Fue en el Palacio de los Deportes de Madrid, antes del incendio. Buscamos unos buenos asientos en la grada, porque el concierto era para sentarse, y esperamos hasta que se atenuaron las luces y una voz grabada anunció: «Damas y caballeros, la Comunidad de Madrid les da la bienvenida…». No se oyó más que eso. Tras las palabras comunidad, de y Madrid, la gañanada empezó a berrear: «¡Gallardón, tócame un cojón!» y «¡Manzano, agárramela con la mano!». Selecto público el de aquella velada.

Casi toda la escena estaba ocupada por la orquesta, cuyos miembros empezaron a sentarse en sus puestos con orden y elegancia. La mayoría eran hombres, pero había algunas instrumentistas femeninas. Cada vez que una de ellas hacía el paseíllo desde el backstage hasta su lugar en la formación, la gañanada silbaba tivihacer un trajesaliva o venaquí, que tenseño atocar mi oboe. Las aludidas —intérpretes de la muy exquisita Orquesta Filarmónica George Enescu de Rumanía— ignoraban los gritos, pero los pensamientos se transparentaban a través de sus lindas y postsoviéticas frentes. Decían: «Quince años de conservatorio, tres de perfeccionamiento en el Mozarteum de Salzsburgo, cuatro giras mundiales y siete discos con Deutsche Grammophon, para acabar actuando ante el mismo público que mi prima la que se metió a acrtiz porno. Y ganando mucho menos dinero por concierto que ella por una felación.»

Cuando el director de la orquesta apareció y saludó protocolariamente al ¿respetable?, se apagaron todas las luces y un foco iluminó una figura blanca de pie tras un viejo teclado Hammond. Un traje blanco pensado para contrastar con la escenografía oscura. Cada detalle, bien cuidado. La figura blanca, con el pelo igualmente blanco, se inclinó hacia el micro y habló con voz profunda y calmada en un inglés impoluto propio de un locutor de la BBC. Más o menos, dijo: «Buenas noches, damas y caballeros. El espectáculo que vamos a ofrecer esta noche es un poco distinto al que solemos dar. Como ven, nos acompaña la Orquesta Filarmónica George Enescu de Rumanía, con quien interpretaremos nuestro Concerto for Group and Orchestra. Por eso, les ruego que permanezcan en silencio mientras dure esa parte de la función. Espero que la disfruten.»

Buena parte de las damas y de los caballeros aludidos llevaban bebiendo litronas Mahou y fumando porros de costo cular desde las cuatro de la tarde, y calculo que no más del 5% del total de asistentes sabía el suficiente inglés como para entender una fucking palabra del speech. El orador era consciente de ambos extremos. Aun así, les habló como un premio Nobel hablaría al rey de Suecia, y consiguió que aquel público se tragara sin rechistar cuarenta y cinco minutos de experimentalismo musical sinfónico.

Ese hombre se llamaba Jon Lord, y murió hace unos días de un cáncer de páncreas, a los 71 añazos. Fue un tipo interesante. A mí, al menos, siempre me interesó, hasta el punto de que me ha jodido leer un montón de obituarios repletos de incorrecciones cortipegadas de la Wikipedia y que le atribuyen unos méritos que a él le habrían espantado. Entre ellos, el de ser padre del heavy metal. Abuelo, quizás; padre, never.

Jon “el Manitas” Lord.

Jon Lord resume y condensa en su figura todo lo que un inglés puede ser. Es el Geist de Inglaterra, la síntesis de todas sus contradicciones. Empezando por su nombre: el uso del apócope (de Jonathan) revela cercanía e informalidad working class, pero su apellido remite a la aristocracia. Un obrero aristócrata.

Y en verdad que era algo así: la rudeza de un tradeunionista y la exquisitez de un dandy en una misma persona. Mezcladas e indisolubles. Bronco y delicado, academicista y ácrata, respetuoso con la tradición y rupturista, moderno y antiguo, barroco y sencillo.

Jon Lord en los heroicos y barrocos años 70, cuando las estrellas del rock y los camellos se vestían con la misma ropa y, a menudo, eran la misma persona.

