta, sí que pueden. Imbuidos por no sé qué iluminación, siempre están al quite para sacar el grano de la paja y destacar las historias que «claman por ser dichas».
En España, lo liviano no vende. Lo frívolo se asocia con la estupidez. La inteligencia es solidaria y seria o no es. Esto es así, me pienso yo, porque el columnismo español no tiene demasiado que ver con el periodismo o con la literatura y sí mucho con la predicación evangélica. Son demasiados siglos de homilías y sermones como para que no persista el empeño por salvar las almas de la congregación.
Por tanto, se pueden tolerar a los graciosillos que escriben de chorradas, pero si un columnista quiere hacerse respetar, debe hablar en serio y dolerse muy seriamente de los serios problemas del mundo. Siempre habrá graciosillos, pero nunca ganarán un Ortega y Gasset ni un Cirilo Rodríguez.
Así, como Rosa Montero en este párrafo, los columnistas asumen su oficio como una vocación trascendental. Qué más quisiera yo que escribir de lo que me diera la gana, se quejan, y componer artículos juguetones y livianos sobre sexo, pero el mundo —o Dios, o el Financial Times— me exige que me ocupe de sus miserias. Con la que está cayendo, no podemos perder el tiempo con tontaditas.
Alguna vez, en algún comentario, se me ha reprochado precisamente que pierda el tiempo con entradas tan insustanciales, habiendo tantas y tan graves cosas por tratar. Me divierten mucho esos reproches, como si al escribir nos debiéramos a algo o a alguien. Aquí, ni siquiera me debo a unos clientes, pues los contenidos son de acceso gratuito. No hay libro de reclamaciones al no existir transacción comercial.
La escritura que me interesa a mí, como lector y como escritor, es aquella que surge de los dedos distraídos de los autores. Aquella que no se siente concernida por ningún mal, que se reproduce sin justificación, que no pide disculpas por existir ni reclama una lectura arrobada. La escritura me gusta como las personas: que estén ahí porque sí, luchando por ser, gozando por estar, escribiéndose sin ánimo de redención ni de cura ni de destino manifiesto.
Siempre me situaré en el lado liviano y frívolo de las cosas. Nunca seré hard, siempre seré soft.
Y, ahora, la nota autopromocional:
Mañana, en la Fnac de Zaragoza, a las 19.30, tendremos una oportunidad de charlar de estas cosas con Luis Alegre, que anima un Club de Lectura sobre mi último libro, El restaurante favorito de Nina Hagen. Estáis todos invitados, espero que podamos conversar amigablemente. Si habéis leído el libro y queréis echarme algo en cara, es vuestra oportunidad de humillarme públicamente. Espero que no la desaprovechéis.
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Etiquetado El País, intrascendencias, Literatura, periodismo, Rosa Montero
MÉDULAS
Algunos creemos que lo que está pasando con la polémica entre DKMS y la Organización Nacional de Trasplantes sobre el modelo de registro y captación de donantes de médula ósea en España es muy grave. Porque DKMS ha arrojado unas sombras de duda sobre el sistema español (gestionado por la Fundación Josep Carreras) aprovechándose del desconocimiento que la sociedad tiene sobre el tema. Porque nadie tiene formada una opinión al respecto, salvo los afectados y los profesionales implicados, y como los afectados son numéricamente escasos, casi nadie tiene una opinión sobre el asunto. Que una organización insinúe que el sistema sanitario español está dejando morir a los enfermos que esperan un trasplante de médula es gravísimo, además de una mentira monstruosa, y quienes conocemos de primera mano cómo funciona, no deberíamos consentirlo. Por eso, y aunque entendemos que haya enfermos y afectados que no estarán de acuerdo con nuestros argumentos —estamos abiertos al debate, faltaría más, pero siempre que esté basado sobre datos reales y hechos constatados, no sobre falacias interesadas—, Cristina y yo publicamos la semana pasada sendos artículos en Heraldo de Aragón, porque hemos echado en falta voces como las nuestras en la prensa. Para quienes os los habéis perdido, aquí os los pego.
