Archivo mensual: mayo 2012

MAÑANA, EN TEATRO ARBOLÉ

No lo pone porque doy mala prensa a los sitios, pero presento yo. La sala es grande, vengan a hacer ruido, lo pasaremos bien.

ALEMANES EN LA GACETA

Hoy me he encontrado con esto. La Gaceta recomienda mi expo en su agenda cultural de hoy. Gracias, de verdad, no me lo esperaba. Aunque tengo que hacer una mínima corrección: la expo se puede ver hasta el 8 de julio, no hasta el 1 de julio, como indican ellos.

Estoy muy contento, me comentan que está recibiendo muchas visitas y, la verdad, las pocas veces que he acudido después de la inauguración, siempre he visto la sala llena, lo que me llena a mí de orgullo paterno.

Ayer emitieron un reportaje sobre el tema en Radio Exterior de España, y lo volverán a emitir en bucle dentro de unos días en RNE-5 (se puede escuchar en este podcast). Han salido muchas más cosas, espero poder recopilarlas cuando tenga un rato.

Por cierto, para rematar la notita autopromocional: quienes no pudisteis comprar Soldados en el jardín de la paz en su día —el libro en el que se basa la exposición—, tenéis una segunda oportunidad a precio de ganga en el propio Centro de Historias, ¡por sólo 10 euros! (guiño, guiño, codazo, codazo). Es una oferta imbatible, sólo para los visitantes de la exposición y los que llamen en los próximos quince minutos al teléfono que ven en sus pantallas.

MI PROPIA MEDICINA

Hace un tiempo, publiqué unas instrucciones para entrevistar a un escritor. Aunque eran tan prescriptoras como la receta del Cristo de Javier Krahe, de momento, ninguna asociación de escritores me ha llevado a juicio. Lo que sí ha pasado es que Javier López Clemente, aka Sonolópez, me ha aplicado mi propio cuestionario. Me cuesta dos preguntas darme cuenta de lo que está pasando, por eso la primera la respondo en serio. Esto es un extra a la entrevista que me hizo en Tardes de Blog, y cuyas dos partes en vídeo pueden verse en la barra lateral de esta mismita web. El final sólo lo entenderán quienes hayan leído mi libro El restaurante favorito de Nina Hagen.

UNA COMEDIA CANALLA

Mientras leía Una comedia canalla, de Iván Repila, pensaba constantemente en Predicador. Y no sólo en Predicador, sino en algunas películas de Kevin Smith, lo cual no tiene mérito porque el universo primigenio de Kevin Smith se inspira directamente en los cómics y él mismo llegó a escribir algún prólogo para alguno de los volúmenes de la saga de Preacher, cuyo padre, Garth Ennis, es amiguete suyo. Al final, todo queda entre colegas. Yo, que me veía muy listo cazando referencias pop (por más evidentes que fueran), pensaba escribir un post al respecto, pero alguien se me adelantó. Ese alguien no sólo llamaba la atención sobre el germen de la novela de Repila, sino que lo acusaba veladamente (o no tan veladamente) de plagio desacomplejado. Yo no voy tan lejos, pero sí creo que la deuda es fuerte.

Estuve tentado de preguntarle directamente a Repila si todo venía de Predicador, pero no quería arriesgarme a que me dijera que no conocía el cómic y me jodiera mi tesis, así que lo daré por supuesto. Una comedia canalla es un libro divertido, bestia y muy raro en un panorama literario compuesto de citas, contracitas, homenajes y contrahomenajes. Entre los escritores estamos muy acostumbrados a follarnos y a apuñalarnos (a veces, las dos cosas a la vez) de libro en libro, en una orgía metaliteraria y endogámica que no le importa a nadie que no esté envilecido por el mundillo literario, y que por eso se aliña con lamentos de que nadie lee nada en este país de desgraciados, cuando la verdad es que sí que leen, pero no a los sublimes autores que se dedican a palmotearse los lomos unos a otros. A María Dueñas, por ejemplo, se la suda la postmodernidad y sólo usa la Nocilla para el bocata de sus niños, si es que sus niños tomaron bocatas de Nocilla alguna vez o si es que alguna vez ella misma les preparó un bocata, entre costura y costura.

Así que, todo lo que se sale de esta masturbación compartida, suena raro. Los outsiders, los no cooptados por la tribu, son sospechosos. ¿De qué? Sospechosos, sin más. Como en los pueblos, se inquiere su procedencia: y este, ¿de quién es? ¿Quién le apadrina, quién le promueve, con quién se acuesta?

No estoy diciendo con esto que la novela de Iván Repila sea genial ni mejor que aquello que glorifican los suplementos literarios, pero sí que es distinta, sin débitos poéticos reconocibles en sus compis de generación ni pretensiones de catequesis. Y eso, refresca mucho el ambiente, que supongo que es lo que persigue su editorial, abrir ventanas para eliminar el olor a moho. A mí me ha hecho gracia, aunque me hubiera divertido mucho más si los personajes tuvieran más redondez. Si Predicador es su modelo (porque lo digo yo, vaya), le falta lo que hace que Predicador sea genial: protagonistas carismáticos y salvajes capaces de seducir por sí mismos, por su propia fuerza.

Por lo demás, en Una comedia canalla hay mucha droga, mucha violencia y mucho pasote. Además, con un lenguaje coloquial muy logrado, que en ningún momento suena artificial. Yo, que tengo y he tenido amigos hispano-norteños, he reconocido su habla en estas páginas. Y también he creído reconocer el habla del propio Repila, aunque no estoy del todo seguro, porque sólo lo escuché una noche y había mucho alcohol de por medio.

Entre las críticas que he leído sobre la novela abundan las que le reprochan ser un simple entretenimiento. Sí, es divertida, pero ya, argumentan, quejosos. Coño, ¿y les parece poco que algo sea divertido? Como dijo el pobre Krahe, que estos días se las ve más putas que los protagonistas del libro de Repila, no todo va a ser follar. No todo va a ser Proust, no todo tiene que estar preñado de significados trascendentes, no todos los libros nos tienen que cambiar la vida. A veces, basta con que nos diviertan un rato. Ya quisieran muchos que presumen de divertidos divertir de verdad. Aunque es cierto que yo también echo de menos un poco más de hondura, especialmente, en la construcción de personajes, no tengo reproches que hacerle a unas carcajadas y a un poco de violencia extrema.