Jon Lord tenía una soberbia y muy académica formación pianística. Fue un hijo de la Gran Bretaña de la guerra criado en la mojigata sociedad provinciana postbélica, en Leicester. Así que estaba acostumbrado a los rigores de la disciplina y a la ética del trabajo duro, que le ayudaron mucho a destacar en el conservatorio, donde fue un alumno dotado. Supongo que sus padres soñaban para él un exquisito futuro de recitales y premios en selectos auditorios, pero el joven Lord tenía otras inquietudes. Al chaval le iba el jazz, le obsesionaban esos rugidos sexuales del be bop, tan de moda a finales de los años 50. Le gustaba más improvisar que seguir una partitura, el trance de la jam session, la conexión con el público en un local pequeño, oscuro y ahumado. Sus primeros escarceos de músico profesional fueron como pianista de jazz en clubes de su ciudad y de Londres. Su primera traición.

En Londres descubrió la incipiente escena pop. Llegaron los Beatles y los Rolling y todo aquel rollo y parecía que el mundo giraba más deprisa. De repente, el jazz se había vuelto viejo, burgués y conservador. Jon Lord estaba fuera de onda, corría el riesgo de encerrarse en los circuitos de culto, así que se electrificó, cambió el piano por un órgano Hammond y se hizo músico de estudio. Trabajó de mercenario en la embrionaria pero muy lucrativa industria discográfica inglesa y muy pronto fantaseó con la idea de sacar tajada de la movida: si músicos mucho menos dotados que él triunfaban y se hacían ricos, ¿por qué no iba a poder montar él un grupo de éxito que gustara a las niñas de las minifaldas? Ser feo ni siquiera parecía ya un inconveniente, el rock estaba lleno de tipos feísimos que se lo llevaban crudo. Además, hacía años que él trabajaba para los estudios, conocía el mundillo, tenía los contactos, sabía qué teclas había que pulsar. No era un chaval idealista, sino un emprendedor con un plan de negocio.

A mediados de los sesenta, Lord empezó a reclutar a gente para su grupo. Al principio, lo llamó Roundabout (Rotonda), pero alguien le convenció de que no tenía gancho comercial, por lo que, in extremis, a punto de firmar su primer contrato, lo cambió por otro mucho más à la mode de la fiebre lisérgica y psicodélica del momento: Deep Purple. Era el año 1968.

Portada del primer disco de Deep Purple. El del bigote es el jefe. En otros contextos, el del bigote es siempre el taxista o tu cuñado.

Al principio, nadie tenía muy claro qué cojones era Deep Purple. Parecían unos imitadores más de los Beatles. De hecho, versioneaban algunos de sus hits, aunque también hacían covers de clásicos americanos (Hey Joe, popularizada en 1967 por Jimi Hendrix) o de éxitos recientes, como Hush, de Billy Joe Royal. Sonaba a grupito oportunista sin nada nuevo que decir, a chuparruedas de la moda, a parásitos que recogen las sobras del pop. Y así era: Deep Purple no pasaba de ser un recurso de relleno en la programación de la BBC. Easy come, easy go. Así grabaron dos discos que hoy sólo se pueden escuchar como ejercicio de arqueología musical, apestan a polilla.

Nadie se acordaría de Deep Purple si la ambición artística de Jon Lord no hubiera sido más grande que su oportunismo comercial. Lord, quizás a su pesar, era un artista con cosas que decir, y no se conformaba con hacer el tonto en la tele tocando las cancioncillas de moda. El pianista de Leicester quería más, pero, para poner en marcha su proyecto necesitaba otros músicos. Los que tenía no daban la talla.

Fue en Camden Town donde empezó a reclutar a los intérpretes que le hacían falta, en el entorno de la Roundhouse, un garito que todavía funciona como sala de conciertos. En aquellos bares se fraguó la que los deep-purpleólogos conocemos como mark 2 (o mk 2), la segunda formación del grupo, la clásica, la guay, la canónica.