Primero, mi texto de La ciudad pixelada de ayer domingo:
Altruista, anónimo y comprometido
Tiene razón Rafael Matesanz al pulsar todas las alarmas y llamar la atención sobre el debate que se ha abierto en torno al sistema de donación de órganos en España. Ha surgido a raíz del caso de Hugo Pérez, enfermo de leucemia que ha recurrido a los servicios de una organización alemana, DKMS, para buscar un donante de médula ósea compatible.
Por desgracia, conozco demasiado bien el funcionamiento del sistema de donación de médula ósea en este país, he visto trabajar a los profesionales que lo hacen posible, y comparto plenamente los temores de Matesanz: si se abre un debate que cuestione el modelo español, corremos el riesgo de quebrarlo. Entiendo la desesperación de un enfermo de leucemia que se siente desahuciado —no saben hasta qué punto—, y comprendo también que ese enfermo toque todas las teclas y remueva todas las arenas posibles para encontrar su salvación. Pero la sociedad debería serenarse, informarse y no agitar un debate al calor de las emociones del momento, porque las cosas son mucho más complicadas y peligrosas de lo que un arrebato sentimental puede dejar entrever.
Padezco una enfermedad congénita que no es grave ni me incapacita para nada, pero que me excluye como posible donante de médula ósea. Aunque me inscribí en el registro internacional y me hice las pruebas pertinentes, la Fundación Josep Carreras rechazó mi solicitud por esta causa. Me enfurecí mucho conmigo mismo, pero entendí el rigor de sus criterios de selección. No pueden jugar con algo tan serio.
Cualquiera no sirve para donante. ¿No se han fijado en que apenas hay campañas en los medios para convencer a nuevos donantes de médula? Así como varios organismos solicitan constantemente donaciones de sangre, no hay marquesinas de autobús ni anuncios televisivos que reclamen médula ósea. De hecho, cualquier persona que, como yo o muchos de mis familiares y amigos, haya acudido a un centro médico autorizado para inscribirse como donante, habrá sentido que los hematólogos responsables intentan disuadirlo en lugar de convencerlo, haciendo mucho hincapié en los contras del proceso.
Esto es así porque se buscan donantes comprometidos, no personas conmovidas por un caso concreto que sueñan con salvar a tal niño o a tal enfermo. Se reclama serenidad y buen juicio, no entrega pasional y pasajera. Desde que alguien se inscribe en el Registro de Donantes de Médula Ósea (REDMO, en Aragón lo atienden los servicios de hematología de los hospitales Miguel Servet y Clínico) hasta que efectivamente algún enfermo de cualquier parte del mundo necesita esa médula, pueden pasar muchos años. De hecho, lo más probable es que no llamen nunca al posible donante, las posibilidades son de una entre quinientas. Cuando contactan con ellos, muchos de estos donantes compulsivos no solo han olvidado al emotivo enfermo que les indujo a inscribirse, sino que han olvidado incluso que estaban inscritos. Y, en algunos casos, la perspectiva de acudir a un quirófano para someterse a un proceso molesto, les horroriza. Por tanto, se niegan, condenando a una probable muerte al posible receptor. Para evitar estas situaciones, los gestores de REDMO solo quieren candidatos convencidos y plenamente conscientes de la importancia de su compromiso, por eso no hacen llamamientos masivos y han establecido un protocolo de inscripción muy rígido que no todo el mundo entiende. Se trata, efectivamente, de salvar vidas, y para eso se ha revelado mucho más eficaz el trabajo discreto y puntilloso de los profesionales que el ruido grosero del márquetin.
Y esta es la columna que Cris publicó el viernes en las páginas de opinión (pinchando en ella se puede ampliar la vista):
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Etiquetado DKMS, Fundación Josep Carreras, leucemia, médula ósea, Organización Nacional de Trasplantes, Rafael Matesanz
OCIO GENITAL
Ya me disculparán, pero esta semana estoy desbordado. A todos mis compromisos, que son más de los que quisiera, se añade que acabo de recibir las pruebas de mi novela No habrá más enemigo, y tengo que encontrar tiempo para corregirlas con calma y mimo. Espero que entiendan que abandone por unos días mis obligaciones blogueras. Pero no sufran: para que permanezcan atentos a esta pantalla, les dejo aquí El origen del mundo, ese fantástico cuadro de Gustave Courbet que los más veteranos recordarán que animó los primeros balbuceos del blog. Ahora mismo, para mí no tiene connotaciones eróticas y sólo ilustra mi deseo acuciante de ocio genital. No ocio sexual, sino genital: el tocarse los huevos de toda la vida. No creo que pueda entregarme a él hasta el año 2020 o así, tal y como se me ha puesto el calendario.
