Estamos preparando los detalles del lanzamiento de mi novela No habrá más enemigo, que entra en imprenta dentro de unos días, y la editorial ha escogido un pasaje de acompañamiento a los paratextos de la contraportada. Ni en mil millones de años habría sabido yo escoger un párrafo mejor, que condense con más nitidez el Geist del libro. Es este:

«¿Quién puede ser tan imbécil para preferir Kansas al País de Oz? ¿Es usted tan imbécil como Dorothy? Si vive en una ficción, acepte mi consejo y gócela.  Muchos quisiéramos traspasar el espejo y vivimos atrapados en este lado.»

De entre la decena escasa de personas a quienes he sometido a la tortura de leer la novela, los escritores coinciden en apreciar ecos de Thomas Bernhard en ella. Yo a todo digo que sí, que por supuesto, que aúpa Bernhard y tal. Pero, ahora que nadie nos oye, entre nosotros, os tengo que confesar que, entre las muchas lagunas y los insondables mares de mi culturilla literaria, se encuentra un pecado imperdonable: no he leído a Bernhard. Pero ni por casualidad. Ni por despiste.

Me encanta que me atribuyan influencias prestigiosísimas que ni siquiera conozco. Puestos a buscarme parecidos, que sean de tíos guapos y molones.

Como intuyo que lo de Bernhard seguirá coleando, porque son varios quienes coinciden en el mismo nombre —así que algo habrán visto en mis letrillas que justifique la cita—, me he pasado esta mañana por mi librería favorita y le he pedido a Félix que me pusiera cuarto y mitad de Thomas Bernhard. Para poder decir en qué me ha influido y explayarme un poquito sobre ello.

—A mí me gusta mucho este, Mis premios —me recomienda Félix, sacándome todo el muestrario austriaco de su fondo—. ¿Quieres poesía también?

—¿Poesía? No jodas, ¿no ves que llevo barba? Soy muy macho para andar leyendo versitos —le respondo, haciendo gala de mi proverbial sensibilidad.

Así que esta noche empezaré a buscar mi yo bernhardiano. A ver si voy a descubrir que Bernhard me copió a mí y no al revés.

Pensando en el porqué de estas atribuciones literarias, concluyo que, quizá, lo que perciben estos lectores es una cierta atmósfera austriaca. Es posible que lo que algunos interpretan como amargura bernhardiana tenga más que ver con los libros de Elfriede Jelinek y las pelis de Michael Haneke, autores que sí frecuento con placer morboso.

En cualquier caso, me fascina —y comprendo a la perfección, porque yo también lo hago— la pulsión cultista a la hora de buscar referencias y conexiones literarias. Siempre se citan grandes nombres y cimas inalcanzables, pero muy pocos son capaces de ver la carnaza pulp que sustenta muchas narrativas dizque sublimes. En mi caso, nadie me ha sacado hasta ahora (si bien es cierto que nadie ha leído aún el libro, más allá del círculo de editores, agentes y amiguetes escritores) una referencia que yo considero clara y que no me he esforzado en disimular: El Mago de Oz.

Pero, claro, El Mago de Oz no mola. Mola mucho más Bernhard.

Me alegra que los editores sí que hayan apreciado esa conexión trash. Eso significa que la han leído con ojos cariñosos y atentos. Y me halaga mucho, la verdad, porque esa cita de la contraportada es la única mención expresa que hay en la novela. El resto, son alusiones muy veladas, prácticamente ilegibles.

Para mí, el juego realidad-fantasía del mundo de Oz (mucho más oscuro en la novela que en la peli) no sólo es muy sugerente, sino que lo siento como una pieza clave de la cultura popular contemporánea. Su espíritu me ha ayudado a estructurar buena parte de la obra, y creo que se entiende mejor cierto simbolismo deliberadamente críptico si se pillan los guiños ozescos.

Pero, vamos, que yo no soy nadie para decir cómo ha de leerse mi novela. Si la cosa va de Bernhard, no me he de quejar. Viva Bernhard. Lo importante, para mí, es que se lea. Luego, que cada cual saque sus referencias y conclusiones.

Mientras tanto, me voy a leer a Thomas Bernhard, que ya me vale haber llegado a mis años y a mi posición sin haber tocado un libro suyo.

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