En ella, Jon Lord compartía liderazgo ideológico con Ritchie Blackmore, guitarrista de genio y carácter agrio sobradamente consciente de su genialidad que ya estaba en la formación anterior y que compartía con él la convicción de que había que cambiar de rumbo, endurecerse, acelerarse, desmelenarse. Ambos compusieron la mayoría de las canciones de la banda y definieron su sonido básico. Como frontman pusieron a un guaperas dotado de una garganta prodigiosa, capaz de romper micrófonos con sus alaridos: Ian Gillan. Un cantante muy versátil de poderosa presencia escénica, histriónico y simpático que, además, era un fanático absoluto de Elvis Presley. En la sección rítmica, Roger Glover, un bajista duro y manierista, y Ian Paice, viejo amigo de Jon Lord y cofundador de Deep Purple, formado en los clubes de jazz y camarada de las noches de jam sessions con el pianista Lord en los peores tugurios de Londres.

Ian Gillan en pleno berrido. El secreto para romper la barrera del sonido, según su propia confesión, es ponerse unos pantalones muy ajustados, que aprieten bien los huevos.

Su primer disco como los renovados Deep Purple fue una especie de manifiesto musical: contrataron a la Orquesta Sinfónica de Londres, se metieron con ella en el Royal Albert Hall y ofrecieron un pretencioso pastiche titulado Concerto for Group and Orchestra. Una barbaridad desmesurada que presagiaba los aires rococó de los años 70, los que iban a matar para siempre al rock antes de que el punk viniera a darle una puntilla digna y diarreica.

La cosa estaba clara: estos chicos iban en serio y a lo grande. Pero el Concerto no pasaba de ser una boutade, no podía tomarse en serio como proyecto musical. Lo bueno de verdad, lo memorable, estaba a punto de llegar. Era el año 1970 y Londres aún estaba de fiesta. De fiesta hippy y buenrollera, claro. Nadie sabía que Jon Lord y sus chicos planeaban joderle el aura a todo el mundo y darle una patada en los huevos a los hipsters con flores en el pelo.

En 1970 Deep Purple grabó In Rock. Un disco salvaje registrado en unas pocas sesiones furiosas, entre broncas, gritos y amenazas de muerte. Un puñado de canciones rabiosas fruto de jam sessions al más puro estilo jazzístico. Composiciones contundentes, donde Lord consigue que su teclado Hammond suene con la misma fiereza que una guitarra eléctrica. Berridos de Ian Gillan, punteos desesperados de Glover, resoplidos exhaustos de Paice y una constante pelea entre Blackmore y Lord dieron como resultado uno de los discos más complejos, incomprendidos, oscuros, densos y ambiciosos de la historia del rock. Nada recordaba ya a aquellos tíos moñas que unos meses atrás salían en la BBC cantando el We Can Work It Out de los Beatles. No, ya no les daba la gana mejorarlo.

¿Qué querían transmitir con esta portada? ¿Tenemos la cara de cemento armado?

¿Qué les había pasado? ¿Se habían vuelto locos? Un poco, sí. Lord convenció al grupo para tocar rock con espíritu de free jazz, rompiendo la base blues. Ritmos complejos y atrevidos, composiciones largas, fraseos impredecibles. Querían que su disco sonara como su título: como una pedrada. Pasional y bruto, aunque delicado y profundo a la vez. La historia oficial siempre destaca un trabajo posterior, Machine Head, como el canon y la cumbre creativa de Deep Purple. Mentira. Machine Head es un buen disco de rock, pero muy convencional y conservador al lado del In Rock. El propio Jon Lord siempre dijo que In Rock fue su mejor trabajo como músico, el más sutil, el más arriesgado y el que más satisfecho le había dejado. También fue el peor comprendido. En parte, fue devorado por el éxito de los discos posteriores. Jon Lord persiguió durante años el espíritu del In Rock, pero nunca jamás se le volvió a aparecer. Como tantas otras cosas geniales, In Rock fue hijo de muchas casualidades irrepetibles. El hic et nunc.

