En verdad quería dejar la explicación prometida en el anterior post para más adelante, por aquello de que no hay que hacer promesas que no estés dispuesto a incumplir bellacamente. Hoy me apetecía escribir sobre la infancia como territorio maldito y salvaje, a propósito de unas cosas que he leído de Art Spiegelman, de una conversación muy subida de grados etílicos con un amigo que antes era poeta y ahora se tira a la prosa —con absoluto acierto, a mi entender— y de un proyecto novelero que tengo bastante avanzado en la región occipital de mi cabeza. Pero al final se me ha hecho tarde, he tenido un día muy largo y no me veo con la disposición anímica e intelectual necesarias para meterme con uno de esos posts que tanto les gusta leer a ustedes (contador de visitas dixit) y tan poco comentar (quizá porque digo tantas tonterías que no merecen comentario alguno).

Es decir, hablando en andaluz: questoy floho.

Por ello, y sin que sirva de precedente, honraré la palabra dada y les explicaré el extraño caso del libro que no se llegó a publicar cuando estaba publicado. Y empezaré por el principio, que es por donde se empiezan estas cosas.

Once upon a time un chico encanecido que escribía un blog sin importarle mucho si alguien al otro lado le leía. Pero parecía que sí. Al menos, una persona le leía. Y mucho. Muchísimo, quizá. Y esa persona se llamaba como el chico encanecido. Digámosle Sergio, Sergio Navarro.

El tal Sergio Navarro proclamábase fan del chico levemente encanecido (tampoco vayan a pensar que soy Copito de Nieve), y el chico levemente encanecido no se tomaba nada en serio los piropos y zalamerías que le prodigaba, suponiendo que se las decía a todas. Hasta que el tal fan exigió una cita para tratar de un proyecto interesante.

Dios mío, pensó el chico levemente encanecido, si hemos de vernos, que sea de día y con testigos. ¿Cómo se llamaba la novela esa de Stephen King en la que Kathy Bates se sienta sobre la cara de su escritor favorito y lo ahoga a pedos? Bueno, como sea, ya saben a cuál me refiero. El chico no estaba acostumbrado a tener fans, no sabía de qué iba eso, pero tenía una dilatada experiencia de relaciones sentimentales con mujeres psiquiátricamente trastornadas, así que sabía reconocer el destello esquizoide en el parpadeo de los ojos. Él había sobrevivido ileso a muchas locas con acceso a excelentes juegos de cuchillos de cocina, así que no se iba a dejar pillar desprevenido.

Quedaron una tarde en la plaza de San Francisco de Zaragoza. No se atreverá a atacarme aquí, pensó el chico levemente encanecido, y si lo hace, podré pedir ayuda y todos estos niños y ancianos acudirán prestos en mi auxilio. Y allí, el tocayo fan le comunicó que se había hecho editor. Así, sin más. Había montado un sello editorial con pretensiones de exquisitez libresca y, con ademán de Uncle Sam en cartel de reclutamiento, señaló al chico y le gritó: «I want you for my label army».

Honrado, pero todavía inmerso en su relativamente reciente paternidad y en la escritura de una novela que le tenía un tanto desquiciado, el chico levemente encanecido aceptó con la condición de que no le robara mucho tiempo, que no podía comprometerse a grandes cosas. El fan-editor dijo que sin problemas, que quería una recopilación de artículos, que no le interesaba la ficción.

¿Una recopilación de artículos?, repuso el chico, un poco decepcionado porque su fan-editor no daba muestras perceptibles de ir a transformarse pronto en Kathy Bates y atarle a una cama. No sé si me convence, dijo: el chico que escribía un blog entendió que lo propio en estos casos es hacerse el interesante. El chico que escribía un blog había visto muchas películas.

