SOY EDUARDO PUNSET

Javier López Clemente me ha grabado en su ciclo de Tardes de Blog. La interviú tiene dos partes y es un poco un Celebrities de Muchachada Nui. A mí me parece que ha quedado muy divertido y mi señora ha dicho: «Eres muy tú». Y efectivamente, esa aberración lógica y gramatical define estos vídeos: soy muy yo. Aquí os los incrusto:

También voy a ser muy yo (y Beatriz Lucea, la comisaria, también va a ser muy ella) este jueves 10, a las 19.00, en el Centro de Historias, donde presentamos nuestra expo alemana. Están todos invitados. El miércoles hicimos la promoción. Me ha agotado: empecé hablando de la exposición a las 10 de la mañana a un equipo de Aragón Televisión (se puede ver la excelente pieza de Marimar Cariñena pinchando aquí y yendo al minuto 31 del informativo), y acabé casi a las 20 grabando un reportaje para Miguel Mena, de la Cadena Ser. Y juro que conté historietas distintas en cada una de las, a mi juicio, muchísimas entrevistas (más la rueda de prensa) que tuve. Y prometo que contaré alguna distinta en la presentación.

Les espero. Agradecida y emocionada.

EL PEOR ACTOR DEL MUNDO MUNDIAL

Esta mañana he estado en el Centro de Historias, de Zaragoza, viendo los trabajos de montaje de la exposición La Pequeña Alemania de Zaragoza. La aventura de los germanos que llegaron del Camerún (1916-1956), que se inaugura este jueves. ¿Que cómo estaba la cosa? Pues tal que así:

Sí, lo que veis en algunas fotos son cruces gamadas, muy a tono con la situación europea del momento (especialmente, griega, con ese simpático partido de cabezas rapadas que tanto manda ahora), pero no son las únicas cruces que habrá. También podréis ver una cruz de hierro auténtica (la de la foto) y una panoplia de objetos de lo más curiosos y cotillas, que van de lo cómico a lo trágico pasando por lo simplemente entrañable.

Aquí siguen los chicos de las brigadas municipales con el montaje. Qué gusto daba verles currar. Extiende, mide, un poco más abajo, mecagüendiez, esto no entra, cagonlaputa, rediós… Y Beatriz y yo —los dos comisarios de la expo—, de barandas, quisquillosos, haciéndonos odiar, pidiendo las cosas un poco más altas o un poquito más a la derecha. Sólo por joder, naturalmente, sin ningún propósito estético o didáctico, por el simple placer de machacar al obrero.

Qué bien trabajan estos muchachos. Te montan una exposición en un rato. Qué tranquilo me han dejado, de verdad. Aun así, creo que voy a sufrir un poco hasta el momento de la rueda de prensa, hasta que no vea cada cosa montada en su sitio y que todo marche bien. Me esperan días de nervios hasta el estreno, pero es un gustazo ver que la historia que conté en mi libro tiene una segunda vida, que se mantiene con otra forma. Espero que los zaragozanos la disfruten, de verdad, es un empeño por rescatar una parte de la historia oculta de esta ciudad que tantas alegrías me ha dado.

Mientras yo estoy a mis cosas, embebido de germanismos, mi libro sigue por ahí, codeándose con lo mejorcito de la literatura universal. El amiguete Alberto Julián me mandó desde Madrid estas fotos en las que se ve a Cervantes y a Valle-Inclán gozándola bárbaro con la lectura de mi novela.

No habrá más enemigo ha viajado hasta Santo Domingo, donde ha salido una mención en la revista Bohío (pinchar aquí para leer).

En casa, me he estrenado como actor. Como el peor actor del mundo después de que Ángel Acebes dijera aquello de que ETA seguía siendo la principal línea de investigación. Javier López Clemente, aka Sonolópez, me ha invitado a su ciclo Tardes de blog, en la librería El Pequeño Teatro de los Libros, y para anunciar la interviú, ha rodado este vídeo. Pido disculpas al conjunto de la profesión de actores y actrices, a quienes respeto y admiro muchísimo. También pido perdón al gremio de las tejedoras y a toda la industria textil en general.

ESTE JUEVES TIENEN UNA CITA EN ZGZ

CON LA PUERTA (DEL HOSPITAL) EN LAS NARICES

Hoy estoy triste. No sólo porque se cumple un aniversario que debería ser celebrativo y no lo es, sino porque he asistido a la escenificación de la banalidad del mal.

