Por lo visto, esta es la versión corregida y aumentada de Níquel, un libro de 2005 que me pasó completamente desapercibido y del que tengo noticia ahora. Nunca es tarde.

Francisco Ferrer Lerín, aspirante a escritor maldito, compilado por Enrique Vila-Matas en Bartleby y compañía, es una rara avis. Y, desde que el Fat Man usó esa expresión latina en El halcón maltés, nunca se había utilizado con tanta propiedad. Ferrer Lerín es un pájaro extraño, un poeta metido a ornitólogo, un barcelonés metido a provinciano pirenaico, un divino metido a mortal.

Brevísimo contexto para quienes no hayan leído mi artículo heraldiano de hoy: Francisco Ferrer Lerín nace en Barcelona en 1942, en familia güena, de las que cortan el bacalao, pero venida a menos. En los años 60, que coinciden con sus dulces y universitarios 20, empieza a despuntar como poeta exquisito, junto a Pere Gimferrer y Félix de Azúa. De hecho, Castellet está a punto de incluirle en su antología Nueve novísimos poetas, pero al final se cae de ella porque deja de escribir, se convierte en un no-poeta. Y no sólo deja de escribir, sino que, ya en los 70, deja Barcelona, se instala en Jaca y se convierte en un reputado ornitólogo especialista en rapaces, participando en los incipientes programas de recuperación del buitre.

Esto —desaparecer de la divina Barcelona en pleno estado de gracia, cambiar los gintonic en Bocaccio por unas papas bravas en la calle Mayor de Jaca y la gloria mundana de la literatura por los cadáveres putrefactos de los muladares— le convirtió en un ser de leyenda, en una especie de Salinger a lo ibérico.

Pero llegó Vila-Matas, le nombró en una novela y redespertó el interés por él. En 2005 volvió a publicar, y desde entonces ha sacado unos cuantos volúmenes, manifestando una incontinencia impresa cercana a la de César Vidal. El último de estos libros, recién salido del horno, es Familias como la mía (en la exquisita Tusquets: una editorial que es a la gauche divine lo que la guillotina a la Revolución Francesa), que acabo de terminar ahora mismo entre grandes risotadas.

Familias como la mía es un cachondeo culterano. Leerlo es como irte de cañas con un amigo que te haga reír mucho y muy bien. Está cargado con un humor socarrón y fluido, expresado en un lenguaje antinovísimo, directo, casi de informe de espías.

Porque eso es Familias como la mía: el informe de un espía infiltrado en la sociedad y dispuesto a averiguar en qué puntos hay que colocar las cargas explosivas para dinamitarla. Es de lo más políticamente incorrecto (y ya odio mucho la expresión políticamente incorrecto, pero no se me ocurre otra) que he leído en meses. Por sus espejos deformantes —mucho más dañinos y menos retóricos que los del callejón del Gato— asoman los nacionalistas, los ecologistas y algunos letraheridos. Es muy guarrete, y el sexo es depravado, detallista e inverosímil, y finamente inteligente. Y a lo mejor esto último —la inteligencia, no la guarrería— es uno de sus lastres: si el libro tiene algún fallo es que acaba empachando por reiteración y acumulación. Hasta de las mejores comidas se harta uno.

Familias como la mía tiene dos partes. La ya aludida Níquel y Nora Peb. La primera, mucho más lograda que la segunda. De hecho, la segunda parece un premio para los lectores de la primera, ya que no aporta nada nuevo a la trama, pero sí que amplía algunos pasajes y narra la historia de personajes secundarios sólo insinuados en la primera. Níquel es el diario de Pablo Amatller Moragas, trasunto de Ferrer Lerín, en el que se cuenta cómo se apasionó por la ornitología y cómo cayó en las redes del servicio secreto para convertirse en su agente y cómo combinó ambas facetas. Resumiendo: los planes de recuperación del buitre acaban sirviendo para deshacerse de cadáveres molestos en un sistema casi industrial.

Entre medias, se cuelan muchos juicios absolutamente inaceptables para la mojigatería ambiente. Por ejemplo: el autor dice que detesta eso en lo que se ha convertido Barcelona, y se ridiculiza sin recurrir a la caricatura la obsesión ecologista de nuestros tiempos, que tiene más de hipocresía y de utilitarismo que otra cosa.

Copio un pasaje reflexivo sobre Barcelona que aparece en las primeras páginas. Un pasaje contrario a la historia oficial de la ciudad y de este país. Un pasaje que, se comparta o no, da que pensar —y en eso consiste la provocación bien hecha—:

Nadie entonces hablaba en catalán, me refiero a nadie que yo tratara. Se conocía la existencia, eso sí, de una bolsa de menestralía en el barrio de Gracia, pululaban tambén algunos miembros de una secta denominada La Seva y entre las personas mayores era corriente oír la ingrata fonética. Mis padres se expresaban de esa manera pero, todos, incluso los totalmente inmersos, reconocían el carácter rústico y provinciano del idioma. Recuerdo la aseveración rotunda, muchos años después, hecha desde el púlpito, del cura párroco de Vallgorguina, mosén Vespino: “¡Sí, es nuestra lengua, pero es una lengua de misa y fútbol!”; mi pade, oriundo de La Cerdaña, que cuando hablaba en castellano todos creían que hablaba en catalán, nunca abrigó dudas acerca de la imposibilidad de conseguir nada importante utilizando esa herramienta. En mis primeros años de bachillerato, en los jesuitas de Sarriá, se estigmatizaba, con el regocijo de los mentores, a los pocos alumnos que, desde luego involuntariamente, proferían en lemosín alguna frase o siquiera palabra: se les llamaba payesas, enfatizando con el cambio de género el tono denigrante del calificativo. Pero las cosas cambiaron. Un programa de Radio Barcelona llamado La comarca nos visita fue la premonición de lo que se nos venía encima. Gentes del interior de Cataluña, hasta ahora inexistentes en nuestras vidas barcelonesas, empezaron a abandonar sus campamentos agrícolas y arropados con títulos, incluso universitarios, desembarcaron en los foros ciudadanos, cada vez con menor recato: ante la dificultad para expresarse —para competir— en castellano optaron por hacer del catalán su modo único de comunicación, encontrando, frente a todas las previsiones, el apoyo de los emigrantes de segunda generación, especialmente aragoneses, que así creían subir un peldaño en la escala social y dejaban de ser unos parias: los llamados cariñosamente charnegos.

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