CUANDO SEAS PADRE, COMERÁS HUEVOS

Hace unas semanas —y no es la primera vez—, la presidenta de la comunidad que habito (la autónoma, no la de vecinos) despachó las críticas de una diputada de la oposición espetándole (cito de memoria): «Ustedes se permiten esa superioridad moral y defienden esas cosas porque saben que nunca van a tener responsabilidades de gobierno y pueden permitírselo».

La interpelada era Nieves Ibeas, de Chunta Aragonesista (CHA), a quien no conozco en persona, pero de quien tengo una elevada consideración, aunque sólo sea porque me parece una persona educada, sensata y muy firme sin que su firmeza derive nunca en forma alguna de grosería, y sé, además, que vive con un pie en la realidad, que su mirada no está completamente perdida en ese gallinero garrulo (o establo porcino de la D.O. Jamón de Teruel) de la política aragonesa.

La réplica de la presidenta Rudi, aunque no recuerdo de qué hablaban —probablemente, de recortes— sí que me pareció grosera, paternalista, condescendiente y ridícula. Cuando seas padre, comerás huevos, le dice el mismo padre al hijo. Los padres, para justificar sus miserias ante los hijos, les dicen: tú no lo entiendes, ya serás mayor, la vida es complicada. Y una mierda. Puede entenderse que un padre, avergonzado de no ser para su hijo el ejemplo que debiera, intente escurrir el bulto alegando arcanos imposibles de descifrar por un imberbe. Incluso puede ir más allá e inventar una hipocresía imposible para el hijo, traspasándole la culpa: sí, ahora te parece fatal lo que hago, pero no te oí protestar cuando te compré el iPod, a ver si te crees que el dinero crece en los árboles, que no tengo que hacer según qué cosas para conseguirlo.

Si esta actitud ya suena detestable en un padre, traspasada a otros ámbitos es terriblemente soez e insultante. Es la coartada que usan quienes no están dispuestos a escuchar críticas. No les basta con ignorarlas, encima, nos quieren callados y anuentes. Dicho con elegancia: no les basta con darnos por el culo, encima quieren que nos corramos del gusto. No sólo que no protestemos, sino que les demos las gracias.

Usted, le dice Rudi a Ibeas, portavoz de un partido que nunca va a obtener una mayoría de votos suficiente para gobernar, no puede entender lo duro que es esto, lo mal que se pasa, la soledad del poderoso. Qué cómodo se ve todo desde la tribuna, sin mancharse las manos. Parece también el discurso de un general tronado recién regresado de Vietnam ante un grupo de hippies.

Es decir, que debemos agradecer su espíritu mercenario, que maten y torturen por nosotros. Desde que estalló la crisis y se empezó a demoler (el verbo desmantelar se queda muy corto) el Estado del bienestar, políticos del PSOE y del PP han apelado a la responsabilidad, a su condición de baluartes del orden en medio del caos. Han reconocido que han legislado contra sus propias convicciones y contra las de todo su partido. Y que lo han hecho con el corazón partío, pero obligados. Porque alguien tenía que hacer el trabajo sucio y les ha tocado a ellos, les parecía indigno escurrir el bulto, se comportaban como esos padres que, de vez en cuando, putean a sus hijos diciéndoles que es por su bien. Nosotros, adolescentes caprichosos, no entendemos sus razones de padre, pero ya se lo agradeceremos de mayores. La historia, piensan, les absolverá, como otro pensó antes que ellos.

Pero el hecho es que nada ni nadie les obliga. Yo nunca les voy a agradecer que gobiernen y legislen a disgusto, no quiero que me salven a mi pesar, no preciso de mesías ni de redentores. Soy mayor, no necesito padres, no quiero gobernantes que despachan las críticas con condescendencia y desprecio. Responder como respondió Rudi a la diputada de CHA equivale al berrinche del escritor que, ante una mala crítica a su obra, invoca la mediocridad creativa del reseñista y le dice que escriba él una novela, a ver si tiene huevos, que se ve todo muy fácil como lector.

Nadie les obliga. No me convence la pose de mártir, no tienen por qué hacerlo, nadie les exige que se inmolen por España, por Aragón o por lo que sea. Ni los españoles ni los aragoneses se lo piden. Pero si están, manténganse con dignidad. No nos traten como a imberbes ni como a imbéciles, no pretendan arrancarnos un aplauso forzado. No nos dan pena. Si no les gusta el trabajo que hacen, lárguense, dejen de envilecerse con él, dedíquense a algo que no les avergüence y de lo que puedan presumir ante sus hijos. Pero, si deciden seguir en el puesto, no escurran más el bulto. Dejen de presentarse como cabezas de turco o como víctimas de unos dioses crueles y vengativos llamados mercados. Si reconocen su impotencia para enderezar nada, váyanse y dejen trabajar a otros más capaces. Y si no, por lo menos, sean ustedes tan machos como presumen y den la cara, no amenacen con partir la de quien les increpa.

En la historia española hubo un presidente de la República llamado Nicolás Salmerón, que dimitió a las pocas semanas de tomar posesión porque no quiso firmar unas sentencias de muerte. El gesto fue tan inverosímil (un gobernante con escrúpulos, alguien incapaz de llevar en su conciencia la muerte de otro ser humano) que los historiadores y sus propios coetáneos buscaron otras explicaciones más ruines y coherentes. Dijeron que, en realidad, Salmerón estaba en medio de un fuego cruzado entre dos familias de su partido, y que, para no verse obligado a tomar parte por ninguna de las dos, se inventó lo de las sentencias de muerte para dimitir y hacer mutis silbando. Nadie en España está dispuesto a creerse que un presidente esté adornado por atributos humanos, que pueda anteponer su propia moralidad a las razones de Estado. Por eso, lejos de admirarle, se hurga en sus cajones y en sus armarios hasta encontrar el detalle mezquino que quiebre la imagen de persona buena que su gesto ha proyectado.

