Como parece que ahora volvemos a ser revolucionarios otra vez, estaría bien pertrecharse de alguna buena lectura. Tiren ahora mismo el cuaderno de caligrafía Rubio con forma de panfleto incendiario del tal Hessel, y también la coda que han hecho en España con el título de Reacciona.

(Nota al margen: los tres adalides de Reacciona son José Luis Sampedro, Federico Mayor Zaragoza y Baltasar Garzón. Es decir, un banquero nonagenario, un alto diplomático y un superjuez que enchirona a gente. Y esa camarilla quiere que yo reaccione. ¿A qué? ¿A sus dietas, a sus discursos, a sus honorarios, a las sopitas y lechitas con miel que toman antes de dormir? Nota al margen de la nota al margen: los imperativos me repelen mucho. Pocas cosas me irritan más que que me interpelen en ese modo verbal, y encima, tuteándome. Un poco de educación, señores, que son ustedes muy mayores y ocupan cargos de muy alta responsabilidad en despachos que no conocen la palabra Ikea, ni que fueran acampados en la Puerta del Sol o algo así.)

Una buena lectura para entretener el tedio del desempleado es la biografía que acaba de publicar Anagrama en su mínima y poco divulgada colección Biblioteca de la Memoria (la de las tapas verde caqui): El gentleman comunista. La vida revolucionaria de Friedrich Engels, del joven y atractivísimo historiador inglés (37 añitos, casi un párvulo en su campo) Tristram Hunt.

Este es Tristram Hunt:

Un inglés guapo es más raro que un lince sin atropellar, y es evidente que un niño bien -estudió en Cambridge y remató faena en USA- guapito de cara no necesita demostrar nada en esta vida. Blanco, inglés y bello: su vida resuelta antes de nacer. Por eso tiene mucho más mérito que se haya dejado los ojos, los codos y parte de su corteza cerebral en escribir un libro tan ambicioso, completo y profundo como esta biografía de Engels. Porque, por definición, una biografía de Engels es trabajo para feos. Los guapos están en la discoteca, no en la biblioteca, donde las posibilidades de ligarse a una hermosa y muy desinhibida drogadicta son escasas tirando a nulas.

Lo mismo le pasaba a Engels, y quizá por eso tiene empatía por el personaje. Como de Engels se suele saber bien poco, salvo que es el apellido que va detrás de Marx y de la conjunción copulativa y -como en Ortega y Gasset-, no son muchos los que conocen su faceta de bon vivant y de guaperas oficial. Era un alemanón fuertote y muy apuesto, que gustaba de cepillarse a mujeres de toda clase y condición, incluyendo las que estaban casadas con sus amigos -no con Marx, esa barrera no se sobrepasó-. Y, a pesar de ser un tipo rico, divertido, juerguista y ligón a más no poder, fue uno de los pensadores más brillantes del siglo XIX, dejó escrito un puñado de libros que no han perdido brillo y contribuyó a dar forma manejable y comprensible a ese barullo filosófico alemán que él mismo bautizó como marxismo.

El propio Hunt no se explica cómo Engels encontraba tiempo para escribir unos libros tan densos y audaces entre tanto vino de Borgoña, tanto marido cornudo y tantas cacerías por las afueras de Manchester. Y entre tanto curro en la empresa familiar y entre tanto atender las necesidades más pedestres de su amigote Marx, completamente incapacitado para cualquier tarea de la vida cotidiana y ahogado siempre en deudas y en pequeñas banalidades que no sabía resolver por sí mismo.

Más allá de eso, lo bueno del libro de Hunt -una de las muchas cosas buenas de este muy buen libro- es que perfila al fin una imagen justa y ajustada de Friedrich Engels. Quizá ustedes no lo sepan o no les haya importado nunca, pero Engels es uno de los problemas fundamentales del debate en y sobre el marxismo. Una teoría muy extendida le hace responsable de la vulgarización de la filosofía de Marx en unos esquemas tan simplistas que la desvirtúan por completo. Quienes esto afirman, sostienen que Lenin y la primera generación de comunistas no fueron en verdad marxistas, sino engelsistas, y encontraron en las recetas pueriles de Engels la excusa idónea para su acción política. De ahí a responsabilizar a Mr. Friedrich del Gulag y de las matanzas de los Jemeres Rojos media un pasito insignificante.

