OCIO GENITAL

Ya me disculparán, pero esta semana estoy desbordado. A todos mis compromisos, que son más de los que quisiera, se añade que acabo de recibir las pruebas de mi novela No habrá más enemigo, y tengo que encontrar tiempo para corregirlas con calma y mimo. Espero que entiendan que abandone por unos días mis obligaciones blogueras. Pero no sufran: para que permanezcan atentos a esta pantalla, les dejo aquí El origen del mundo, ese fantástico cuadro de Gustave Courbet que los más veteranos recordarán que animó los primeros balbuceos del blog. Ahora mismo, para mí no tiene connotaciones eróticas y sólo ilustra mi deseo acuciante de ocio genital. No ocio sexual, sino genital: el tocarse los huevos de toda la vida. No creo que pueda entregarme a él hasta el año 2020 o así, tal y como se me ha puesto el calendario.

Nos vemos estos días.

PS.- El viernes añado a mis tareas una incursión televisiva. Podrán verme con regularidad en una mesa de debate en la tele autonómica. Ya les contaré.

LOS MAPAS NO SIRVEN PARA NADA

Me ha molado mucho El mapa y el territorio. Creo que es la mejor novela de Michel Houellebecq, la más compleja y ambiciosa, aunque no tenga la fuerza de Plataforma.

No me siento capacitado para glosarla y, a decir verdad, estoy muy desganado. La sola perspectiva de desmenuzar y pensar sobre lo que acabo de leer me deprime. Pero me apetecía dejar constancia. Para todos los cansinos académicos, para los lectores reaccionarios de chimenea y encuadernado en cuero y para los metaliteratos amargados que, por diferentes motivos, insisten machaconamente desde hace medio siglo en la muerte de la novela, en el fin de la literatura y en el agotamiento creativo del arte escrito, que dejen de aburrirnos con sus monsergas de viejos y lean a Houellebecq. ¿Cómo coño va a estar muerta la literatura si tiene escritores como este, capaces de escribir novelas como esta? Ya quisieran todos los muertos mostrarse tan vivos.

Ahora que la estoy reposando, entiendo que El mapa y el territorio es la novela de un patriota, desde el título hasta el epílogo. Es un libro profundísimamente francés, que apunta al corazón de lo gabacho. Conocedor de sus puntos débiles, tira a dar, afectando a los órganos vitales. Desde las pequeñas puyas que salpimentan el relato hasta las cargas de profundidad diseminadas en varios niveles de lectura. Todo va contra Francia y lo francés. Francia como epítome de una civilización agotada que no tiene nada más que ofrecer al mundo que unos hoteles con encanto y especialidades regionales. Un verdadero patriota sólo puede desear que la caricatura de ese país implosione. Como los maltratadores y los celosos: si no puede ser mía, no será de nadie. Dentro de todo patriota anida un terrorista. Eso lo sabe cualquiera y lo sabe Houellebecq.

Pequeñas puyas: el personaje de Houellebecq, exiliado en Irlanda, sólo bebe vino argentino o chileno. Cuando el prota le lleva una botella de vino francés de 400 euros como obsequio, bebe a gollete y acaba cayéndosele al suelo. Ni se molesta en recogerla. Ustedes no lo entenderán, pero muchos franceses no saben concebir insulto mayor que el contenido en esas irrisorias bromas. Si alguien narrara una violación en grupo a la Virgen del Pilar, no escandalizaría tanto un aragonés conservador como esas pequeñas boutades a un francés de pro.

Cargas de profundidad: remiten al título, a la estética de las guías regionales Michelin, a la incapacidad del país de asumir que sus patrones culturales ya no le importan a nadie en el mundo. Todo ello, uniendo arte y declive industrial, soledades y frustraciones.

Hay una referencia clave, que espero que no haya pasado desapercibida a ninguna lectura atenta —la novela está trufada de aparentes naderías que, como sucede en los relatos policíacos, revelan el verdadero significado del texto o ayudan a entender el móvil del asesinato—. El protagonista llama a Houellebecq para preguntarle cómo va a pasar la noche de fin de año. El novelista no ha planeado nada. Estará solo en su casa leyendo a Toqueville, dice.

Toqueville aparece citado en otra escena. Houellebecq parece fascinado con el personaje histórico, pero, aparentemente, la digresión es un receso en la acción sin relación con ella. Todo lo contrario. Para mí, es la clave fundamental: la novela entera remite al autor de La democracia en América. Un intelectual que intentó comprender su tiempo y acabó como un modesto diputado sin ambiciones políticas, como si hubiera descubierto algo que hiciera inútil cualquier esfuerzo. Hay una conexión con el patriotismo de Alexis de Toqueville. Houellebecq interpela constantemente a Toqueville porque todo lo que este definió, fijó y planteó como pilares de la civilización occidental no es más que palabrería formal que no es útil para entender nada del mundo actual. De la Francia actual.

Es decir: el mapa de Francia hace tiempo que no coincide con su territorio. Las guías Michelin no sirven para recorrer el país porque topografían algo que dejó de existir hace mucho tiempo, si es que existió alguna vez fuera de la cabeza de Alexis de Toqueville. Porque Houellebecq parece insinuar que el propio Toqueville se dio cuenta de que su descripción de la democracia no reflejaba la sociedad real. Al menos, eso sospecha el novelista, aunque no dispone de las pruebas.

El mapa y el territorio es salvaje, denso, seductor, provocador y conmovedor. Es, en definitiva, todo lo que tiene que ser una gran novela moderna. Houellebecq es grande, un escritor llamado a ser un clásico. Quizá ya lo sea.

PD.- Ahora que lo pienso, menos cansado que cuando escribí el post, añado que la fuente intelectual más poderosa de este libro no es Toqueville ni la filosofía de los primeros teóricos de la democracia, sino los utopistas del siglo XIX. Hay muchísimas referencias a ellos, desde William Morris y su movimiento de arts & crafts hasta Charles Fourier y sus falansterios. Locos que soñaron con organizaciones sociales perfectas, a menudo como rechazo a la industria. Puede decirse que diseñaron mapas alternativos para un territorio que no querían.

Básicamente, ese es el espíritu que busca rescatar Houellebecq en la novela, al menos como punto de partida teórico o como hipótesis narrativa. Un mapa es una representación a escala y convencional de un territorio, como en muchos aspectos el arte lo es de la realidad. Sin embargo, por muy precisos que sean los mapas, no conseguimos dejar de sentirnos perdidos. No entendemos mejor el mundo de lo que lo entendía Alexis de Toqueville, aunque disponemos de instrumentos mucho más sofisticados para explorarlo. De hecho, puede que lo entendamos incluso peor. Por tanto, los mapas son inútiles, no nos guían. Hay que revertir el proceso: volver al territorio. No hay que modificar los mapas, sino el terreno, transformarlo al margen de lo que establezca su representación. Pero transformarlo en él, no proyectando mapas previos donde planifiquemos la transformación, porque entonces estaríamos siendo tan ingenuos como los utopistas.

El final del libro es una especie de distopía rural con economía de mercado: una Francia en la que los urbanitas han vuelto al campo, revitalizando los pueblos, convirtiéndolos en prósperos centros de ocio para los turistas rusos y chinos. Francia sólo encuentra un lugar en el mundo cuando abandona su sumisión al mapa y asume su territorio, su realidad. Es decir, cuando la soberbia imperial y la grandeur (pues eso son los mapas, al igual que el arte, representaciones de poder) se aparcan en pro del sentido común. O en otras palabras: no es posible encontrar acomodo en el mundo si no se desprecian antes las representaciones que hemos hecho de nosotros mismos. Pragmatismo social que puede ser también individual: sé tú mismo, no lo que se supone que eres. Jed Martin, abúlico protagonista de la novela, acaba aplicándoselo.

Es una lectura nihilista de los utopistas del XIX. El fin de toda ingenuidad. El fin (quizá ahora sí) del sueño imperial de Occidente.

MUY HEVY (EN NAVARRO)

Venga, va, cierro ya el ciclo heavy de este blog. En realidad, estaba cerradísimo, pero no me resisto a reproducir este anuncio que me ha pasado un amigo. Está recortado de un número del Diario de Navarra.

Mmmm. Dan ganas de pasarse por allí, ¿verdad, troncos? Seguro que es guay del paraguay, una passsssada.

Como no habréis apreciado bien los detalles os amplío lo mejor del anuncio.

Bien, analicemos esto, amigos. El sitio se llama Rockefor. Rockefor. Lo siento, no puedo dejar de escribirlo: ¡Rockefor! Y ahora en mayúsculas, todos juntos: ROCKEFOR. Ajandemor. Y su sorbete se llama Marea. Marea, vómito, sorbete… No me parece un campo semántico adecuado para un alimento semisólido.

Pero mi detalle favorito es esta promoción que hicieron el día de Nochebuena:

Como sabéis, el Olentzero (con tz, no con tx, pero en fin) es ese Papá Noel euskárico. El Rocklentxero, francamente, no tengo ni idea de qué pueda ser, aunque lo respeto, tíos. Pero lo que me preocupa enormemente es que haya hijos que tengan padres heavytones. ¿Lo sabe el Defensor del Menor? ¿Y la Fiscalía? ¿Tenemos que dar parte a la Policía Foral Navarra? ¿Qué coño le están haciendo a los niños en Pamplona? Exigimos saberlo.

Por dios, dejen a los niños en paz, que no tienen culpa de nada.

PD.- Marea y Barricada no lo sé, pero Dio y Iron Maiden son trade marks cuya utilización está sujeta a derechos de imagen. Como se enteren los interesados, la broma le va a salir por un pico al Rockefor. Va a tener que vender muchos sorbetes Marea para pagar la indemnización que le pedirán los abogados.

ÁLVARO ORTIZ, EN MONDOSONORO

Aquí les cuelgo el artículo que le he dedicado al grandísimo Álvaro Ortiz en el Mondosonoro de este mes (pinchando en él se amplía la vista y se puede leer). Algo he entrevisto de lo que será su nuevo cómic y adelanto que es fantástico. Y no digo más, que luego me abroncan por bocazas.

PD autopromocional.- Los chicos de RNE-3 me han grabado un reportaje para el magacín cultural En la nube, que se emite esta noche a las 22.00 para todas las Españas -y para todo el mundo mundial, por internet-. Hablo de mi libro, como Umbral, pero con una voz menos turbia. Me habían sacado en RNE con uno de mis anteriores libros, pero nunca en Radio-3. ¿Significa eso que ya soy oficialmente un moderno? Lo digo porque, si es así, empezaré a vestirme de acuerdo con mi nueva condición.

MAMI, QUÉ SERÁ LO QUE TIENE EL NEGRO

Algunos de ustedes ya saben lo muchísimo que me gustan las columnas de Rosa Montero, cómo las devoro y las gozo como los sofisticados ejercicios intelectuales que son.