La convicción más extendida es que el poder envilece, como el anillo que lleva Frodo Bolsón. Pero hay otra convicción aún más perversa y puede que más extendida: la de que sólo quien ya está previamente envilecido puede llegar al poder. La de que el poder es para tipos rudos a quienes no les tiembla la mano, que no se van a tapar la nariz ni arrugar el gesto, que van a hacer con una sonrisa lo que a otros les daría arcadas. Los propios gobernantes promueven esa imagen: sí, hacemos cosas feas, hacemos lo que ustedes no se atreven a hacer, recogemos su mierda, nos dicen. Y esperan que se lo agradezcamos. Esperan una recompensa por su sacrificio. Se saben ruines, pero de una ruindad necesaria. En el fondo, se perciben a sí mismos como héroes a los que nadie reconoce su valía. Nos detestan porque ven nuestras manos limpitas y aseadas y creen que se están sacrificando por unos pijitos ingratos que, encima, se permiten el lujo de mirarles por encima del hombro. Como ese hijo adolescente y desagradecido que, sin embargo, escucha el iPod que el padre —el detestable padre— ha comprado con su dinero.

PADRES

La historia es sobradamente conocida: en 1934, Pablo Neruda tuvo una hija en Madrid. La llamaron Malva Marina, y el propio García Lorca celebró su nacimiento con un poema. Sin embargo, Malva Marina no era la hija esperada por el poeta que moraba en la Casa de las Flores del barrio de Argüelles. Malva Marina nació con hidrocefalia, lo que le provocó un daño neurológico que nunca fue diagnosticado ni tratado, pero que le impedía hablar y moverse. Aunque sonreía y respondía al cariño. No estaba completamente aislada de su entorno.

El poeta, el sensible poeta que tanto ha contribuido a banalizar el amor con sus poemas de ídem y su canción desesperada, calificó a su hija de «ser perfectamente ridículo», como consignó por escrito: «Mi hija, o lo que yo denomino así, es un ser perfectamente ridículo, una especie punto y coma, una vampiresa de tres kilos.»

Notable, hondo, digno de un Premio Nobel, la prueba documental de que los poetas son personas moralmente superiores, capacitadas para guiar al rebaño inculto hacia la cumbre de su propia humanidad. A los dos años, el hipersensible Neftalí no aguantó más la imagen babosa y cagona de su hija y la abandonó, a ella y a su madre. Las dos mujeres se instalaron en Francia, acogidas por una familia amiga, y hay cartas que atestiguan que Neruda ni siquiera pagaba puntualmente las mensualidades con las que compraba sus escrúpulos, pues la madre de Malva Marina le reclamaba atrasos y envíos de dinero que nunca llegaban, y lamentaba las penurias que pasaban por esta razón. Malva Marina murió en 1943 sin haber visto nunca a su padre desde el abandono, y sin que su padre hablara de ella. Lo hizo al final de sus días, en 1973, en una carta a su hija muerta que suena tan arrepentida como autoexculpatoria y que no ayuda a endulzar la ignominia.

Décadas después, en 1963 y en la otra punta del mundo, nació Hikari (en japonés, Luz), hijo del escritor Kenzaburo Oé. Hikari sufrió hidrocefalia, lo que le causó un grave trastorno neurológico que hizo de él un gran discapacitado mental. Su padre sufrió, pero en ningún momento se refirió a él —al menos, que sepamos— como un ser perfectamente ridículo. Decidió consagrarle su vida, hacer de la paternidad su principal condición e identidad vital, por encima incluso de la de escritor. Y lo plasmó en un libro que tituló Una cuestión personal. Desde entonces, Hikari, y la teoría de la paternidad que Hikari le inspiró, se convirtió en un leitmotiv constante en la obra del que también sería un Premio Nobel.

La obra de Kenzaburo Oé es incomprensible sin saber esto, y sus libros más importantes hablan de Hikari. La obra de Neruda, en cambio, puede entenderse perfectamente sin saber que tuvo una hija.

En una visita a Barcelona, Kenzaburo Oé fue entrevistado por Màrius Serra en el programa literario que éste presentaba en Canal 33. Mientras montaban el escenario, en esos tiempos muertos de las grabaciones televisivas, Serra y Oé charlaron, y Serra no pudo evitar hablarle de Llullu, su hijo también afectado por una gran encefalopatía. Llullu sufría una parálisis absoluta, ni siquiera levantaba la cabeza.

Años después, Màrius Serra escribió un libro titulado Quiet (hay versión castellana en Anagrama, con título Quieto).

No es casual tampoco que haya sido Miguel Mena quien me haya descubierto este libro.

Entre las historias de Quiet, se recoge ese encuentro con Kenzaburo Oé. Màrius Serra lo mezcla con una redacción escolar que su hija mayor, Carla, hizo sobre su hermano y que mereció un premio en el cole. Porque esas cosas, obviamente, conmocionan a cualquier profesor que no sea de piedra, y el propio Serra sospecha que su hija se aprovechó de su circunstancia para componer un texto efectista y ganar por el lado lacrimógeno. El padre, de noche y a solas, relee la redacción de su hija y piensa en lo que le dijo Oé en el plató: que él se define, ante todo, como padre de un hijo discapacitado.

Jo no voldria pas que la Carla es definís, primer de tot, com a germana de discapacitat, ni tampoc m’agradaria d’encapçalar el meu currículum com a pare de discapacitat. Però l’únic cert és que ho sóc, que n’exerceixo i que ara mateix escric aquestes ratlles per una necessitat que sé imperiosa.

És a dir, per als que no parlen ni comprenen el català:

Yo no querría que Carla se definiera, ante todo, como hermana de discapacitado, ni tampoco me gustaría encabezar mi currículum como padre de discapacitado. Pero lo único cierto es que lo soy, que ejerzo de ello y que ahora mismo escribo estas rayas por una necesidad que sé imperiosa.

Ahí está la clave. Nadie quiere que su hijo sufra. Nadie quiere que su vida entera esté hipotecada por la enfermedad y el dolor de su hijo. No hace falta convertir tu condición en una bandera, pero huir de ella sí que te convierte en un indeseable, en un hijo de la gran puta. La puedes asumir de mil maneras, pero no asumirla no tiene redención posible. Hay decisiones que deshumanizan de forma irremediable a quien las toma, y no hay versos ni cartas lacrimógenas ni arrepentimientos en el lecho de muerte que cambien tu condición monstruosa.