Nos vemos estos días.
PS.- El viernes añado a mis tareas una incursión televisiva. Podrán verme con regularidad en una mesa de debate en la tele autonómica. Ya les contaré.
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LOS MAPAS NO SIRVEN PARA NADA
Me ha molado mucho El mapa y el territorio. Creo que es la mejor novela de Michel Houellebecq, la más compleja y ambiciosa, aunque no tenga la fuerza de Plataforma.
No me siento capacitado para glosarla y, a decir verdad, estoy muy desganado. La sola perspectiva de desmenuzar y pensar sobre lo que acabo de leer me deprime. Pero me apetecía dejar constancia. Para todos los cansinos académicos, para los lectores reaccionarios de chimenea y encuadernado en cuero y para los metaliteratos amargados que, por diferentes motivos, insisten machaconamente desde hace medio siglo en la muerte de la novela, en el fin de la literatura y en el agotamiento creativo del arte escrito, que dejen de aburrirnos con sus monsergas de viejos y lean a Houellebecq. ¿Cómo coño va a estar muerta la literatura si tiene escritores como este, capaces de escribir novelas como esta? Ya quisieran todos los muertos mostrarse tan vivos.
Ahora que la estoy reposando, entiendo que El mapa y el territorio es la novela de un patriota, desde el título hasta el epílogo. Es un libro profundísimamente francés, que apunta al corazón de lo gabacho. Conocedor de sus puntos débiles, tira a dar, afectando a los órganos vitales. Desde las pequeñas puyas que salpimentan el relato hasta las cargas de profundidad diseminadas en varios niveles de lectura. Todo va contra Francia y lo francés. Francia como epítome de una civilización agotada que no tiene nada más que ofrecer al mundo que unos hoteles con encanto y especialidades regionales. Un verdadero patriota sólo puede desear que la caricatura de ese país implosione. Como los maltratadores y los celosos: si no puede ser mía, no será de nadie. Dentro de todo patriota anida un terrorista. Eso lo sabe cualquiera y lo sabe Houellebecq.
Pequeñas puyas: el personaje de Houellebecq, exiliado en Irlanda, sólo bebe vino argentino o chileno. Cuando el prota le lleva una botella de vino francés de 400 euros como obsequio, bebe a gollete y acaba cayéndosele al suelo. Ni se molesta en recogerla. Ustedes no lo entenderán, pero muchos franceses no saben concebir insulto mayor que el contenido en esas irrisorias bromas. Si alguien narrara una violación en grupo a la Virgen del Pilar, no escandalizaría tanto un aragonés conservador como esas pequeñas boutades a un francés de pro.
Cargas de profundidad: remiten al título, a la estética de las guías regionales Michelin, a la incapacidad del país de asumir que sus patrones culturales ya no le importan a nadie en el mundo. Todo ello, uniendo arte y declive industrial, soledades y frustraciones.
Hay una referencia clave, que espero que no haya pasado desapercibida a ninguna lectura atenta —la novela está trufada de aparentes naderías que, como sucede en los relatos policíacos, revelan el verdadero significado del texto o ayudan a entender el móvil del asesinato—. El protagonista llama a Houellebecq para preguntarle cómo va a pasar la noche de fin de año. El novelista no ha planeado nada. Estará solo en su casa leyendo a Toqueville, dice.
Toqueville aparece citado en otra escena. Houellebecq parece fascinado con el personaje histórico, pero, aparentemente, la digresión es un receso en la acción sin relación con ella. Todo lo contrario. Para mí, es la clave fundamental: la novela entera remite al autor de La democracia en América. Un intelectual que intentó comprender su tiempo y acabó como un modesto diputado sin ambiciones políticas, como si hubiera descubierto algo que hiciera inútil cualquier esfuerzo. Hay una conexión con el patriotismo de Alexis de Toqueville. Houellebecq interpela constantemente a Toqueville porque todo lo que este definió, fijó y planteó como pilares de la civilización occidental no es más que palabrería formal que no es útil para entender nada del mundo actual. De la Francia actual.