(Nota para serios: que no, tíos, que el único sentimiento que me provocan es el de la vergüenza ajena)

Este martes empecé a ver un montón de tweets que glosaban una fantástica columna de Rosa Montero. Decían cosas como: “Qué humana y emocionante historia”. O: “Genial esta ilustrativa historia de superación de las diferencias”. O: “Me ha emocionado mucho Rosa Montero con su columna”.

Y yo, que sólo me emociono con la pornografía vintage, pasé. Estaba teniendo un día muy bueno y muy productivo, y no quería agriármelo con un texto melifluo y de gramática infantil. Pero la cosa no sólo fue creciendo, sino que se descubrió que aquello era una columna publicada en 2005 (leer aquí) que, por insistencia cansina de los plastas de Facebook y Twitter, había vuelto a lo más alto de la lista de “Lo más visto” en elpais.com.

Así lo contaban los de El País, ufanos, en uno de sus blogs (pinchar aquí), en una entrada en la que se olvidaron de aclarar que la columna era un fraude chusco.

Porque, por supuesto, acabé leyéndomela. No soy de piedra, y me gusta de vez en cuando saber qué emociona por ahí a la gente. Por estar al día en cuestión de cursiladas. Y la columna resultó una cursilada enorme.

Resumiendo: una chica coge su bandeja en una cafetería universitaria alemana, la deja en una mesa y se va a pagar, y al volver, se encuentra con que un negro (¡un negro, mami, un negro!) se ha sentado frente a su bandeja y se dispone a zampársela —la comida que hay en ella, la bandeja en sí misma, no, aunque cualquiera se fía de estos negros que no distinguen una liana de un cable de alta tensión—. Puede que incluso sin usar cubiertos, ya se sabe cómo son estos negros de anticonvencionales y étnicos, que no están acostumbrados «al sentido de la propiedad privada y de la intimidad del europeo» (sic, sic y resic). La chica, que no quiere que la gente crea que le parece mal que un negro se coma su comida, aunque sea con cubiertos, se sienta frente a él y empieza a coger cosas de la bandeja, compartiendo y tal. El negro sonríe (¡mami, mami, el negro se está riendo! ¿Se reirá de mí o conmigo?) y empieza a papear también. Y así, sonrisa va, sonrisa viene, se zampan a medias la bandeja, en una comunión digna de los United Colors of Benetton de la mejor época. La cuestión es que, cuando ya de la bandeja sólo quedan los preservativos que van a usar en el coito con el que la pareja piensa celebrar su interracial encuentro, la chica alemana, «inequívocamente germana» (de nuevo, un sic muy grande), mira a la mesa de al lado y ve su abrigo junto a su bandeja sin tocar.

¡Anda, mami, que me comí la merienda del negro! ¿Lo habéis pillado, tíos?

Es en este punto donde los lectores de Montero se ven poseídos por la revelación epifánica. Moraleja: los negros son como los perrillos, les puedes quitar la comida y no protestan. No me extraña que, ante tan magnas enseñanzas, se escapen las lágrimas a chorro.

El caso es que, cuando iba por la mitad de la columna, yo me decía: esto ya lo he leído. Y no cuando lo publicó en 2005, porque recuerdo que me hizo gracia cuando lo leí, y a mí Rosa Montero nunca me ha hecho gracia. Y entonces caí: fue en Solar, la última novela de Ian McEwan. Al protagonista le pasa exactamente lo mismo en un vagón de tren con una bolsa de patatas fritas. Se cree que su compañero de asiento le ha robado la bolsa, y empieza a cogerle patatas, desafiante, y el otro sigue comiendo, aunque acaba ofreciéndole. El protagonista, encendidísimo, flipa con el descaro del chorizo, pero no protesta por miedo a que le arree una guantá. Cuando sólo queda una patata, el desconocido se la ofrece, y el prota la coge con desdén. Al bajarse del vagón, se palpa el bolsillo del abrigo y encuentra su propia bolsa de papas sin abrir. Y entonces cae en la cuenta de que el ladrón insolente era él.

Claro que en la historia de McEwan no había negros ni comunión interracial. El mundo no se salvaba. Era un simple chiste.

Pero que el mismo relato estuviera en una novela inglesa del año pasado y en una columna de Montero de 2005 me dio que pensar. ¡Dios mío, mami, han plagiado a Rosa! No me extraña, era una columna tan bonita y tan redonda que se presta a plagio. Pero luego recordé que los novelistas ingleses no leen a columnistas españoles. Es más, puede que no lean nada en absoluto y se pasen el día bebiendo guarradas con ginger ale en el pub (que se preocupan de no compartir con ningún negro). La hipótesis más plausible es, por tanto, que la historia de Rosa Montero no sea cierta y que se trate de una variante de alguna leyenda urbana.

Temeroso y cauto —pues se me caía un mito: no puede ser, mami, Rosa Montero no se puede inventar una historia así, no puede jugar con nuestros sentimientos interraciales de esa forma tan cruel—, expresé esta sospecha en Twitter, y al instante me respondió la insomne Marta, aka @marmotilla (que no hacía honor a su nick estando despierta a las dos de la madrugada). Sí, me dijo, es una leyenda urbana clásica, recogida y documentada por el estudioso Jan Harold Brunvard (autor de tres libros canónicos sobre el tema). Pertenece al ámbito anglosajón, pero hay versiones de la misma historia circulando por casi todos los países occidentales. La variante más extendida tiene lugar en un vagón de tren con una chocolatina.

La misma historia aparece al menos en otra novela de Douglas Adams, en dos cortometrajes y en un poema de Valerie Cox. Y eso, sin pasar de la primera pantalla de Google.

Me imagino que a Rosa Montero le llegó la leyenda en forma de powerpoint con fotos de gatitos y de negros sonrientes.

Lo grave, sin embargo, no es que la columnista use una historia trillada que es objeto de estudio de la antropología social y se recoge en la literatura especializada como una leyenda urbana clásica de probadísima falsedad. Lo grave es que nos lo cuente como si fuera cierto. Eso se llama engaño. O fraude. O estafa. Eso, en un periódico serio y prestigioso, debería ser motivo suficiente para que el columnista responsable deje de estampar su nombre en sus páginas, ya que con él mancha la buena reputación del diario.

La columna empieza con esta frase: «Estamos en el comedor estudiantil de una universidad alemana». Nada indica que esa primera persona del plural sea mayestática. Es una afirmación relativa a un hecho: la columnista, junto con alguna o algunas personas más, se encuentra en el comedor estudiantil de una universidad alemana. Luego, ella misma —y no sólo ella, sino sus acompañantes— es testigo de la anécdota que se va a relatar. Creo que hasta el lector más idiota así lo entiende.

Bastaría con esto, pero Montero está empeñada en dar verosimilitud a su relato. Por eso apunta en el último párrafo: «Dedico esta historia deliciosa, que además es auténtica, a todos aquellos españoles que, en el fondo, recelan de los inmigrantes y les consideran individuos inferiores» (la cursiva es mía).

Que además es auténtica. Y la presenció en compañía de alguien.

Cuando le afearon que hiciera pasar por real una conocida leyenda urbana, por lo visto, Montero dijo en Facebook que sí, que era una leyenda, pero que no sé qué de licencias literarias y bla, bla, bla. No hay licencia que valga: nos ha dicho que lo vio y que ella da fe de que la historia es auténtica. No se puede recurrir aquí a Juan José Millás y sus juegos de realidad-ficción. No ha lugar, señorita.

La credibilidad es el único patrimonio no sólo de los periodistas, sino de cualquiera que escriba en un periódico. En la prensa, el pacto de lectura establece que el lector se fía de lo que le cuentas. O bien porque le aportas pruebas de su veracidad (citando a fuentes independientes que lo corroboran), o bien porque comprometes tu prestigio y tu buen nombre en ello. Los grandes periodistas y articulistas no están obligados a demostrar en el texto la veracidad de sus afirmaciones. Simplemente, porque se supone que su propia palabra la avala. Nos fiamos de ellos. Si lo dice Rosa Montero, tiene que ser cierto. ¿Por qué? Pues porque lleva años ganándose nuestra confianza y nos fiamos de ella. Así de sencillo.

Yo tengo una serie de periodistas de cabecera que no me tienen que demostrar lo que dicen porque se han ganado mi confianza con su buen trabajo. Si Enric González me comenta que vio un ovni, es que vio un ovni. Y no necesito ver las fotos ni los vídeos ni que me traiga testimonios independientes. Me lo creo porque ha demostrado que siempre se esfuerza por decir la verdad con honestidad. Si Mariano García cuenta en un artículo que ha encontrado una grieta del continuo espacio-tiempo en una paridera de Beceite, provincia de Teruel, me lo creo. Porque lleva muchos años contándome historias sólidas, de una realidad inquebrantable.

Y me da igual que lo haga en un reportaje o en una columna donde se admite el uso de recursos ficcionales: si dices que algo es verdad y lo avalas con tu nombre, tiene que ser cierto. Si no lo es, demuestras que tu palabra no vale nada, que los lectores te importan una mierda y que no tienes ningún escrúpulo en traicionar el pacto de lectura. Tu prestigio, si tienes alguno, se va por el sumidero sin remedio.

Lo sorprendente es que Rosa Montero salga ilesa de estos episodios. Cualquier columnista británico o estadounidense habría sufrido graves e irreparables daños si se le descubriera algo así. Como poco, vería las puertas de su periódico cerradas a cal y canto. ¿Por qué en España cuela todo? ¿Por qué seguimos encumbrando no sólo la mediocridad, sino el fraude manifiesto?

He de reconocer, sin embargo, que es muy typical Spanish el sesgo buenrollero que Montero le da a la leyenda. Lo que en su versión estándar no es más que un chiste sin componente social o emocional ninguno, ella lo tunea para colarlo como una fábula sobre la integración y la superación del racismo. Olé. En España, un chiste nos sabe a poco: además de divertirnos, tiene que ser didáctico. No puede uno reírse y ya está, hay que extraer enseñanzas políticas y sociales. Pero el mensaje es tan asquerosamente paternalista que apenas se distingue de las viejas colectas del Domund. En el fondo, es un texto sumamente racista. La condescendencia es otra forma de soberbia, y la soberbia, aplicada a estos casos, deviene racismo.

Luego dirán que si la crisis se está cargando los periódicos. Pues esto sucedió en 2005, cuando atábamos los perros con longaniza y nadie hablaba de la crisis de la prensa. En fin, ustedes sabrán.

MUY HEAVY (EN ESPAÑOL)

(Continuación del post anterior, que se puede leer pinchando aquí)

Mi historia metalera es mucho más triste y patética debido a mi nacionalidad: no contento con acumular discos de grotescos e inenarrables grupos estadounidenses y británicos, se me ocurrió —junto a mis amigos— adentrarme en el submundo del heavy metal español.

Oh, dios mío.