Otros, en cambio, desde el marxismo-leninismo, le han hecho responsable del cisma que dividió en 1915 y 1916 (en las conferencias suizas que dinamitaron la Segunda Internacional) a socialistas y comunistas. Para estos, Engels fue un blandurrio que dio argumentos a los revisionistas para que renunciaran a la lucha violenta revolucionaria, alejándose de los principios del maestro Marx.

Para Hunt, ni unos ni otros tienen razón. Ambos utilizan sesgada y torticeramente los libros de Engels para hacerles decir lo que no dicen y para responsabilizarle de hechos de los que no podía ser responsable, pues llevaba muchos años muerto cuando estos sucedieron. Además, la supuesta “mala interpretación” que Engels hace de Marx al divulgar su pensamiento es falsa, ya que Hunt demuestra muy claramente que esa divulgación se hizo bajo la tutela de Marx, y que este nunca puso un solo pero a lo que Engels decía que él decía. Este párrafo es claro y tajante:

¿Fue Engels responsable de los terribles actos realizados en nombre del marxismo-leninismo? Aun en nuestros días, cuando tan de moda están las disculpas históricas, la respuesta tiene que ser no. En ningún sentido inteligible pueden Engels o Marx ser culpables de los crímenes cometidos varias generaciones más tarde por los actores históricos, aun cuando las líneas de actuación se ofrecieran en honor de ambos. Así como no se puede culpar a Adam Smith por las desigualdades del libre mercado occidental, ni a Martín Lutero por el carácter del evangelismo protestante moderno, ni a Mahoma por las atrocidades de Osama bin Laden, los millones de almas que el estalinismo liquidó no fueron a la tumba por culpa de los dos filósofos que trabajaron en Londres en el siglo XIX.

Y sigue diciendo que esto no es así sólo “por el simple anacronismo de la acusación”, sino que hay razones de fondo, éticas y teleológicas, que avalan esta tesis. Así las resume:

Pese a la fácil caricatura que hacen los anticomunistas y los apólogos de Marx, Engels nunca fue el arquitecto corto de miras y mecanicista del materialismo dialéctico que exaltó la ideología soviética del siglo XX. Entre el “engelsismo” y el estalinismo, entre una visión abierta, crítica y humana del socialismo científico y un socialismo científico desprovisto de cualquier precepto ético hay un enorme abismo filosófico (…). La lógica cerrada del Curso breve de Stalin habría sido un anatema para el Engels eternamente curioso: detrás de su porte militar, el General [apodo cariñoso con el que se le conocía en casa de los Marx] se interesaba por las ideas desafiantes, por las nuevas tendencias y a menudo por repensar sus propias posturas.

Y, destacando aspectos del Engels hombre, que no se aprecian en sus escritos pero sí florecen al estudiar su vida, concluye:

Ni igualador ni estadista, este gran amante de la buena vida, defensor apasionado de la individualidad, creyente entusiasta en la literatura, el arte y la música como foros abiertos, nunca, y a pesar de todas las afirmaciones estalinistas que reclamaban su paternidad, podría haber dicho que sí al comunismo soviético del siglo XX.

La propuesta político-intelectual última de esta biografía, más allá de sus méritos y contribuciones académicas, es la invitación a repensar una figura injustamente contaminada y manchada con sangres que no contribuyó a hacer manar. Algunos de sus escritos siguen siendo excelentes descripciones críticas de cómo funciona el capitalismo, sin la jerga economicista de Marx, contado como un reportero, a pie de obra. Fue un tipo sagaz que supo ver cosas que siguen estando ahí, y su obra puede ser un buen punto de partida para pensar la sociedad en la que vivimos ahora.

Yo descubrí a Engels hace mucho, en un libro que debería estar en la biblioteca de cualquier periodista: La situación de la clase obrera en Inglaterra. Es un reportaje audaz y brutal de la vida cotidiana de Manchester en los años 40 del siglo XIX escrito desde la calle y aplicando todo el bagaje filosófico y humanístico aprendido en Berlín.

Pero advierto: es un libro mucho más difícil de leer que Indignaos o Reacciona. Y mucho menos complaciente. Y mucho más adulto (esto último es fácil). Y es duro porque es honesto. Por eso no usa el modo imperativo en el título, porque interpela a la inteligencia del lector, no a los grupies de las primeras filas de un concierto.