Factores que explican la grandeza del In Rock: la juventud y ambición de sus creadores, que aún no conocían el éxito planetario y no se sentían observados. Por tanto, trabajaban libres, atentos solo a sus obsesiones. La necesidad urgente y rabiosa de hacer algo nuevo, algo que no se hubiera oído antes. La sintonía de unos músicos excepcionales. Pero, sobre todo, la rivalidad entre Lord y Blackmore, que se detestaban y trataban de imponerse el uno al otro. Los piques de los teclados y las guitarras purpleanas eran algo más que un recurso musical o una forma de construir las canciones en contrapunto. Por eso sonaban tan auténticos.

En 1972 sacaron Machine Head y los peludos Deep Purple devinieron superestrellas mundiales. A Jon Lord le salieron imitadores, puso el órgano Hammond de moda, lo sacó del fondo del escenario y del muro de sonido de los arreglos y lo colocó en el centro de la escena y de las canciones. Deep Purple siguió comportándose como un quinteto de jazz que hacía rock, un rock salvaje y muy ruidoso que cada vez enganchaba a más gente. Pero ni siquiera el superéxito alivió las peleas con Blackmore, que se hicieron insufribles. Casi ni se dirigían la palabra.

Jon Lord podía ser muchas cosas, pero por encima de todo era un músico. Ritchie Blackmore podía ser también muchas cosas, incluso un músico, pero por encima de todo era una persona insoportable que hacía la vida imposible a cualquiera que se cruzara con él. Ególatra, caprichoso, antipático y altivo. No se llevaba bien con nadie del grupo. Como Lord, era un compositor de formación clásica, un erudito musical, y estaba obsesionado con el folclore británico y las formas e instrumentos medievales. Mucho más clasicista y academicista que Lord, quería que Purple sonaran más directos y tradicionales, con una base folk que a Lord le repelía.

Hasta ahí, las diferencias eran tolerables, pero Blackmore estaba también obsesionado con el ocultismo y con Aleister Crowley. Lord y otros miembros de la banda denunciaron que Blackmore les hacía magia negra. Blackmore nunca lo desmintió.

Ritchie Blackmore, aka El Santón del Payatú. Si este tío dice que me hace un conjuro, yo me cago myself.

Un coñazo de tío, el Blackmore, vaya. Y para Lord, un lastre creativo, una piedra en el zapato que le impedía dar pasos atrevidos en direcciones inexploradas. Blackmore estaba llevando al grupo por un peligroso y muy aburrido sendero lleno de dragones, mazmorras, elfos saltarines y caballeros artúricos. En 1974 grabaron Stormbringer, el disco más épico y vikingo de la banda. Pretencioso, infantil, ridículo. A Gillan y Glover, hijos del hedonismo urbano, acostumbrados al humor de borrachos y al sexo, aquellos delirios de caballero cruzado les daban ganas de potar. Ellos se fueron en 1973. Blackmore, después de Stormbringer.

El grupo implosionó y cada uno se fue por su lado. Deep Purple era insostenible. Pero Jon Lord no estaba dispuesto a dejar morir a su juguete. Cuando Gillan y Glover se fueron, contrató a un guaperas americano llamado David Coverdale y a un bajista que también cantaba llamado Glenn Hughes. Los dos hicieron muy buenas migas con Lord, así que los tres convinieron que no sólo podían sobrevivir a la marcha de Blackmore, sino que ésta era su oportunidad para hacer algo interesante y chulo.

Ficharon a un chaval americano que tocaba la guitarra con elegancia y frescura. Un pequeño, amigable y sonriente genio, la antítesis de Blackmore: Tommy Bolin. Y con él grabaron en 1975 un disco divertido, ocurrente y muy negro, profundamente influido por el funky y el sonido Motown: Come Taste the Band. Hasta el título era una invitación a la ligereza, a recuperar el espíritu risueño de las noches de bar, de músicos que se divierten tocando y haciendo bailar al público.

Por desgracia, el genial Tommy Bolin practicaba un hedonismo extremo. Hizo algo más que coquetear con la heroína, y una sobredosis se lo llevó en 1976, cuando empezaba a deslumbrar al mundo con sus dedos y su carisma.

Tommy Bolin, por dios, descálzate antes de tumbarte en la cama, cacho cerdo.