Yo tampoco quiero definirme como padre de un hijo muerto de leucemia, pero lo cierto es que lo soy, y lo cierto es que yo también siento una necesidad imperiosa de escribir sobre ello. Desde el día del diagnóstico, nunca sentí el deseo de huir. Sí que reclamé milagros, sí que fantaseé con que todo fuera un sueño del que me iba a despertar, pero nunca jamás se me pasó por la cabeza huir. Mi instinto me decía lo contrario, mi instinto me llevaba a proteger a mi cachorro. Salir corriendo hubiera ido en contra de mi condición de mamífero.

Me gustan estos libros. Me gustan estos escritores que han sublimado la paternidad y que, desde la tragedia, han construido una imagen literaria del padre muy distinta a la que los arquetipos culturales transmiten. Frente al padre distante, frente al padre de Kafka, frente a todos los padres que dieron la espalda o que no supieron estar donde su condición les requería, se elevan estos escritores que nos hablan sin complejos de una verdadera igualdad.

Estamos acostumbrados al vínculo madre-hijo, mientras que la relación padre-hijo se aborda desde el conflicto y la distancia. Parece que la madre reina en la infancia y el padre influye —casi siempre, para mal— en la adolescencia, pero estos libros hablan de padres que lo son plenamente desde el día del nacimiento del hijo, de padres que son tan buenas madres como las madres  de sus hijos y que reclaman el mismo hueco. Padres que obligan a repensar toda la paternidad.

Llullu murió pocos meses después de la publicación de Quiet, cuando tenía nueve años. En su casa, sin hospitales, tranquilo. Como legado, su padre dejó ese libro que él nunca leyó y que es travieso y alegre, profundamente perequiano, duro y tierno, demoledor y honesto. Todo lo que Neruda no quiso ser.

LOS LIBREROS ME RECOMIENDAN

Lo conté ayer en Twitter, pero lo reitero aquí un poco por extenso. Los libreros recomiendan, el órgano digital de CEGAL, la asociación gremial de librerías españolas, ha incluido No habrá más enemigo entre los diez libros más recomendados por los libreros patrios en mayo de 2012. Esta es la lista completa:

Estoy triplemente contento, no sólo por la inclusión en esta lista, que para el mundillo libreril y editorial es importante (puede que no tanto para el público en general), sino porque en ella sólo hay dos títulos editados por sellos independientes y periféricos (el otro es Westwood, de Stella Gibbons, en Impedimenta, por lo que yo soy el único autor español editado por un sello indie y periférico), sino por el peso y relevancia de mis compañeros de recomendación, que juegan en ligas muy superiores a la mía. Aparecer en una lista con Almudena Grandes, Eduardo Mendoza, Eduardo Galeano, Michael Ondajtee o David Grossman es un honor que dudo merecer. Que muchos libreros españoles (independientes, aquí no entran la Fnac ni las grandes superficies, son las librerías de toda la vida) hayan decidido recomendar a este autor esquinado cuya única carta de presentación es su literatura, y que no ha sido publicado por un grupo enorme con su apisonadora de marketing detrás, me da muchos ánimos.

Por otro lado, el escritor italiano Bruno Arpaia me ha invitado a participar en una iniciativa muy interesante que ha nacido en su bello país. Se llama Club Dante, y es una red social literaria que, de momento, reúne a autores que escriben en italiano y en español —aunque se irá ampliando a otros idiomas—. Se presentó en el último Salón del Libro de Turín y se supone que, en breve, permitirá comprar libros online. Tiene blogs, reportajes y textos literarios. Me toca escribir pronto, según el calendario que me han pasado, ya lo enlazaré y os contaré alguna cosa más.

Y por último, y termino ya esta masturbación de autobombo (sin eyacular ni nada, no teman por su higiene), un aviso para los amigos del sur de Despeñaperros. El 7 de junio estaré presentando No habrá más enemigo en la librería Entre Libros de Linares. Nos pondremos machadianos y volveremos con el olor en la ropa de la aceituna prensada en la almazara. Qué cursi me pongo, pero es que a mí me gusta mucho Andalucía en esta época del año, qué le voy a hacer.

COMO HACER EL AMOR CON UNA MUJER

Aciertan quienes me acusan de no haber sido nunca heavy (razón, los enfurecidos comentarios de aquí, pero también las perlas que me dedican en este foro, en este otro y en este otro. Son muy tiernos los heavies). De hecho, creo que nunca he sido nada de nada. Nunca he tenido la fe o la voluntad suficientes para integrarme en grupo, secta u organización alguna. Soy demasiado vago y desconfiado para eso. Ni siquiera me he sentido cómodo adscrito a un colectivo profesional, nunca he entendido el orgullo corporativo. Soy un desclasado, ateo por descarte y pereza e incapaz de definirme políticamente más allá de dos adjetivos generalistas que apenas califican un lugar común. Qué más quisiera yo que sentir la comunión con el grupo y el goce de la liturgia compartida. Qué más quisiera yo que reconocer mi placer en el de la multitud y emocionarme hasta las lágrimas con las mitologías y las banderas. Pero, por desgracia, mis lealtades no van más allá de la gente a la que quiero y que me quiere. Ni siquiera me identifico con mis ciudades, sino con la versión personal e imaginada —y, a veces, soñada— que construyo de ellas en mis textos, levantada a fuerza de cariños, amores y odios estrictamente personales y tajantemente intransferibles.

Digo esto para aclarar, por si alguien duro de mollera no lo ha entendido aún, que escribo desde la primera persona del singular sin débitos, vasallajes ni portavocías, que mi voz es sólo mía, no representa ni aspira a representar a nadie, ni siquiera cuando se expresa en plural. No soy contemporáneo ni generacional ni ilustrativo de nada más que de mí mismo. Sinceramente, no podría ser otra cosa sin mentir, y el único valor de mi discurso es su inanidad subjetiva. Por eso, cuando escribo aquí —especialmente, cuando escribo aquí, en este rincón que yo me gestiono y que no depende de terceros, donde nadie más que yo controla el discurso e impone el tono y la forma—, lo hago con ánimo egoísta, buscando satisfacer pulsiones e instintos simplemente míos. No hay vocación instrumental, esta escritura empieza y acaba en sí misma, no aspira a influir en modo alguno en la marcha del mundo y de sus gentes. De hecho, cuando escribo contra algo, casi siempre escribo contra mí mismo, contra lo que fui y lo que creí ser o lo que creo que voy a ser. La ofensa es libre y no negaré que me divierte promoverla, pero por el simple placer de ver cómo crece y rompe como una ola, no porque mis odios sean tan voraces como para trascender su expresión escrita y desear una destrucción real de la cosa odiada. La destrucción implica una fuerza de voluntad de la que carezco. Soy demasiado perezoso para promover cualquier forma de iconoclasia, lo mío es escribir sentado sin cansarme mucho.

