¿Es tarde para incluir una addenda a la lista de mis mejores libros de 2011? No había leído aún esta obrita de Alejandro Zambra (lo primero suyo que leo, la verdad, y voy a agenciarme sus otras dos novelas) y lo merece: Formas de volver a casa.

La compré en primavera, cuando salió, en uno de esos larguísimos paseos que me obligaba a dar por Barcelona para sacudirme el olor a hospital y a suicidio. Era uno de los must de la temporada librera, y me lo llevé de La Central junto con El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron (Mondadori), advertido de que ambos hablaban de padres e hijos y memorias familiares. Leí el libro de Pron una noche hospitalaria, y me dejó bastante frío, sin llegar a disgustarme, y puede que esta gelidez tuviera la culpa de que olvidara la obra de Zambra. De pronto, enfrentarme a su lectura me causaba una pereza infinita.

Y allí lo dejé, enterrado en una pila de ilegibles, desganado por siempre. No estaba de humor para padres e hijos, y si encima la cosa iba de allendes y pinochetes, el sopor me vencía. Lo siento, pero yo oigo hablar del Palacio de la Moneda y me duermo. Y como me vengan con que si Neruda esto o Víctor Jara lo otro, es que me sale la vena nihilista y pasota y me pongo insoportable. Casi me pica el cuerpo del contacto con la pana y con las canciones de Joan Manuel Serrat.

Pero alguien de mi completa confianza elogió el libro hace unos días, así que lo rescaté. Y lo devoré en apenas tres horas.

Como he tardado tanto en leerlo, ya han salido reseñas suyas por doquier, y uno de los reproches más recurrentes que he leído en un garbeo por Google es que no es un libro sólido, que no está bien armado, que  contiene buenas ideas pero no se desarrollan… Y he pensado: ¿habremos leído lo mismo estos críticos y yo? A veces me cansa la obsesión rusa de algunos críticos, que quieren que todo sea Tolstoi. Quieren novelones, libros para señores convalecientes, donde nada quede insinuado y todo esté bien descrito y bien narrado. Hasta el detalle. Si no encuentran eso, se sienten estafados y acusan al autor de vago o de incompetente.

Contra lo que dice el Código Penal, yo no creo que haya delitos sin móvil. En la literatura, no. Y si la intención del autor no era armar un novelón perfectamente engrasado, difícilmente se le puede acusar de no haber conseguido lo que no quería conseguir. Reprochar la ausencia de algo que no se prometió roza lo paranoico. Como esas locas que se enamoran de los locutores de radio nocturna y les persiguen y les secuestran diciéndoles: «Me prometiste que te casarías conmigo, cabrón, y ahora vas a sufrir por no haber querido a la pobre María Antonia». No, María Antonia, estaba haciendo un programa de radio, no te lo decía a ti, estaba en el guión.

Pues eso: no, señor crítico, yo no quería escribir Guerra y paz, no me puede culpar por no haberla escrito.

Viene esto a cuento porque Formas de volver a casa es minimalista por vocación desde la primera página. Desde antes incluso: el título ya da muchas pistas. Guerra y paz también da pistas en su título, si se dan cuenta. Y Crimen y castigo, también. Ya intuyes desde la cubierta que el autor viene fuerte, que aquello no es para nenazas impresionables, sino para machos-machos que no se dejan nada en el plato. En cambio, una obrita intitulada Formas de volver a casa ya nos está diciendo que las mujeres y los hombres afeminados son bienvenidos, que en sus páginas no se va a hablar a gritos ni se va a decidir el destino de los grandes imperios, que hay más vino blanco y licores digestivos que Rioja tinto y vodka. Es difícil no verlo, resulta obvio para cualquier lector con dos ojos no muy dañados.

Formas de volver a casa es un libro sutil (no sé si llamarlo novela, aunque el género es tan elástico que aguanta cualquier obra que contenga narraciones), un dibujo sin colorear, una especie de aguafuerte, si me permiten el símil pictórico —en el que las grandes novelas rusas serían lienzos de Velázquez—. Es a la vez una novela fallida y el diario en el que el escritor consigna su fracaso novelístico y vital. Metaliteratura, vaya, nada nuevo. Entre medias, una trama muy tenue que mezcla el conflicto generacional con la historia política y las relaciones amorosas en la linde de la madurez, cuando los jóvenes empezamos a dejar de serlo. Todo ello, con una enunciación suave y directa. Minimalista al fin.

Pero nada de esto convierte en interesante el librito. Lo que lo hace especial y emocionante es la actitud que lo impregna. Se lo comenté el otro día a un amigo escritor con el que suelo hablar de literatura (algo extrañísimo: los escritores apenas hablan de literatura. Hablan de otros escritores, de política, de periodistas y de dinero, pero de literatura, poco): me importa poco la técnica y el estilo de un libro, siempre que éste transpire honestidad. Estoy harto de trampantojos y de malabaristas. Al leer, quiero encontrar una mirada limpia y sincera. Me gusta sentir que el autor es algo parecido a un amigo y que el libro discurre como una conversación, y esto se resume en una única exigencia: quiero sentir que al autor le importa lo que está contando, que su voz se involucra y se hace presente.

Para mí, ése es el único compromiso que un escritor debe asumir. Y en Alejandro Zambra lo encuentro. Su prosa, contenida y cuidadita, como un coqueto jardín vertical, contiene el temblor de la vida. De su vida. Y sólo por eso merece la pena ser leído. Dice hacia el final:

Recordamos más bien los ruidos de las imágenes. Y a veces, al escribir, limpiamos todo, como si de ese modo avanzáramos hacia algún lado. Deberíamos simplemente describir esos ruidos, esas manchas en la memoria. Esa selección arbitraria, nada más. Por eso mentimos tanto, al final. Por eso un libro es siempre el reverso de otro libro inmenso y raro. Un libro ilegible y genuino que traducimos, que traicionamos por el hábito de una prosa pasable.

Dejar las cosas en bruto, no traducir, no limpiar. Hay algo grunge en esta actitud, algo de amor por lo primigenio y de repudio por el maquillaje y el engolamiento. Algo que me atrae, claro.

No sólo no me molesta su minimalismo, sino que se lo agradezco. Lo entiendo como una invitación a fisgonear y como una forma de respetar al lector: es casi un insulto darle todo masticadito, dejarle claro qué debe pensar y sentir ante la historia que se le cuenta. Abierto y sutil, como la relación de los dos personajes.

Porque —y casi todos los críticos parecen haber pasado por alto esto, que me parece a mí tan evidente— Formas de volver a casa se duele de lo superficial desde la propia superficialidad. Zambra se duele de no poder penetrar el mundo y sus seres, de que todo (las relaciones con sus padres, su propia relación de pareja y su relación con la historia y con el país que le ha tocado vivir) pase tan sin sentirse, sin dejarse conocer, sin poderse asimilar. Es un libro superficial sobre lo superficial de la vida, sobre el deseo frustrado de ver y de sentir más de lo que las personas y las cosas nos dejan ver y sentir.

No será Guerra y paz, pero no le hace falta. Un librito precioso que interpela sin decir apenas nada. Sin gritos, sin sermones, despacito.

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