Alguien con sentido del humor y sin miedo a las agresiones debería ponerse a escribir una historia del heavy español desde sus orígenes hasta el surgimiento del power metal (esa maraña de estilos y fusiones con el folk y el hip hop que, para mí, no se parece en nada al heavy-heavy, ni en sonido ni en actitud). Pero una historia del fenómeno heavy de verdad, porque generalmente se le asocian en España una serie de nombres que no tienen nada de metaleros, ni en su actitud ni en su música ni en su público. Ni Leño, ni Los Suaves, ni Barricada y todos sus derivados pueden encuadrarse aquí, aunque la crítica y las tiendas de discos a menudo los etiqueten como tales. ¡Si algunos hasta incluyen a Negu Gorriak y a todo el rock radical vasco, que pertenece a una tradición musical completamente ajena al heavy!

No, futuros historiadores del metal español: no intenten dignificarlo adhiriendo nombres que no vienen a cuento. Estas bandas nunca fueron heavies. Para empezar, porque eran muy buenas —pero muchísimo mejores que cualquier grupito metálico—, y el heavy español se caracteriza por su nulidad. Y, para seguir, porque, en ellas, el espíritu bluesero es fundamental —no para Negu Gorriak, que bebe de otras músicas, rompiendo la base blues que tiene todo buen rock—: su ámbito es el de la intimidad, conectan con el público recurriendo a temas universales, como el amor y el fracaso, y nunca pierden de vista la raíz cuatro por cuatro de su música. En otras palabras, se involucran en sus canciones (Yosi, de Los Suaves, llega a desnudarse trágicamente, componiendo un personaje tierno y patético que, a juzgar por las barbaridades que hemos visto hacer en la vida real, tiene mucho de auténtico y de trasunto de él mismo) y las maduran en el contexto de una tradición sonora que cultivan y personalizan. Son grupos que evolucionan y buscan su sonido y su voz. No puede decirse esto de ninguno de los nombres que vienen a continuación.

Puedo entender y razonar mi gusto por las músicas más horteras y desfasadas que se han reclamado de lo metálico, pero no entiendo qué me llevó a escuchar y a apreciar este nido de horrores hispánico.

Porque, amigos, el heavy español es la cosa más horrible que la humanidad ha regurgitado, defecado o abortado. Pocos fenómenos culturales (¿culturales?) han condensado tal cantidad de nulo talento, analfabetismo, mal gusto y aburrimiento supino. Hay algunos grupos que hasta Santiago Segura se negaría a incluir en Torrente, por zafios e inverosímiles.

Y, sin embargo, ahí estábamos nosotros, alimentando al monstruo. Tengo un amigo con el que canto en falsete canciones de Obús tan pronto empezamos a emborracharnos. Es ironía, sí. Es descojone postmoderno, sí. Es una actitud esnob y desestructurada, sí. Pero el caso es que nos sabemos las letras, y ni la más refinada ironía justifica eso. Sobre todo, porque para nosotros era una música ya muerta, que podíamos revisar con sarcasmo y distancia, pues pertenecía a una generación anterior.

Para entender el heavy español hay que entender Madrid, pues se trata de un fenómeno casi exclusivamente madrileño, el resto de España apenas aportó grupos. Y lo primero que hay que entender de Madrid es que, a finales de los setenta y principios de los ochenta, era una ciudad agraria. Los jóvenes de entonces aún tenían el pelo de la dehesa que les habían dado sus padres, con un pie en un pueblo destripado manchego. Si no asumimos que Madrid estaba poblada por catetos provincianos, no entenderemos jamás esta foto:

Esta pesadilla proxeneta se llamaba Coz, y es el origen de todo. Coz (el nombre no suena muy urbano y da pistas del talante de sus fundadores y de su público) nació en los años setenta, y de su larga y confusa trayectoria destacan dos hits: Más sexy y Las chicas son guerreras. Pero no es esa su principal aportación al heavy. Un verano, antes de ser famosos, los Coz se pelearon y se dividieron en dos, reclamando cada parte su derecho a usar el nombre del grupo —que pelearan por atribuirse algo que nadie sano querría da cuenta de su carácter—. Como no llegaron a un acuerdo, hubo dos bandas Coz que se disputaban los contratos de las fiestas de los pueblos, creando situaciones muy incómodas y absurdas. Al final, los escindidos cedieron y se rebautizaron como Barón Rojo. Y ahí empieza lo heavy de verdad (Coz nunca pasó de ser una banda pop con un aire gamberro. Querían ser divertidos —y lo consiguieron en varias ocasiones—, luego no podían ser heavies a la española).

Aquí están, desbordantes de glamour. El núcleo de los barones eran (son, por desgracia, siguen siendo) los hermanos De Castro, Armando y Carlos, que tenían una gran capacidad para imitar ciertos tics de estilo del heavy británico, especialmente de Judas Priest y de Saxon. Pero sólo ciertos tics, los suficientes como para engañar a un par de productores musicales que quisieron lanzarles en Inglaterra. De hecho, tuvieron un relativo éxito allá, actuando en el festival de Reading y en la sala Marquee de Londres. Hasta que se les ocurrió grabar un disco en inglés. Fue el final: cuando los británicos entendieron lo que decían las letras, se acabó el chollo y quedaron recluidos a su mercado natural: las fiestas de los pueblos de Castilla la Vieja y Castilla la Nueva. Y, a veces, Murcia.

Nosotros creíamos que Barón Rojo eran sofisticados. Y no teníamos lesiones cerebrales ni nada parecido. Lo creíamos cuerdamente. Pero, sobre todo, lo creíamos por comparación con sus mayores rivales, Obús. Estábamos convencidos de que Barón Rojo hacían mejor música (mejores riffs, mejores producciones, mejores letras… ¡Coño, si hasta tenían un rockódromo!). Obús, sin duda, eran más zafios, y precisamente por eso, mucho mejores. Hablaban de meterse cosas por la nariz, de felaciones, de robar coches, de conducir a toda hostia por la autopista y, sobre todo, de emborracharse mucho y de forma muy escandalosa. Barón Rojo no hablaba de esas cosas. Siempre estaban dando la brasa con la pureza del rock (que ellos, al parecer, representaban), de héroes de leyenda, de hazañas históricas y de… ¿De qué cojones hablaba Barón Rojo? Básicamente, de gilipolleces supuestamente cultas o algo. Pero entonces no lo veíamos. Hoy sé que Obús era mucho mejor que Barón Rojo (también hay grados dentro del horror, y el salto de lo horrible a lo muy horrible puede ser grande). Sencillamente, porque hablaban de cosas de verdad y no pretendían culturizarnos ni convertirse en referentes de nada. Y hacían mejores canciones. Las de Barón Rojo eran larguísimas, aburridas, no se podían bailar y los estribillos eran imposibles de corear, pero las de Obús animaban cualquier cotarro: sencillas, directas, pegadizas y bailongas. Tenían un instinto comercial muy afinado.

¡Va a estallar el obús!

A decir verdad, Obús es lo único medianamente honesto que ha habido en el heavy español. El único grupo con verdadera sensibilidad proletaria (en realidad, casi lumpenproletaria: su temática se acercaba mucho, solapándose a veces, a la de la rumba más arrastrada) y lo bastante desacomplejado y descerebrado como para entender que el rock consiste básicamente en pegar botes y divertirse mientras se bebe cerveza. Su cantante se llama Fortu (de Fructuoso Sánchez). No hace falta añadir más.

Obús y Barón Rojo eran como el Madrid y el Barça: entre los dos se repartían todo el mercado y el resto se disputaban las migajas. Pero había un Atlético de Madrid, un tercero mejor que la manada pero sin estar a la altura de los dos grandes. Y ese Atleti se llamaba Ángeles del Infierno.

Como se ve, eran incluso más refinados y sutiles que sus rivales. Ángeles del Infierno eran más metaleros, en un sentido ortodoxo, menos castizos, más internacionales. En parte, porque el falsete y los berridos del cantante impedían entender nada de las letras, lo que los convertía en fácilmente exportables. Mi canción favorita era una que decía (ésta era sencilla de comprender sin subtítulos): «Bella de día. / Zorra, zorra por la noche». Ni Pedro Salinas lo hubiera expresado mejor.

En España no pasaron de segundones, pero en México eran lo más. En general, todos estos grupos eran lo más en Latinoamérica. Allí llenaban estadios —un concierto de Barón Rojo en Colombia terminó a tiros y con disturbios en las calles— y desataban pasiones. Pero en este lado del charco no andaban mancos tampoco. La historia oficial del pop español habla de Alaska y de Radio Futura, pero lo que no dice es que, mientras los grupos de la movida congregaban a un par de cientos de personas (y casi ninguna de ellas había pagado la entrada) en una sala de Madrid enana y sin salidas de emergencia, Obús podía llenar tres noches seguidas el Palacio de los Deportes. Luego resulta que todo el mundo iba los sábados al Rockola, un garito donde apenas cabían cincuenta tipos apretados, pero en los conciertos de Obús no estuvo nadie o nadie recuerda haber estado. Lo mismo le sucede a Telecinco, una cadena que no tiene audiencia porque todos están ocupados sintonizando La 2. Claro que sí, muchachotes, claro que sí.

Nos podíamos haber quedado en estos tres nombres. Sus discografías acumulan suficiente espanto para alimentar muchas pesadillas y para tirar por tierra todo el trabajo que el sistema educativo español había invertido en nosotros. Pero no nos debió de parecer bastante. Necesitábamos más, queríamos alcanzar el síndrome de Stendhal inverso: desmayarnos de fealdad, contemplar el horror más absoluto.

Así que nos iniciamos en las discografías de las constelaciones menores del heavy español. Y ahí, amigos, fue cuando vimos el horror. Grupos que, a su lado, hacían que Barón Rojo sonasen mejor que los Beatles. Contemplamos cosas como esta:

Supongo que, influidos por Obús, estos chicos decidieron ahondar en el campo semántico del armamento bélico al elegir nombre. Panzer. Y con tipografía metálica parecida a la de Obús, por si no había quedado claro de qué iban. Quizá esperaban que los fans distraídos del grupo de Fortu se confundieran en las tiendas. Lo peor es que la mujer de la portada no era una modelo: es la señora Ángeles, más conocida como la Abuela Rockera, un personaje madrileño del folclore heavy. Una señora que descubrió el rock a los sesenta años y, vestida de esa guisa, frecuentaba los conciertos de todos estos grupos. Tiene una estatua en Vallecas, cerca de la avenida de la Albufera y no muy lejos de la estación de autobuses de Méndez Álvaro. Para la mayoría, una anécdota muy entrañable y tierna. Para mí, la prueba de que esta música no tenía nada de juvenil y era un coñazo infumable que sólo podía gustar a ancianas reales o mentales.

Como nosotros, claro.

Había otros grupos, como Muro, Santa (con cantante femenina, la legendaria Azucena), Banzai (que iban de progresivos, virtuosos y amigos de Miguel Ríos, lo cual daba muy mal rollo), Niágara o los indescriptibles y supuestamente glam Sangre Azul.

Muro, sin complejos.