Hasta aquí la sarta de obviedades, pero me apetecía decirlas, porque las he pensado a propósito del enésimo cabreo heavy que he provocado en el blog. Ahora va el post de verdad.

Dicen los sentenciosos dioses de la guitarra: «Tocar la guitarra es como hacer el amor con una mujer» (la frase se atribuye a Gary Moore, que dijo: «Playing guitar is much like making love to a beautiful woman») . Es una de esas muestras de inteligencia retórica que con frecuencia nos regalan los músicos —un periodista musical me dijo no hace mucho: «Tío, no deja de sorprenderme la pobreza discursiva de la mayoría de los músicos, incluso de los que parecen más sofisticados o de los más interesantes. Es que no saben hilar tres frases, parecen retrasados mentales, les quitas el micro y la guitarra y se vuelven lerdos». Hablábamos, por supuesto, de las honrosas excepciones, de los músicos con los que sí se puede hablar y dan muestras de haber leído algo más que las diez primeras páginas de El señor de los anillos—.

Analicemos con detalle la expresión «Tocar la guitarra es como hacer el amor con una mujer». Como tropo es tosco y confuso, porque los símiles suelen plasmarse en imágenes, no en acciones. Comparar acciones no es acertado en términos literarios, no ayuda a entender nada, sino que lo embarulla todo. Pero, en fin, no nos pongamos morfosintácticos.

Me fijo en el complemento circunstancial «con una mujer». Tocar la guitarra no es como hacer el amor a secas, sino que tiene que ser, obligatoriamente, con una mujer. Es fácil deducir que sólo sentirán placer y entenderán de forma completa y absoluta los arcanos del instrumento quienes gocen haciendo el amor con una mujer. Demográficamente, por tanto, la comprensión de los misterios de la guitarra queda reducida a los hombres heterosexuales y a las lesbianas. Los hombres homosexuales y las mujeres heterosexuales —que, en principio, no parecen propensos a disfrutar del amor físico con una mujer— nunca serán buenos guitarristas. Es decir, nunca sentirán lo que hay que sentir al tocar una guitarra.

Si no es lesbiana, está fingiendo.

Ítem más: la comparación de tocar la guitarra y hacer el amor no se limita a las mujeres, sino, según la cita de Gary Moore, a las mujeres hermosas. Exlcluyamos, por tanto, a quienes, por lo que sea, disfrutan más con una mujer no hermosas o tienen fantasías con los anuncios de Carmen Machi, que son legión, a juzgar por las audiencias. El target de posibles guitarristas queda así muy limitado: la guitarra es un instrumento para machotes y lesbianas que sólo gocen con mujeres hermosas. Absténgase los enamorados de las feas, por divertidas y encantadoras que sean.

Los dioses de la guitarra, efectivamente, ponen cara de estar corriéndose o de haber vuelto a casa tras unas vacaciones en las que el cambio de dieta les ha provocado ciertos desarreglos intestinales de los que intentan aliviarse con esfuerzo.

Actíviate y buenas noches.

Pero lo que subyace en esta y en otras muchas gloriosas sentencias emitidas por rocosos rockeros es la comunión aparentemente indisoluble que se da entre la música y el sexo. La música y toda su liturgia —fundamentalmente, el baile— se asocian con el sexo. Yo entiendo que se asocien con el cortejo. Es obvio para cualquiera que no hay demasiada distancia entre muchas manifestaciones culturales y el despliegue de la cola del pavo real. Sin las ganas de follar, no se entenderían muchísimas de las grandes cosas que ha hecho la humanidad (tampoco muchas de las peores). Pero el chiste no puede ir más allá del cortejo. La música y la cultura son reclamos y excusas para acercar a la gente y propiciar la intimidad, obviously, pero no tienen que ver necesariamente con el sexo itself.

Esta era mi profe de guitarra. Se llamaba Luciana, pero todos la llamábamos ayomá.

Yo, que soy muy torpe y no he atendido a los consejos de Vampirella ni frecuento los sex shops, no he conseguido maridar el sexo con casi nada. La música no me incita, me distrae, me molesta. Como a tantísimos congéneres, me gusta muchísimo la música y me gusta muchísimo follar, pero no sé mezclar ambos placeres, y sospecho que quienes se empeñan en buscar maridajes sexuales tienen una actitud un poco impostada.

O se está a setas o se está a rolex. ¿Qué tiene que ver la guitarra con hacer el amor con nadie? Amos, anda. Es mentira, porque, si fuera verdad, la erección resultante impediría al guitarrista un manejo adecuado de su instrumento, se le desplazaría o le provocaría severos dolores genitales. No creo que se pueda tocar bien la guitarra estando empalmado, la verdad. De hecho, no creo que se pueda hacer bien ninguna actividad estando empalmado, salvo la de follar propiamente, que para eso se empalma uno. La erección inhabilita o merma las facultades para cualquier cosa no sexual. Si están concentrados en las notas que tienen que tocar, no están pensando en meterla. No, al menos, en ese preciso instante. Puede que sí inmediatamente antes e inmediatamente después, pero cuando alguien está concentrado en una tarea complicada —y tocar la guitarra lo es— no se descentra con místicas sexuales. La sangre la tiene en el cerebro, que es donde la necesita en ese momento, no en la polla.

Pero bueno, si los músicos escogen los instrumentos por su similitud con sus apetencias sexuales, muchos de estos aspirantes a dioses de la guitarra deberían elegir algo más verosímil con su realidad erótica, como una zambomba o unas maracas.