Esta mañana me tocaba participar en la tertulia del programa informativo Buenos días, Aragón, de Aragón TV, donde colaboro, y el invitado era el consejero autonómico de Sanidad, Ricardo Oliván. El formato de esa parte del programa, llamada Mesa de redacción, incluye una entrevista al invitado correspondiente, que conduce el presentador, Pablo Carreras, y al final, se abre turno de preguntas para los colaboradores. Normalmente, nos da tiempo a formular dos o tres cuestiones cada uno, pero esta vez ha apremiado el reloj y solo hemos podido plantear una. Yo llevaba cuatro preparadas y tenía la esperanza de lanzar al menos dos, pero he tenido que jugármelo todo a una bala. Me ha dado rabia, la verdad, porque muchos de quienes me seguís sabéis de sobra que el deterioro de la sanidad pública es una de las cosas que más me preocupan y me joden de todo lo que está pasando, y este encuentro en directo en una televisión con el máximo responsable aragonés del asunto me parecía una ocasión que no podía desperdiciar. Creo que la he aprovechado muy parcialmente, pero, dadas las circunstancias, también creo que he disparado bien.

Si pincháis en este link (aquí), podréis ver mi pregunta y su respuesta a partir del minutaje 01:02:40.

Mi pregunta ha sido: Si en un servicio de urgencias, a un inmigrante irregular sin tarjeta sanitaria se le diagnostica una enfermedad crónica o muy grave que requiera un tratamiento costoso y continuado, ¿qué se hace con esa persona? ¿Tiene derecho a un tratamiento oncológico o se le programa un trasplante de riñón? ¿La sanidad pública española le va a atender?

Porque a mí me fastidiaba mucho que Rajoy y toda su corte insistieran en que la negación de la tarjeta sanitaria a los inmigrantes irregulares no implicaba que se les dejara desatendidos, que seguían teniendo derecho a las urgencias. Yo quería desmontar lo falaz de esa proposición: si las urgencias no pueden derivar a sus pacientes a otros servicios, no son más útiles que un botiquín casero de primeros auxilios.

El consejero ha dilatado la respuesta, planteando el supuesto conocido de la compensación, algo factible para un inglés o un noruego. Es decir, que se le puede atender y luego se pasa la factura al ministerio de salud de su país o se le deriva directamente a su país. Pero esa no era la cuestión, como cualquiera puede suponer. Me refería a quienes proceden de países donde no van a ser atendidos o que no van a reembolsar a España los gastos sanitarios.

«En el caso que has comentado, la legislación actual impide que atendamos a esas personas».

O sea —he insistido—, que les mandaríamos a casa. «Así es», me ha constestado. Y no podrían acceder a ningún tipo de asistencia, he vuelto a insistir. «No», ha vuelto a responder.

La verdad es que agradezco la honestidad del consejero Oliván. Otros políticos habrían mareado mucho más la perdiz, habrían eludido la respuesta con datos, sofismas o consignas demagógicas. Él ha contestado con claridad y sin apenas maniobras de despiste. Pero lo que a mí me parece aterrador, además de la situación en la que estamos, es que un alto cargo público pueda afirmar con tranquilidad que la administración que él gestiona va a cruzarse de brazos (está cruzándose de brazos, de hecho) ante la muerte de personas que requieren su ayuda. Que tenga los medios, los profesionales y la capacidad suficientes para atender a esas personas pero que no lo vaya a hacer, sabiendo que su inacción llevará a esos pacientes (que son sólo enfermos, no pacientes, ya que no están atendidos por médico alguno) a una muerte cierta e indigna.

Esa es la banalidad del mal, esa es la obediencia debida, esa es la tranquilidad que da la legislación vigente, el yo-soy-un-mandao. Tengan la seguridad de que ni una sola de esas muertes pesará sobre la conciencia del consejero, porque no se siente concernido por ellas, porque él, simplemente, cumple órdenes, ejecuta su papel en la función, recita su texto y hace mutis. Es honesto que conteste así, pero a mí me aterra comprobar que alguien tenga la sangre fría necesaria para afirmar con la mayor de las tranquilidades que van a negarle hasta una aspirina a un enfermo de cáncer, que no va a haber ni un gramo de insulina para los diabéticos y que un enfermo renal ni siquiera va a tener un colchón sobre el que agonizar (no ya una máquina de diálisis).

Al menos, se lo he hecho decir. De poco servirá, pero que por lo menos, lo digan, que no nos vengan con rollos.

¿COMEMOS EN ESPAÑA TAN BIEN COMO NOS CREEMOS?