En general, fuera de la triada de Barón, Obús y Ángeles, hacía mucho frío. El ridículo de esas tres bandas podía amortiguarse gracias a su éxito de público, pero los demás no podían vanagloriarse de eso. Simplemente, eran gente con muy mal gusto para la ropa y muy poco talento para la música. Aun así, vivieron unos cuantos años de las migajas que les arrojaron los grandes.

Además, nunca fueron dominantes en el rock duro español, que por suerte supo encontrar un camino propio y completamente ajeno a las posturitas metaleras. El fenómeno se llamó rock urbano, y su banda seminal fue Leño. Pero esa es otra historia, muy digna y memorable, con verdadero contenido artístico y honestidad creativa, nada que ver con estas tarugadas. De hecho, es un rock que se ha visto perjudicado al verse asociado en ocasiones por una crítica torpe y maniquea con este freak parade.

Cómo sobrevivimos a esta sobredosis de fealdad es algo que no me explico. Pero sé que, a diferencia de lo que me pasa con el heavy en general, de este heavy sí que reniego. Y mucho. En un ataque de rabia, avergonzado de verlos junto a mis otros discos queridos y creyendo que los ensuciaban o les contagiaban su vulgaridad, me deshice de mis vinilos de Barón Rojo y de Obús. Los vendí en eBay fijando un precio ridículo, el que creía que merecían, con la esperanza de que algún chalado me los comprase. Y no sólo me los compraron, sino que pujaron por ellos. Un japonés llegó a pagarme cien euros por el doble directo de Obús. Un chaval alemán pagó sesenta por el Volumen Brutal de Barón. Yo no esperaba sacar más de cinco euros por cualquiera de los dos: ni son ediciones raras ni son difíciles de encontrar en cualquier mercadillo. Flipé. Hice negocio, después de todo, pero me aterrorizó comprobar que lo que yo tomaba por basura mugrienta era codiciado con ansia por otros.

Pero también he de confesar una cosa. En los últimos tiempos he vivido días muy jodidos, días mucho más que jodidos, que necesitan un calificativo que no encuentro ahora mismo. Uno de ellos me pilló solo en casa. Me empeñé en pasarlo solo, y me dio por emborracharme un poco. No sé por qué, me descargué en un torrent el directo de Obús y estuve escuchándolo a toda tralla mientras bebía cerveza. Berreé sus canciones, cabeceé como si tuviera el pelo largo, boté en el salón y, al rato, me sentí muchísimo mejor. No sé explicar la razón, pero encontré allí el consuelo que nadie ni nada era capaz de darme.

Quizá se trate de que, buena o mala, es la música que escuché en mi adolescencia. Y por mucho que cambies después y por mucho que reniegues de quien un día fuiste, tus quince años —tus impresionables, ingenuos y estúpidos quince años— siempre están ahí, agazapados, sabiendo qué es lo que de verdad te mueve. Al fin y al cabo, uno no elige su música. A lo sumo, aprende a convivir con ella.

MUY HEAVY

«Todos queremos ser “guays” y se hace duro para algunos de nosotros reconocer que no lo somos».

Chuck Klosterman, Fargo Rock City

Banda sonora de este post (lo que atormenta a mis vecinos mientras escribo): Appetite for Destruction, de Guns n’ Roses. Ahora mismo, Axl berrea sobre los primeros fraseos de Slash en Welcome to the Jungle. En unos segundos, empezará a aullar la letra.

Voy a hablar de este libro: Fargo Rock City, de Chuck Klosterman (Es Pop Ediciones). El post es largo y contiene fotos que dan mucha vergüenza ajena (en mi caso, puede que un poco propia, también). Lo aviso por si alguien se lo quiere saltar o dejarlo para un momento más relajado.

Pese a mi supuesta bibliofilia, maltrato bastante los libros durante la lectura. Básicamente, me dedico a doblar la esquina de las páginas que contienen pasajes que me interesan, y se puede medir la intensidad de mi gozo lector por la cantidad de esquinitas dobladas que dejo. Si el volumen sobrevive intacto, el detective más torpe puede deducir que no me ha gustado mucho (o que me ha dejado indiferente, que es lo peor que me puede provocar un libro: hay obras que me irritan, y en mi irritación, doblo muchas esquinitas). Mi valoración crítica, por tanto, se mide en páginas estropeadas. Los reseñistas profesionales ponen nota a los títulos con estrellitas o tinteros o cualquier otro recurso tipográfico. Yo prefiero las esquinas dobladas.

Este libro lo he dejado hecho un acordeón. Ni siquiera cierra bien. Es decir, que lo he gozado como un perro sin castrar contra un sillón recién tapizado.

Dios, cómo me ha gustado. Es lo más inteligente, provocador, divertido, honesto y hondo que he leído en meses. Y no exagero ni un poco. Bueno, a lo mejor un pelín, sí, pero me da igual.

Debo aclarar, antes que nada, que me he sentido directamente interpelado, y puede que no sea ese tu caso. Es un libro escrito para personas como yo, para gente con un pasado que purgar. Si nunca has tenido una chupa de cuero, si no te has dejado de hablar con un amigo por decir que los nuevos Kiss eran una puta mierda, si no has sido capaz de argumentar durante horas por qué los más virtuosos dioses de la guitarra no valían un refrote de entrepierna de David Lee Roth, si no eras capaz de hacer un ranking de los mejores berridos de cantantes —en discos de estudio y en directo—, si no sabes qué significa el comodín de AC/DC y si no has sido la envidia de tus colegas por haber estrechado la mano de Angus Young, Fargo Rock City te puede interesar y divertir, pero difícilmente te emocionará. Al menos, hasta los niveles en que me ha emocionado a mí.

Porque ha llegado la hora de salir del armario: sí, fui heavy. No me gustó el heavy, fui heavy: era una condición vital. Y aunque luego crecí, refiné mi gusto y descubrí que la inmensa mayoría de aquella música era una grandísima mierda, terminé asumiendo que era mi grandísima mierda y que renegar de ella suponía renegar de mí mismo. Apenas la escucho ya. En las clasificaciones del iPod no creo que haya más de cinco o seis canciones que puedan considerarse heavies  entre las cien más reproducidas (nota al margen: no quiere esto decir que ahora tenga mejor gusto. En muchos sentidos, soy más rústico hoy que cuando tenía dieciséis añitos). Y, sin embargo, durante unos años de mi vida, puede que los más importantes, los formativos e iniciáticos, el heavy fue lo principal. Me parecía inconcebible tener un amigo que no compartiera esa pasión y prácticamente todo nuestro ocio consistía en beber cerveza, escuchar música muy alta y hablar sobre esa música.

Si uno quiere disfrutar de cierta consideración social, debe guardarse esas cosas para uno mismo o, al menos, ironizar sobre ellas, dejar claro cuán estúpido fue uno y ser incapaz de reconocerse. Pero la verdad es que yo me sigo identificando con ese primate agitamelenas. No atemperé mi obsesión totalitaria debido a ningún hallazgo estético. No me caí de ningún caballo, cual Saulo de Tarso de Sub Pop. No cambié las camisetas de Iron Maiden por las camisas de franela por madurez: simplemente, dejé de ser absolutamente heavy para serlo sólo a medias porque descubrí que esa era la única forma de follar. Si quería tener vida sexual, debía distanciarme, ironizar, fingir que también me gustaba Pearl Jam y que le veía alguna gracia al hip hop, aunque me estomagase. Esa pose, combinada con cierta palabrería seudointelectual, podía funcionar. Y funcionó, ya lo creo que funcionó. Al parecer, la muerte de Kurt Cobain diseminó por los garitos rockeros a un montón de adolescentes siniestras y tristonas con la autoestima mellada que estaban deseando compartir sus fluidos con un alma gemela masculina que entendiera su sentido trágico de la vida. Y yo, si había que entender, entendía lo que fuera. Comprensión no me iba a faltar.

Pero, medio en secreto, tamizado por un cada vez más trabajado sarcasmo, seguía berreando el One de Metallica —fui uno de los tarugos que se cabrearon y dejaron de seguirlos cuando sacaron el disco Load, esa cosa insulsa y popera destinada triunfar en Los 40 Principales— y gritando con AC/DC no sé qué de un tío al que habían agarrado por los huevos. Literalmente: AC/DC no componen metáforas, todo es textual en ellos. Las bragas de tu hermana en los tobillos y los genitales cubiertos de aceite lubricante de sus letras no son símbolos de nada. Y gritábamos en bares sucios y negros donde las únicas chicas que había eran las primas gordas del pueblo de tu amigo, que se bebían su roncola en una esquina, entre aburridas y asustadas. No importaba que ellas nos vieran hacer el ridículo, ahí podíamos ser nosotros mismos, dado que el sexo estaba completa y rotundamente descartado.

La tesis del libro de Klosterman es muy seductora. Desde que Kurt Cobain se suicidó, o puede que un poco antes, la crítica musical ha denostado el heavy metal. No ha habido un estilo más ridiculizado y vilipendiado en toda la historia. Confesar tu admiración por él, aunque sólo te refieras a algún aspecto marginal o a un disco concreto, te desacreditaba intelectualmente ante cualquier interlocutor moderno —cuando se publicó ese libro, mucho; ahora, un poco menos—. El heavy es una música pretenciosa, innecesariamente barroca, de bajísima calidad compositiva, conservadora, reiterativa y sin el menor trasfondo o ambición creativa. Sonidos para primates envueltos en una estética que deja pequeño el término kitsch. Himnos para ser coreados por garrulos pueblerinos y onanistas con el bagaje intelectual de una sardina en lata.

Mötley Crüe, una burricie sexista y hormonada de muy mal gusto. Por eso molaban.

Klosterman lo asume. Es verdad, todas las objeciones que sus modernos y esnobs amigos le hacen dan en la diana (Klosterman es periodista y novelista y vive en Nueva York, así que imaginaos en qué ambiente se desenvuelve). Ninguna persona con un mínimo de gusto y sensibilidad puede refutarlas. Y, sin embargo, comenta (me voy a mis esquinitas dobladas):

Ninguna persona cultivada siente el más mínimo interés por el metal, ¿verdad? Pero luego se me ocurrió otra cosa: a mí me gusta el metal, y estoy como poco semialfabetizado. De hecho, muchos de los individuos más inteligentes que conocí en la universidad crecieron escuchando metal, igual que yo. Y es evidente que no éramos los únicos.

Yo podría haber escrito ese párrafo. Sigue:

¿Sabéis? Si alguien escribiera un ensayo afirmando que Thin Lizzy fue la columna vertebral de sus experiencias como adolescente a mediados de los setenta, hasta el último crítico de rock de Norteamérica se mostraría de acuerdo. Una discusión seria sobre el significado metafórico de Jailbreak resultaría completamente aceptable. La única diferencia es que yo creo que podemos mantener el mismo diálogo acerca de Slippery When Wet.