Es decir: el mapa de Francia hace tiempo que no coincide con su territorio. Las guías Michelin no sirven para recorrer el país porque topografían algo que dejó de existir hace mucho tiempo, si es que existió alguna vez fuera de la cabeza de Alexis de Toqueville. Porque Houellebecq parece insinuar que el propio Toqueville se dio cuenta de que su descripción de la democracia no reflejaba la sociedad real. Al menos, eso sospecha el novelista, aunque no dispone de las pruebas.
El mapa y el territorio es salvaje, denso, seductor, provocador y conmovedor. Es, en definitiva, todo lo que tiene que ser una gran novela moderna. Houellebecq es grande, un escritor llamado a ser un clásico. Quizá ya lo sea.
PD.- Ahora que lo pienso, menos cansado que cuando escribí el post, añado que la fuente intelectual más poderosa de este libro no es Toqueville ni la filosofía de los primeros teóricos de la democracia, sino los utopistas del siglo XIX. Hay muchísimas referencias a ellos, desde William Morris y su movimiento de arts & crafts hasta Charles Fourier y sus falansterios. Locos que soñaron con organizaciones sociales perfectas, a menudo como rechazo a la industria. Puede decirse que diseñaron mapas alternativos para un territorio que no querían.
Básicamente, ese es el espíritu que busca rescatar Houellebecq en la novela, al menos como punto de partida teórico o como hipótesis narrativa. Un mapa es una representación a escala y convencional de un territorio, como en muchos aspectos el arte lo es de la realidad. Sin embargo, por muy precisos que sean los mapas, no conseguimos dejar de sentirnos perdidos. No entendemos mejor el mundo de lo que lo entendía Alexis de Toqueville, aunque disponemos de instrumentos mucho más sofisticados para explorarlo. De hecho, puede que lo entendamos incluso peor. Por tanto, los mapas son inútiles, no nos guían. Hay que revertir el proceso: volver al territorio. No hay que modificar los mapas, sino el terreno, transformarlo al margen de lo que establezca su representación. Pero transformarlo en él, no proyectando mapas previos donde planifiquemos la transformación, porque entonces estaríamos siendo tan ingenuos como los utopistas.
El final del libro es una especie de distopía rural con economía de mercado: una Francia en la que los urbanitas han vuelto al campo, revitalizando los pueblos, convirtiéndolos en prósperos centros de ocio para los turistas rusos y chinos. Francia sólo encuentra un lugar en el mundo cuando abandona su sumisión al mapa y asume su territorio, su realidad. Es decir, cuando la soberbia imperial y la grandeur (pues eso son los mapas, al igual que el arte, representaciones de poder) se aparcan en pro del sentido común. O en otras palabras: no es posible encontrar acomodo en el mundo si no se desprecian antes las representaciones que hemos hecho de nosotros mismos. Pragmatismo social que puede ser también individual: sé tú mismo, no lo que se supone que eres. Jed Martin, abúlico protagonista de la novela, acaba aplicándoselo.
Es una lectura nihilista de los utopistas del XIX. El fin de toda ingenuidad. El fin (quizá ahora sí) del sueño imperial de Occidente.
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Etiquetado Alexis de Toqueville, Anagrama, El mapa y el territorio, Francia, Literatura, Michel Houellebecq
MUY HEVY (EN NAVARRO)
Venga, va, cierro ya el ciclo heavy de este blog. En realidad, estaba cerradísimo, pero no me resisto a reproducir este anuncio que me ha pasado un amigo. Está recortado de un número del Diario de Navarra.
Mmmm. Dan ganas de pasarse por allí, ¿verdad, troncos? Seguro que es guay del paraguay, una passsssada.
Como no habréis apreciado bien los detalles os amplío lo mejor del anuncio.
Bien, analicemos esto, amigos. El sitio se llama Rockefor. Rockefor. Lo siento, no puedo dejar de escribirlo: ¡Rockefor! Y ahora en mayúsculas, todos juntos: ROCKEFOR. Ajandemor. Y su sorbete se llama Marea. Marea, vómito, sorbete… No me parece un campo semántico adecuado para un alimento semisólido.
