No lo he terminado aún, así que no dictaré sentencia sobre el libro —aunque me está gustando mucho—, pero no me resisto a citar esta porción de galante diálogo british (toda la novela es en realidad un galante diálogo british).

Austin Nunne, decadente y millonario alcohólico, acaba de confesar a Gerard Sorme, prota de Ritual en la oscuridad, su filiación sádica, además de homosexual. Estamos en los años cincuenta, aclaro. Sorme reacciona con naturalidad y dice:

—Disculpa mi ignorancia, ¿pero qué te impide satisfacer tus necesidades? Debe de haber gente que…, bueno, lo haga de forma profesional.
—Tú no lo entiendes, Gerard. La hay, es cierto. Pero… No sé como explicarlo. A ver: si tú sientes deseo sexual puedes contar con el hecho de que vas a encontrar a una mujer que quiera lo que tú tienes. Pero el sentido mismo del sadismo es… desear lo que alguien no quiere dar. Si la otra persona quiere darlo, ya no es lo mismo.

He aquí magistralmente refutadas varias décadas de educación sexual.

En Plataforma, de Michel Houellebecq, hay un momento muy desagradable en que los protas descubren un club de sado y deciden, tras ver una sesión de latigazos y cosas con cuero, que eso no es sexo. Los dos personajes, pervertidos hasta el extremo de montar una red mundial de turismo sexual, comprueban que el sadismo es algo inasumible en términos liberales. El autor francés lo enuncia en plan metafísico (para eso es francés), pero Colin Wilson lo expresa con un empirismo diáfano: si hay consentimiento, no puede haber sadismo. Será otra cosa, una pantomima, un teatrillo. No basta que se junten un sádico y un masoquista: el masoquista no puede ser una víctima legítima de un sádico.

La paradoja es clara y, por supuesto, irresoluble. Integrar el sadismo en un repertorio de juegos sexuales supone descargarlo de todo significado: un sádico no juega a hacer daño, sino que lo hace en serio.

La novela de Wilson es una sugerente aproximación a esta paradoja y a cómo puede dinamitar una concepción liberal de las relaciones humanas. Siguiendo la estela de Thomas de Quincey y de Oscar Wilde, Wilson fabula sobre su convicción de que la condición humana es inexpugnable y no consiente simplificaciones de contrato social o de otras teleologías democráticas. Hay aspectos de algunas personalidades que sólo admiten la represión o la liberación criminal.

Mola este Colin Wilson. Ya contaré más cosas cuando me acabe la novela. Está en Libros del Silencio, por cierto, es una de sus novedades de este final de 2011.

PD.- Quizá guarde un poco de silencio estos días por aquí, pero será porque estoy haciendo ruido en otros foros. Esta semana es un poco dura, con la presentación del libro y la promo y esas cosas. Ya les anunciaré dónde podrán verme/leerme/escucharme estos días, que tengo alguna entrevistilla que otra. Esta mañana he ido a la peluquería. No les digo más.

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