TEATREROS

«Eres la primera persona, después del editor y de mí, que lo ve», me acaba de decir Joaquín después de asaltarme para tomar una cerveza apresurada. Qué honor, tengo en mis manos el Teatro escogido 1987-2010 de Joaquín Melguizo, editado por Teatro Arbolé, y me emociona mucho hojearlo y ver las palabras de Melguizo impresas en un libro. Algunas de ellas las leí hace tiempo, mecanografiadas. Sí, mecanografiadas, porque Joaquín tardó mucho en incorporarse a la informática.

El libro lleva un elogioso prólogo de Alfonso Sastre que a Joaquín le hace mucha ilusión. Y a los melguicianos, también. Yo soy marxista-melguicista.

Joaquín Melguizo es crítico teatral y dramaturgo hasta ahora casi secreto, pero también es, ante todo, mi amigo, y en honor a esa amistad tendré el placer de presentar el volumen la semana que viene en una librería de Zaragoza. Ya os diré lugar, fecha y hora. Tengo ganas de celebrarlo, me apetece mucho compartir esta alegría con todo el mundo.

GUÍA SECRETA DE ZARAGOZA

Este es el artículo que publiqué ayer en la edición impresa de Heraldo de Aragón, en mi sección de La ciudad pixelada.

Andan algunos interneteros barceloneses alterados por un blog que, desde hace unos meses, se ha empeñado en rescatar rincones genuinamente españoles en la oficialmente catalana Barcelona. Rincones de yantar y beber, claro, sin renunciar a lo casposo y a lo carpetovetónico. La cosa se llama ‘Little Spain’, y se rumorea que es obra de Arcadi Espada o de algún amiguete suyo, de los Boadella y compañía (aunque Espada lo niega), en su enésimo y no siempre grato empeño de tocar las narices a la catalanidad. A mí me recuerda a la prosa y al humor del muy llorado Luis Carandell, y quizá sea su espíritu quien escribe, aunque muchos de los restaurantes, tascas y garitos glosados parecen escenarios de una novela de Juan Marsé o de Francisco Casavella —o incluso de nuestro Martínez de Pisón, integrante de la Little Spain barcelonesa—.

Porque precisamente fue Luis Carandell el coordinador, allá por los años setenta, de una ‘Guía secreta de Barcelona’ que podría considerarse precedente de este ‘Little Spain’. Ese libro formaba parte de una colección de ‘guías secretas’ de las principales ciudades españolas, Zaragoza incluida, que hoy son una rareza muy divertida. Su lectura es muy consoladora y muy recomendable después de leer la prensa del día, porque con ella comprobamos que, a pesar de la crisis y del negrísimo futuro que nos aguarda, vivimos en ciudades mucho más bonitas, interesantes, limpias y apañadas que las de los tristes tiempos de la Transición.

Juzguen este párrafo de la ‘Guía secreta de Zaragoza’, coordinada por Eloy Fernández Clemente en 1978: «Con la prohibición de servir bebidas alcohólicas en las estaciones de RENFE a partir de medianoche, al noctámbulo zaragozano le han hecho, como suele decirse, un hijo de madera». Sigue una deprimente ruta por los escasos bares y ‘nightclubs’ de la capital aragonesa preautonómica que termina así: «Si la cosa ya no da para más y empiezan a cerrar puertas, le quedan a usted dos últimas balas en la recámara: los bares de las gasolineras de Casablanca y la de Miralbueno». Estimulante ciudad que obligaba a sus noctámbulos a elegir entre la cantina de la estación y el mostrador de una gasolinera. Vaya planazo.

Partiendo de este fascinante testimonio que hoy suena a arqueología podría escribirse una guía zaragozana al estilo de la barcelonesa ‘Little Spain’. En el caso aragonés, no hay conflicto lingüístico-político-cultural que sirva de juego polémico, así que se trataría de buscar el ‘Old Aragon’ o la vieja ‘Zaragoza, la Harta’. Es decir, sitios que mantienen vivo el aire carpetovetónico de los setenta, lugares como los que retrató el dúo artístico Zaragoza Deluxe. Andrés Pérez Perruca (sacerdote pop zaragozano, hoy exiliado en Madrid, ex Niño Gusano y ex Tachenko) publicó en este periódico hace unos años una serie titulada ‘Barómetro’, en la que retrataba antros y covachas enclavados en lo más hondo de lo hondo zaragocica. Quedan pocos, pero haberlos, haylos, y convendría compilarlos en una guía somarda antes de que se extingan del todo.

ESPAÑA, UN PAÍS DE CARCELEROS

Una de las tareas más ingratas que he sufrido como periodista ha sido supervisar los comentarios de la edición digital de un periódico. Ingrato no solo por lo mecánico, aburrido y antiperiodístico del cometido -porque, visto el deterioro de la profesión, hay empeños mucho más indignos-, sino porque me obligaba a enfrentarme con lo peor y más miserable de la condición humana. Un par de horas de relación con los trolls y con esa pléyade de amargados que utiliza los comentarios para gritar lo que no se atreverían a decir en otros foros bastarían para hacer de la misma Heidi una cáustica misántropa.

Así comienza mi artículo publicado hoy en el periódico digital El Europeo, donde empiezo una colaboración. Podéis leer la pieza antera pinchando aquí.

MIREN LO QUE HAN HECHO CON EL DUENDE DEL ROCK

Me había caído del caballo hacía mucho tiempo, pero aún no me había levantado del suelo ni me había sacudido el polvo. Vivía en ese interludio en el que Saulo de Tarso ya no es Saulo de Tarso pero aún no se ha convertido en San Pablo, y simplemente es un pringao que masculla con arena en los dientes: «Aylamierdadelputocaballo, quematiraoelhijoputa». Estaba montado en un coche con un hortera y sonaba Phill Colins o alguna mierda de calvos. Terminó la canción (aleluya) y un tordo muy exaltado empezó a decir no sé qué del Getafe-Valencia, o del Mallorca-Alpedrete.

—¿Qué es esto, tío?
—Es Rock and Gol.
—¿Lo qué?
—Rock and Gol. Rock clasicote y fútbol, la combinación perfecta. Como escuchar el Carrusel y M-80 al mismo tiempo.
—Para.
—¿Qué dices?
—Que pares ahora mismo el puto coche, que me bajo, que esto es un sindiós.