El asunto es: si el heavy metal fue tan importante para tantísima gente, y si muchas de esas personas, que han demostrado ser inteligentes y estar dotadas de una gran sensibilidad, se han emocionado y siguen gozando con unos buenos cabezazos —aunque ya no tengan melenas que sacudir—, no se puede despachar el fenómeno con un comentario desdeñoso. Se puede estudiar y se puede llegar al fondo de su significado. Porque significó algo: esos primates gritones y ridículos conectaron con muchísimos chavales con una intensidad y una pasión que rara vez se han visto en la historia de la cultura pop, con un gregarismo y una fidelidad muy superiores a la que los hippies sintieron nunca por sus pelmazos de ídolos. Sólo los Beatles, y durante un período brevísimo de su carrera, consiguieron algo parecido a lo que lograron los monstruos del metal en sus años de gloria. ¿Por qué pasó eso? ¿Qué tenían esas bandas de alcohólicos y obsesos sexuales que no tenía Bob Dylan o tan siquiera los Rolling Stones y que, desde luego, no ha vuelto a tener ningún otro movimiento musical posterior? ¿Y por qué despierta tanta aversión y rechazo en las élites de la cultura, hasta el punto de haber sido casi borrado de las historias del rock o despachado como una anécdota estrambótica y marginal, cuando lo marginal era lo que ahora se considera canónico?

Sebastian Bach, cantante de Skid Row: más allá de la androginia, un tío que casi era una chica guapa.

De eso va este libro, de responder a esa pregunta desde la propia pasión y la propia experiencia, en un formato muy poco convencional. Es un ensayo teórico muy libre entreverado con la autobiografía, escrito con una audacia que ya la quisieran para sí la inmensa mayoría de los escritores en español de mi generación y de las dos anteriores, con argumentos sorprendentes y fantásticos.

Para mi gusto, el libro es demasiado americano. Como está escrito desde un punto de vista personal, el autor se centra en el glam metal de California, con Guns N’ Roses como la realización más perfecta y artísticamente relevante del movimiento —y, a la vez, paradójicamente, como su punto final, su saturación definitiva—. En líneas generales, estoy de acuerdo, pero me molesta un poco su rechazo tan tajante del heavy británico. Es cierto que, en comparación con el playero metal de Los Ángeles, era mucho más triste, feo y con una carga sexual bastante más liviana, pero, al menos para un europeo como yo, fue tan importante o más que el americano. Cuestión de continentes, supongo.

Al menos coincidimos en una cosa fundamental: Metallica era un coñazo y nunca jamás nos tragamos un disco entero de tirón.

Escribe Klosterman, en el epílogo:

Hay cierta clase de individuos que se niegan a aceptar que el heavy metal fue importante o incluso ligeramente interesante. De hecho, la mera sugerencia parece cabrearles considerablemente.

De un tiempo a esta parte se han rehabilitado algunos nombres. Cierta crítica les concede mérito artístico y unos pocos grupos con ínfulas intelectuales (en Estados Unidos se les llama college bands, bandas para público universitario y, por lo tanto, refinado) han hecho versiones de canciones de tipos que hace unos años eran considerados la hez de la tierra. Ya es de buen tono sacar a colación a Kiss, por ejemplo (Drive by-Truckers tienen una versión cojonuda de Strutter), y se pueden hacer sampleos irónicos de Mötley Crüe, habida cuenta de que ellos mismos se ríen de sus propias poses. En algunos medios, Guns n’ Roses están plenamente rehabilitados como grupo seminal y renovador de cierta actitud punk, honesta y agresiva que el rock ha perdido.

Kiss, la frontera de lo grotesco.

Para muchos modernos, la frontera la marca Kiss. Todo lo que se sitúe más allá, estética y musicalmente, es imposible de reivindicar para alguien que pretenda ser tomado en serio en una discusión sofisticada.

Por ejemplo, nadie —ni siquiera yo, que he visto dos conciertos suyos— defendería a estos tiparracos:

Manowar. Estos tíos llevaban taparrabos. ¡Taparrabos! ¿Hace falta decir más? Pues sí, pero no es el momento.

Ni, por supuesto, a estos dementes que repelían hasta a mi yo quinceañero:

Se llamaban G-War, y no, no iban de coña. Por eso daban miedo de verdad.

La cuestión, como bien plantea Klosterman en su genial libro, es que a los heavies se la sudaba ser despreciados por los modernos. Les importaba tres cojones, ni siquiera dedicaban un pensamiento a las críticas de los esnobs. Y ahí radicaba su grandeza y su invulnerabilidad. De hecho, cuando los heavies se empezaron a ofender por las parodias y a protestar en cartas al director, su movimiento firmó su definitiva e inapelable sentencia de muerte. Cuando les importó la opinión de los demás, se acabó el chiste. Lo que queda de aquel glorioso heavy que encontró su más bella y rabiosa expresión en Guns N’ Roses es un puñado de iletrados aburridos en estado permanente de mosqueo y no muy diferentes de un espectador de Intereconomía.

La gracia del heavy consistía en su capacidad para crear un mundo divertido y autorreferencial inmune a los condicionantes culturales y sociales. Rock, cerveza y punto. De eso va la vida, chaval, déjate de hostias, decían las estrellas a sus fans. Un mensaje universal y hedonista que podía ser acogido por cualquier adolescente, con independencia de su condición y domicilio. Eso fue posible mientras sus grupos llenaban estadios. Cuando la cosa decayó y se fraccionó en cientos de sectas, a cual más siniestra y difícil de asimilar por lo mainstream, el mensaje se complicó. En resumen: cuando el satanismo dejó de ser la excusa para una juerga provocativa que escandalizara a unas cuantas monjas y alguien se lo tomó en serio, se terminó la fiesta.

Además de argumentaciones de un malabarismo intelectual asombroso —compara, por ejemplo, las canciones de la cara B del disco Lies de los Guns con los cuatro evangelios: así como la imagen moderna de Jesús es una mezcla de esas cuatro historias diferentes, la figura de Axl Rose se explica por una mezcla de esas cuatro canciones. Brillantísimo—, el libro está salpicado de perlas. Algunas citas:

Si alguna vez llego al punto en el que mi rutina diaria consiste en hablar de magia negra y meterme jaco en un castillo rural de Sussex, sabré que he llegado a lo más alto.

A pesar de que la letra de la canción habla de abrirse camino siendo un solitario, el director del vídeo interpretó el tema de un modo muy diferente y pareció pensar que la canción iba de una mujer que intenta follarse un coche.

Los críticos de rock continuamente cometen el error de pensar que los álbumes «disonantes» (es decir, «desafinados») que ellos aprecian están influyendo de algún modo en la cultura. Lo cierto es que a ningún oyente normal le importa un bledo ninguna maldita canción jamás creada por los New York Dolls. La única gente que ha escuchado su material son (a) críticos musicales, y (b) tipos que leen libros escritos por críticos musicales.

Como toda la gran música de los ochenta, la de Shout at the Devil era inadvertidamente postmoderna. Su importancia no tenía nada que ver con los conceptos manejados; su importancia residía en lo que simplemente era, de la manera más literal posible.

And so on.

Fantástico. Me reafirmo en lo escrito: de lo mejor, más audaz, profundo y divertido que me he llevado a los ojos en los últimos meses. Y si te parece una chorrada, me da igual: soy heavy, tío, paso de lo que opines.

Y ahora, me voy a abrir una cerveza y a poner You Could Be Mine, una canción que muchos odiamos en su día porque le gustaba a los pijos (estaba en la banda sonora de Terminator II), pero que al final hemos comprendido que mola más que todos los cantautores tristones y descuidadamente despeinados que hemos escuchado después.

Metal rules!

PS.- Un testimonio metalero: aquí estoy, retratado en la máquina de marcianitos del Rainbow. ¿Qué es el Rainbow? Una Meca heavy: el club de Sunset Strip, en Los Ángeles, donde nació Guns n’ Roses. Sigue siendo un garito rockero de intenso sabor y cerveza asequible. Qué noche aquella, qué ilusión me hizo ir al Rainbow.

A TERTULIAR, HASTA ENTERRARLOS EN EL MAR

Dentro de mi obstinado descenso a los infiernos de la abyección humana, hoy me estreno como tertuliano radiofónico (televisivo ya lo he sido alguna que otra vez). Pronto seré sólo hez y tendré que cambiar de nombre y de país, pero de momento no he tocado fondo, aunque estoy cerca.

A partir de las 8.30 de la mañana —un poco después de las noticias mañaneras— entro en el programa Despierta Aragón, de Aragón Radio. El podcast de la tertulia está en esta web (esta, esta, pincha aquí).

CONTRA EL PÚBLICO

Precauciones antes de redactar el post: es muy sencillo diagnosticar los males cuando ya han sucedido, se aprecia mucho mejor la paja ajena que las vigas propias y es pan comido hacer leña del árbol caído. Tengo presente el refranero español y me lo aplico antes de escribir. Como si me pusiera un preservativo mental. Pero una vez enfundado el profiláctico, sin miedo a gonorreas, escribo.

A propósito del tema de Público. Bueno, no: a propósito de la carta que el director de Público ha publicado (valga la publicancia) exponiendo las razones de su periódico para declararse en suspensión de pagos y quedarse al borde del cierre sin llegar a cumplir un lustro de actividad empresarial (link aquí). Bueno, corrijo otra vez: la carta es la excusa o el pie forzado para reflexionar sobre algunos aspectos del periodismo que nos ha tocado malvivir.

Jesús Maraña, el director de Público, afirma en el primer párrafo de su carta que «estas líneas no pretenden ningún tipo de justificación ni tienen un ánimo exculpatorio». Volviendo al refranero español: dime de lo que presumes. Porque a mí su texto sí que me suena a exculpación. No encuentro una sola autocrítica, ni un leve mea culpa, ni el más sutil la cagamos.

Qué suerte han tenido muchos directivos (no sólo de la prensa, sino de todo tipo de sectores productivos) al encontrarse con una crisis económica que les exonera de cualquier responsabilidad. ¿Malas decisiones? ¿Inversiones ruinosas? ¿Degradación del tejido profesional y de las condiciones laborales de los currantes? ¿Mala calidad del producto que se vende? Tonterías: la culpa de todo la tiene Yoko Ono, esa crisis con cara de estreñida malfollá.

Quién tuviera una crisis a mano para responsabilizarla de todos los marrones, como el perro de la casa o la socorrida Yoko Ono. ¿Que yo he roto el jarrón? Habrá sido la crisis económica. ¿Que hay un cargo en la Visa de dos mil euros en el Club Tetylla’s? Habrá sido culpa de la crisis económica. ¿Que ya no te miro a los ojos cuando hacemos el amor? La puta crisis económica, que nos jode hasta el sexo.

Antes, la culpa era de internet, que nos quitaba la audiencia. Desde que cayó Lehman Brother’s, es de la crisis. Nuestra, nunca. Los directivos de los medios no asumen ninguna responsabilidad en la caída de sus empresas. Todo responde a causas exógenas. En los despachos y en los consejos de administración nunca se ha tomado una mala decisión, los departamentos comerciales jamás han perdido cuentas publicitarias por una gestión equivocada, los gerentes siempre han invertido el dinero en apuestas rentables y seguras, y los responsables de recursos humanos siempre han asignado los mejores profesionales a las áreas adecuadas, manteniendo las redacciones bien nutridas de sabios y audaces periodistas con todos los medios técnicos y financieros a su disposición para realizar su trabajo en condiciones óptimas y dignas.