Pero mi detalle favorito es esta promoción que hicieron el día de Nochebuena:
Como sabéis, el Olentzero (con tz, no con tx, pero en fin) es ese Papá Noel euskárico. El Rocklentxero, francamente, no tengo ni idea de qué pueda ser, aunque lo respeto, tíos. Pero lo que me preocupa enormemente es que haya hijos que tengan padres heavytones. ¿Lo sabe el Defensor del Menor? ¿Y la Fiscalía? ¿Tenemos que dar parte a la Policía Foral Navarra? ¿Qué coño le están haciendo a los niños en Pamplona? Exigimos saberlo.
Por dios, dejen a los niños en paz, que no tienen culpa de nada.
PD.- Marea y Barricada no lo sé, pero Dio y Iron Maiden son trade marks cuya utilización está sujeta a derechos de imagen. Como se enteren los interesados, la broma le va a salir por un pico al Rockefor. Va a tener que vender muchos sorbetes Marea para pagar la indemnización que le pedirán los abogados.
ÁLVARO ORTIZ, EN MONDOSONORO
Aquí les cuelgo el artículo que le he dedicado al grandísimo Álvaro Ortiz en el Mondosonoro de este mes (pinchando en él se amplía la vista y se puede leer). Algo he entrevisto de lo que será su nuevo cómic y adelanto que es fantástico. Y no digo más, que luego me abroncan por bocazas.
PD autopromocional.- Los chicos de RNE-3 me han grabado un reportaje para el magacín cultural En la nube, que se emite esta noche a las 22.00 para todas las Españas -y para todo el mundo mundial, por internet-. Hablo de mi libro, como Umbral, pero con una voz menos turbia. Me habían sacado en RNE con uno de mis anteriores libros, pero nunca en Radio-3. ¿Significa eso que ya soy oficialmente un moderno? Lo digo porque, si es así, empezaré a vestirme de acuerdo con mi nueva condición.
MAMI, QUÉ SERÁ LO QUE TIENE EL NEGRO
Algunos de ustedes ya saben lo muchísimo que me gustan las columnas de Rosa Montero, cómo las devoro y las gozo como los sofisticados ejercicios intelectuales que son.
(Nota para serios: que no, tíos, que el único sentimiento que me provocan es el de la vergüenza ajena)
Este martes empecé a ver un montón de tweets que glosaban una fantástica columna de Rosa Montero. Decían cosas como: “Qué humana y emocionante historia”. O: “Genial esta ilustrativa historia de superación de las diferencias”. O: “Me ha emocionado mucho Rosa Montero con su columna”.
Y yo, que sólo me emociono con la pornografía vintage, pasé. Estaba teniendo un día muy bueno y muy productivo, y no quería agriármelo con un texto melifluo y de gramática infantil. Pero la cosa no sólo fue creciendo, sino que se descubrió que aquello era una columna publicada en 2005 (leer aquí) que, por insistencia cansina de los plastas de Facebook y Twitter, había vuelto a lo más alto de la lista de “Lo más visto” en elpais.com.
Así lo contaban los de El País, ufanos, en uno de sus blogs (pinchar aquí), en una entrada en la que se olvidaron de aclarar que la columna era un fraude chusco.
Porque, por supuesto, acabé leyéndomela. No soy de piedra, y me gusta de vez en cuando saber qué emociona por ahí a la gente. Por estar al día en cuestión de cursiladas. Y la columna resultó una cursilada enorme.
Resumiendo: una chica coge su bandeja en una cafetería universitaria alemana, la deja en una mesa y se va a pagar, y al volver, se encuentra con que un negro (¡un negro, mami, un negro!) se ha sentado frente a su bandeja y se dispone a zampársela —la comida que hay en ella, la bandeja en sí misma, no, aunque cualquiera se fía de estos negros que no distinguen una liana de un cable de alta tensión—. Puede que incluso sin usar cubiertos, ya se sabe cómo son estos negros de anticonvencionales y étnicos, que no están acostumbrados «al sentido de la propiedad privada y de la intimidad del europeo» (sic, sic y resic). La chica, que no quiere que la gente crea que le parece mal que un negro se coma su comida, aunque sea con cubiertos, se sienta frente a él y empieza a coger cosas de la bandeja, compartiendo y tal. El negro sonríe (¡mami, mami, el negro se está riendo! ¿Se reirá de mí o conmigo?) y empieza a papear también. Y así, sonrisa va, sonrisa viene, se zampan a medias la bandeja, en una comunión digna de los United Colors of Benetton de la mejor época. La cuestión es que, cuando ya de la bandeja sólo quedan los preservativos que van a usar en el coito con el que la pareja piensa celebrar su interracial encuentro, la chica alemana, «inequívocamente germana» (de nuevo, un sic muy grande), mira a la mesa de al lado y ve su abrigo junto a su bandeja sin tocar.