Bueno, no recuerdo bien si la última parte sucedió exactamente así, pero sí recuerdo mi espanto, mi terror y la sensación de levantarme, sacudirme el polvo y sentirme epifánico perdidito. No me llaméis Saulo, dije, ahora soy Pablo, San Pablo.

Desde entonces, odio el rock, pero especialmente a los rockeros. Odio algo capaz de engendrar una cosa llamada Rock and Gol. Odio esta música de geriátrico, odio las posecitas de los puristas, odio a los putos Rolling Stones. Odio el tufo de ancianidad que desprende el rock.

¿Cómo una música que nació como grito de juventud, que inventó la juventud misma —porque antes del rock, la juventud no existía— ha devenido ese sopor, esa complacencia de centro comercial, ese gusto por el lugar común? José Luis Perales es mil veces más moderno que cualquier rocoso rockero de esos. Un palimpsesto es más moderno que cualquier rockero. ¿Cómo puede sonar tan caduco, tan apolillado, tan amojamado, tan dejavudesco? Qué depresión, qué espanto. Yo es que me veo de cerca la cara de cuñado que gasta Mark Knopfler y me vengo abajo.

El rock, una cultura que vive de viejas momias, de aniversarios, de cajas conmemorativas. Una cultura incapaz de ofrecer nada nuevo, nada que no suene a sección de congelados, a sopa de sobre recalentada. Lo decía Xavi Sancho hace unos días en El País (leer aquí) y tiene toda la razón:

El problema llegó el día en que los que mandaban eran todos aquellos que perdieron pie, pero, a diferencia de los vejestorios de los 60 o 70, aún pensaban que eran guais porque cabían en unos pitillos de Nudie Jeans. El mundo está lleno de gente que piensa que está a la moda porque una vez, en una galaxia muy lejana, siguió una rato la moda. Así, los revivals se organizaron alrededor de la generación que tomaba el control del poder en la industria cultural y de los medios (hoy toca revival 90 porque los que mandan fueron jóvenes durante esa década, y como miembro de esa generación, les pido perdón por el revival y por Menswear) y éstas celebraron la bola extra que le dio la nostalgia. La industria cultural ya no sabe vender presente, pero a la hora de comercializar pasado no le tose ni la numismática. Los grandes medios tal vez ya no tienen futuro, pero no por eso renunciarán a tratarlo como si fuera pasado.

En el mercadillo vintage en el que se ha convertido la industria cultural, el rock ocupa la sección más grande y más atiborrada de trastos. Por ella curiosea gente abúlica, padres de extrarradio o, en el peor de los casos, tipos de trajeado excéntrico y corbata de teclas de piano que aún veneran a Jean-Michel Jarre como su profeta y dan la brasa con los evangelios de Tubular Bells. Tipos que escuchan M-80 y Rock and Gol y que suben el volumen cuando suena Moonlight Shadow, por lo que siempre tienen el volumen a tope, porque en M-80 y en Rock and Gol, Moonlight Shadow suena cien veces cada hora. O algo así, porque yo en mi puta vida he escuchado M-80 ni Rock and Gol, de la misma forma que no he he comprado Nutella en vez de Nocilla ni he parado a comer nunca en el Área 103, porque hay cosas que una persona con dignidad no hace nunca.

A mí, el rock me ha vencido por reiteración y por saturación. Y porque me acordé de aquello de La Bola de Cristal y me dije: si no quieres ser como estos, déjalo ya.

Sigo escuchando rock, sigue siendo la música fundamental de mi discoteca, pero ahora sólo soy un oyente, no milito. Me cargaron los eruditos a la violeta, los nerds pajilleros que escriben en algunas revistas y hasta Nick Hornby, que desde la admiración turulata escribió una verdadera parodia del melómano poprockero. Me cargaron los viejos rockeros que nunca mueren (mierda de esperanza de vida dilatada de los países occidentales). Me cargaron los conciertos de liturgia prefabricada, con sus bises programados y sus “buenas noches, os quiero”. Me cargaron las posturitas, los sombreritos y el pestazo a pachuli. Me cargaron los que se toman todo en serio. Me cargaron los dioses de la guitarra y del metal. Me cargaron los virtuosos.

Hace tiempo, puede que algo más de diez años, fui con unos amigos al Viñarock y acabé solo en uno de los conciertos de Barricada o de Los Suaves o de La Polla Records que sólo me gustaban a mí. Mientras mis colegas veían a los raperos de turno o la fusión de buenrollito que promocionara Radio 3 en ese momento, yo me cogí un litro de cerveza, me lo bebí de tres tragos y me metí en lo que yo creía que era un pogo. El concierto estaba en lo mejor, en lo más bruto, y yo tenía los estados de conciencia alterados, así que empecé a sacudir mi metro con ochenta y seis centímetros a lo bestia, como hacía antaño, como aprendí a mis catorce o quince añitos, que fue cuando empecé a frecuentar conciertos de esta gente. Mi sorpresa fue encontrarme solo, sin interlocutores de pogo. A mi alrededor, tras un perímetro de seguridad, unos chavalitos me miraban asustados y algunos ancianos (de cuarenta o incluso más) me miraban cabreados y sujetando con fuerza su cubata (cubata, ni siquiera cerveza) para que no se lo tirara con mis trance zulú. Me detuve, avergonzado, pero no lo entendí: había estado en muchos conciertos de ese rock bronco y siempre había sido así, adrenalina, tortazos, empujones, mogollón, bestialidad. Pero, por lo visto, ese público era civilizado. Desde entonces, todos los conciertos de rock bronco a los que he ido han sido civilizados. Ni tortas, ni empujones, ni gente subida a hombros y volando sobre nuestras cabezas. Un coñazo, vaya. Parece que la gente ahora va a escuchar los conciertos, como si los conciertos de rock bruto se escucharan, como si los conciertos fueran un acontecimiento y no una excusa para sacar el simio que siempre llevas encerrado dentro.

Debí haberme dado cuenta ese día de que el rock era algo caduco, antañón. Algo que, por lo visto, merecía respeto, el respeto del oyente. ¿Desde cuándo se respetaba al rock? Yo, que he abucheado a teloneros y afeado su alopecia a más de un cantante calvo. Tradicionalmente, los rockeros no respetan a su público y su público tampoco les respeta a ellos. Nosotros les tiramos botellas al escenario y ellos nos escupen desde arriba. Era el pacto. ¿Cuándo se convirtió en algo civilizado? ¿Cuándo empezaron a dar las gracias en vez de mandarnos a la mierda? Cuando llegó Rock and Gol, claro.