Estoy empeñado en escribir de libros, pero, los últimos que he leído, o son demasiado poco interesantes, o muy malos, o demasiado tristes para mi astenia primaveral, así que me he apartado momentáneamente de los comentarios literarios. Volveré pronto, no obstante.

Este puente me he dedicado fundamentalmente a comer. Y mientras me subían el colesterol y la bilirrubina, elaboré una sofisticada teoría gastronómica sobre la comida en España. Recordaba a aquel sabio y luminaria del periodismo llamado Sáenz de Heredia, cuando en Franco, ese hombre, le preguntaba a su Caudillo: «Mi Generalísimo, ¿somos los españoles tan díficiles de gobernar como nos creemos que somos?». Parafraseándole, preguntome: ¿comemos los españoles tan bien como nos creemos?

Mientras me hacía esta pregunta degustaba un cortado de esos que te suelen poner en los restaurantes para arrasar de tus papilas cualquier grata sensación que la comida hubiera dejado en ellas. No sé cuál es el secreto de esos cafés: puede que sea esa forma de requemar el grano molido, o esa leche que pasa toda la mañana sin refrigerar en un tetrabrick abierto a 30 grados centígrados, o los sedimentos de los posos de una cafetera que nunca se limpia a fondo, o los restos de nata rancia adheridos a esa varilla de vapor con la que achicharran la leche, o la temperatura que nunca baja, que consigue mantener hirviente el contenido de la taza veinte minutos después de servido. Puede que sea una combinación de todas: la maestría en un oficio no se debe nunca a un solo factor, el éxito es siempre una compleja mixtura de muchos, algunos de ellos inaprensibles (ese jenesaisquoi).

Ese café, metáfora y resumen de todos los cafés servidos en los bares y restaurantes españoles (ese café que iguala a los hosteleros: tanto el tugurio de carretera como el restaurante tres estrellas Michelin lo sirven igual de infame), me cerró el paladar y me abrió los ojos. Los españoles sobrevaloramos nuestra cultura gastronómica, como sobrevaloramos tantas otras cosas nuestras. Somos muy de sobrevalorar por aquí.

¿Que hay unos cocineros estrella que para qué? Pues sí. ¿Qué hay un montón de restaurantes estupendos? Pues también. ¿Que la tradición y variedad de las cocinas de las Españas no tiene nada que envidiarle a las de Francia o Italia? Sí con matices, pero sí en definitiva. ¿Que la cocina española está de moda y mola mogollón por todas partes? Quién podría negarlo. Pero no es menos cierto que es mucho más fácil comer mal en España que en Francia, en Italia o en Portugal. Que hay muchas posibilidades de ser estafado por un hostelero y que la calidad media de los sitios so called de menú del día está muy por debajo de sus equivalentes en los países de los alrededores.

En Portugal, donde la comida no es sofisticada y el repertorio de recetas e ingredientes tradicionales es mucho más limitado que aquí, puedes entrar en cualquier tasca al azar con la tranquilidad de que, en el peor de los casos, disfrutarás de un plato sencillo y hecho con corrección. En Italia, las trattorias garantizan siempre una pasta al dente y un trato amigable, y aunque en Francia lo del trato amigable no se les dé tan bien y los precios exageren un poco, el más humilde y cutre de los bistrots ofrecerá un plat du jour más que decente, aunque sea una sencilla soup à l’ognion.

Quiero decir que, pese a que hosteleros intoxicadores y estafadores los hay en todas partes, no es nada difícil comer bien en Portugal, Italia o Francia, aunque no conozcas la ciudad ni el idioma: incluso escogiendo una taverna, una trattoria o un bistrot al azar, hay más posibilidades de comer bien que mal en ellos . Sin embargo, un viajero mal informado en España tiene muchas posibilidades de acabar en un sitio infame donde le sirvan pura y simple mierda bajo el epígrafe de menú del día.

Esto es así, me supongo yo, porque tanto Portugal como Italia y Francia tienen una cultura gastronómica de la que carece España. Están acostumbrados a comer mejor en sus casas, por lo que mantienen el nivel en la restauración popular. En España queremos a nuestras madres tanto o más que los portugueses, los italianos o los franceses (es difícil quererlas más que los italianos, pero muy fácil quererlas más que los franceses), pero quizá debiéramos quererlas un poco menos y quererlas mejor, porque creo que la cocina de las mamás está muy sobrevalorada.

Salvo la de la mía, que quede claro. Mi madre cocina como nadie y de ella he aprendido yo todo mi recetario básico y he heredado mi afición cocinillas. Así que a callar todo el mundo: me estoy metiendo con las madres de ustedes, no con la mía.