¡Anda, mami, que me comí la merienda del negro! ¿Lo habéis pillado, tíos?
Es en este punto donde los lectores de Montero se ven poseídos por la revelación epifánica. Moraleja: los negros son como los perrillos, les puedes quitar la comida y no protestan. No me extraña que, ante tan magnas enseñanzas, se escapen las lágrimas a chorro.
El caso es que, cuando iba por la mitad de la columna, yo me decía: esto ya lo he leído. Y no cuando lo publicó en 2005, porque recuerdo que me hizo gracia cuando lo leí, y a mí Rosa Montero nunca me ha hecho gracia. Y entonces caí: fue en Solar, la última novela de Ian McEwan. Al protagonista le pasa exactamente lo mismo en un vagón de tren con una bolsa de patatas fritas. Se cree que su compañero de asiento le ha robado la bolsa, y empieza a cogerle patatas, desafiante, y el otro sigue comiendo, aunque acaba ofreciéndole. El protagonista, encendidísimo, flipa con el descaro del chorizo, pero no protesta por miedo a que le arree una guantá. Cuando sólo queda una patata, el desconocido se la ofrece, y el prota la coge con desdén. Al bajarse del vagón, se palpa el bolsillo del abrigo y encuentra su propia bolsa de papas sin abrir. Y entonces cae en la cuenta de que el ladrón insolente era él.
Claro que en la historia de McEwan no había negros ni comunión interracial. El mundo no se salvaba. Era un simple chiste.
Pero que el mismo relato estuviera en una novela inglesa del año pasado y en una columna de Montero de 2005 me dio que pensar. ¡Dios mío, mami, han plagiado a Rosa! No me extraña, era una columna tan bonita y tan redonda que se presta a plagio. Pero luego recordé que los novelistas ingleses no leen a columnistas españoles. Es más, puede que no lean nada en absoluto y se pasen el día bebiendo guarradas con ginger ale en el pub (que se preocupan de no compartir con ningún negro). La hipótesis más plausible es, por tanto, que la historia de Rosa Montero no sea cierta y que se trate de una variante de alguna leyenda urbana.
Temeroso y cauto —pues se me caía un mito: no puede ser, mami, Rosa Montero no se puede inventar una historia así, no puede jugar con nuestros sentimientos interraciales de esa forma tan cruel—, expresé esta sospecha en Twitter, y al instante me respondió la insomne Marta, aka @marmotilla (que no hacía honor a su nick estando despierta a las dos de la madrugada). Sí, me dijo, es una leyenda urbana clásica, recogida y documentada por el estudioso Jan Harold Brunvard (autor de tres libros canónicos sobre el tema). Pertenece al ámbito anglosajón, pero hay versiones de la misma historia circulando por casi todos los países occidentales. La variante más extendida tiene lugar en un vagón de tren con una chocolatina.
La misma historia aparece al menos en otra novela de Douglas Adams, en dos cortometrajes y en un poema de Valerie Cox. Y eso, sin pasar de la primera pantalla de Google.
Me imagino que a Rosa Montero le llegó la leyenda en forma de powerpoint con fotos de gatitos y de negros sonrientes.
Lo grave, sin embargo, no es que la columnista use una historia trillada que es objeto de estudio de la antropología social y se recoge en la literatura especializada como una leyenda urbana clásica de probadísima falsedad. Lo grave es que nos lo cuente como si fuera cierto. Eso se llama engaño. O fraude. O estafa. Eso, en un periódico serio y prestigioso, debería ser motivo suficiente para que el columnista responsable deje de estampar su nombre en sus páginas, ya que con él mancha la buena reputación del diario.