Se negoció, se vieron más veces y tomaron más cervezas (el chico) y cafés (el fan-editor), hasta que se concretó un proyecto de libro. El chico aceptó a cambio de dos cosas: que el libro tuviera unidad y coherencia internas —de tal forma que acabaran contando una especie de historia o crearan un significado de conjunto parecido al de un poemario—, que los textos se retocaran y reescribieran a fondo y que pudiese darles un sesgo personal para que el resultado se acabara pareciendo más a un dietario que a una antología de artículos. Se aceptó, se brindó y se empezó a trabajar.

El proceso de pulido y reescritura fue más complicado y laborioso de lo esperado, pero el chico consiguió que el libro no se pareciese en nada a una colección de artículos, que fuera otra cosa y que ni siquiera los lectores más pertinaces tuvieran una sensación de déjà lu. Hasta a la pareja del chico le pareció bien y opinó que el libro funcionaba estupendamente. Así que siguieron con ello.

En esas estaban, corta que te pega, corrige que te corrige, reescribe que te reescribe, cuando al hijo del chico levemente encanecido le diagnosticaron una cosa malísima que trastocó su vida y la de su pareja para siempre. Pero el chico le dijo al fan-editor que quería seguir adelante, que el trabajo le ayudaba, y que quería tener alegrías en ese tiempo de mierda, que no andaba sobrado de ellas, y un libro siempre es una alegría.

Se preparó una edición para tenerla lista en los días de la Feria del Libro. Se previno a los libreros, se preparó el terreno, se empezó a hacer un poco de ruido. Pero no se llegó a tiempo por una serie de imprevistos. La Feria se echaba encima y no había tiempo de que la imprenta entregara la tirada. Así que se decidió tirar unos ejemplares rápidos para vender en la feria y esperar a tener la tirada completa y distribuida más adelante. Al chico le pareció bien, pero cuando le entregaron los ejemplares de urgencia se dio cuenta de que eran demasiado urgentes. La edición era una birria mayúscula, aquello no podía venderse. Aquello no podía ni enseñarse a una madre.

No importó, no hubo mayor conflicto porque el hijo del chico, que esperaba un donante de médula, lo encontró, y les llamaron para irse corriendo a Barcelona a recibirlo. Se tenían que ir al día siguiente de la supuesta firma de ejemplares del chico en la feria. Así que se suspendió todo y, durante unos largos meses, no hubo libro al que hacer caso ni otro problema que no tuviera que ver con su hijo.

Lo de su hijo acabó, como bien saben todos. Y, tras un descanso, el fan-editor se ofreció a retomar el proyecto y a hacerlo con paciencia y serenidad. Al chico le pareció bien tener algo en lo que ocupar su mente y en el que podía incluir un pequeño homenaje a su hijo. Revisó todo el texto, se horrorizó ante algunas cosas y cambió muchas más hasta dejar irreconocible aquella primera edición fallida. Escribió un nuevo prólogo y lo entregó al diseñador, que se curró un nuevo libro, mucho más esmerado y limpio, con una cubierta que respetaba la idea original pero mejorándola muchísimo, y lo llevaron a un impresor con fama de exquisito.

Y así están hoy, a punto de ver en la calle el único y original El restaurante favorito de Nina Hagen. Dicen quienes lo han leído que tiene fuerza, que mola. Yo —recupero aquí la primera persona, si no les importa—, sinceramente, no lo sé, me siento incapaz de defenderlo. Sólo sé que lo he hecho lo mejor posible, de la forma más honesta que conozco y procurando ofrecer un libro que no me avergüence y que puedan leer con gusto tanto quienes me conocen y me tienen algún aprecio, por remoto que sea, como los demás. He intentado ser respetuoso con el lector, ponerme en su piel sin dejar de habitar la mía, y me he negado a ser un compilador. En cualquier caso, he sido un recreador. He tomado los artículos como materiales en bruto sobre los que trabajar para construir otra cosa. Y creo que, en cierta forma, lo he conseguido.

Pero no importa lo que yo piense, porque dentro de nada podrán juzgarlo ustedes.

Y esta es la historia del libro que no fue y del libro que ha sido.

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