Las mamás españolas (insisto, menos la mía) vienen de una cocina de subsistencia. Aprendieron de sus madres, nuestras abuelas, que crecieron con cartillas de racionamiento en ciudades que parecían la Salamanca del Lazarillo. Aprendieron una cocina pícara, de sobras y miserias. Si Simone Ortega tuvo tanto éxito con su monumental recetario 1.080 recetas de cocina fue porque operó como una Alan Lomax de la cocina: recuperó una tradición que se estaba esfumando. Metió de nuevo a las amas de casa en la cocina con los guisos de sus abuelas y bisabuelas, enseñándoles que podían mantener sus misterios druídicos frente al Avecrem, la Gallina Blanca y los congelados de Findus. Pero, en el camino, se perdió la técnica.

Las mamás españolas tienden a maltratar los productos: sobrecocinan casi todo. Nada está lo bastante hecho para ellas. Recuerdo que, cuando me invitaban a comer a casa de un amigo del cole, me costaba identificar los macarrones en esa masa pastosa y apelmazada que chapoteaba en una piscina de tomate Orlando. Sí, era duro que mi madre cocinara bien, porque las otras madres no lo hacían, y no me habían enseñado a fingir y a tragarme lo que fuera.

Los arroces de los domingos cuecen (en agua, claro, rara vez en un buen caldo) hasta pasarse más que la mojama; las judías verdes suelen serlo sólo de nombre, lo normal es que sean pardas y hayan dejado toda su alma, sabor y textura en una tortura ejecutada en olla exprés durante media hora o así (cuando les bastan seis minutos de cocción normal); las almejas menguan hasta hacerse casi invisibles tras hervir minutos y minutos y minutos, y muchos pescados podrían servir de suela de zapato.

La sobrecocción es un grave problema de la cocina casera española, pero casi es un problema menor si se lo compara con el problema Starlux o con el problema “colorante alimentario”. Que en muchas casas todavía no se hayan enterado que esos polvos de tintura amarilla no tienen nada que ver, ni remotamente, con el azafrán, es terrible, y explica muchas cosas. Entre ellas, explica el éxito de Dia o de Mercadona.

En Italia es bastante difícil encontrar potitos para bebés. No los venden en todas las farmacias y ni siquiera en todos los supermercados. Cuando los encuentras, apenas tienen variedad de marcas, sabores y grupos de edad. ¿Saben por qué es así? Porque las mamás italianas (y quiero creer que los papás) no dan potitos a sus niños. Unos que compramos, prácticamente a la desesperada, después de recorrer tres o cuatro sitios, incluían una recomendación en la etiqueta: añada una cucharadita de parmesano para que el niño se vaya acostumbrando a su sabor. Es decir, apostilla el fabricante: ya que usted es tan mal padre que no tiene tiempo de hacerle una papilla a su hijo como la Mamma manda, por lo menos, vaya educando el paladar de su criatura. Así no tendrá que pedir el menú infantil y sabrá comer pronto y mantendrá viva nuestra tradición de buenos comedores y buenos cocineros.

Ya sé que, “con la que está cayendo”, sueno frívolo, esnob y desafinado. Pero me da igual, que otros hablen de la prima de riesgo y del paro, yo prefiero hablar de comida.

COMING SOON…

Si ustedes viven en Zaragoza y han pasado recientemente por la puerta del Centro de Historias, es probable que hayan visto esta banderola y se hayan preguntado qué es esta cosa y por qué debería importarme. Inteligentes planteamientos ambos. Muy brevemente, les diré que se trata de una exposición (obviamente, al estar en un centro dedicado a las exposiciones) basada en mi libro Soldados en el jardín de la paz y que se inaugurará el próximo 10 de mayo. Estará abierta hasta el 8 de julio. Tengo el honor de comisariarla junto a mi socia, Beatriz Lucea, responsable de la propuesta museográfica y del diseño gráfico. Yo he puesto mis barbas en remojo y toda la documentación, textos y contenidos más o menos didácticos.

En días venideros les ampliaré información y, por supuesto, si les place, les invitaré a la grand opening. Si son ustedes periodistas culturales, les adelanto que el ayuntamiento convocará una rueda de prensa el día 9 de mayo, con visita guiada para cámaras de televisión y fotógrafos. Nos veremos allí.