Nunca jamás se equivocaron. Si hay un culpable, es la crisis, esa cosa abstracta, esa plaga bíblica que a todos nos achucha y encoge. La puta Yoko Ono aquella, que le comió el tarro a John.

En cambio, muchos periodistas llevan años clamando contra el deterioro de la profesión. Desde mucho antes de que se derrumbara Lehman Brother’s. Son Casandras con voz ronca y algún ERE firmado en la flor de su vida profesional. Decían: los periódicos cada vez están peor escritos. O: los publirreportajes están sustituyendo a los reportajes. O: los medios tratan a sus audiencias como si fueran imbéciles, y el público se cansa de que le llamen imbécil. O: los periódicos se han encerrado en un discurso endogámico con los políticos y lo que cuentan apenas tiene que ver con lo que de verdad está pasando en el mundo; los lectores cada vez nos reconocemos menos en las páginas.

Porque ése es el segundo culpable: el público. Lo dice bien claro Jesús Maraña en su carta exculpatoria:

Los problemas que atraviesa Público no derivan, por tanto, del cambio político surgido de las últimas citas electorales; al contrario, desde el punto de vista periodístico, el panorama que se abre para una cabecera como ésta gana aún más interés. Sí merecería una reflexión en los ámbitos de la izquierda (y de la sociedad en general) el evidente desequilibrio en el paisaje mediático, que no refleja en absoluto la realidad sociológica de este país.

Genial. Lo traduzco, por si alguien es duro de oído y no lo pilla a la primera: hemos hecho un periódico de izquierdas cojonudo, y los gilipollas de izquierdas van y no lo compran. Idiotas, que sois unos idiotas que nos habéis llevado a la ruina.

Me imagino a Maraña ligando en un bar y sufriendo el rechazo de la despampanante Pechazos Muerdomuslez. Le diría Maraña: «Imbécil, tía sosa, que estoy aquí, escenificando la mejor renovación del arte del ligoteo desde el estudias o trabajas, y tú sin apreciarlo, boba, que eres boba. Te estoy poniendo en bandeja follar conmigo, y yo follo muy de izquierdas, y tú haciéndote la estrecha. ¿Para qué has venido a este bar, entonces?».

Son reacciones parejas, la del bar y la de la carta. En resumen: si no me lees, es que eres imbécil, y encima tienes la culpa de que 160 trabajadores se vayan a la puta calle. Para que te enteres.

Muy bonito y muy tradicional eso de echar la culpa de tus males a tus clientes, potenciales o en acto. Así se vende un producto, insultando a tus compradores. ¿En qué escuela de negocios enseñan esas técnicas de venta? ¿En la de la SGAE? Ni los Sex Pistols se pasaban tanto.

Yo podría haber sido un cliente potencial de Público. Y, de hecho, cuando salió, lo recibí con ciertas esperanzas. Lector antañón de El País y harto de muchos de los vicios y tomaduras de pelo del diario de Prisa, estaba dispuesto a cruzarme a cualquier acera que me ofreciera lo que El País hacía tiempo que me negaba y que una vez me dio: buen periodismo, bien escrito, honesto, exigente y respetuoso con el lector. Pero, a las pocas semanas, Público me dejó claro que no quería cautivar a los desencantados de El País, como yo. Lo tenían bien fácil, pero había un montón de cosas que nos repelieron, muy a nuestro pesar.

Desde el diseño chillón y el enfoque sensacionalista y no pocas veces chabacano de las portadas, hasta el tufillo paternalista de la línea editorial, pasando por el bajo nivel general de la redacción de los textos, con numerosas e imperdonables erratas y con párrafos mal construidos y de gramática dudosa, hasta el pobre perfil intelectual de muchas de las firmas y las campañas de promoción Manu Chao style que dibujaban un target en el que difícilmente podíamos encuadrarnos muchos lectores veteranos. Para mí, y me consta que para otros como yo, Público ha sido una decepción, un periódico que lo tenía todo —nueva planta, sin hipotecas ni vicios heredados— para conectar con una juventud ilustrada y urbana.

No culpo a la redacción. Hablo de estrategia empresarial, de decisiones que nada tienen que ver con el desempeño diario de los profesionales. Quienes han ideado Público y quienes han avalado sus apuestas periodísticas han acabado componiendo lo que para mí es un periódico pobre, sin entidad para competir con El País. Y eso es imperdonable, porque El País es un púgil viejo y exhausto que sólo necesita un golpecito para caer K. O. Que hayan sido incapaces de derribar a un ente decrépito como ese (o, al menos, de apropiarse de buena parte de su audiencia) debería hacerles reflexionar sobre lo mal que lo han hecho. Insisto: a los directivos que se autoexculpan, no a los periodistas de la redacción.

Nada de esto he visto en la carta del director. ¿Lo habrán hablado al menos en privado? Empiezo a dudarlo.

Por supuesto, esto es historia-ficción. Podrían haberlo hecho genial, tomando las decisiones correctas y produciendo un periódico maravilloso digno de ser leído de la primera a la última página y de ser enmarcado luego. Y aun así, aunque tuvieran la vitrina a reventar de Pulitzers, puede que se vieran en las mismas. Pero, en ese caso, caerían con la cabeza bien alta, asegurando que ellos lo hicieron de puta madre y que fue Yoko Ono la que les jodió el invento.

Desde luego, hasta que los directivos de los medios no asuman su parte de responsabilidad en el desaguisado general, las caídas no van a ser dignas, y las cartas de descargo serán tan feas como esta de Jesús Maraña.

SALUDOS INTERNACIONALES DE AÑO NUEVO

He recibido el informe con la procedencia de los visitantes del blog a lo largo de 2011. Como era de esperar, la mayoría de los lectores son de España, México y Argentina, pero hay una minoría de vosotros que me lee desde los más insospechados lugares. Para ellos va este saludo de año nuevo. Esta es la lista de países -descontando España, México y Argentina- desde donde se ha sintonizado el blog en 2011:

Reino Unido, Francia, Alemania, Bélgica, Estados Unidos, Costa Rica, Canadá, República Dominicana, Colombia, Chile, Perú, Venezuela, Marruecos, Senegal, Túnez, Kenia, Togo, Arabia Saudí (un número sorprendentemente alto de visitas desde allí), Israel, Vietnam, Tailandia, Indonesia y Australia.

A todos ellos: si os ha gustado lo que habéis leído por aquí, invitadme a vuestras casas, que nada expresa mejor el agradecimiento que facilitar un viaje. Ya sabéis lo que me gusta viajar, así que id cambiando las sábanas de la habitación de invitados.

PARA 2012

El año que termina no se puede calificar de mierda. Se queda corto. Ha sido el peor de mi vida, de la vivida y de la por vivir, y no puedo despedirlo más que con insultos y patadas. Y porque no tengo armas de fuego.

Nada me consuela ni me va a consolar, pero el año que está a punto de empezar promete buenas perspectivas. Al menos, en eso tan difuso y falsamente solemne que llamamos vida profesional. Trabajo no me va a faltar. Y, de momento, ganas de trabajar, tampoco. Me gustaría aprovechar este impasse de balances y buenos propósitos para anunciarles, en plan promo, algunas de las cosas que van a pasarme en los próximos meses. Sólo un adelanto de asuntos que están ya cerrados, firmados y garantizados. Hay otras cosas en el aire, y otras historietas menores que se irán anunciando a su debido tiempo.

Mi agenda empezará el 25 de enero. Ese día, la Fnac ha programado un club de lectura de El restaurante favorito de Nina Hagen en el Fórum de la tienda de Plaza de España de Zaragoza. Compartiremos un vino y charlaremos de lo que gusten. Si se han leído el libro, les invito a que vengan a comentarlo o a insultarme (no me agredan, eso sí que se lo ruego, usen sólo la violencia verbal). Y si no, acérquense, que pasaremos un buen rato igualmente. Firmaré ejemplares si alguien gusta. No hay fechas confirmadas, pero entre enero y febrero espero presentar este libro también en Huesca y Barcelona, entre otros sitios. Ya lo anunciaré en su momento.

Esto es lo más cercano en el tiempo, pero no es, ni mucho menos, lo más importante. Esto se lo reservo a la publicación de mi novela, que saldrá en marzo, y posiblemente no sólo en España, sino también en algún país latinoamericano. Se titula No habrá más enemigo y trata de… Pues no lo sé muy bien. ¿De sexo? Puede, pero no sólo. Creo que habla del aburrimiento, de la añoranza por vidas aventureras que no tenemos y de la imposibilidad de ser un buen padre. Hay algún que otro asesinato y muchas ganas de follar. En fin, yo qué sé. Dicen que toda escritura es autobiográfica, incluso la de Lovecraft y así. Dejémoslo en que hay sexo y crímenes, como en la Biblia, pero más chulo, sin sermones. Violencia y porno gratuitos.

El lanzamiento será en marzo, y la sacaremos de paseo en abril y mayo, coincidiendo con las ferias del libro y los Sant Jordi varios. Se augura una agenda apretadita, me va a tocar hacer kilómetros. De momento, tengo que corregir las pruebas, que no es poco trabajo. Recuerden el título: No habrá más enemigo.

También en torno a marzo se presentará un proyecto colectivo en el que he participado. Una conocida bodega va a lanzar una remesa de vino de 2011 en cuyas etiquetas se incluyen microrrelatos de jóvenes autores. Han seleccionado a diez escritores, entre los que estoy yo, y nos han encargado cuatro microrrelatos a cada uno. No doy más detalles concretos porque montarán una campaña de prensa cuando se lance y no les voy a chafar la sorpresa. Esta historia me hace mucha ilusión. Siempre me gusta participar en cosas que se salgan de lo convencional.

Sin salir de lo literario, también he sido incluido en una antología de cuentos que saldrá publicada en Bulgaria. Rada Panchovska, la traductora y editora, ha escogido mi cuento Calle Velarde, de Malas influencias, para presentarme a las amorosas lectoras búlgaras. Estoy deseando leerme en alfabeto cirílico. Esto no sé si se presentará en el Instituto Cervantes de Sofía, pero si es así, que me vayan esperando, que yo ese viaje no me lo pierdo. Dicen que Bulgaria es como el Hollywood europeo del porno, y me gustaría que hiciesen una adaptación pornográfica de mis cuentos. Hay muchos escritores con novelas adaptadas en películas, pero, ¿cuántas de esas pelis son porno? Marcaría un antes y un después.

Esto es el futuro inmediato, los primeros meses del año. Hay otras historias que se concretarán más adelante y que están pensadas a más largo plazo, de las que hablaré cuando toque.