Deep Purple tampoco sobrevivió a la muerte de Bolin y se disolvió.

Después de varios años de vida de rock star y de sufrir los conjuros y los hechizos de Ritchie Blackmore, Jon Lord estaba muy cansado y se había propuesto retirarse con sus millones. Quería dedicarse a componer lejos del rock, lejos de los escenarios, lejos de todo, en su casita de Leicester. De hecho, llegó a sacar un par de discos en solitario, composiciones experimentales e inaudibles, que ni siquiera un fan como yo puede soportar sin dormirse profundamente. Pero David Coverdale no estaba dispuesto a dejar que se convirtiera en un excéntrico artista de culto. Le contó que quería montar otro grupo, aprovechando el tirón de Purple. Un grupo de rock duro y molón, con unos teclados potentes, los teclados de Jon Lord. Básicamente, quería montar un Deep Purple sin pretensiones, con cierto resabio jazzy, travieso y que sonara muy bien en directo. Lo iba a llamar Whitesnake.

A Lord se le planteó esta disyuntiva: retirarse cual ermitaño a experimentar con pentagramas en su torre de marfil o tirarse a la carretera con un grupo de desustanciados folladores compulsivos que tocaban un rock machista y violento.

David Coverdale en pleno concierto de Whitesnake. Todo elegancia, discreción y buen gusto.

Obviamente, eligió la segunda. Fue lo más parecido a convertirse en pianista de burdel. Intercalaba solos macarras entre estribillos que instaban a las mujeres a tumbarse para venerar la virilidad del cantante, un cantante que se refrotaba el palo del micrófono entre unas piernas enfundadas en pantalones ajustados de cuero. Jon Lord ya no ocupaba el centro del escenario. De hecho, parecía que se contentaba con ambientar la orgía sin participar en ella, soltando fraseos aquí y allá, acentuando el carácter gamberro de la música.

Jon Lord ya no volvió a hacer nada memorable. Se conformó con ser una comparsa. Parece que ya no sabía vivir sin tocar en directo, que prefería mantener su estatus de rock star en decadencia antes que recuperar su aura de artista excéntrico y etéreo. En 1984, la mark 2 de Deep Purple se reunió, y él permaneció en el grupo hasta 2002, cuando se retiró por completo del negocio. Fue un regreso de cartón-piedra. No grabaron ningún disco memorable, se contentaron con pasear sus cada vez más gordas y calvas figuras por salas con aforos cada vez más modestos. ¿Qué fue de su sueño de retirarse a componer lieds? ¿Por qué no se dedicó a restaurar órganos de iglesias de pueblo inglesas? ¿Por qué renunció a su destino eremita?

Un día, ya en los años 90, Jon Lord encaneció. Dejó de ser el chico feo del bigote para convertirse en un venerable señor canoso y casi siempre bien vestido. En los conciertos parecía tocar con desapego, las viejas canciones convertidas en tópicos sin valor, su sustancia exprimida muchos años atrás. Nada nuevo, rutina, liquidación de impuestos, aburrimiento.

Jon Lord crepuscular, en plan: “Al próximo que me pida que toque ‘Smoke On The Water’ le voy a meter esto por el orto”.

Jon Lord parecía muy aburrido. Por eso quizá resucitó el Concerto for Group and Orchestra en una gira en 2001. Después, se retiró. Quizá quería irse con un buen sabor de boca, recordando por qué había dedicado una vida entera a aquella mierda tan tediosa. En aquel concierto del Palacio de los Deportes de Madrid sólo se le vio disfrutar durante la primera parte, mientras tocaba su pretenciosa y vacua composición juvenil, con el grupo peleándose con la orquesta. La segunda parte, con el repertorio convencional y previsible de la banda, casi le hacía bostezar. Se le veía ausente, desconectado de la actuación. Tocaba los temas mecánicamente, quizá pensando en otras cosas: si había cortado la luz cuando se fue del piso o si el fontanero habría arreglado al fin esa gotera en la casa de la playa.

Hastiado o no, Jon Lord pudo morirse tranquilo, con la conciencia musical bien limpia.

About these ads