FRIVOLIDAD

Haré un comentario extenso que se publicará en una nueva revista cultural online en la que colaboro, pero de momento, aquí les dejo esta perla:

La frivolidad consiste en tener una tabla de valores invertida o desequilibrada en la que la forma importa más que el contenido, la apariencia más que la esencia y en la que el gesto y el desplante —la representación— hacen las veces de sentimientos e ideas. En una novela medieval que yo admiro, Tirant lo Blanc, la esposa de Guillem de Vàroic da una bofetada a su hijo, un niñito recién nacido, para que llore por la partida de su padre a Jerusalén. Nosotros los lectores nos reímos, divertidos con ese disparate, como si las lágrimas que le arranca esa bofetada a la pobre criatura pudieran ser confundidas con el sentimiento de tristeza. Pero ni esa dama ni los personajes que la contemplan se ríen porque para ellos el llanto —la pura forma— es la tristeza. Y no hay otra manera de estar triste que llorando —«derramando vivas lágrimas» dice la novela— pues en este mundo es la forma la que cuenta, a cuyo servicio están los contenidos de los actos. Eso es la frivolidad, una manera de entender el mundo, la vida, según la cual todo es apariencia, es decir teatro, es decir juego y diversión.

Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo

Palabra de Nobel. Amén.

Y esto es sólo un pasaje. Háganse a la idea de que todo el libro es así, de principio a fin. Hay que leerlo después de una relajante tila o de un porrito, para que no te suba la tensión demasiado.

A ver, ¿por dónde empiezo? Quizá por lo más preocupante, lo que roza lo delictivo: a los lectores de Tirant lo Blanc les parece muy divertido que una madre golpee a su recién nacido. Qué juerga, qué deliciosa ironía. ¿Quién no se ha carcajeado con una buena escena de maltrato infantil? Los médicos de urgencias pierden el control de sus esfínteres (se mean de la risa, vaya) cada vez que les llega un bebé medio muerto y con las costillas rotas. Qué bien lo pasemos todos, la de chistes que cuentan los fiscales y los asistentes sociales cuando les llega el caso de un mocoso al que sus padres han zurrado a base de bien. Sin embargo, los personajes de Tirant lo Blanc no se ríen. Qué sosos, no le ven la gracia al asunto. Bárbaros, primitivos, pazguatos, no saben divertirse con una buena paliza infantil.

Allá cada cual con lo que le resulta divertido o no, no seré yo quien juzgue el humorismo de todo un premio Nobel. Me centraré en el meollo de este asunto. Dice Vargas (el escritor, no la cantante de boleros): «La frivolidad consiste en tener una tabla de valores invertida o desequilibrada en la que la forma importa más que el contenido, la apariencia más que la esencia y en la que el gesto y el desplante —la representación— hacen las veces de sentimientos e ideas». Eso no es frivolidad, eso es literatura, y es muy sorprendente que un Nobel de ídem no identifique la esencia de su arte aquí: la literatura es representación, y en ella, la forma siempre importa más que el contenido. En literatura, la apariencia, los gestos y los desplantes hacen las veces de sentimientos e ideas. Porque los sentimientos e ideas, dada su naturaleza inconcreta, no se pueden manifestar más que a través de apariencias y gestos.

Cuando Vargas (el escritor, no el guitarrista de la Vargas Blues Band) quiso profundizar en la idea de violencia y en los sentimientos asociados a ella, escribió una novela magnífica llena de gestos y hechos violentos. En ningún momento teorizó en plan filósofo sobre la violencia, no hizo un planteamiento socrático, sino que narró la historia de un grupo de chavales disparándose, golpeándose y tiranizándose entre ellos, en el contexto frívolo de un internado militar. Eso es La ciudad y los perros, una novela llena de frivolidades en la que la apariencia hace las veces de sentimientos e ideas.

¿Son los personajes de Tirant lo Blanc idiotas por confundir la representación de la tristeza con la tristeza misma? ¿Es que Vargas (el escritor, no el futbolista peruano que actualmente juega en la Fiorentina) ha visto la idea platónica de la tristeza, ha contemplado su forma pura? Por supuesto que no: ha visto lo que todos hemos visto, sombras en la caverna. No hemos visto la tristeza porque la tristeza no existe. Lo que existe es la gente triste. El mundo es una representación de universales, de eso va la literatura. Creía que estábamos de acuerdo en eso, pero parece que ni los premios Nobel lo tienen claro. Lo bárbaro de la escena de Tirant lo Blanc es que la convención social sustituye a la expresión genuina del sentimiento. Ahí está la frivolidad, en la adulteración de la representación y en su descontextualización, no en la representación misma.

Hablaré largo y tendido de este libro en esa nueva revista digital en la que me han invitado a escribir, pero no me podía aguantar estas notitas marginales.