En el terreno periodístico la cosa pinta bien, pero apenas puedo adelantar nada, pues aún estamos en la zona de los proyectos y de las promesas sin concretar. Es ya casi totalmente segura mi incorporación como colaborador a una radio, puede que me involucre mucho en una conocida revista y merodean dos o tres asuntos catódicos todavía en fase de cigoto (ni siquiera embrionaria). Aunque confío en que irán saliendo y concretándose. Yo no anuncio las cosas sin firmar los papeles antes, no soy de los que venden la piel antes de cazarla. Si no se tuerce el asunto, voy a dar la brasa en unos cuantos sitios más de los que tengo por costumbre. Y uno de los proyectos es bien bonito. Pero basta, cállate ya, Sergio, que lo gafas.

Por último, y aunque esto se publicitará la semana que viene, anticipo que el 3 de marzo estaré en Madrid participando en un interesantísimo encuentro de blogs literarios, con nombres ilustres del panorama nacional. Pueden salir cosas muy chulas de esa jornada. Ese mismo día, por la tarde, firmaré ejemplares en una librería de la capital. No necesariamente míos: me encantaría firmar ejemplares del libro de Punset o de la dieta Dukan. Y después, espero cenar y emborracharme en buena compañía, ése es el único punto del orden del día que tengo claro.

Ocupado, voy a estar. Ya que no ficho en una oficina ni percibo nómina, tengo que mantener una agenda ajetreada para que no me llamen vago ni parásito. ¿Me hará feliz el trabajo? No creo. Pero la ética del trabajo me permitirá fingir que sí. Y, a fin de cuentas, ¿qué es la vida sino una representación? Sin fingimientos no seríamos nada, ni orgasmos tendríamos.

No les deseo feliz año porque ya no sé desear felicidad, pero sí que espero que no me abandonen en este empeño por mantener la cabeza alta y el motor en marcha. Prometo sonreír, no quejarme demasiado y ser un buen compañero.

Pásenlo bien y quiéranse mucho.

LO SUPERFICIAL

¿Es tarde para incluir una addenda a la lista de mis mejores libros de 2011? No había leído aún esta obrita de Alejandro Zambra (lo primero suyo que leo, la verdad, y voy a agenciarme sus otras dos novelas) y lo merece: Formas de volver a casa.

La compré en primavera, cuando salió, en uno de esos larguísimos paseos que me obligaba a dar por Barcelona para sacudirme el olor a hospital y a suicidio. Era uno de los must de la temporada librera, y me lo llevé de La Central junto con El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron (Mondadori), advertido de que ambos hablaban de padres e hijos y memorias familiares. Leí el libro de Pron una noche hospitalaria, y me dejó bastante frío, sin llegar a disgustarme, y puede que esta gelidez tuviera la culpa de que olvidara la obra de Zambra. De pronto, enfrentarme a su lectura me causaba una pereza infinita.

Y allí lo dejé, enterrado en una pila de ilegibles, desganado por siempre. No estaba de humor para padres e hijos, y si encima la cosa iba de allendes y pinochetes, el sopor me vencía. Lo siento, pero yo oigo hablar del Palacio de la Moneda y me duermo. Y como me vengan con que si Neruda esto o Víctor Jara lo otro, es que me sale la vena nihilista y pasota y me pongo insoportable. Casi me pica el cuerpo del contacto con la pana y con las canciones de Joan Manuel Serrat.

Pero alguien de mi completa confianza elogió el libro hace unos días, así que lo rescaté. Y lo devoré en apenas tres horas.

Como he tardado tanto en leerlo, ya han salido reseñas suyas por doquier, y uno de los reproches más recurrentes que he leído en un garbeo por Google es que no es un libro sólido, que no está bien armado, que  contiene buenas ideas pero no se desarrollan… Y he pensado: ¿habremos leído lo mismo estos críticos y yo? A veces me cansa la obsesión rusa de algunos críticos, que quieren que todo sea Tolstoi. Quieren novelones, libros para señores convalecientes, donde nada quede insinuado y todo esté bien descrito y bien narrado. Hasta el detalle. Si no encuentran eso, se sienten estafados y acusan al autor de vago o de incompetente.

Contra lo que dice el Código Penal, yo no creo que haya delitos sin móvil. En la literatura, no. Y si la intención del autor no era armar un novelón perfectamente engrasado, difícilmente se le puede acusar de no haber conseguido lo que no quería conseguir. Reprochar la ausencia de algo que no se prometió roza lo paranoico. Como esas locas que se enamoran de los locutores de radio nocturna y les persiguen y les secuestran diciéndoles: «Me prometiste que te casarías conmigo, cabrón, y ahora vas a sufrir por no haber querido a la pobre María Antonia». No, María Antonia, estaba haciendo un programa de radio, no te lo decía a ti, estaba en el guión.

Pues eso: no, señor crítico, yo no quería escribir Guerra y paz, no me puede culpar por no haberla escrito.

Viene esto a cuento porque Formas de volver a casa es minimalista por vocación desde la primera página. Desde antes incluso: el título ya da muchas pistas. Guerra y paz también da pistas en su título, si se dan cuenta. Y Crimen y castigo, también. Ya intuyes desde la cubierta que el autor viene fuerte, que aquello no es para nenazas impresionables, sino para machos-machos que no se dejan nada en el plato. En cambio, una obrita intitulada Formas de volver a casa ya nos está diciendo que las mujeres y los hombres afeminados son bienvenidos, que en sus páginas no se va a hablar a gritos ni se va a decidir el destino de los grandes imperios, que hay más vino blanco y licores digestivos que Rioja tinto y vodka. Es difícil no verlo, resulta obvio para cualquier lector con dos ojos no muy dañados.

Formas de volver a casa es un libro sutil (no sé si llamarlo novela, aunque el género es tan elástico que aguanta cualquier obra que contenga narraciones), un dibujo sin colorear, una especie de aguafuerte, si me permiten el símil pictórico —en el que las grandes novelas rusas serían lienzos de Velázquez—. Es a la vez una novela fallida y el diario en el que el escritor consigna su fracaso novelístico y vital. Metaliteratura, vaya, nada nuevo. Entre medias, una trama muy tenue que mezcla el conflicto generacional con la historia política y las relaciones amorosas en la linde de la madurez, cuando los jóvenes empezamos a dejar de serlo. Todo ello, con una enunciación suave y directa. Minimalista al fin.

Pero nada de esto convierte en interesante el librito. Lo que lo hace especial y emocionante es la actitud que lo impregna. Se lo comenté el otro día a un amigo escritor con el que suelo hablar de literatura (algo extrañísimo: los escritores apenas hablan de literatura. Hablan de otros escritores, de política, de periodistas y de dinero, pero de literatura, poco): me importa poco la técnica y el estilo de un libro, siempre que éste transpire honestidad. Estoy harto de trampantojos y de malabaristas. Al leer, quiero encontrar una mirada limpia y sincera. Me gusta sentir que el autor es algo parecido a un amigo y que el libro discurre como una conversación, y esto se resume en una única exigencia: quiero sentir que al autor le importa lo que está contando, que su voz se involucra y se hace presente.

Para mí, ése es el único compromiso que un escritor debe asumir. Y en Alejandro Zambra lo encuentro. Su prosa, contenida y cuidadita, como un coqueto jardín vertical, contiene el temblor de la vida. De su vida. Y sólo por eso merece la pena ser leído. Dice hacia el final:

Recordamos más bien los ruidos de las imágenes. Y a veces, al escribir, limpiamos todo, como si de ese modo avanzáramos hacia algún lado. Deberíamos simplemente describir esos ruidos, esas manchas en la memoria. Esa selección arbitraria, nada más. Por eso mentimos tanto, al final. Por eso un libro es siempre el reverso de otro libro inmenso y raro. Un libro ilegible y genuino que traducimos, que traicionamos por el hábito de una prosa pasable.

Dejar las cosas en bruto, no traducir, no limpiar. Hay algo grunge en esta actitud, algo de amor por lo primigenio y de repudio por el maquillaje y el engolamiento. Algo que me atrae, claro.

No sólo no me molesta su minimalismo, sino que se lo agradezco. Lo entiendo como una invitación a fisgonear y como una forma de respetar al lector: es casi un insulto darle todo masticadito, dejarle claro qué debe pensar y sentir ante la historia que se le cuenta. Abierto y sutil, como la relación de los dos personajes.

Porque —y casi todos los críticos parecen haber pasado por alto esto, que me parece a mí tan evidente— Formas de volver a casa se duele de lo superficial desde la propia superficialidad. Zambra se duele de no poder penetrar el mundo y sus seres, de que todo (las relaciones con sus padres, su propia relación de pareja y su relación con la historia y con el país que le ha tocado vivir) pase tan sin sentirse, sin dejarse conocer, sin poderse asimilar. Es un libro superficial sobre lo superficial de la vida, sobre el deseo frustrado de ver y de sentir más de lo que las personas y las cosas nos dejan ver y sentir.

No será Guerra y paz, pero no le hace falta. Un librito precioso que interpela sin decir apenas nada. Sin gritos, sin sermones, despacito.

MECENAS

Cultura. Gente de la cultura. Creadores. Artistas. Al conjurar ese campo semántico, se desatan las reacciones. Generalmente, de uñas largas. Atrás quedaron los tiempos en que sus protas caían simpáticos. Muchos antiguos popes, descabalgados de sus púlpitos, vagan por las calles con la mirada perdida, escribiendo artículos lacrimógenos en los que se preguntan en qué momento dejó de amarles la masa . Quienes no han entendido lo que ha pasado en estos diez últimos años han devenido fósiles rancios, piedras que ni siquiera son de Rosetta, cuya sabiduría no importa ya, oráculos en paro a quienes nadie consulta nada.

No es que los demás tengamos muy claro qué ha pasado, qué está pasando o qué va a pasar. Ojalá fuéramos tan listos. Simplemente, vemos que eso que los economistas llaman el know-how de las industrias culturales ha perdido su valor. Ante una sociedad que sigue escuchando música, que sigue viendo pelis y que sigue leyendo libros, son cada vez menos capaces de colocar sus productos. ¿Cómo es posible? Por la piratería, responden, y vuelven la cabeza al Estado exigiendo que la policía actúe: ¡al ladrón, se están llevando nuestro dinero, al ladrón, al ladrón!

Sin embargo, la so called piratería es simplemente la manifestación de una realidad más atroz: la de una industria superada por la tecnología y por la evolución de los tiempos, que en lugar de buscar la forma de llegar a sus públicos —que siguen ahí, probablemente más numerosos que antaño— les ha puesto cortafuegos, se ha cerrado, se ha exhibido ceñuda y desconfiada y ha preferido aferrarse a privilegios que ninguna realidad económica podía sostener. En el empeño, han secuestrado el Estado, lo han utilizado con ademanes mafiosos, como quien se conecta a un respirador artificial.

