Hace tiempo que me planteé muy seriamente dejar de comprar periódicos en papel, pero creo que ahora lo voy a hacer de verdad. No es la consecuencia de un arrebato de furia ni lo he escenificado con una muesca en el calendario o un triunfal “¡hasta aquí hemos llegado!”. No, todo lo ha provocado la más pura inercia. De pronto, me he dado cuenta de que mis visitas al kiosco son cada vez más esporádicas y de que no sólo no echo de menos el hábito, sino que lo echaba de más.

Corrección: sí echo de menos el hábito, pero había devenido algo tan insustancial y grosero que ya no tenía sentido ni como liturgia vacía y comodona. Porque eso era lo que le pedía: un ritual diario, un acto simbólico. De la misma forma que los católicos que van a misa son en el fondo conscientes de que ese acto tiene poco que ver con dioses o creencias, pero siguen haciéndolo por conveniencia social y porque cada día renueva y recuerda su identidad, yo leía el periódico sabiendo que aquello tenía ya poco que ver con el periodismo o con profesión ninguna. Pero su lectura y las condiciones necesarias para ella (un bar, un café con leche y, a veces, un pinchito de tortilla) eran una liturgia vivificante que me reafirmaba como individuo presuntamente culto e interesado por el mundo en el que vive.

Sin embargo, para que eso ocurra, la liturgia no puede estar vacía del todo: el periódico y el cura deben cooperar y hacer su parte del trabajo. Ni el católico ni el lector de periódicos se tragan nada, pero, para poder fingir que sí que nos lo tragamos y repetir el rito al día siguiente, el cura y el diario tienen que currárselo y fingir convincentemente que a ellos sí les importa.

Soy consciente de lo paradójico e hipócrita que es admitir que ya apenas leo diarios en papel cuando escribo en uno todas las semanas. ¿Qué puedo decir? Me sigue gustando escribir en la prensa, y lo seguiré haciendo mientras pueda y me dejen, pero no me pueden pedir a cambio que ejerza un proselitismo que ni los propios directores ni los dueños de los periódicos se molestan en hacer. Tengo muchos amigos en la profesión. Amigos a quienes admiro profesionalmente, más allá del cariño personal que les pueda tener, y que creo que hacen un trabajo extraordinario que no me cansaré de alabar. Pero el entusiasmo y la genialidad de un puñado de talentos no son suficientes para volver a hacer brillar una estrella apagada.

De hecho, creo que todavía hay reductos a los que agarrarse si uno quiere insistir como lector en papel. Hay firmas a las que seguir y suplementos y secciones muy bien llevadas y traídas, pero esos islotes —cada vez más exiguos y aislados— ya no me compensan. Hablo, por supuesto, desde el punto de vista de un ciudadano medianamente culto, que debería ser el target nítido y preciso de la prensa. De las masas belenestebánicas no sé y no contesto.

Normalmente, hace no tanto tiempo, yo leía muchísima prensa en papel. Por imperativo profesional en parte, pero también por afición. Todos los días leía Heraldo de Aragón (que recibo en mi casa y no tengo que comprar) y El País (que compraba en un kiosco camino del bar donde desayunaba). Cuando trabajaba en la redacción leía también El Periódico de Aragón y ojeaba muy a la ligera los principales diarios. Los miércoles compraba La Vanguardia, por el suplemento cultural, y los viernes, El Mundo, por ídem. Los sábados, el Abc, por idénticos motivos. Algunas temporadas, muy discontinuamente, los fines de semana me daba por comprar Le Monde, que lo sirven en mi kiosco, especialmente cuando daban el suplemento literario Le Monde des Livres.

Esa era mi rutina básica. Me gastaba una pasta en papelotes, cuando podía haberla dilapidado en heroína o en juguetes sexuales, y era un lector extremadamente disciplinado. Leía muchos textos y con gran atención.

Poco a poco, esa disciplina se fue relajando. Aunque me esforzaba, cada vez encontraba menos textos merecedores de una lectura, y el tiempo que invertía en la prensa se fue reduciendo sin que —y esto es lo sorprendente y la clave del asunto— se resintiera mi capacidad para estar al tanto de la actualidad y de enterarme con corrección y prontitud de todo lo que me interesaba.

El sentimiento que fue macerando en mí era que me estaban expulsando de un lugar del que no quería ser expulsado. Yo no leía los periódicos para estar informado. Para eso ya estaba la radio o internet. Yo leía los periódicos para encontrar artículos que me ofrecieran puntos de vista en los que yo no hubiera pensado o que me contaran historias de gentes y de lugares que yo no sospechaba que existieran. O para leer una entrevista con un escritor del que apenas había oído hablar. Qué ingenuo era. Me resignaba al politiqueo y a los dimes y diretes de los tigres y los leones en los que consistía la crónica política si a cambio eran capaces de regalarme unos minutos de lectura estimulante y actual.

No fue posible. Las páginas culturales, mi última gran esperanza, se fueron llenando cada vez más de fiambres. Escritores muertos un día tras otro. Y cuando no estaban muertos, se llamaban Pérez-Reverte, y entonces casi prefería a los finados. No me hablaban de lo que se cocía en ese momento, sólo había sitio para viejunos, reliquias literarias y predicadores a sueldo de la casa editora. Si volvía a leer algo más sobre los huesos de García Lorca me iba a dar un ictus.

Creo que yo no he fallado a los periódicos: son ellos quienes me han fallado a mí. Yo estaba dispuesto a seguir leyéndolos y comprándolos siempre que me dieran un poquito de lo que me habían dado siempre. Pero se empeñaron en olvidarme y en buscar a un público que creo que no existe, una mezcla de fans de Belén Esteban e imitadoras de Carrie Bradshaw en el sector femenino, o un híbrido entre un hooligan de los Ultra Sur y Emilio Botín en el masculino. No han dejado un resquicio por donde yo pueda sentirme reconocido: han renunciado a escribir para mí, no les intereso. Por tanto, no pueden esperar que siga leyéndolos. Debo tomar su actitud —la de toda la prensa, aquí no distingo marcas ni familias políticas— como una invitación a que me marche y les deje en paz.

Al dejar de comprar periódicos, las empresas periodísticas pensarán que les hago una putada, pero la putada me la han hecho ellas a mí, porque yo ya no sé tomarme un pincho de tortilla en un bar sin un diario delante. Lo he intentado con un libro, pero no es lo mismo. Al final, tendré que renunciar también a los pinchos de tortilla, y quién sabe si a desayunar en los bares, con lo que a mí me gusta desayunar en los bares.

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