La columna empieza con esta frase: «Estamos en el comedor estudiantil de una universidad alemana». Nada indica que esa primera persona del plural sea mayestática. Es una afirmación relativa a un hecho: la columnista, junto con alguna o algunas personas más, se encuentra en el comedor estudiantil de una universidad alemana. Luego, ella misma —y no sólo ella, sino sus acompañantes— es testigo de la anécdota que se va a relatar. Creo que hasta el lector más idiota así lo entiende.
Bastaría con esto, pero Montero está empeñada en dar verosimilitud a su relato. Por eso apunta en el último párrafo: «Dedico esta historia deliciosa, que además es auténtica, a todos aquellos españoles que, en el fondo, recelan de los inmigrantes y les consideran individuos inferiores» (la cursiva es mía).
Que además es auténtica. Y la presenció en compañía de alguien.
Cuando le afearon que hiciera pasar por real una conocida leyenda urbana, por lo visto, Montero dijo en Facebook que sí, que era una leyenda, pero que no sé qué de licencias literarias y bla, bla, bla. No hay licencia que valga: nos ha dicho que lo vio y que ella da fe de que la historia es auténtica. No se puede recurrir aquí a Juan José Millás y sus juegos de realidad-ficción. No ha lugar, señorita.
La credibilidad es el único patrimonio no sólo de los periodistas, sino de cualquiera que escriba en un periódico. En la prensa, el pacto de lectura establece que el lector se fía de lo que le cuentas. O bien porque le aportas pruebas de su veracidad (citando a fuentes independientes que lo corroboran), o bien porque comprometes tu prestigio y tu buen nombre en ello. Los grandes periodistas y articulistas no están obligados a demostrar en el texto la veracidad de sus afirmaciones. Simplemente, porque se supone que su propia palabra la avala. Nos fiamos de ellos. Si lo dice Rosa Montero, tiene que ser cierto. ¿Por qué? Pues porque lleva años ganándose nuestra confianza y nos fiamos de ella. Así de sencillo.
Yo tengo una serie de periodistas de cabecera que no me tienen que demostrar lo que dicen porque se han ganado mi confianza con su buen trabajo. Si Enric González me comenta que vio un ovni, es que vio un ovni. Y no necesito ver las fotos ni los vídeos ni que me traiga testimonios independientes. Me lo creo porque ha demostrado que siempre se esfuerza por decir la verdad con honestidad. Si Mariano García cuenta en un artículo que ha encontrado una grieta del continuo espacio-tiempo en una paridera de Beceite, provincia de Teruel, me lo creo. Porque lleva muchos años contándome historias sólidas, de una realidad inquebrantable.
Y me da igual que lo haga en un reportaje o en una columna donde se admite el uso de recursos ficcionales: si dices que algo es verdad y lo avalas con tu nombre, tiene que ser cierto. Si no lo es, demuestras que tu palabra no vale nada, que los lectores te importan una mierda y que no tienes ningún escrúpulo en traicionar el pacto de lectura. Tu prestigio, si tienes alguno, se va por el sumidero sin remedio.
Lo sorprendente es que Rosa Montero salga ilesa de estos episodios. Cualquier columnista británico o estadounidense habría sufrido graves e irreparables daños si se le descubriera algo así. Como poco, vería las puertas de su periódico cerradas a cal y canto. ¿Por qué en España cuela todo? ¿Por qué seguimos encumbrando no sólo la mediocridad, sino el fraude manifiesto?
He de reconocer, sin embargo, que es muy typical Spanish el sesgo buenrollero que Montero le da a la leyenda. Lo que en su versión estándar no es más que un chiste sin componente social o emocional ninguno, ella lo tunea para colarlo como una fábula sobre la integración y la superación del racismo. Olé. En España, un chiste nos sabe a poco: además de divertirnos, tiene que ser didáctico. No puede uno reírse y ya está, hay que extraer enseñanzas políticas y sociales. Pero el mensaje es tan asquerosamente paternalista que apenas se distingue de las viejas colectas del Domund. En el fondo, es un texto sumamente racista. La condescendencia es otra forma de soberbia, y la soberbia, aplicada a estos casos, deviene racismo.
Luego dirán que si la crisis se está cargando los periódicos. Pues esto sucedió en 2005, cuando atábamos los perros con longaniza y nadie hablaba de la crisis de la prensa. En fin, ustedes sabrán.




