Ahora, apenas voy a conciertos. Los pocos a los que acudo se celebran casi siempre en garitos pequeños a los que suelo ir acompañado por mi amigo S. Como ahora no soy un chaval atolondrado, sino que escribo en los papeles y salgo por la tele, a veces, incluso entro gratis tras decirle al de la puerta que “estoy en la lista”. Un horror completo, una ignominia burguesota y de colesterol alto, no se parecen en nada a los conciertos que forjaron mi adolescencia pelilarga y chupacueril. De hecho, ya ni bailo ni escucho la música ni miro el escenario. La mitad del tiempo me lo paso emborrachándome con mi amigo y charlando de tontadas que no tienen nada que ver con la música. No sé si el rock ha muerto, pero para mí murió hace mucho, y ahora prefiero dejarlo como algo íntimo y circunstancial. No quiero ser asimilado por los oyentes de Rock and Gol ni de Kiss Fm ni de toda esa mandanga hortera y revival.

Creo que esta canción de Babasónicos resume bastante bien todo este rollo:

Como agitadores en un medio conservador, muy desquiciados.
Bajaron mambo, alto cope, estilo y gran provocación
y se marcharon sin decir nada.

Ustedes lo pedían, ustedes lo querían, ahí lo tienen.
El cisne apareció y ustedes,
miren lo que han hecho con el duende del rock.
Lo han destrozado, lo han convertido
en una estampa estúpida de sumisión,
y desalamado, se fue de casa.

ALEMANES

Julio Marín hizo unas cuantas fotos de la inauguración de la expo La Pequeña Alemania de Zaragoza, el jueves pasado en el Centro de Historias de Zaragoza. Dejo esta, en la que se me ve soltando la brasa junto a Beatriz Lucea, comisaria de la muestra y museógrafa imprescindible y generosa, y a Joaquín Merchán, director del Centro de Historias.

Ahora sólo falta que vengan ustedes a verla. Como manifestantes del 15M, entusiasmados y masivos.

SOY EDUARDO PUNSET

Javier López Clemente me ha grabado en su ciclo de Tardes de Blog. La interviú tiene dos partes y es un poco un Celebrities de Muchachada Nui. A mí me parece que ha quedado muy divertido y mi señora ha dicho: «Eres muy tú». Y efectivamente, esa aberración lógica y gramatical define estos vídeos: soy muy yo. Aquí os los incrusto:

También voy a ser muy yo (y Beatriz Lucea, la comisaria, también va a ser muy ella) este jueves 10, a las 19.00, en el Centro de Historias, donde presentamos nuestra expo alemana. Están todos invitados. El miércoles hicimos la promoción. Me ha agotado: empecé hablando de la exposición a las 10 de la mañana a un equipo de Aragón Televisión (se puede ver la excelente pieza de Marimar Cariñena pinchando aquí y yendo al minuto 31 del informativo), y acabé casi a las 20 grabando un reportaje para Miguel Mena, de la Cadena Ser. Y juro que conté historietas distintas en cada una de las, a mi juicio, muchísimas entrevistas (más la rueda de prensa) que tuve. Y prometo que contaré alguna distinta en la presentación.

Les espero. Agradecida y emocionada.

EL PEOR ACTOR DEL MUNDO MUNDIAL

Esta mañana he estado en el Centro de Historias, de Zaragoza, viendo los trabajos de montaje de la exposición La Pequeña Alemania de Zaragoza. La aventura de los germanos que llegaron del Camerún (1916-1956), que se inaugura este jueves. ¿Que cómo estaba la cosa? Pues tal que así:

Sí, lo que veis en algunas fotos son cruces gamadas, muy a tono con la situación europea del momento (especialmente, griega, con ese simpático partido de cabezas rapadas que tanto manda ahora), pero no son las únicas cruces que habrá. También podréis ver una cruz de hierro auténtica (la de la foto) y una panoplia de objetos de lo más curiosos y cotillas, que van de lo cómico a lo trágico pasando por lo simplemente entrañable.

Aquí siguen los chicos de las brigadas municipales con el montaje. Qué gusto daba verles currar. Extiende, mide, un poco más abajo, mecagüendiez, esto no entra, cagonlaputa, rediós… Y Beatriz y yo —los dos comisarios de la expo—, de barandas, quisquillosos, haciéndonos odiar, pidiendo las cosas un poco más altas o un poquito más a la derecha. Sólo por joder, naturalmente, sin ningún propósito estético o didáctico, por el simple placer de machacar al obrero.

Qué bien trabajan estos muchachos. Te montan una exposición en un rato. Qué tranquilo me han dejado, de verdad. Aun así, creo que voy a sufrir un poco hasta el momento de la rueda de prensa, hasta que no vea cada cosa montada en su sitio y que todo marche bien. Me esperan días de nervios hasta el estreno, pero es un gustazo ver que la historia que conté en mi libro tiene una segunda vida, que se mantiene con otra forma. Espero que los zaragozanos la disfruten, de verdad, es un empeño por rescatar una parte de la historia oculta de esta ciudad que tantas alegrías me ha dado.

Mientras yo estoy a mis cosas, embebido de germanismos, mi libro sigue por ahí, codeándose con lo mejorcito de la literatura universal. El amiguete Alberto Julián me mandó desde Madrid estas fotos en las que se ve a Cervantes y a Valle-Inclán gozándola bárbaro con la lectura de mi novela.

No habrá más enemigo ha viajado hasta Santo Domingo, donde ha salido una mención en la revista Bohío (pinchar aquí para leer).

En casa, me he estrenado como actor. Como el peor actor del mundo después de que Ángel Acebes dijera aquello de que ETA seguía siendo la principal línea de investigación. Javier López Clemente, aka Sonolópez, me ha invitado a su ciclo Tardes de blog, en la librería El Pequeño Teatro de los Libros, y para anunciar la interviú, ha rodado este vídeo. Pido disculpas al conjunto de la profesión de actores y actrices, a quienes respeto y admiro muchísimo. También pido perdón al gremio de las tejedoras y a toda la industria textil en general.