Es difícil dudar de que hemos asistido a un fin de ciclo o a un cambio de paradigma cultural parecido al que supuso la aparición de la imprenta, pero no parece acertada la metáfora que asimila los cambios sociales a los naturales. En la sociedad no hay cosas inevitables: la voluntad de las personas y las decisiones que unos pocos toman influyen en un sentido o en otro, y en estos diez años hemos sufrido tantísimas decisiones desastrosas y han sido tantos los idiotas con cargo —en el Estado y en las empresas aludidas— que han accionado los botones equivocados, que el desastre no se puede adjetivar como inevitable.

Por lo poco que ha dejado entrever el nuevo gobierno, parece que las cosas van a seguir por ese camino. Se ha anunciado una ley del mecenazgo, de cuyas líneas maestras casi nada sabemos. Sí que sabemos ya que su argumentación está construida sobre una falacia. José Ignacio Wert, en la toma de posesión de su secretario de Estado de Cultura, José María Lasalle, dijo, refiriéndose a este proyecto legislativo:

«El Estado no es en ningún caso un fabricante de cultura. Es un depositario, un dinamizador, un relé de coordinación y distribución de la creación y el patrimonio cultural. No es el dueño de la cultura, sino apenas el responsable de que crezca y pase a la siguiente generación en las mejores condiciones posibles».

De acuerdo, stricto sensu, el Estado no es un fabricante de cultura. Los fabricantes son quienes la trabajan con sus manos, quienes la crean, y por eso son pedantemente reconocidos con el título de creadores. Pero el Estado hace mucho más que depositar, dinamizar, coordinar y distribuir. El Estado instiga la creación cultural, porque todas esas acciones enumeradas por el ministro (depositar, dinamizar, coordinar y distribuir) no son operaciones técnicas, sino que tienen una gran carga ideológica. Al elegir qué depositar y qué olvidar; qué dinamizar y qué ralentizar; cómo coordinar y en qué orden jerárquico, y qué distribuir y qué almacenar, no está fabricando cultura, pero sí está fabricando un orden y un modelo cultural.

Muchos adalides liberales sostienen la falacia de que la cultura no precisa del Estado para existir, pero la historia es terca y desmonta una y otra vez ese argumento. Al menos, en lo que se refiere a la cultura occidental, la existencia del arte es indisoluble de la del Estado. No hace falta remontarse a los griegos (aunque podríamos), nos basta con echar la vista atrás hasta la Italia del Renacimiento, cuna de la producción cultural tal y como la entendemos ahora, con la idea del autor individual y de su libre albedrío como ejes fundamentales del arte. Fueron los papas y los príncipes de las ciudades italianas (es decir, el Estado moderno en su forma primigenia) quienes diseñaron ese modelo y quienes fortalecieron la idea del artista como genio, libre y sagrado. El Estado-Leviatán ha financiado —cuando ha sido necesario— y promovido —siempre— esa cultura. Cuando el príncipe Carlos Augusto de Sajonia fichó a Goethe como escritor protegido en Weimar, estaba consolidando una forma de cultura que encontraría su última y más completa formulación legislativa en el concepto de excepción cultural del ministro francés Jack Lang, y su expresión más grandiosa, industrial y apabullante en Hollywood. Lo que cambió en el siglo XIX fue la irrupción del público, la rebelión de las masas. Fue una cuestión de cambio de escala, no de modelo: lo que antes servía para cuatro cortesanos, ahora valía para todo el mundo, para una sociedad que había ido a la escuela y podía comprar libros y ver obras de teatro, pero los axiomas del Renacimiento siguieron inalterados, con el autor quieto en su pedestal. De Miguel Ángel a los Beatles sólo cambia el tamaño del público, pero el concepto que los enmarca y los hace posibles es el mismo.

Sin Estado no hay cultura tal y como la entendemos. Sin Estado no habría Capilla Sixtina ni Fausto de Goethe, pero tampoco películas de Alfred Hitchcock ni urinarios de Marcel Duchamp. Ni Shakespeare ni el Quijote, ni el Louvre ni Jackson Pollock. Sin Estado, tampoco tendríamos el ensayo Liberales, escrito por José María Lasalle.

Negar la unívoca e indisoluble relación entre Estado y cultura sólo puede conducir a dos escenarios: a la desaparición del fenómeno cultural tal y como lo hemos conocido desde el siglo XV, con la disolución de la idea del autor individual y el hundimiento de cánones y disciplinas artísticas, o al engaño. Porque quien niegue esa relación puede estar interesado, como tantos otros antes que él, en generar una cultura a su servicio. Cambiando las formas de promoción, lo que en realidad se está cambiando es la composición de la corte, sustituyendo a unos cortesanos por otros.

Para quienes nos preocupan estas cosas, creo que el futuro inmediato no pasa por asumir la falacia liberal y esperar que surja una cultura espontánea de no se sabe qué oscuros recovecos inexplorados de la sociedad, sino de asimilar dos asertos: que la cultura tal y como la conocemos en Occidente es una creación del Estado y que nos gusta esa cultura tal y como la conocemos, en sus líneas generales. Es decir, nos gusta que haya escritores que escriban buenos libros, nos gusta que haya directores de cine que rueden buenas pelis y nos gusta que haya artistas y músicos que nos emocionen con sus hallazgos. Y que incluso nos gustaría a nosotros tener la posibilidad de ser escritores, artistas o lo que sea. Puede que no nos gusten tanto otras cosas, pero, al menos en mi caso, ninguna corruptela o disfunción, que diría un estructuralista barbudo, es tan grave como para anular el sistema de por sí. Quiero decir: el modelo que permite que un montón de mediocres semiágrafos chupen del bote saltando de Instituto Cervantes en Instituto Cervantes es el mismo modelo que ha fabricado las novelas de Henry Miller y de Proust. Así que, de momento, la balanza está inclinada en el lado positivo. Si el precio para que surja un Proust cada cien años es aguantar a unos poetastros que escriben havía con uve, estoy dispuesto a pagarlo.

Si estamos de acuerdo en eso, el siguiente paso es demostrar que el Estado del siglo XXI no es el del siglo XV y que la palabra democracia es algo más que un instrumento de retórica solemne. Si la soberanía del Estado reside en nosotros, y el Estado genera una u otra forma de cultura, no deberíamos permitir que una camarilla usurpe nuestra voluntad. La cultura creada en un estado democrático tendría que ser democrática también, y son los ciudadanos quienes deberían decidir el modelo a seguir.

Una cosa buena que tiene la indisoluble unión de la cultura al Estado es que permite rastrear la verdadera naturaleza de éste. Si la democracia fuera real, no podría resultarles tan sencillo a unos pocos interesados secuestrar el discurso y promover un modelo cultural a su antojo y capricho. Si esto sucede es porque los mecanismos democráticos no son más fuertes ni más transparentes que en tiempos de Cánovas y Sagasta.

¿Podemos demostrarlo? ¿Es este Estado distinto del de los papas y los Médicis? ¿Tenemos voz y estamos dispuestos a usarla? Esas son las preguntas cuya respuesta puede sacarnos del atolladero. Lo demás es retórica.

NINA HAGEN EN LOS PAPELES

Hoy sale un reseñón de El restaurante favorito de Nina Hagen en el suplemento literario de Heraldo de Aragón. Casi una página, agüita. Ni que yo fuera ministrable o algo. Se han debido de equivocar, querían hablar del otro Del Molino, ese al que le gustan los toros y fuma puros.

Aquí la pego.

PD ibérica.- Mi libro no está sólo en los papeles (señores de la RAE, observen la importancia de una tilde: mi libro no está sólo en los papeles significa algo muy distinto de mi libro no está solo en los papeles. Pero ustedes verán, oh, guardianes de la lengua). Mi editor me manda una foto digna de Bigas Luna: el libro expuesto en Bodegas Almau, una centenaria y reconocida tasca de Zaragoza a la que acuden los modernos del lugar, atraídos sin duda por su aire antañón y sus barriles de madera. Ya saben ustedes que Miguel Ángel, el infatigable tabernero, organiza exposiciones y conciertos para satisfacer a su postmoderna clientela. Allí se vende también mi libro, expuesto junto al castizo Reservado el derecho de admisión. Y se mancha con la grasilla del jamón. Qué cutrerío más entrañable.

ENFERMOS

Fantástica la nueva serie de moda, la que dicen que se va a llevar todos los premios del mundo y la que hay que ver para estar enterado de las cosas del catódico mundo. Se llama Boss, y la protagoniza (y produce) un Kelsey Grammer que no recuerda en nada al Frasier que le hiciera galácticamente famoso.

Aquí es el alcalde de Chicago. Un grandísimo hijo de la grandísima puta cuyo reinado (de terror, construido a base de líos mafiosos, chantajes y algún que otro muerto) se derrumba. Quienes le apoyaron le dan la espalda y sus cortesanos le traicionan. Tiene tantos puñales clavados en el costillar trasero que parece un puerco espín.

Pero no quería hablar de la serie ni hacer una aburrida evisceración de sus episodios, tramas o personajes. Quería hablar de su punto de partida y de su principal eje argumental: Tom Kane (pues así se llama el cabronazo) se muere.

Lo sabemos desde el minuto uno del primer episodio, así que no estoy estropeando ninguna sorpresa. Tiene una rara enfermedad neurodegenerativa sin cura que lo va a llevar a la tumba en relativamente poco tiempo. Su obsesión es ocultar los síntomas del mal, mantenerse en el poder cueste lo que cueste y no mostrarse débil ante sus (muchísimos) enemigos.

Lo que me inquieta del planteamiento es el mar de fondo que trae: el uso de la enfermedad como metáfora de la corrupción moral. Como su expresión y como su castigo.

En realidad, la serie no expone esta postura de forma abierta en ningún momento. Es demasiado buena como para resbalar en la proclama mitinera o en la moraleja de Samaniego. Pero tampoco muestra elementos que nieguen o imposibiliten esta interpretación. Y quien calla, otorga.

Fue Susan Sontag, en un ensayo que se ha quedado un poco anticuado (La enfermedad y sus metáforas), quien estudió la imagen moral de las enfermedades y cómo la sociedad ha tendido a asociar la corrupción del cuerpo con la corrupción ética o de valores. Y viceversa. ¿Cuántas veces hemos oído a tipos con sotana quejarse de que esta sociedad está “enferma”?

Que Boss caiga en una superchería tan manida y estimule una visión tan grosera del castigo divino, tal y como se ve en el bíblico Libro de Daniel, desmerece su grandeza. Que en la Edad Media, o incluso en el siglo XIX, se interpretara la enfermedad como un azote de dios por los pecados terrenales, podía tener un pase. Pero que en el siglo XXI, con todo lo que sabemos de nuestros genes, de las bacterias y de la bioquímica del cuerpo humano, sigamos viendo las cosas igual, es una pena.

Deberíamos actualizarnos un poco. Y ojo, que no lo planteo como una crítica moralista (mis reparos sobre lo que leo y veo nunca van por ahí), sino estética: el arte debe engastarse en su tiempo y asumir las verdades y conocimientos que tiene. No hacerlo es empeñarse en seguir contando que la Tierra es plana cuando la ciencia estableció hace mucho que es redonda.